Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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miércoles, 1 de julio de 2009

El modelo más probable del don Quijote

Francisco Rodríguez Marín*

Conferencia leída en la Asociación de Escritores y Artistas

el día 28 de abril de 1928.

Señores:

Al amable requerimiento de la Asociación de Escritores y Artistas no podía negarse quien, como yo, entre artistas y escritores vivió siempre, porque en el arte y en las letras tuvo y tiene situadas de por vida sus más preciadas delectaciones. Esto, amén de que, amador de Cervantes como quien más lo haya sido y lo pueda ser en el mundo, no había yo de desaprovechar la buena ocasión que se me ofrece para manifestaros públicamente cuán de corazón celebro que el pensamiento nobilísimo de fundar, en memoria del incomparable inválido complutense, un instituto benéfico que llevara su glorioso nombre, comience a ser una hermosa realidad, gracias a vuestro loable esfuerzo, y muy especialmente al caluroso patrocinio de S. M. el Rey y a la admirable perseverancia de nuestro digno presidente el Excmo. Sr. D. Antonio López Muñoz, mi docto maestro de antaño y mi querido amigo de siempre. El «Instituto Cervantes», por maravilla rara, es hoy sazonado fruto, aun no habiendo dejado enteramente de ser flor, pues ya ha comenzado a enjugar lágrimas y a llevar consuelos a escritores y artistas que, como Cervantes mismo, llegan a tan extremada necesidad, que ni del todo viven ni del todo mueren, porque, resumiendo en sí propios todas las negruras del vivir y del morir, padecen, al par que las penalidades inherentes a la enfermedad y la indigencia, la soledad y el abandono de los muertos. ¡Bien hayan mil veces vuestra piadosa iniciativa y vuestro tesón generoso, que aquella alma buena y cristianísima de Cervantes no puede menos de bendecir desde la serena y luminosa región en que, de seguro, encontraron el debido premio sus virtudes!

Y ahora, cumpliendo vuestro honroso encargo, voy a tratar cuan brevemente pueda, porque es ley de cortesía no corresponder al honor que se recibe poniendo a prueba la paciencia de quien le otorga, voy a tratar del modelo vivo, que, a mi parecer, más probablemente debió de tener presente Miguel de Cervantes para crear la portentosa figura de su don Quijote; y, pues ya estudié uno de estos modelos probables (Martín de Quijano, teniente de veedor de las galeras de España) en una conferencia leída dos años ha, en el domicilio de la Unión Iberoamericana, me será forzoso recordar aquí algo de lo que, como obligado preliminar de estas disquisiciones, dije aquella ocasión.

La regla —dije entonces— que dio Cervantes para escribir buenos libros de caballerías demuestra, como notó el inolvidable maestro Menéndez y Pelayo en su Historia de las ideas estéticas en España, «muy clara comprensión de las leyes de la novela, que él no quiere encerrar en estrechos moldes realistas, como algunos le achacan, sino que ampliamente la dilata por todos los campos de la vida y del espíritu». En efecto, el portentoso novelador decía, por boca de aquel prudentísimo canónigo que encontró en un camino a don Quijote enjaulado y a sus acompañantes: «Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte, que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan de modo, que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer quien huyere de la verisimilitud y la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe». Claro es que en lo de la imitación Cervantes se refería así a la de la naturaleza y la realidad como a la de lo imaginado y escrito por otros, lo mismo en estas palabras que en aquellas otras que en el prólogo de la primera parte del Quijote hace decir al amigo que le aconseja: «Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que escribiere».

De la realidad, pues, pudo tomar, tomó sin duda Cervantes el tipo o los tipos que le sugirieron la primera idea de su don Quijote, bien que no los trasladase servil y casi mecánicamente al papel, sino modelándolos y aderezándolos con arte insuperable en la maravillosa oficina de su imaginación. Tal hubo de entenderlo el mencionado polígrafo en su admirable discurso acerca de la cultura literaria del Príncipe de los Ingenios Españoles: «El motivo ocasional, el punto de partida de la concepción primera —dice— pudo ser una anécdota corriente». Y lo propio vino a manifestar en los Orígenes de la novela: «No hay inconveniente en admitir que el germen de la creación de don Quijote haya sido la locura de un sujeto real»; y para demostrarlo, citó, en esos y aun en otros lugares, algunos testimonios tocantes a sujetos cuerdos a quienes extravió el juicio, más o menos duradera y gravemente, la perniciosa lectura de los libros de caballerías.

De estos sujetos, unos se limitaron a deplorar como en realidad acaecida la muerte de tal o cual personaje de esas fábulas, verbigracia, aquel lusitano de quien cuenta don Francisco de Portugal, en su Arte de galantería, que encontró llorando a su mujer, hijos y criados, quienes, al preguntarles por qué lloraban, respondieron ahogados en lágrimas: «¡Señor, hase muerto Amadís!». O aquel italiano de quien refiere Rodríguez Lobo, en su Corte na aldêa (1619), que, «estando con su mujer al fuego leyendo al Ariosto, lloraron la muerte de Zerbino con tanto sentimiento, que acudió la vecindad a saber la causa». A estos ejemplos pueden agregarse, entre otros, los dos siguientes, que encontré en mis lecturas. López Pinciano, en su Philosophía antigua poética, cuenta de un su amigo que, al leer en el Amadís «la nueva que de su muerte truxo Archelausa», se desmayó de pena. Y Lope de Vega, en su novela intitulada Guzmán el Bravo, hace memoria de «un gran señor de Italia que, leyendo una noche en Amadís de Gaula, sin reparar en la multitud de criados que le miraban, cuando llegó a verle en la Peña Pobre con nombre de Beltenebros, comenzó a llorar, y dando un golpe sobre el libro, dijo: «Maledetta la donna che tal ti ha fatto passare!».

En lectores como éstos, ciertamente, no hizo grande mella la impresión causada por la lectura de aquellos empecatados libros; pero en otros aficionados, más predispuestos a la acción que a la pasión, llegó a revestir muy lamentables caracteres. Sabido es que en un cartapacio del conde de Guimerán, fechado en 1600, se cuenta de cierto estudiante de Salamanca, que, «en lugar de leer sus liciones, leía en un libro de caballerías, y como hallase en él que uno de aquellos famosos caballeros estaba en aprieto por unos villanos, levantóse de donde estaba y, empuñando un montante, comenzó a jugarlo por el aposento y esgrimir en el aire; y como lo sintiesen sus compañeros, acudieron a saber lo que era, y él respondió: «Déjenme vuestras mercedes; que leía esto y esto, y defiendo a este caballero. ¡Qué lástima! ¡Cuál le traían estos villanos!».

Tales hechos u otros parecidos, combinados con el recuerdo de la locura de Orlando, que don Quijote se propuso imitar, juntamente con la penitencia de Amadís, en Sierra Morena, «pudieron ser —observa Menéndez y Pelayo— la chispa que incendió la inmortal hoguera del Quijote, cuyo héroe, que en los primeros capítulos no es más que un monomaníaco, va desplegando poco a poco su riquísimo contenido moral…». Pero ¿será dado hoy —pregunto— rastrear, siquiera con visos de buen fundamento, quién dio o quiénes dieron pie para la pasmosa invención del loco más cuerdo y del cuerdo más loco que se ha forjado en el yunque de humana fantasía? A tal pregunta ya di respuesta afirmativa en mi antedicha conferencia, y la daré de nuevo en la presente.

Antes de entrar más en materia, séame permitido recordar, porque vienen muy a cuento, unas añejas palabras mías: «No escribo para quienes han menester, cuando se trata de convencerles, que les metan por los ojos, a esportadas, pruebas concretas y terminantes, como cabe efectuarlo acerca de las cosas sucedidas ayer y presenciadas por muchedumbre de testigos, o consignadas en escritura pública: escribo, por el contrario, para personas sólidamente cultas, que, entendiendo que en este linaje de remotas investigaciones escasea siempre, y aun las más veces falta de todo en todo, la prueba directa miden por líneas y pesan por adarmes, con racional criterio, la que a su consideración se ofrece; escribo para los que tienen olvidado, de puro sabido, que cuando dos o más indicios próximos, fundados en hechos ciertos, y demostrativos de una directa relación entre tales hechos conocidos y comprobados y el desconocido que se pretende averiguar (la participación en ellos de determinada persona) concurren a señalar a una, como otros tantos dedos (índices), por autor de los mismos, a esa persona se han de atribuir, sin miedo de caer en error, los hechos de que se trata».

Señalaré, además, una condición que precisamente ha de tener cualquier sujeto de quien se presuma haber sido uno de los modelos vivos del don Quijote de Cervantes, la cual condición consiste en que se demuestre que el gran novelista le conoció y trató, o, a lo menos, hubo de tener puntualizada noticia suya; pues si esto falta, con razón se objetará que Cervantes pudo saber de ese sujeto; pero que entre pudo saber y ciertamente supo hay enorme diferencia.

En los diversos lugares de la edición príncipe del Quijote en que el inmortal escritor complutense nombra al también inmortal protagonista de su novela, llámale de varias suertes: Quijada, Quesada a Quejana, en el capítulo I, aunque nota poco después que, visto que él se llamó don Quijote, de ahí «tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir…». Quijana le apellidó en el capítulo V; pero en la segunda edición de Cuesta, publicada, como la primera, en 1605, léese Quijada en este lugar; y, en fin, Quijano le nombra invariablemente en las páginas del postrer capítulo de la obra, cuya segunda parte, como es harto sabido, no salió a la luz pública hasta el año 1615. Bien a las claras se echa de ver que Cervantes quiso bromear con sus lectores en lo que toca al apellido de su héroe; pero entre estas bromas, si por lo de Quijano se puede conjeturar plausiblemente, añadidas las noticias que aporté en mi conferencia anterior, que Martín de Quijano, veedor de las galeras en cuyas provisiones estuvo empleado Cervantes, fuese uno de los modelos vivos del don Quijote, por lo de Quesada y Quijada puede inducirse —pues, como queda indicado, es verosímil que para forjar su héroe tuviese en memoria dos o más sujetos reales— que conoció, de trato o por circunstanciadas referencias, a algún Quesada o Quijada, hombre extravagante y muy aficionado a la lectura de los libros de caballerías, hasta el extremo de tomar por realidades sus ficciones, de padecer tal o cual alucinación caballeresca y de inclinarse a imitar, intentáralo o no, las fabulosas aventuras emprendidas y llevadas a feliz término por sus imaginarios personajes. Quizá en la villa natal de su mujer, en Esquivias, lugar «por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos (como él decía encareciendo más el mérito de los vinos que el de los linajes), halló el sujeto de cuyo conocimiento y trato, o de cuya mera noticia, provino el núcleo o embrión de su don Quijote.

No soy yo, ciertamente, el primero que en la intrincada y oscura selva del pasado trata de abrir camino en busca de un Quijada de Esquivias, origen y modelo del valeroso Caballero de los Leones: ya, por los años de 1967, don Manuel Víctor García, paisano de doña Catalina de Palacios Salazar, mujer de Cervantes, escribió y publicó en El Museo Universal un artículo intitulado «¿Quién fue don Quijote?», interesante trabajo en que haciéndose eco de lo que llamó tradición esquiviana, asentó por varios fundamentos, no todos de gran solidez, que «no es ningún absurdo suponer que un don Alonso Quijada, tío de la esposa de Cervantes y vecino de Esquivias, fue el que sirvió de tipo para la obra inmortal del Quijote».

Ved aquí, copiada literalmente, la aludida tradición: «En el tiempo en que Cervantes residió y se casó en este pueblo, había entre sus vecinos un don Alonso Quijada (pariente inmediato de doña Catalina de Palacios), que a su cualidad de oriundo de Valdepeñas (es decir, de manchego) reunía las de hidalgo preciado de sí mismo y muy dado a las lecturas caballerescas, y que era pobre hombre y bonachón, además, hasta el punto de que le viniera como de molde el calificativo de bueno que da Cervantes a su héroe al terminar su obra inmortal. Pues esta notabilidad hidalguesca, a título de pariente y protector oficioso de doña Catalina, opuso una injustificada y tenaz resistencia al matrimonio de ésta con Cervantes; por efecto de cuya circunstancia éste se propuso humillar al don Alonso de una manera digna de su ingenio, haciéndole aparecer caricaturado, en una obra cuya concepción inspirarían la oposición a sus amores y las ridículas pretensiones de sabio y valiente por parte del opositor».

De la que el señor García llamó tradición esquiviana, que, mirada a buena luz, no es sino una de las muchas patrañas que en el último tercio del siglo xviii y en la primera mitad del xix se inventaron para dar color de verdades a burdas invenciones relacionadas con la vida de Cervantes, sólo está demostrada la existencia de don Alonso Quijada, que, según he logrado averiguar, no fue deudo inmediato, sino harto remoto, de doña Catalina de Palacios, ni fue oriundo de Valdepeñas, ni tampoco tuvo influencia alguna sobre los parientes propincuos de aquella señora, para oponerse, con fruto o sin él, al sobredicho matrimonio; antes por el contrario, a lo que claramente se colige de ciertos documentos que hallé y transcribí, los Quijadas estaban desavenidos con los Palacios y Salazares, y desavenidos siguieron, con el implacable odio hereditario de que tantas muestras suelen hallarse en los lugares de escasa población.

Mas, por fortuna, el artículo de don Manuel Víctor García contiene otros curiosos datos ciertos de todo punto, tales como haber habido en Esquivias Quiñones y Álamos, Carrascos y Alonsos, apellidos que llevan algunos personajes de los que figuran o se mencionan en el Quijote como vecinos de la aldea de El ingenioso hidalgo, y aun consigna otras especies que durante mis estancias en Esquivias, y especialmente en Illescas, donde se conservan sus añejos protocolos escribaniles, he comprobado y robustecido, a la vista de nuevos documentos fehacientes. En los libros parroquiales, año de 1578, halló el señor García un Bernardino Ricote, y yo, en años posteriores, un Diego Ricote y algún otro sujeto del propio apellido, que es el que usaba aquel tendero morisco, vecino de Sancho, a quien éste, en el capítulo LIV de la segunda parte del Quijote, encuentra disfrazado de peregrino extranjero. Pero Pérez nombra el ama de don Quijote al cura de su lugar, y de los mismos libros parroquiales —como notó el dicho articulista— «resulta que desde el primer tercio a la mitad del siglo xvi aparecen las partidas bautismales extendidas con la fórmula de El venerable Pero Pérez baptizó…, etc., y suscritas por Petrus Pérez». Cierta de todo en todo es esta afirmación y en las notas de mi edición crítica del Quijote transcribí una partida bautismal del año 1529, en que figura el señor Pero Pérez como bautizante; Mari Gutiérrez, nombre que alguna vez da Sancho a su mujer, como madre del niño bautizado, y por madrina, Catalina de Vozmediano, abuela de la mujer de Cervantes, circunstancias que me hicieron preguntar: «¿No es verdad, lector, que para mera casualidad parece mucho…?».

Pero ni esta repetida identidad de apellidos habría llegado a antojárseme demasiado significativa, a no practicar, con el resultado que pronto habéis de ver, cierta investigación que, si lo daba satisfactorio, podía estimarse por casi concluyente. Hay en el capítulo XLIX de la primera parte de El ingenioso hidalgo un pasaje en que, respondiendo don Quijote a las atinadas razones con que el discretísimo canónigo toledano procura apartarle de sus vanas caballerías, le dice, mezclando, como loco, las aventuras de Tristán y Lanzarote con las verdaderas hazañas de otros varones esforzados: «Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo…, y las aventuras y desafíos que tan bien acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo». Clemencín, al llegar a este pasaje, después de copiar casi íntegramente en las notas de su edición del Quijote el capítulo de la Crónica de don Juan Segundo en que se refiere con todo pormenor lo del tal desafío llevado a efecto en Borgoña, expuso que la indicación hecha por el desenjaulado caballero de que descendía, por línea recta de varón, del Quijada de las hazañas fue «ocurrencia casual, de que se aprovechó ingeniosa y oportunamente Cervantes al hacerse mención de Gutierre Quijada, cuyo apellido, según se dijo en el primer capítulo de la fábula, atribuyeron algunos autores a don Quijote».

Más despacio y con mayor tiento había de tratarse esta materia para dejarla por fenecida y ejecutoriada. Ya sabemos que hubo Quijadas en Esquivias; ahora bien: estos Quijadas ¿se tenían por descendientes de aquel Gutierre famoso, tal y como de sí lo afirma don Quijote? Porque si se demostrara con evidencia que, en efecto, se disputaban por tales deudos, ¿qué duda razonable podría ofrecer, junto a los Pero Pérez y Ricotes, el ya muy vehemente indicio de que entre los Quijadas de Esquivias estuvo el original, o uno de los originales vivos que sugirieron al manco sano y famoso todo la figura insuperada e insuperable del Caballero de la Triste Figura? Luego que me hice esta reflexión, dediqueme con ahínco a la investigación consiguiente, y un poco por mi diligencia y un mucho por la buena fortuna que de ordinario me favorece en esta clase de trabajos, averigüé y saqué en claro lo que voy a tener la honra de someter a vuestra ilustrada consideración.

Al comenzar a efectuarlo, os confieso sin rebozo que quisiera verme ahora en aquel aprieto en que se vio Lope de Vega cuando Violante le mandó hacer el soneto que de muchachos aprendimos, más bien que en el aprieto en que me pone la necesidad de hablaros de linajes y de traer a cuento nombres de doce o quince generaciones. ¿Cómo saldré de este empeño sin enfadaros, yo que toda mi vida abominé de los eruditos áridos y sin pizca de arte, que han hecho antipática y aun odiosa la erudición para la generalidad de las gentes? Y ¿qué amenidad puede caber en la exposición de lo que me veo precisado a relatar? Haré, con todo, cuanto pudiere por no causaros fastidio; pero, lógrelo o no, creedme: nunca solicité con tanta necesidad como ahora la benevolencia de mi auditorio.

A vueltas de hasta tres docenas de impresos y manuscritos, dos expedientes de pruebas para otros tantos hábitos de la Orden de Santiago me han conducido al logro de mi deseo, enterándome de cuanto había que saber acerca de los Quijadas de Esquivias: el expediente que empezó a instar en 1626 don Alonso Quijada de Salazar, hijo del sujeto del mismo nombre muerto en 1604, a quien se refirió don Manuel Víctor García, y el que promovió años después su primo segundo don Gabriel Francisco Quijada Salazar.

En la época de los tres Felipes era Esquivias una aldea de vecindario exiguo, propia de la catedral de Toledo desde que a fines del siglo xii le fue donada por Alfonso VIII. La Mancha de Toledo —y bueno será tenerlo presente— llamaba el vulgo a aquella comarca, como a otras la Mancha de Montearagón, o de Cuenca, y la Mancha de Ciudad Real. Aunque pequeño, el lugar era residencia de muchos hidalgos de limpia generación: no fue ironía, pues, aquello de los ilustres linajes, que escribió Cervantes en el prólogo de Persiles y Sigismunda. Dije residencia porque aquellos hidalgos, al otorgar sus escrituras públicas, con ufanía se llamaban «vecinos de Toledo y residentes en Esquivias». Aquellas familias nobles estaban pagadísimas de su alcurnia: entre tantos Salazares, Palacios, Guzmanes, Mejías, Aguilares, Salcedos, Vozmedianos, Valdivielsos y Molinas, habíalos tan orgullosos, que quisieran no tener necesidad de descanso, para no perder durante el sueño la persuasión de su importancia y superioridad. ¿Cómo había de pensar de otra manera, verbigracia, un hidalguete que se llamaba don Rodrigo de Vivar, brava caricatura del Cid Campeador, aunque él se imaginara engendro y traslado suyo y capaz de dejarle en mantillas, si quedasen moros en vez de moriscos, en España? Y por lo que hace a las mujeres de aquellos hidalgos, ¡qué entono! ¡Qué empaque! ¡Ni que fueran emperatrices! A ellas se refería la mujer de Sancho Panza cuando recibidos los regalos y leída la carta de la duquesa, exclamó: «Con estas tales señoras me entierren a mí y no las hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora».

Pero de Esquivias, como de todas partes, podía decirse con buen fundamento el refrán: «Más mal hay en el aldehuela del que se suena»: aquellos hidalgos, por lo común, no eran tan ricos de bienes de fortuna como de sangre de los godos: tenían su caudal en tierras poco productivas, generalmente; las gabelas eran muchas; los años solían ser estériles; había que pagar tributo a los acreedores censualistas, y a las apariencias, yendo a la misa mayor con vestidos honrados y honradores; teniendo uno o dos rocines en la cuadra, y jaeces de la jineta y de la brida; y esto y otras cosas consumían cualquiera renta mediana y endeudaban a quien con tales gastos y otros muchos se veía precisado a pechar y transigir. Así, pues, por cada familia que en aquel lugar de la Mancha prosperaba un tantico, contábanse diez que se iban arruinando.

Un linaje, entre todos, habíase enriquecido sobremanera a fines del siglo xvi: el de los Quijadas. Alonso y Gabriel Quijada Salazar, primos hermanos, nacidos aquél en 1560 y éste en 1569 y padres de los antedichos pretendientes del hábito de Santiago, medraban tan aprisa, que eran el asombro y la envidia de sus convecinos. Cuantos majuelos de tierras de olivar se veían obligados a vender los hidalgos que se empobrecían, otros tantos compraba alguno de los dos hermanos, y, como faltos de competidores en el comprar, pagaban lo que querían, y no lo que en realidad valía lo vendido. Algún predio de los Palacios pasó a su poder: una tierra con olivas y árboles, al pago del Apartado, que en 1602 vendieron a Gabriel Quijada la mujer de Cervantes y su hermano Francisco, según escritura que encontré en Illescas y publiqué en 1914 con muchas otras cervantinas.

¿Necesitaré decir que en Esquivias no eran bienquistos los Quijadas? Quien vendió por apremiante necesidad algo de su patrimonio, quizá lo único que poseía, y necesitó someterse a la tiranía del comprador, jamás tornó a quererle bien, si bien le había querido antes. Así, por este u otros motivos, aun siendo parientes, como eran, los Quijadas y los Palacios Salazar, éstos les tenían mala voluntad, bien que el deudo entre ellos era muy remoto, de primos cuartos, pues para llegar al tronco común de entrambas familias es preciso ir ramas abajo hasta su rebisabuelo Juan de Salazar, jurado y vecino de Toledo, alcaide de su alcázar, muerto, ya viudo de María de Vergara, por los años de 1507.

Aunque el padre de estos Quijadas y un su hermano habían pretendido hacerse pasar por nobles, y aun colocado el primero sobre la puerta de su caserón, relevadas en piedra berroqueña, las armas de su linaje,

Aqueste escudo blanco en que igualmente

Están puestas por sí cuatro quijadas,

como dijo don Luis Zapata en el canto XXV de su Carlo famoso, los más de sus convecinos no les tenían en tal reputación; tanto era así, que el concejo les quiso hacer pechar como plebeyos en 1566, por lo cual los Quijadas litigaron su hidalguía, haciendo información, en cuanto a la ascendencia paterna, hasta el bachiller Juan Quijada y María de Salazar, sus abuelos, fallecidos en 1505 y 1537 respectivamente, y al cabo ganaron ejecutoria, despachada a 30 de noviembre de 1569, y obedecida, claro que de mala gana, por el concejo del lugar a fin del mismo año.

Pero ni por esto se acabaron las hablillas; antes bien, de año en año fue creciendo la murmuración entre cuantos, teniéndose por más limpios de sangre que los Quijadas, pasaban por el bochorno de verse más pobres que ellos, y por la ignominia —que tal les parecía— de venderles las negras tierras que, en su penuria y estrechez, no podían seguir poseyendo. En aquel hervidero de ruines pasioncillas lugareñas, transmitidas de padres a hijos, ninguna familia hubo tan en pugna con los Quijadas como la de la mujer de Cervantes; y tan adelante pasó esta enemistad, que, cuando por los años de 1625 don Alonso Quijada Salazar, nacido en 1597 y nieto de Gabriel, uno de los que ganaron la ejecutoria de nobleza, comenzó sus pruebas para obtener el hábito de Santiago, nadie, en las que se practicaron en Esquivias, le hizo tan fuerte contrarresto como el licenciado Francisco de Palacios, o de Salazar y Palacios, cuñado del ya difunto autor del Quijote. Sobre que había más de un año que mostraba a sus amigos un testimonio por el cual se venía en conocimiento de que Gonzalo Mejía, ascendiente de los Quijadas, fue condenado a cierta pena pecuniaria por el Santo Oficio, declaró que, aunque tuvo por hijosdalgo a los Quijadas porque les vio gozar de las preeminencias propias de ellos, «nunca los tuvo por limpios, ni en este lugar han estado en opinión de tales, mala voz que creía causada de la prisión que hizo el Santo Oficio de la Inquisición de Toledo en la persona de Gonçalo Mexía, rebisabuelo de don Alonso Quixada, pretendiente». Pero con malicia calló entonces el licenciado lo que había de verdad en esto del Santo Oficio, y no lo dijo sino algún tiempo después, cuando ya Matías de Sobarco lo había manifestado a los caballeros informantes. Todo, al fin, era que en 1527 se siguió causa al Mejía porque, «habiendo llevado de su casa una paloma blanca para echarla desde el altar en la iglesia el día de pascua de Espíritu Santo, y vuéltose después con las demás a la dicha su casa, sucedió que la mataron y la aderezaron para comer, y viniéndolo a saber después, dixo que se había comido el espíritu sancto, o que ya no volvería a ser el espíritu sancto la dicha paloma», palabras malsonantes por las cuales fue condenado a pagar 100.000 maravedís para gastos extraordinarios del Santo Oficio y a sufrir una reprensión, aunque declarándose de un modo expreso que la tal sentencia no obstara a sus descendientes para cosas y oficios de honor.

Mas si por aquí no abrió buena brecha el implacable hermano de doña Catalina, abrióla por otro lugar del muro, manifestando que no sabía de quién hubiese sido hijo el bachiller Juan Quijada, «más de aver oýdo decir que su propio sobrenombre y apellido no era quixada»; que asimismo sabía, por el dicho de personas respetables, «que al tiempo que Juan de Salazar, alcayde que fue del alcázar, casó a la dicha María de Salazar con el dicho bachiller Juan Quixada, le dixeron con sentimiento los parientes cómo avía casado tan mal su hija, y respondió: “Quien mucha carne tiene, algo ha de dar a los perros”; de lo qual este declarante… siempre ha entendido que el dicho bachiller Juan Quixada fue descendiente de confesos judíos…». Y, en efecto, ésta era la opinión más corriente en Esquivias, a lo cual quizá contribuyó no poco el buen arte que, muy a lo semítico, sabían darse los Quijadas para prosperar, entre tantos cristianos viejos desmañados y torpes en ese punto.

Contra estas injuriosas hablillas pugnan victoriosamente los documentos aportados a las pruebas, años después de incoadas. De seguro los interesados en aprovecharse de ellos no los tenían a mano, y aun quizá ignoraron durante algún tiempo su existencia. Por el testamento del bachiller Juan Quijada (Esquivias, 12 de septiembre de 1505) consta que fueron sus padres Gutierre Quijada y Francisca de Valbuena, sepultados en la iglesia de Santa María de Vecilla de Valderaduey, en tierras de León, de donde el testador era natural. Por el testamento de Gutierre Quijada (Vecilla de Valderaduey, 17 de mayo de 1491), demuéstrase que éste, en efecto, era padre y suegro, respectivamente, del bachiller Juan Quijada y María de Salazar; que el mayor de los hijos del testador se llamaba Gutierre Quijada, y que tenía entierro en la iglesia de Santa María de la dicha villa, en donde estaban sepultados sus padres y antepasados. Y en las pruebas de Gabriel Quijada, donde se encuentra testimoniado el testamento de su rebisabuelo el bachiller, hay una interesante diligencia, practicada en 1647: la de la inspección de los caballeros informantes en la dicha iglesia de Valderaduey, en cuya capilla mayor, al lado del Evangelio del altar mayor, había «vn nicho en la pared, con vn lucilo grande, y en él muchas labores de yeso, y encima del lucilo, cinco escudos de armas, y al pie seis, todos de vna manera, y en lo alto de la pared, otros dos escudos, y a los dos lados, ciertas pinturas de yeso, y al rededor vn letrero que dice: “Aquí yaze Rui gutierre quixada, Maestresala de nuestro señor el Rey, e fijo de pero fernandez quixada. Edificó esta capilla a onrra de la virgen santa María”. Y está el nicho cerrado con vnas varas de hierro a modo de reja, y sobre la que traviesa encima sobre las otras varas salen sobre cada vna tres púas de hierro, y estos escudos son semejantes al que tiene la executoria que litigó su abuelo del pretendiente».

Qué parentesco hubiera entre el Gutierre Quijada que testó en Valderaduey en 1491 y el Ruy Gutierre Quijada maestresala del Rey y fundador de la capilla mayor de aquella iglesia, lo ignoro; pero no puede dudarse que eran de una misma familia. El Pero Fernández Quijada padre de este fundador y mencionado en su sepultura parece no ser otro que aquel de quien se hace mérito más de una vez en la Crónica del Rey don Pedro, al cual acompañó en las vistas de Toro. También se le menciona en diversos lugares de la Crónica de Alfonso Onceno. Ahora bien: este Pero Fernández Quijada era hijo de Hernán González Quijada, señor de la Mota, y hermano de Gutierre González Quijada, el que peleó en la barrera de Algeciras, y del cual fue descendiente por línea recta de varón el Gutierre archifamoso, señor de Villagarcía, que se halló en la tala de la Vega de Granada en 1431, concurrió como aventurero al célebre Paso Honroso de la puente de Órbigo, y al regresar en 1435 de Jerusalén, adonde había ido en romería, ejecutó en Borgoña la memorable hazaña a que se refirió don Quijote en su plática con el canónigo de Toledo. De tan ínclito campeón fue biznieto Luis Quijada, mayordomo del emperador Carlos V y ayo de su hijo don Juan de Austria, y en él acabó esta línea directa de los Quijadas, pues murió sin hijos en 1570, de un arcabuzazo que le dieron los moriscos de la Alpujarra, junto a Serón.

Que los Quijadas de Esquivias se preciaron siempre de ser deudos (ya que no descendientes por línea recta de varón, como, exagerando, dijo don Quijote) de esotros Quijadas, cuya alcurnia arranca de Ruy Arias Quijada, en tiempo de Alfonso VI, dícelo bien claro la frecuencia con que se repetía entre ellos el nombre de Gutierre: Gutierre llamaron en la pila, en 1569, al padre del don Gabriel pretendiente de hábito; Gutierre a un tío suyo nacido en 1533, y Gutierre, como queda dicho, a otros ascendientes más remotos. Pero el testimonio irrefutable de aquella persuasión en ninguna parte se halla tan manifiesto y claro como en un escrito que en las pruebas de don Alonso atravesaron, en 1631, tres Salazares de Esquivias, entre ellos el don Rodrigo de Vivar, ridículo homónimo del Cid, representando al Consejo que don Alonso Quijada Salazar «pretende probar que desziende de los quijadas de villagarcia y de los madrides de madrid, no siendo ansí, sino pretendiendo engañar al Real Consejo de las hordenes…». Es, pues, más que conjetural que Cervantes, que por sus estancias en Esquivias no pudo dejar de conocer a los Quijadas, ni de saber su historia, tuvo presente a alguno al idear la figura del protagonista de su novela. Conociéndolos como los conocía, a no haber querido aludir a alguno de ellos, no habría llamado Quijada a su héroe, para que no se creyera ver alusión en tal apellido.

Pero ¿cuál de los Quijadas esquivianos fue el óvulo de esta creación insuperable? Casi de seguro, un Alonso Quijada, sabido que Cervantes, cuando tomaba de la realidad los sujetos, gustaba de no mudarles los nombres con que habían andado o andaban por el mundo, como palmariamente lo han demostrado mis averiguaciones acerca del licenciado Pero Pérez y el bachiller Alonso López de Alcobendas del Quijote, el gorrero Triguillos de La gitanilla y el doctor de la Fuente de La ilustre fregona. ¿Sería, pues, el Alonso Quijada Salazar nacido en 1560 y muerto en 1604 (aún no cumplidos los cincuenta años que tenía don Quijote cuando se dio a la vida caballeresca) el modelo vivo del sublime loco? Con buenos fundamentos puede dudarse de esta conjetura de don Manuel Víctor García:

1.º Porque la riqueza de este Alonso Quijada y la abundante sucesión que tuvo en sus dos mujeres doña Catalina de Canales y doña Catalina de Pereña (doce hijos) se avienen mal con la soltería y la escasez de hacienda de don Quijote, cuyo humilde comer y vestir consumían las tres cuartas partes de ella.

2.º Porque en el tiempo en que vivió el Quijada de los doce hijos estaban tan pasadas de moda las antiguas y novelescas caballerías, que apenas había quien las leyese, cuanto más quien diese en la manía de imitarlas; y

3.º Porque siendo el cura Pero Pérez (personaje importantísimo del Quijote) un sujeto que realmente vivió en Esquivias en el primer tercio del siglo xvi, del mismo tiempo debe de ser el Quijada que sugirió a Cervantes la primera idea o algunos rasgos principales de su protagonista.

Estudiada como tengo la amplia genealogía de los Quijadas esquivianos, atrae mi atención más que ningún otro un Alonso Quijada de quien hasta ahora no he podido averiguar sino que fue hijo segundo del bachiller Juan Quijada y de María de Salazar, nacido antes, quizá mucho antes, de 1505, año en que falleció su padre, y que vivió, por tanto, como el buen licenciado Pero Pérez, en el primer tercio del siglo xvi, tiempo en que había alcanzado todo su auge la afición a los libros de caballerías y en que aún lograron muy ostentosas y celebradas imitaciones las aventuras de que están llenos. Recuérdese, por ejemplo, que cuando el emperador Carlos V entró por primera vez en Valladolid (1518) hubo en aquella ciudad, entre otros regocijos, fiestas en que se representaron algunos pasos de libros de caballerías, con la obligada intervención de gigantes, salvajes, romeros, etc. Y todavía treinta y un años después, ya casi mediado el siglo, hízose en Flandes cosa parecida, en las célebres fiestas de Bins, en cuya Aventura del espada, imitación de las referidas en los libros caballerescos, fue un español, cabalmente un Quijada, quien primero probó a sacar la que, metida en un padrón de piedra, no podía ser sacada sino por el mejor caballero del mundo, después de vencer al mantenedor de aquel paso, corriendo tres lanzas.

Hasta aquí, señores, he llegado en mis investigaciones y conjeturas acerca del modelo vivo más probable del don Quijote, haciéndolas adelantar algunos pasos del paraje en que se hallaban. Prosíganlas en buen hora otros más diligentes o más afortunados que yo, y lleven a feliz término esta difícil aventura histórico-literaria en que vana y quijotescamente me he detenido un rato, sometiendo, sin duda, a prueba durísima vuestra inagotable benevolencia.

(*) Francisco Rodríguez Marín, «El modelo más probable del don Quijote», en Estudios cervantinos, Madrid: Atlas, 1947 (1928), pp. 561-572.

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