Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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viernes, 1 de enero de 2010

Tradición carnavalesca y creación literaria:

del personaje de Sancho Panza

al episodio de la ínsula Barataria en el Quijote*

Augustin Redondo**

Desde hace tiempo, los críticos se han interesado por el personaje de Sancho Panza y han buscado su origen en la tradición, culta o popular. Unos, pues, lo han relacionado con el rústico de la tradición literaria del teatro prelopista1 o de una tradición dramática más amplia,2 otros con el campesino de la tradición oral del Siglo de Oro,3 otros, por fin, con un modelo folklórico arquetípico, el del tonto-listo.4 Estas valiosas interpretaciones han permitido clarificar el problema genético planteado. Nosotros también quisiéramos contribuir a una mejor comprensión de la elaboración de Sancho Panza, llamando la atención sobre la raíz carnavalesca de tal personaje, quien forma parte de una obra penetrada, a su vez, de atmósfera carnavalesca. De tal modo será posible explicar la estructura y el significado de un episodio que posee una unidad profunda y es, tal vez, el más importante de la segunda parte del Quijote: el de la ínsula Barataria.5

* * *

Sabido es que el Carnaval (o dicho con voces más antiguas Carnal, Antruejo o Carnestolendas) representó en la Edad Media y el Renacimiento la forma más auténtica y duradera de los festejos populares, durante los cuales el pueblo, gracias a máscaras y disfraces, podía explayarse, desahogarse sin trabas.6 El Carnaval, fiesta pagana y primaveral de renovación del hombre y de la Naturaleza, significaba alegría y jolgorio, comidas y bebidas abundantes, recrudecimiento de la actividad sexual, participación colectiva en las festividades que suprimían las constricciones impuestas por las normas y la jerarquía. Por sus características, la fiesta carnavalesca se oponía a las manifestaciones festivas oficiales, de rígida y pesada organización, expresión de la cultura de los grupos dominantes. Al lado del mundo oficial, inmutable y serio, había un segundo mundo, una segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa liberadora, que hacía desaparecer transitoriamente la alienación del individuo.7 Frente a la cultura oficial y culta había una cultura cómica cuyo núcleo era el Carnaval o mejor dicho las fiestas carnavalescas (además del Carnaval propiamente dicho, las diversas fiestas de los locos, la fiesta del asno, etc.).

El tiempo carnavalesco es pues un tiempo cualitativamente diferente del tiempo ordinario, vivido de otra manera porque en él pueden producirse hechos sociales inconcebibles fuera de sus límites (inversiones de reglas, cargos y funciones, negación de ciertos valores y exaltación de los valores antitéticos, etc.).8 Tiene además un carácter universal y cósmico ya que permite una renovación que se expresa a través del tema nacimiento-muerte-resurrección, tema céntrico del simbolismo carnavalesco, que aparece tanto en los análisis de Bajtin como en los de Mircea Eliade.9

De tal modo, la visión carnavalesca del mundo se opone a todo lo previsto, lo perfecto, lo duradero; implica, al contrario, lo dinámico, lo cambiante, lo ambivalente. De ahí que la lengua carnavalesca se caracterice por la lógica interna de las cosas al revés y contradictorias, por las permutaciones entre lo alto y lo bajo, lo noble y lo grotesco, así como por las diversas formas de parodias, inversiones y degradaciones, por los encumbramientos y derrocamientos burlescos… De ahí también la ambivalencia de la risa carnavalesca: es a un tiempo alborozadora y sarcástica, destructora y renovadora; escarnece a todos, aun a los mismos burladores.10

Dentro del marco calendario impuesto por la Iglesia, el contraste se establece más particularmente entre el tiempo de Carnaval y el de Cuaresma, que le sigue inmediatamente. El Carnaval es sinónimo de alegría, holganza, abundancia y libertad; la Cuaresma de tristeza, abstinencia y sumisión al espíritu ascético dictado por las reglas católicas oficiales. La época de las fiestas carnavalescas aparece pues, con relación a la de Cuaresma, como la de un mundo al revés, que restituye provisionalmente el tiempo de Saturno, la añorada Edad de Oro.

La oposición entre el Carnaval y la Cuaresma corresponde al contraste entre gordos y flacos, personificado bajo la forma del combate simbólico entre don Carnal y doña Cuaresma, en que el primero, medroso y cobarde, harto de comida y vino, forzosamente había de resultar vencido. Este combate lo describieron el Arcipreste de Hita en el siglo xiv11 y Juan del Encina a finales del siglo xv;12 lo evocaron diversos autores en los siglos xvi y xvii13 y todavía un romance en 1655.14 Y Pedro Brueghel había de darle toda su fuerza plástica hacia 1560.15

No es pues de extrañar que el Carnaval aparezca bajo la forma de un personaje rechoncho, de abultada barriga, rodeado de manjares carnosos, sustanciosos, a horcajadas a veces sobre una cuba de vino, mientras que la Cuaresma tiene el aspecto de una vieja larga y demacrada que enristra un largo remo en lugar de lanza y va acompañada de pescados y alimentos poco nutritivos,16 a no ser que tome la apariencia de un rocín esquelético17 o de la larga vieja hética cabalgando el macilento rocín.18 En algún caso, la vieja de Cuaresma podía tener un equivalente masculino, con características semejantes, como lo demuestra la evocación hecha por Rabelais con relación a Quaresmeprenant.19

Estas imágenes, surgidas de la cultura popular carnavalesca, fueron difundidas por toda Europa, de manera que en el siglo xvii se pueden rastrear, por ejemplo, entre los dichos de don Luis de Góngora:

Fueron a darle el bienvenido a don Luis por su Iglesia el canónigo Amaya, hombre muy enjuto de carnes, y el arcediano Camelas, por extremo gordo, y díjoles don Luis, notándoles sus partes: «Por entrar yo en Córdoba, señores míos, no ha entrado la Cuaresma, aunque me den la bienvenida el Martes de Carnestolendas y el Miércoles Corvillo».20

Esa tradición popular la tiene presente Cervantes —ingenio lego, según le llamó Tamayo de Vargas— cuando idea a Sancho Panza y a don Quijote, el caballero de la Triste Figura,21 montado en Rocinante, lo que explica las peculiaridades de ambos personajes, representaciones opuestas y complementarias (cara y envés) de una misma realidad vital, enfocada sea bajo la óptica de la cultura popular (carnavalesca), sea bajo la óptica de la cultura oficial y culta (cuaresmal). De ahí el juego de reversibilidad de los dos personajes, según el enfoque adoptado, y los cruces que existen entre ellos cada vez que hay inserción de los rasgos de un tipo de cultura en el otro.

Pero las sugerencias de la tradición carnavalesca debieron de imponérsele a Cervantes aún con mayor precisión.

En su Tragicomedia de Lisandro y Roselia de 1542, Sancho de Muñón se refiere a costumbres estudiantiles, como la Fiesta de Panza, celebrada en Salamanca. Sobre ella platican dos mozos de espuelas, Siró y Geta, de la manera siguiente:

Geta: Panza es un sancto que celebran los estudiantes en la fiesta de Santantruejo, que le llaman sancto de hartura.

Siró: ¿Dónde aprendiste tanto?

Geta: En el general de Phísica, cuando llevaba el libro a un popilo, oí el bedel de las escuelas echar la fiesta de Panza.22

Ese santo burlesco de las fiestas de Antruejo, exaltado y rebajado según las normas carnavalescas, equivale al San Gorgomellaz (la garganta) al que alude Juan del Encina23 y al San Tragantón que aparece en un romance anónimo del siglo xvii.24 No es más que San(to) Panza, o dicho de manera más popular Sancho Panza, ‘santo de hartura’, personificación festiva del Carnaval que glorifica el rito alimenticio, la necesidad biológica de tragar y tragar para manifestar el triunfo de la vida sobre la muerte y permitir la renovación fundamental del cuerpo y del mundo.25 No es sino el Zampanzar carnavalesco, monigote panzudo que aparece en varias partes del País Vasco.26 Es el Saint Pansart al cual se refieren en el siglo xvi Rabelais, Henri Estienne, François Habert y la reina doña Juana de Albret, imagen burlesca del Martes de Carnestolendas.27 Es el mismo barrigudo Saint Pansart, Panchart o Pancha al que se celebraba durante el tiempo de Carnaval en varias regiones de Francia y particularmente en el Norte, en una zona incluida en los antiguos Países Bajos españoles.28 Es el mismo Saint Pansart al que se manteaba en esta zona el Domingo o el Martes de Carnaval,29 así como se manteaban peleles en España en época de Carnestolendas30 y se sigue haciendo el Martes de Carnaval en Villanueva de la Vera (Cáceres) con el muñeco llamado Pero-Palo,31 así como se manteaba a Sancho Panza en la primera parte del Quijote.32 Es también el mismo repolludo monigote el que en Galicia —la tierra donde, según Caro Baroja, se habían conservado mejor, hasta una fecha reciente, las costumbres del Carnaval primitivo— y con el nombre de O Entroido (o sea el Antruejo) salía el Martes de Carnestolendas, montado en un burro,33 acaso, y en un principio, símbolo el asno del priapismo carnavalesco más que de la stultitia exaltada en esta época festiva.34 El monigote iba acompañado a veces de su pareja femenina (A Entroida).35

Bien se había dado cuenta Avellaneda del entronque carnavalesco de Sancho Panza, ya que éste, al evocar el fracaso de sus pretensiones, exclamaba en el Quijote apócrifo:

[…] y yo me quedo tras esso sin rey ni roque, si ya estas Carnestolendas no me hazen los muchachos rey de los gallos […]36

¿Y quién sabe si la evocación de esa realeza efímera y burlesca no ha contribuido a hacer plasmar el episodio de la ínsula Barataria en la segunda parte del Quijote cervantino?

Pero de todas formas, la mención del rey de gallos nos adentra, una vez más, en el dilatado ciclo de las fiestas carnavalescas. Se extiende éste por los meses de invierno, desde la época de las llamadas fiestas de los locos, prefiguración del Carnaval propiamente dicho, allá por los meses de diciembre y enero —fiesta del obispillo de San Nicolás, del obispillo de Inocentes, rey de la Faba, rey de los cochinos, etc.—37 hasta los días de intensa actividad festiva de las Carnestolendas, con su paroxismo el Martes de Carnaval, antes de que el Miércoles de Ceniza cierre el ciclo. Todas estas fiestas tienen características comunes: una inversión de la jerarquía y de las reglas impuestas por los grupos dominantes, un retorno a la inocencia, una explayación que supone la suspensión transitoria de las normas de la vida cotidiana. El tiempo carnavalesco —ya lo hemos dicho— es diferente del tiempo ordinario; puede definirse como un tiempo fuera del tiempo, un tiempo de locura, al cual ni siquiera falta la consagración institucional: ese tiempo es el de un reinado, la comunidad regocijada y alborozadora constituye un reino a cuya cabeza hay un rey (rey de la Faba, rey de los cochinos, rey de los gallos, rey del Carnaval, etc.). No obstante, reinado, reino y rey no son sino burlescos; no se han instituido sino para provocar la risa del pueblo;38 son manifestaciones de esa cultura cómica popular a la cual nos hemos referido ya.

La locura rige pues el tiempo carnavalesco. El loco es actor y dueño del Carnaval. Pero ¿de qué loco se trata? El loco carnavalesco no es el que padece una enfermedad mental. Una diferencia fundamental le distingue de éste, aun cuando la indumentaria es la misma.39 El calificativo de loco o tonto —así se le llama también en España, en contextos folklóricos—40 se lo da a sí mismo, sabe en qué consiste su locura, su tontería, no necesita que los demás le llamen de tal modo, a la diferencia del demente, al que la sociedad recluye. El loco carnavalesco goza de un suplemento de poder: no es un idiota, no está enfermo; es un hombre de la Naturaleza, de mente sana, que es ingenuo, inocente o se hace el tonto, el bobo.41

Esa locura, esa tontería ha de comprenderse en el sentido cristiano de la palabra. Ser loco o tonto es tener la cabeza lo bastante vacía, la mente lo bastante apartada de las preocupaciones ordinarias, de las solicitaciones del mundo para poder recibir el soplo del Espíritu Santo, para que el pneuma pueda llenar la cabeza y salir por el canal del habla. De ahí la importancia de los ritos carnavalescos destinados a permitir la liberación de la cabeza y la circulación del Soplo espiritual. En el primer caso, se trata del uso de la vejiga (símbolo de esa vacuidad) esgrimida por el loco a la extremidad de un palo42 —y en el siglo xvii todavía se daban vejigazos en España, cuando las Carnestolendas—;43 en el segundo, del empleo de la jeringa, cuya utilización se desvirtuó, ya que durante el Carnaval, en época de Cervantes, se despedía agua con ella y no aire.44

Esa correspondencia entre locura e inspiración la pone de relieve San Pablo varias veces. ¿No habla el santo de la «locura de la Cruz» para subrayar que Jesús, el primero, hizo prueba de locura con arreglo a la opinión del mundo y de la autoridad establecida? Por eso las fiestas de los locos ven la exaltación de un niño. Tal inversión sobre la edad permite comprender el significado de ese mundo de los locos, muy cercano al mundo de Jesús, y las palabras de Cristo relacionadas con los niños, que entienden mejor que los adultos las cosas del Espíritu.45 Es pues un aspecto positivo de la locura o tontería . Por la boca inocente del loco o del niño pueden expresarse las verdades divinas.46 De ahí la importancia que cobra el discurso del loco y la alabanza de la docta ignorancia —tan utilizada por la literatura paradójica—. Las palabras del loco tienen otro sentido que las de la cultura oficial y culta. Su discurso nace en otro centro, en la tradición popular. Sus rupturas lingüísticas, sus creaciones verbales, sus juegos de palabras, su glosolalia no son sino expresión de otra verdad, de otro universo. La apología carnavalesca de la tontería corresponde, de tal modo, a una renunciación al mundo oficial, a sus concepciones, a su sistema de valores, a su seriedad, para exaltar la verdad no oficial, la verdad festiva e inspirada del pueblo que permite aniquilar el orden de los grupos dominantes para reemplazarlo transitoriamente por un orden diferente.47 Esa tradición la recoge Erasmo cuando escribe su Elogio de la locura, así como Cervantes cuando idea a sus inmortales personajes.

Sancho Panza es, por varias de sus características, un loco carnavalesco.48 Esa manera de llamarse porro con frecuencia, esa ingenuidad que se ha comparado con la de un niño,49 ese modo de hacerse el tonto,50 esas prevaricaciones idiomáticas51 que, unidas a la utilización constante de refranes, corresponden a la creación de un lenguaje específico y popular capaz de revelar otra verdad del mundo,52 esos atisbos de divina sabiduría relacionados con su ignorancia y tontería53 son manifestaciones de la locura carnavalesca.54 De ahí la ambivalencia o reversibilidad del personaje, que la paremiología también pone de relieve, con respecto al nombre de Sancho.55 La locura verdadera (enfermedad mental) es la que empuja a don Quijote y es fruto de una cultura, culta —la que corresponde a la representación del héroe—, transmitida por los libros de caballerías. Sancho no está loco (insano) sino cuando se deja llevar por esa manía de ser gobernador de una ínsula, idea y palabra surgidas de la esfera de la cultura erudita, ajenas de la esencia popular del protagonista y por ello mismo alienantes.

* * *

Tiempo es ya de hablar del episodio de la ínsula Barataria.

Ocupa varios capítulos (XLV, XLVII, XLIX, LI y LIII) y corresponde al gobierno efímero de Sancho, el cual está separado de su amo y por ello el autor hace alternar la evocación de la actuación de don Quijote y de su escudero.

El gobierno lo han concebido los duques, representantes de los grupos dominantes, para burlarse del campesino, utilizando para ese fin las peculiaridades sobresalientes del personaje tal como ellos lo ven: tontería, glotonería y cobardía. Sin embargo, estas peculiaridades ponen de relieve —ya lo hemos visto— la raíz carnavalesca de Sancho Panza. De tal modo, no es de extrañar que el episodio, de ambiente jocoso, tenga a su vez una estructura carnavalesca y aparezca pues con las características del mundo al revés. Es lo que indica a las claras el nombre dado por el autor a la ínsula, aunque Cervantes escribe chistosamente, como si quisiera despistar al lector:

Diéronle a entender que se llamaba la Ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno.

(XLV, 8-9)

No obstante, no puede ser más explícito Covarrubias, ya que baratar, según apunta, es «trocar unas cosas por otras»56 y trocar, dice, «es lo mesmo que bolver, y el que trueca buelve y rebuelve las cosas como en rueda […]» (imagen ésta asociada tradicionalmente al mundo al revés). El lexicólogo añade: «Quando se buelve la comida, que por vocablo antiguo se dezía revesar, aora dezimos trocar». Lo mismo significa en italiano —lengua conocida por Cervantes— el sustantivo il baratto: «scambio, permuta di una cosa con un altra».57

El protagonista, pobre hombre, pero personificación de las Carnestolendas, se halla exaltado burlescamente —«con algunas ridiculas ceremonias, le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador» (XLV, 9)—, como uno de esos reyes de las fiestas de locos, como el rey del Carnaval y como Falstaff en Shakespeare.58 Verdad es que Cervantes, al utilizar las diversas posibilidades ofrecidas por la tradición festiva popular, no podía menos de pensar en la asociación existente entre Sancho, cerdo y rey, como lo subraya Agustín de Rojas en su loa, de jocoso espíritu carnavalesco, En alabanza del puerco:

Pues Sancho, puerco o cochino,

todo es uno, aquesto es cierto,

y deste nombre de Sancho

¡cuántos reyes conocemos!59

No hay que olvidar que el nuevo gobernador fue porquero en otros tiempos, lo que no deja de mencionar don Quijote.60 Tampoco hay que olvidar el papel importante desempeñado por el cerdo durante las fiestas de Carnestolendas, pues es la base de la alimentación de esa época de comidas sustanciosas.61 No sin razón es ganadero de puercos uno de los pleiteantes que se presentan ante Sancho (XLV, 21) y le aplica el autor a este último comparaciones que le equiparan con un cochino.62

Tras un breve gobierno, Sancho Panza se halla derrocado y escarnecido burlescamente, según los ritos carnavalescos, igual que el muñeco del Carnaval, personificación del rey de la fiesta,63 ya que, encerrado entre dos paveses y tirado al suelo, es pisoteado y golpeado (LIII, 191-192). Y después de despojarse de su antiguo ser de gobernador al salir de sus conchas, tal una crisálida que se transforma en insecto, Sancho, hombre nuevo que ha abandonado su manía y sus ínfulas de grandeza, se pone en pie,64 se encuentra renovado y recobra su asno (LIII, 193-196), símbolo bíblico éste de humillación y de resurrección. El episodio ilustra pues perfectamente el tema céntrico del simbolismo carnavalesco (nacimiento-muerte-resurrección).

Además, como uno de esos reyes de locos, Sancho —a quien se le aplica el don en son de burla (XLV, 11)— está rodeado, en la ínsula Barataria, de varios dignatarios: mayordomo, secretario, maestresala, cronista, médico, etc., dado que el reino de locura es una réplica cómica y deformada del de la realidad, con una inversión acerca de los que ocupan los cargos.65 De la misma manera, en un ambiente jocoso, se sienta en la silla del gobernador, dicta ordenanzas, empuña la vara, etc., tal uno de esos reyes irrisorios de las fiestas carnavalescas.66

Por ello, el papel de loco carnavalesco de Sancho Panza se halla reforzado por Cervantes. Superando el retórico debate sobre la supremacía de las Armas o de las Letras,67 el autor va a igualar de manera burlesca las dos actividades al transformarlas emblemáticamente en componentes del vestido del futuro gobernador. El duque indica en efecto:

Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son menester las armas como las letras y las letras como las armas.

(Cap. XLII )

De ahí ese abigarramiento —señal de locura—68 del traje de Sancho descrito de la manera siguiente, al pintar su salida para la ínsula:

Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de lo mismo, sobre un macho a la jineta, y detrás del, por orden del duque, iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes…

(Cap. XLIV)

Es decir que encima de la larga loba negra (o balandrán) de los letrados,69 el gobernador viste un ancho gabán, prenda campesina pero también parte fundamental de la vestimenta del loco,70 así como la montera les servía a éste y al rústico para cubrirse, aunque con menos frecuencia que el gorro de cascabeles.71 Habrá que agregar a este atuendo alguna vistosa prenda (roja o verde) —Cervantes no la menciona— que evoque al soldado.72 Por otra parte, el gabán no es de burda tela parda sino de chamelote, de rico tejido de seda.73 Y el matiz leonado que se le ha dado trae a la memoria el color amarillo (a veces naranja) que, con el verde, constituían las tonalidades distintivas de la locura,74 lo mismo que trae a la memoria los apliques de pieles de animales que aparecían en los vestidos de los locos.75 Es preciso añadir que Sancho monta a la jineta, o sea de manera guerrera,76 no un caballo, sino un macho —la mula era cabalgadura de letrados, médicos y prelados y salía además en época de Carnestolendas, en ciertos lugares—77 y que el gobernador ha de empuñar, a modo de cetro burlesco, de marotte, la vara de mando. Las barbas sanchescas (XLV, 9) tienen el mismo significado pues se utilizaban máscaras barbudas cuando las fiestas de locos, como símbolo de ese retorno a la Naturaleza, a la simplicidad primitiva personificada por el velloso hombre salvaje, que aparecía en Carnaval78 —por ello también Arlequín, el eterno loco de la Commedia dell’arte, llevaba una careta hirsuta en tiempos antiguos—.79

La visión del rechoncho personaje, ataviado de tal manera —antítesis de un aristocrático, digno y grave gobernador— no podía sino provocar la risa y hacer pensar en un loco carnavalesco.

Fácil es comprender ahora por qué puede ser un nuevo Salomón Sancho Panza y por qué antes de comer, como a un niño, se le pone un babador (XLVII, 41), símbolo de inocencia.80 Su mundo se halla muy cercano al de Jesús. De ahí que para gobernar le baste tener a Cristo en la mente, como se lo dice al duque.81 Por su boca inocente, se expresa la divina sabiduría. Y Cervantes, que equipara al rey y al loco, siguiendo de tal modo tanto la tradición popular carnavalesca como la tradición libresca de las Saturnales —lo mismo hizo Rabelais—82 puede afirmar con su protagonista:

[…] los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios.

(XLV, 19)

Es lo que dice don Quijote cuando le escribe al nuevo gobernador que el cielo «de los tontos [sabe] hacer discretos» (LI, 149).

También se entenderá por qué «las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados» (XLIX, 99).

Verdad es que todo, en el episodio, pone de relieve la estructura carnavalesca que venimos analizando.

El disfraz es inseparable de las fiestas de los locos y de las Carnestolendas propiamente dichas. No sólo lo ilustra Sancho, sino cuantos participan activamente en la burla, pues desempeñan papeles que no son los suyos en la vida ordinaria. Lo mismo pasa con las espías, «cuatro personas disfrazadas», a las cuales alude el duque en su carta al gobernador (XLVII, 55). Además, uno de los disfraces que más ponía de relieve la inversión del orden normal de las cosas durante ese tiempo festivo era el que correspondía al cambio de sexo, como lo indican Gaspar Lucas Hidalgo, Calderón y los folkloristas.83 Es lo que ocurre en la ínsula Barataria con la doncella vestida de hombre y con su hermano, quien lleva un traje de mujer (XLIX, 113 y LI, 157).

De la misma manera, la comitiva que escolta burlescamente al nuevo gobernador y los regidores que van a acogerle y le conducen con su séquito a la iglesia evocan a esos acompañamientos de enmascarados que iban a buscar al rey del Carnaval (o a otro rey de farsa) a la puerta de la ciudad y lo llevaban al templo.84 Hasta la inclusión en la comitiva del rucio engalanado y rodeado de gente hace pensar en una de esas fiestas del asno —que también debieron de existir en España, según testimonio de un escritor toledano del siglo xvi—85 en que el borrico, ataviado ricamente y venerado, penetraba con mucha pompa en la iglesia.86

El Carnaval es la época de las comidas abundantes y sustanciosas. Y a Sancho Panza, que personifica esa fiesta, se le presenta por segunda vez (la primera fue cuando las bodas de Camacho) la posibilidad de satisfacer su voracidad, aunque se halle frustrada (XLVII, 41 y ss.). La mesa está cubierta de manjares diversos, entre los cuales destacan las carnes, como era de suponer: perdices, conejos, ternera.87 Pero lo que más le apetece al gobernador es una olla podrida, plato de sustancia, típico de las Carnestolendas.88

La única referencia precisa en el texto a la época del año en que se verifica el episodio de la ínsula la encierra la carta que el duque le manda a Sancho: lleva la fecha del 16 de agosto (XLVII, 56). No podemos pues hablar de un tiempo carnavalesco en el sentido estricto de la expresión. Sin embargo, la vacilante duración que se le atribuye al gobierno sanchesco —ni siquiera cuatro días, siete, ocho o diez—89 corresponde a la que a menudo se observa con relación a las festividades de Carnestolendas: tres días o una semana.90 Y ese asalto furioso al cual alude el duque y se ha de dar cierta noche a la ínsula y a su gobernador (XLVII, 55) hace pensar en el combate del Carnaval y de la Cuaresma, que acaba con la muerte del primero. Tiene lugar, en efecto, en la noche del séptimo día del gobierno de Sancho y le coge a éste «en su cama, no harto de pan ni de vino» (LIII, 189). El Arcipreste de Hita indica que en las cartas de desafío enviadas a don Carnal por doña Cuaresma, ésta dice que la inexorable batalla será dada de Jueves Gordo a siete días.91 Y las huestes cuaresmales, que se presentan por la noche del Martes de Carnaval al Miércoles de Ceniza, le sorprenden a don Carnal adormilado, después de mucho comer y beber vino.92 Además, la invasión de la ínsula por enemigos ficticios evoca una costumbre que existía hasta hace poco en Galicia, en la comarca de Becerreá (Lugo): los hombres de una parroquia, vestidos a modo de soldados, formaban una mascarada y uno de los días de Carnaval invadían los campos de la parroquia vecina; pero la contienda, a pesar del orden de ataque dado por el invasor, venía a ser únicamente verbal y graciosa.93

Por otra parte, en época de Carnestolendas, existía el llamado juego del tribunal, descrito por Francisco Santos, en el siglo xvii, en que aparecían un presidente, un relator, varios abogados, etc., y cuya finalidad era reírse de los desaprensivos inocentes.94 Pero, sobre todo, en dicha época del año (y en otras) se constituían tribunales populares paródicos que, remedando la pompa de la Justicia ordinaria, censuraban burlescamente los hechos atentatorios contra las costumbres normales y particularmente las que estaban relacionadas con la moral sexual (infidelidad conyugal, liviandad de las mozas o atropello de una de ellas, etc.).95 Es lo que pasaba, por ejemplo, en Valcarlos (Navarra) y en otros lugares.96 Y hay que recordar que uno de los pleitos jocosos que le presentan a Sancho es el de la mujer forzada (XLV, 20-26). Es menester añadir que había en Francia una tradición de causas burlescas que, al principio, juzgaban paródicamente los jueces y letrados del Palacio de Justicia de París (la Basoche) y de otras ciudades, principalmente en Carnaval.97 Estos juicios daban lugar a debates festivos que cuajaron en farsas y representaron entonces verdaderos cómicos. El argumento de estas farsas era liviano —una madre se queja, falsamente, de que su hija ha sido violada y viene a pedir justicia—98 o grotesco o ingenioso —el burlador burlado—,99 y este último tema trae a la memoria el caso del viejo de la cañaheja que sentencia Sancho (XLV, 15-19). ¿Quién sabe si en Salamanca, donde se formaban los mejores juristas del reino, donde se celebraba la fiesta de Panza y donde, durante las Carnestolendas, los estudiantes exhibían espectáculos por las calles, según lo señala Enrique Cock a finales del siglo xvi,100 no existieron costumbres parecidas que inspiran a Cervantes?

También son típicamente carnavalescas las bodas jocosas en que se enumeran en son de burla los defectos físicos y morales de los ficticios desposados, como si fueran cualidades.101 Esa tradición penetró en la Corte, ya que el Martes de Carnaval del año 1638 se verificó uno de esos ridículos casamientos.102 Esa misma tradición enardece el genio del Labrador que se presenta ante Sancho y hace tan burlesca descripción de las prendas de Clara Perlerina y de su novio, el bachiller (XLVII, 60-62).

De la misma manera, el género de las profecías paródicas y del desciframiento de enigmas —herencia de las Saturnales—103 es puramente carnavalesco y lo ilustran tanto Rabelais104 como Cervantes en el episodio de la ínsula (XLIX, 106 y LI, 144-147).

Incluso algunos detalles tan sólo se entienden con relación al ambiente carnavalesco que venimos estudiando. Ya hemos puesto de realce la importancia del Soplo en Carnaval. Pues el chusco que le afirma al gobernador que no ha de dormir en la cárcel (posee varias características del loco carnavalesco) indica que ha salido a tomar el aire, lo que ocasiona un gracioso diálogo con su interlocutor, gracias al cual nos enteramos de que en la ínsula se toma el aire donde sopla (XLIX, 106). Tampoco es de extrañar que Sancho Panza, personificación del Carnaval, le mande jocosamente al cuaresmal don Quijote:

algunos cañutos de jeringas que para con vejigas los hacen en esta ínsula muy curiosos.

(LI, 159-160)

Por otra parte, a los tejedores e hilanderas se les atribuía un sabor y un poder mágicos,105 dado que los hilos de la vida humana se hallan presos en una trama de relaciones e influencias que semeja la urdimbre de un tejido. Por ello, se prohibía hilar durante las Carnestolendas, época de locura, para no correr el riesgo de atar los vientos e imposibilitar la circulación del Soplo, así como para no provocar otras perturbaciones con relación al destino de los hombres. Semejantes prohibiciones existieron en Cataluña, Asturias y Castilla.106 Se comprenderán mejor, de tal modo, las alusiones que encierra el episodio cervantino, ya que el chusco al cual hemos aludido es tejedor, pero de hierros de lanzas (XLIX, 106), y la doncella que va vestida de hombre se presenta como hija de Pedro Pérez Mazorca —una mazorca es una husada—, arrendador de las lanas del lugar (XLIX, 109).

Hasta el famoso combate simbólico entre el Carnaval y la Cuaresma aparece muy a las claras desde el momento en que el gobernador se prepara a comer, lo que no puede hacer por impedírselo el doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera. Una vez más, aprovecha Cervantes el carnavalesco contraste entre gordos y flacos, reconstruyendo bajo otra forma la pareja Sancho-don Quijote.

Ya sabemos que Sancho Panza es bajo y barrigudo. Pues según las características antroponómicas populares registradas por Correas,107 el doctor no puede ser sino largo y flaco, como lo indica el refrán: «Pedro, por ser grande zankipatas, anda a gatas».108 Además, con arreglo a lo apuntado por el mismo Correas, si Sancho es «santo, sano i bueno», Pedro no puede ser sino «taimado, vellaco i matrero»: así lo demuestra el calificativo de Urdemalas que ha cobrado.109 Se establece, de tal modo, una oposición físico-moral entre los dos personajes, que se halla reforzada por lo que sugiere otro proverbio: «Kon lo que Pedro sana, Sancho adoleze».110 El verbo sanar puede tomar un significado activo (aunque éste no es el verdadero sentido que tiene en el refrán) y entonces Pedro se transforma en médico. De tal manera debió de nacer, en la mente cervantina,111 el doctor Pedro Recio. Y si Sancho es personificación del Carnaval, la figura antitética, Pedro Recio, tiene que ser la de la Cuaresma. ¿No dice Rabelais que ésta engendra y cría a los médicos?112 Después de las sustanciosas comidas de Carnestolendas, ¿no vienen los doctores a sanar a los numerosos enfermos de indigestión, aplicándoles una recia dieta? ¿No es además la época de Cuaresma la de los recios ayunos, la de las recias mortificaciones? Y ¿no es cuaresmal la larga loba negra de los médicos? Así que para Sancho, que además debe de conocer el proverbio: «Pedro, kontigo poko medro»,113 el doctor no puede ser más que señal de mal agüero, como se lo dice (XLVII, 51), y no puede desear el gobernador sino que Pedro Recio se tire afuera (XLVII, 51).

Los dos personajes, representaciones de dos principios opuestos, de dos formas de cultura, están pues frente a frente: Sancho Panza tiene que intentar saciar su voracidad esencial y al doctor le corresponde prohibirle tal satisfacción. El combate simbólico, que no para en lucha abierta —aunque al gobernador no le faltan ganas de estrellarle al médico en la cabeza la silla en que está sentado y de echarle de la ínsula a garrotazos (XLVII, 51-52)—, termina, como era de suponer, por la derrota de Sancho. Éste, en efecto, al no poder probar ningún plato, acaba por pedir cómicamente que se le deje comer:

alguna cosa de peso y sustancia, aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla.

(XLVII, 59)

Pan y cebolla: antítesis de los manjares sustanciosos de la época de Carnestolendas, como lo traduce el refrán: «Pan y cebolla, mal suplen por la olla». Las cebollas son alimento esencial del tiempo cuaresmal, forman parte de las huestes de doña Cuaresma114 y en Cataluña constituyen el collar del muñeco que la personifica.115

Es señal que un cambio se está produciendo en el protagonista. Dentro de ese mundo al revés específico de la estructura carnavalesca del episodio, otra inversión tiene lugar: el gobernador se está transformando física y moralmente.

* * *

La falta de comida es para Sancho un tormento iniciático116 que le va acendrando, que le va haciendo digno del cargo que ocupa. No reacciona, en efecto, el gobernador como un rey de burla, sino que toma a pecho sus responsabilidades, vive intensamente lo que no es más que juego, transitoria y jocosa inversión de la vida ordinaria, pero para él auténtica realidad. Por ello es tan importante la carta que le dirige a don Quijote (LI, 155-161), pues entre destellos de comicidad carnavalesca expresa la conciencia que tiene de la transformación que está sufriendo, aun sin quererlo.

Creía satisfacer, en la ínsula, las exigencias corporales de su ser:

pensé venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío y a recrearme el cuerpo entre sábanas de holanda, sobre colchones de pluma,

(LI, 156)

y resulta que le pasa todo lo contrario. En vez de holgar, se entrega a una incesante actividad de juez probo y de buen gobernador; en vez de enriquecerse, no toca derecho ni lleva cohecho (LI, 156); en vez de comer alimentos sustanciosos, se queda casi en ayunas; en vez de dormir, se pasa una buena parte de la noche rondando la ciudad (XLIX, 98).

Esta inversión no puede sino tener consecuencias físicas a la par que morales. De tanto sufrir dieta, de tanto pasar hambre (LI, 155-150), va a quedarse Sancho «en los huesos mondos» (LI, 156), como se lo dice a don Quijote. El carnavalesco Sancho Panza va a convertirse en el cuaresmal Sancho Panza. Es lo que le escribe a su amo: parece que «he venido a hacer penitencia, como si fuera ermitaño» (LI, 156). Indicios de esa evolución son, en el episodio de la ínsula, la desaparición completa de las prevaricaciones idiomáticas y de las sartas de refranes, así como el menor empleo de éstos y la ausencia del burro.117

Esto nos lleva a evocar lo que Cervantes indicaba en el capítulo IX de la primera parte de la obra. Apuntaba el autor que en los cartapacios de la historia de don Quijote que dejó Cide Hamete Benengeli había una pintura de los protagonistas:

Junto a él [don Quijote] estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rótulo que decía: «Sancho Zancas» y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner el nombre de Panza y de Zancas que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia.

De tal modo, Sancho sería tanto el zancudo como el panzudo. Pero tal geminación no podía sino fallar, pues las dos características vienen a excluirse. Zancudo no puede serlo más que el alto, flaco y cuaresmal don Quijote. El carnavalesco Sancho Panza no puede ser sino panzudo y paticorto. Y en efecto, en todo el libro no vuelve Cervantes a aludir a la otra imagen del campesino.

Sin embargo, en el episodio de la ínsula Barataria, la evolución, física, esbozada ya, ha de conducir a una profunda modificación de Sancho: llegará éste a perder su barriga y, de tal modo, a alargarse. Ya apunta la otra posibilidad, la que corresponde a una cuaresmal figura y evocó Cervantes en el capítulo IX de la primera parte de la historia. Pero tal radical transformación supondría un abandono de la esencia del personaje y tendría por consecuencia un desdoblamiento simétrico de la figura de don Quijote. Desaparecería pues la inmortal pareja y con ella las dos visiones (culta y popular) de la realidad para tan sólo dejar subsistir el enfoque erudito, lo que es inconcebible. De manera que antes que termine esta evolución, tiene que acabar el episodio de la ínsula. Sancho, consciente de la progresiva y fundamental enajenación de su ser, no puede sino aspirar a recobrar su naturaleza profunda, su verdadera identidad. Es imposible que Sancho Panza se transforme esencialmente en un ente cuaresmal. Debe pues abandonar el gobierno; va a hacerlo de su propia voluntad.

* * *

El que sale frustrado de la insular aventura no es Sancho, ejemplar gobernador que ha adquirido una auténtica dignidad, sino el aristocrático promotor de la burla. Esta inversión subraya que la comparación entre los dos personajes es desfavorable para el representante de los grupos dominantes.

El duque, gran señor con carga de vasallos y derecho de jurisdicción, lleva sin embargo una vida ociosa que le cansa a don Quijote.118 Parece ocupado únicamente en divertirse y gastar dinero.119 Y cuando se le presenta la ocasión de ser un justo juez, se muestra desalmado e inicuo, ya que prefiere proteger sus intereses, como lo ilustra el caso de la dueña dolorida, doña Rodríguez.120 Las burlas que ha preparado con su esposa, burlas insípidas, humillantes y hasta crueles que han de sufrir don Quijote y Sancho,121 no permiten formarse mejor concepto de esos vástagos de la alta nobleza española.

Sancho Panza, al contrario, al ejercer su gobierno, ha sido un modelo de diligencia, conciencia y rectitud.122 Su actividad gubernamental es una lección de moral política. Se ha lucido particularmente como juez: sus sentencias han sido rápidas e intachables mientras que la justicia oficial es larga, venial y viciosa. Recuérdese, por ejemplo, lo que decía Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache123 o lo que apuntaba Luque Fajardo en 1603:

Todos tratan cómo se vende la justicia; no hay ley que valga […] ni hay favor como un real de a ocho, doblón o escudo […]124

Piénsese también en lo que en 1601 escribía el licenciado Porras de la Cámara en una carta dirigida al cardenal Fernando Niño de Guevara:

Ninguna administración de justicia, rara verdad; poca vergüenza y temor de Dios; menos confianza; ninguno alcanza su derecho, sino comprándolo.125

¡Y cuántos testimonios más se podrían citar!

Frente a tan lamentable situación, resplandece el íntegro gobierno y la deslumbrante justicia de Sancho, quien no hace más que aplicar la doctrina evangélica («con Cristo en la memoria»). ¿No querrá decir Cervantes —que tanto tuvo que quejarse del gobierno y de la justicia de su España— que para ser buen gobernador y buen juez (primera obligación del que gobierna) más importa ser verdadero cristiano que no gran letrado o capitán? El perfecto gobernante, ¿no será el que tiene la ley de Jesús impresa en el corazón, un gobernante tal como lo pinta Erasmo en su Institutio principis christiani? Por ello puede ilustrar mejor estos preceptos el tonto Sancho Panza, el cristiano sincero y sin letras, el pacífico representante de la verdad popular, de la auténtica verdad.

En la católica España de principios del siglo xvii, en que triunfa el aristocratismo, donde reina la hipocresía, se exalta la doctrina de Jesús, pero no se aplica, ya que se obra de manera opuesta a lo que indica el Evangelio. Cervantes, sin embargo, no puede acometer contra la falsedad de la verdad oficial y poner en tela de juicio el sistema gubernativo de los grupos dominantes que tantos males engendra sino en son de burla, valiéndose de una estructura carnavalesca, dentro del marco de un transitorio mundo al revés. De tal modo, el lenguaje carnavalesco cobra nueva importancia, se transforma en lenguaje político, como ocurrió con la mascarada que salió en Madrid el Martes de Carnestolendas de 1637.126 No obstante, cuando desaparece la inversión, se vuelve a la triste realidad. ¿Pensará Cervantes que ese afán de rectitud y de justicia no es más que un sueño, que tan sólo puede hacerse efectivo en otro mundo, en una añorada Edad de Oro?

* * *

Dos veces evoca el autor del Quijote el problema de la Justicia en la segunda parte de la obra: la primera, en el episodio de la ínsula Barataria y la otra en el de Roque Guinart, quien, a pesar de ser bandolero, hace reinar la equidad entre sus compañeros, lo que le opone a los inicuos jueces reales.127 Las dos veces pues, para ilustrar lo que es la verdadera justicia, tiene que utilizar Cervantes el artificio del mundo al revés. ¡Amarga ironía!

Julio de 1977

(*) Dimos a conocer la parte esencial de este trabajo en el VI Congreso Internacional de Hispanistas, celebrado en Toronto del 22 al 26 de agosto de 1977, ya que leímos un largo extracto del texto bajo forma de comunicación. [Reproducido posteriormente, en dos partes, en su libro Otra manera de leer el Quijote. Historia, tradiciones culturales y literatura, Madrid: Castalia, 1997, (3.ª ed. en 2005), pp. 191-203 y 453-473.]

(**) Augustin Redondo, «Tradición carnavalesca y creación literaria: del personaje de Sancho Panza al episodio de la ínsula Barataria en el Quijote», en Bulletin Hispanique, LXXX (1978), pp. 39-70.

(1) W. S. Hendrix, «Sancho Panza and the Comic Types of the Sixteenth Century», en Homenaje ofrecido a Menéndez Pidal, II, Madrid: Librería y Casa Editorial Hernando, 1925, pp. 485-494.

(2) Francisco Márquez Villanueva, Fuentes literarias cervantinas, Madrid: Gredos, 1973. Véase la primera parte: «La génesis literaria de Sancho Panza» (pp. 20-94).

(3) Maxime Chevalier, «Literatura oral y ficción cervantina», en Prohemio, V, 2-3 (sept.-dic. 1974), pp. 193-195.

(4) Mauricio Molho, Cervantes: raíces folklóricas, Madrid: Gredos, 1976. Véase la tercera parte del libro: «Raíz folklórica de Sancho Panza», y más particularmente, pp. 248 y ss.

(5) Citaremos por la edición de Francisco Rodríguez Marín conocida como «edición del Centenario» (10 t., Madrid: Atlas, 1948). El episodio de la ínsula Barataria está en el tomo VII. Para facilitar la localización de los trozos a los cuales nos referiremos, indicaremos entre paréntesis los capítulos y páginas correspondientes, bajo la forma (LI, 163).

(6) Acerca del Carnaval, véanse más particularmente los estudios siguientes: Julio Caro Baroja, El Carnaval (análisis histórico-cultural), Madrid: Taurus, 1965; Arnold Van Gennep, Manuel de folklore français, tome premier; III: Cérémonies périodiques cycliques. 1: Carnaval-Carême-Pâques, París: Éd. A. et J. Picard et C.ie, 1947; Claude Gaignebet, Le Carnaval, París: Payot, 1974.

(7) Véase el penetrante estudio de Mijail Bajtin, publicado en ruso en 1965 y traducido al castellano con el título La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais (Barcelona: Barral Editores, 1974), en el cual el autor estudia la cultura popular carnavalesca con relación a la obra de Rabelais (existe una traducción francesa anterior: Mikkail Bakhtine, L’oeuvre de François Rabelais et la culture populaire au Moyen Âge et sous la Renaissance, París: Gallimard, 1970 («Bibliothèque des Idées»).

(8) Marianne Mesnil, Trois essais sur la Fête. Du folklore à l’ethno-sémiotique, Bruselas: Éditions de l’Université, 1974, pp. 14-15.

(9) M. Bajtin, La cultura popular…, trad. cit.; Mircea Eliade, Aspects du mythe, París: Gallimard, 1965 (col. «Idées») y Le sacré et le profane, París: Gallimard, 1965 (col. «Idées»).

(10) M. Bajtin, La cultura popular…, trad. cit., pp. 16-17.

(11) Arcipreste de Hita, Libro de Buen Amor, estr. 1068-1076. El Arcipreste debió de inspirarse en el viejo fabliau francés del siglo xiii Bataille de Karesme et de Charnage.

(12) Juan del Encina, Segunda égloga de Antruejo, Carnal o Carnestolendas, en Obras dramáticas, I, Madrid: Istmo, 1975, pp. 169-171.

(13) Véase J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 32 y ss.

(14) Se trata del romance compuesto por Miguel López de Honrubia, cuyo titulo es el siguiente: Romance en competencia entre el Carnal y la Quaresma (véase Antonio Rodríguez-Moñino, «Archivo de un jacarista [1654-1659]», en La transmisión de la poesía española en los siglos de Oro, Barcelona: Ariel, 1976, p. 290).

(15) Su Estudio para una batalla entre los gordos y los flacos debe de ser de 1559 y su Comida de flacos y comida de gordos puede fecharse en 1563. Su célebre cuadro Combate del Carnaval y de la Cuaresma (que se conserva en el «Kunsthistorisches Museum» de Viena) lo pintó en 1559. Véase el interesante análisis de este cuadro, hecho desde un punto de vista folklórico y semántico, por Claude Gaignebet: «Le combat de Carnaval et de Carême de P. Bruegel (1559)», en Annales. Économies. Sociétés. Civilisations, 27 (1972), pp. 313-345. — Hay que señalar que se conocen algunas personificaciones de dicho combate: Van Gennep (Manuel…, o. cit., pp. 394 y 970) indica que a finales del siglo xv se representaba la contienda en el Lauragais y en Metz. Lo mismo ocurría en esta ciudad en 1522 (Yves-Marie Bercé, Fête et révolte. Des mentalités populaires du xve au xviiie siècle, París: Hachette, 1976, p. 63). En el siglo xvi, un juego de Carnaval, compuesto por François Habert, se titulaba: S’ensuit la dure et cruelle bataille et paix du glorieux Saint Pansart à l’encontre de Carême (Van Gennep, Manuel…, o. cit., p. 970). En Italia, en el siglo xvi, para acabar las fiestas de un Carnaval florentino, se dio una Rappresentazione e festa di Carnasciale e della Quaresima, en que peleaban los dos contrincantes. Lo mismo pasó en otra ocasión con Il gran contrasto e la sanguinosa battaglia di Carnevale e di Madonna Quaresima (G. Hérelle, «Études sur le théâtre basque. Les tragicomédies de Carnaval», en Revue Internationale des Études Basques, xiv [1923], pp. 541-557 y más particularmente p. 547). Es preciso añadir que desde finales del siglo xviii hasta mediados del siglo xix tuvieron lugar en el País Vasco francés varias representaciones, en época de Carnestolendas, en las cuales aparecía el combate del Carnaval y de la Cuaresma (ib., pp. 541 y ss.).

(16) Así los representó Brueghel. Véase también, sobre el particular, lo que escribe J. Caro Baroja (El Carnaval…, pp. 124 y ss.).

(17) Claude Gaignebet, «Le combat de Carnaval et de Carême…», art. cit., p. 340.

(18) Así la representa un grabado del siglo xvii, obra de François Langlois, conservado en el Museo Carnavalet de París (Le masque dans la tradition européenne, catalogue de l'exposition organisée à Binche du 13 juin au 6 octobre 1975, rédigé sous la direction de Samuël Glotz, p. 361).

(19) Citamos el trozo porque tendremos ocasión de referirnos a él posteriormente: «Vous y voirez, disoit-il, pour tout potaige un grand avalleur de poys gris, un grand cacquerotier, un grand preneur de taulpes, un grand boteleur de foin, un demygeant à poil follet et double tonsure, extraict de Lanternoys, bien grand lanternier, confalonnier des Ichthyophages, dictateur de Moustardois, fouetteur de petits enfans, calcineur de cendres, pére et nourrisson de medecins, foisonnant en pardons, indulgences et stations, homme de bien, bon catholic et de grande devotion. II pleure les troys pars du jour. Jamais ne se trouve aux nopces» (Le Quart Livre de Pantagruel, cap. 29, en Œuvres complètes, París: Éd. du Seuil, 1973; col. «L’intégrale», p. 661).

(20) Luis de Góngora y Argote, Obras completas (rec., pról. y n. de Juan Millé Giménez e Isabel Millé Giménez, Madrid: Aguilar, 1956), p. 1223 —la cursiva es nuestra—. Compárese con lo que escribe Francisco de Quevedo acerca de unas mujeres en el romance en que Describe el Río Manzanares, cuando concurren en el verano a bañarse en él: «Aun en carnes una flaca / es el Miércoles Corvillo; / una gorda el Carnaval…» (Poesías completas, I, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona: Planeta, 1963, n.º 785, p. 1073).

(21) Véase la evocación que Sancho hace de don Quijote cuando le califica de caballero de la Triste Figura: «No hay para qué gastar tiempo y dineros en hacer esa figura, dijo Sancho, sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y dé rostro a los que le miraren que sin más ni más, y sin otra imagen ni escudo, le llamarán “el de la Triste Figura”, y créame que le digo verdad, porque le prometo a vuestra merced, señor (y esto sea dicho de burlas), que le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que como ya tengo dicho, se podrá muy bien excusar la triste pintura» (I parte, cap. XIX; la cursiva es nuestra).

(22) Citamos por la ed. de la «Colección de libros españoles raros o curiosos», Madrid, 1872, p. 24. — El primero en llamar la atención sobre esto texto fue Marcelino Menéndez y Pelayo en Orígenes de la novela, Madrid: CSIC, 1961, t. IV, pp. 98-99.

(23) Véase Juan del Encina, Obras dramáticas, I, pp. 167-168 (segunda égloga).

(24) El romance se titula Descripción de los usos y costumbres en unas fiestas de Carnestolendas en Madrid. He aquí lo que el autor dice: «Martes de carnestolendas / que le llaman los vulgares / por otro moderno nombre / San Tragantón de gaznates» (citado por J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 106).

(25) Véase M. Bajtin, La cultura popular…, trad. cit., p. 250 y ss.

(26) Véanse J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 106, y G. Hérelle, «Études sur le théâtre basque…», art. cit., p. 541.

(27) François Rabelais, Pantagruel (Deuxiéme livre, cap. I, Œuvres complètes, p. 218): «Car aucuns enflaient par le ventre et le ventre leur devenait bossu comme une grosse, tonne, desquels est écrit: “Ventrem omnipotentem”, lesquels furent tous gens de bien et bons raillars et de cette race naquit saint Pansart et Mardis Gras». Al evocar los sermones burlescos de Carnaval, Henri Estienne escribe en su Apologie pour Hérodote (ed. de P. Ristelhuber, 2 t., París: Isidore Liseux, 1879, t. II, p. 263): «Et un autre curé au Bourg en Querci, parmi son prosne parlant du Mardi Gras, auctrement dit Quaresme-prenant, ou Quaresm'entrant, recommanda à ses paroiciens ces trois bons saincts, S. Panssard, S. Mangeard, S. Crevard». Por lo que hace a François Habert, ver la nota 15. En una pragmática de 1571 la reina doña Juana de Albret prohibía a los habitantes del Bearn que se entregaran a los licenciosos regocijos de Carnaval «porque son supersticiones e idolatrías romanas [sic] instituidas para celebrar un santo llamado Pansart» (citado por G. Hérelle, «Études sur le théâtre basque…», art. cit., p. 541, n. 1).

(28) Véase A. Van Gennep, Manuel…, o. cit., pp. 876 y 970. Aparece Saint Pansard en Normandía, en Champaña, en el Bearn, en el País Vasco, etc. Por lo que hace al Norte de Francia, se trata de la región de Valenciennes. Sobre este último punto, véase también Claude Malbranke, Guide de Flandre et Artois mystérieux, París: Tchou, 1966, p. 235.

(29) Parece ser que aún hoy en día se le celebra y se le mantea en Trélon (Norte), antes de quemarlo. Expresamos aquí nuestro agradecimiento al señor alcalde de dicha población y a los eruditos locales que nos han proporcionado varios datos sobre el particular.

(30) Recuérdese el cartón de tapicería pintado por Goya (El pelele). Sobre el manteamiento de los peleles, véase J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., pp. 55-57.

(31) Ib., p. 119 y Le masque dans la tradition européenne, o. cit., p. 144.

(32) Cap. XVII . Caro Baroja (El Carnaval…, o. cit., p. 57) indica que en cierta aleluya sobre la vida de don Quijote, popular en el siglo xix, se aludía al manteamiento de Sancho, de la forma siguiente: «Como un pelele tomado / es el buen Sancho manteado». Y Caro Baroja añade: «El “pelele” y el “Carnaval” mismo son personajes estrechamente emparentados…».

(33) Ib., pp. 112-115.

(34) No hay que olvidar el papel desempeñado por el burro (animal de Príapo) como símbolo de la carnalidad. En un grabado del siglo xvii, reproducido por J. Caro Baroja entre las pp. 48 y 49 de su libro sobre El Carnaval…, o. cit., el asno es el compañero del Homo carnalis. Por otra parte, el mismo Caro Baroja indica: «Poner rabos, figuras de asno […] eran también bromas estereotipadas del Carnaval gallego» (ib., p. 89). Hay que advertir que al entroido también se le llamaba Meco en Galicia y «de un “Meco” legendario se cuenta que fue hombre de lujuria tal, quo no respetaba ni solteras ni casadas» (ib., p. 113). En Cataluña, salía asimismo el monigote del Carnaval montado en un borrico (ib., p. 108). De todas formas, no hay que olvidar que el asno era una de las figuras del sistema de la fiesta carnavalesca (fiesta del asno, por ejemplo).

(35) A Entroida debía de poseer las mismas características que O Entroido, así como Teresa Panza es simétrica de Sancho. En una obra teatral titulada Pansan, que se representaba en el País Vasco durante la época de las Carnestolendas, el personaje principal, Pansart, príncipe del Carnaval, caracterizado por su voracidad, tenía una mujer, Pansartina, no menos voraz que él (véase G. Hérelle, «Études sur le théâtre basque…», art. cit., p. 542).

(36) Libro V, cap. I; citamos por la ed. de «Clásicos castellanos» (ed., introd. y n. de Martín de Riquer, Madrid: Espasa-Calpe, 1972, 3 t.), t. I, pp. 23-24.

(37) Sobre la descripción de estas fiestas y las fechas en que se verifican, véase J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., pp. 297-300, 301-302, 307-310, 331-333.

(38) Véase Y.-M. Bercé, Fête et révolte…, o. cit., pp. 24-25.

(39) Martine Grinberg, en su tesis de troisième cycle, inédita, Le Carnaval à la fin du Moyen Âge et au début de la Renaissance, xive-xvie siècles, dans la France du Nord et de l’Est (Université de Paris I, 1974, 282 pp.) hace un análisis interesante del loco de Carnaval (p. 204 y ss.).

(40) España conoce no sólo fiestas de locos, sino también de tontos (véase J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 329; el autor habla de la parranda de los tontos de la región de Málaga).

(41) Este término de bobo también pertenece a la tradición carnavalesca, como lo indica el refrán utilizado en Monzón (Aragón): «Por San Antón, / se puede hazer el bobón» (ib., p. 41).

(42) Véase la evocación hecha por el mismo Cervantes del actor disfrazado de loco), que venía en el carro de Las cortes de la muerte «vestido de bojiganga con muchos cascabeles y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca, hinchadas…» (II parte, cap. XI).

(43) Numerosas fueron las prohibiciones de la celebración de los ritos carnavalescos (a instancias de la autoridad eclesiástica) en la época que nos interesa: 1586, 1599, 1606, 1607, 1608, 1612, 1613, 1624, 1625, 1626, etc. (Véase Archivo Histórico Nacional. Consejo de Castilla, sala de Alcaldes de Casa y Corte-Catálogo por materias, Madrid, 1925, artículo «Carnaval», pp. 109a-b y 110a). La frecuencia de estas prohibiciones indica que no surtieron ningún efecto. En un «auto ordinario [de 1644] prohibiendo las burlas carnavalescas» encontramos las indicaciones siguientes: «En la villa de Madrid, a tres días del mes de febrero de mill e seiscientos y quarenta y quatro años, los señores alcaldes de la casa y corte de Su Magestad mandaron se pregone en esta corte que ninguna persona sea osada de hazer ni bender güebos que llaman de azar [azahar] para tirar, ni los tres días de las carnestolendas tirarlos ni tirar salvados ni arina ni geringazos de agua ni naranjas ni dar begigaços ni tirar otras cosas de ningún género…» (AHN, Consejo de Castilla. Sala de Alcaldes de Casa y Corte, año 1644, fol. 84; la cursiva es nuestra). En su Guzmán de Alfarache escribe Mateo Alemán, evocando esta costumbre: «Yo escapé de la de Roncesvalles, como perro con vejiga …» (I parte, lib. II, cap. 7; ed. de Samuel Gili Gaya, Madrid: Espasa-Calpe, col. «Clásicos castellanos», 1971-1975, t. IV, p. 100). Asimismo, señala Calderón de la Barca en su entremés Las Carnestolendas: «No hay quien no tema en las Carnestolendas […] / las vejigas, de estar aporreadas; / el agua, que la sorba la jeringa…» (Comedias de don Pedro Calderón de la Barca, IV, ed. de Juan Eugenio Hartzenbusch, Madrid: Rivadeneyra, 1850, Biblioteca de Autores Españoles, t. XIV, p. 632). Hay que añadir que en Villanueva de la Vera (Cáceres), cuando se ha sentenciado a Pero-Palo, personificación del Carnaval, se finge a veces que el monigote se resiste y se le golpea con vejigas colgadas de palos (J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 119). También se utilizan vejigas de puerco hinchadas en Verín (Orense), en época de Carnestolendas (ib., p. 361).

(44) Véase la nota anterior. En su Marcos de Obregón, y con referencia al Martes de Carnestolendas, indica Vicente Espinel: «[…] y en acabándose la grita de jeringas y naranjados […]» (I parte, discurso V; ed., introd. y n. de M.ª Soledad Carrasco Urgoiti, Madrid: Castalia, 1980, t. I, p. 136). Véase también lo que escribe J. Caro Baroja (El Carnaval…, o. cit., pp. 58-59).

(45) Véase G. Gaignebet, Le Carnaval, o. cit., pp. 51-52. — El tema de la «locura de la Cruz» aparece en muchas obras festivas del Renacimiento: véase el libro de Joël Lefebvre, Les fols et la Folie. Étude sur les genres du comique et la création littéraire en Allemagne pendant la Renaissance, París: Klincksieck, 1968.

(46) Y.-M. Bercé, Fête et révolte…, o. cit., p. 36.

(47) M. Bajtin, La cultura popular…, trad. cit., pp. 234-235.

(48) En una representación del Carnaval, obra del Bosco (composición perdida, pero de la que hay un fragmento en colección particular), la repolluda personificación de las Carnestolendas llevaba en la cabeza un embudo boca abajo, símbolo del mundo al revés que es el de la locura carnavalesca (ese embudo es uno de los atributos tradicionales del loco).

(49) M. Molho, Cervantes: raíces folklóricas, o. cit., p. 242.

(50) Véanse, por ejemplo, las reacciones de Sancho cuando le pregunta la duquesa, después del episodio de Clavileño, lo que ha visto durante su viaje por los aires (II parte, cap. XLI).

(51) Véase Amado Alonso, «Las prevaricaciones idiomáticas de Sancho», en Nueva Revista de Filología Hispánica, II (1948), pp. 1-20. Sobre la caracterización lingüística de Sancho, véase también Monique Joly, «Ainsi parlait Sancho Panza», en Les langues néo-latines, 215 (1975), pp. 3-37.

(52) El ejemplo tal vez más significativo es el que encierra el capítulo XX de la primera parte del Quijote en que, parodiando la referencia a las autoridades clásicas, característica de la cultura oficial y culta, Sancho dice: «fue una sentencia de Catón Zonzorino, romano, que dice: “y el mal para quien le fuere a buscar”». Catón el Censor, el sabio, se halla pues calificado de zonzo o sea de tonto. No se pueden poner en tela de juicio, de manera más desvergonzada y regocijada, los cánones de la cultura erudita. Véase también el análisis, algo diferente del nuestro, de M. Molho, Cervantes: raíces folklóricas, o. cit., p. 241.

(53) Véase cómo don Quijote habla de Sancho ante los duques: «[…] el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que lo confirman por bobo; duda de todo, y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones que le levantan al cielo» (II parte, cap. XXXII).

(54) El bufón no es más que el loco carnavalesco fuera del contexto carnavalesco. Acerca del bufón y de la literatura a que ha dado lugar, véase (con relación al caballero del verde gabán del Quijote) lo que escribe Francisco Márquez Villanueva, Personajes y temas del Quijote, Madrid: Taurus, 1975, pp. 221-227. Sobre Sancho Panza visto como un morio, en la línea del Elogio de la locura de Erasmo, consúltese Marcel Bataillon, «Un problème d’influence d’Érasme en Espagne. L’Éloge de la Folie», en Actes du Congrés Érasme de Rotterdam, Amsterdam-Londres: North-Holland Publishing Company, 1971, pp. 136-147 (p. 141 y ss.).

(55) Los datos suministrados por la paremiología se han utilizado muchas veces. Véase por ejemplo una de las últimas síntesis sobre el particular en M. Molho, Cervantes: raíces folklóricas, o. cit., pp. 249-251.

(56) Citamos por la ed. de Martín de Riquer, Barcelona: Horta, 1943.

(57) Citamos por el Dizionario Enciclopedico Italiano (Roma, 1955), el cual aduce un ejemplo sacado del Ariosto.

(58) Véase Enrique IV, acto II, escena IV. —Falstaff, personaje barrigudo, desempeña más o menos el papel de bufón. Su entronización es burlesca, pero el reinado es muy breve y no va acompañado de actos de gobierno.

(59) Véase Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas desde fines del siglo xvi a mediados del xviii (ed. de Emilio Cotarelo, Madrid: Bailly-Baillière, 2 t., 1911; Nueva Biblioteca de Autores Españoles), I, p. 392b. Rojas utiliza el conocido refrán «Sancho, puerco o cochino todo es uno». También dice algo parecido John Minsheu en uno de sus diálogos de 1599: «Tan buena metáfora fue essa, como [la que hizo] aquel que llamó Rey al que guarda los puercos» (Revue Hispanique, XLV [1919], p. 102).

(60) En el capítulo XLII de la segunda parte, al darle sus consejos de gobierno, le dice don Quijote a Sancho: «Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra».

(61) Sobre dicha importancia, véase Glaude Gaignebet, Le Carnaval, o. cit., cap. III: «La mort du cochon», pp. 57-64.

(62) Véase, por ejemplo, cómo Cervantes describe a Sancho cuando, al final del episodio, el gobernador está metido entre dos paveses: «Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o como medio tocino metido entre dos artesas […]» (LIII, p. 191).

(63) Sobre esta tradición carnavalesca, que cuaja también en textos literarios como los de Rabelais, véase M. Bajtin, La cultura popular…, trad. cit., pp. 178-180. — Sobre el derrocamiento y la muerte del Carnaval, véase J. Caro Baroja, o. cit., p. 108 y ss.

(64) En Durro (Cataluña) se sentenciaba a muerte al Carnaval y se le fusilaba. Caía entonces al suelo, así como el mozo que le animaba; luego recogían al mozo y al monigote y los llevaban en unas angarillas hasta la plaza. Se les cubría de paja y se encendía el fuego. Hasta que las llamas no habían prendido en toda la paja, no se ponía en pie el mozo que representaba al Carnaval. Cuando se levantaba, se sacudía del cuerpo las pajas ardiendo y los espectadores celebraban la resurrección del rey de la fiesta, porque de tal modo, al año venidero, reinaría otra vez (véase J. Caro Baroja, ib., pp. 108-109).

(65) Véase Y.-M. Bercé, Fête et révolte…, o. cit., pp. 27-28. — Acerca de estos reinados carnavalescos, Caro Baroja (El Carnaval…, o. cit., p. 339) cita el texto del edicto dado en Teruel en septiembre de 1745 por el obispo Francisco Pérez de Prado. Por ilustrar perfectamente lo que escribimos, reproducimos la parte del mandamiento que hace al caso: «[…] mandamos que ninguna cofradía pueda nombrar ni permitir a sus Cofrades y Cofradesas que acepten el nombramiento de Rey, Reyna, Duque o Conde, Duquesa o Condesa, Mayordomo o Mayordoma del Reynado […] Y assimismo no puedan los dichos Reyes o Emperadores del Juego del Reynado entrar en la iglesia con la mojiganga de corona de papel o de otro material en el sombrero, o en la cabeza, ni el Duque o Conde con las del plumaje, ni el Mayordomo con disfraz, ni con alguna insignia de tales oficios, ni estos oficiales puedan sentarse juntos en la Iglesia en figura de Comunidad o cuerpo separado, ni en banco preferente o igual a las Justicias que tienen la vara del Rey nuestro Señor. Ni las Emperatrices o Reynas de Carnestolendas puedan tener en la iglesia trono […]».

(66) Sobre la actuación de autoridades burlescas en varios lugares de España (particularmente alcaldes, con sus ministros y secretarios), véase J. Caro Baroja, ib., p. 318 y ss. Acerca de la inversión de papeles: alcalde ficticio que ocupa el sitio habitual del alcalde real, bastón de mando que se quita al uno y se da al otro durante la fiesta, pregones que ordena el alcalde de burla, etc., ib., pp. 318 y 320. — Sobre la tradición de ordenanzas burlescas, véase Y.-M. Bercé, Fête et révolte…, o. cit., p. 77.

(67) Sobre el episodio de la ínsula Barataria visto como la expresión de dicho debate, véase Jean-Marc Pelorson, «Le discours des “Armes” et des “Lettres” et l’episode de Barataria», en Les langues néo-latines, 212 (1975), pp. 40-58.

(68) Véase por ejemplo lo que se indica en El baile de los locos de Toledo, publicado en 1616 en la quinta parte de las Comedias de diferentes autores: «Los locos, con cascabeles / y con varios instrumentos, / vestidos de mil colores / y jirones muy diversos…» (Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras…, II, ed. cit., p. 485b). Véase también lo que escribe Francisco Márquez Villanueva, Personajes y temas del Quijote, o. cit., p. 222.

(69) El traje de los letrados era un traje negro y talar, que se llamaba loba en los siglos xv y xvi y que en el libro de sastrería de Francisco de la Rocha Burguén, Geometría y traza perteneciente al oficio de sastre, publicado en Valencia en 1618 (BNM: R. 2502), lleva el nombre de balandrán. Para tener una idea del traje de los letrados, véase el retrato de un doctor en Derecho por la Universidad de Salamanca, pintado por Zurbarán en 1625 (conservado en Boston, en el «Isabella Stewart Gardnor Museum»). —Varios detalles relacionados con la vestimenta los debemos a doña Carmen Bernis, a quien expresamos aquí nuestro más sincero agradecimiento.

(70) Sobre el gabán como prenda campesina, véase Noël Salomon, Recherches sur le thème paysan dans la «Comedia» au temps de Lope de Vega, Burdeos: Institut d’Études Ibériques et Ibéro-américaines, 1967, pp. 478, 500, 502, etc., y lo que dice Covarrubias en el artículo gaván. Acerca del gabán como prenda fundamental de la indumentaria del loco, véase F. Márquez Villanueva, Personajes y temas del Quijote, o. cit., pp. 221-222.

(71) La montera, a principios del siglo xvii , era la cobertura de cabeza de la gente del campo (véanse los textos citados por N. Salomon, Recherches sur le thème paysan…, p. 501). Por otra parte, en algunos documentos, aparece como un tocado de locos: por ejemplo, el loco Martín de Aguas pintado por Sánchez Coello en 1595 aparece con gabán y montera. Lo mismo ocurre con El enano aragonés, retratado por Vicente López en 1825, quien lleva todavía una enorme montera de piel (F. Márquez Villanueva, Personajes y temas del Quijote, o. cit., p. 223).

(72) Conocido es el gusto de los soldados por los colores chillones (en que dominaban el rojo y el verde, colores de locura), lo que explica el nombre de papagayos que se les daba. Véase por ejemplo la evocación hecha por el propio Cervantes en El licenciado Vidriera (ed. de Francisco Rodríguez Marín, Madrid: Espasa-Calpe, col. «Clásicos castellanos», 1969, p. 19) y la nota correspondiente.

(73) En un principio, el chamelote fue un tejido de pelo de camello. Posteriormente se hizo con seda, a veces mezclada con lana o con pelo de cabra, de manera a imitar el verdadero chamelote. Por lo que hace al leonado, era un tinte que sólo se empleaba en las sedas y no era fácil de conseguir. Entre las Ordenanzas antiguas de Toledo (Toledo: Imprenta de José de Cea, 1858), figura una, relacionada con una Real Pragmática de 19 de septiembre de 1590. Se refiere a varias clases de tejidos de seda, como «gorgoranes, chamelotes, ormesíes lisos, labrados y de aguas», e indica: «se previene que no se puedan dar aguas [o sea visos que imitan las ondulaciones del agua] a ninguno de los tejidos de seda referidos que estuvieren en menos quenta de la que queda expressada» (p. 219). En uno de sus Diálogos de 1591, William Stepney nota: «[…] amigo, ¿qué queréys comprar? Venid acá: ¿os plaze comprar alguna cosa? Mirad si tengo algo que os agrade; entrad, yo tengo aquí buen paño, buen lienço de todas suertes, buen paño de seda, chamelote, damasco, terciopelo, brocado, fustán […]» (Revue Hispanique, XLV [1919], p. 40). Es incuestionable que en época de Cervantes el chamelote era un tejido de precio en el que entraba una fuerte proporción de seda. No es pues la tela con que se hacían los gabanes, ya que éstos, por ser prenda campesina, se confeccionaban con paño tosco y pardo. El abigarramiento también existe pues entre tejido y vestido.

(74) Los testimonios sobre los colores de la locura son numerosos (al amarillo y al verde hay que añadir a veces el rojo). Por ejemplo, en Oyón (Álava), el día de la fiesta de San Vicente y San Atanasio sale un loco (el cachi) por el pueblo y va vestido con la mitad del traje, de arriba abajo, amarilla y la otra mitad verde (J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 200). Véase también lo que escriben Roger Vaultier (Le folklore pendant la guerre de Cent Ans d’après les Lettres de Rémission du Trésor des Chartes, París: Librairie Guénégaud, 1965, p. 91), André Varagnac (Civilisation traditionnelle et genres de vie, París: Albin Michel, 1948, pp. 140-150), y Francisco Márquez Villanueva (Personajes y temas del Quijote, o. cit., p. 223), etc.

(75) F. Márquez Villanueva, ib., p. 223.

(76) Es lo que indican el capitán Pedro de Aguilar en su Tractado de la cavallería de la gineta (Sevilla: Hernando Díaz, 1572) y Pedro Fernández de Andrada en su obra De la gineta de España (Sevilla: Alonso de la Barrera, 1599). El primero subraya que hay que fomentar el arte de montar a la jineta «siendo tan importante para el uso y exercicio militar» (citado por F. Rodríguez Marín en la ed. del Quijote que utilizamos, III, p. 118, n. 3). Lo mismo dice Juan Arias Puertocarrero en su Discurso para entrar a la jineta con gracia y hermosura, compuesto en 1590 (en Tres libros de jineta de los siglos xvi y xvii, Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1951). Y en efecto es esa visión guerrera la que nos da Cervantes en el cap. XXXVI de la primera parte del Quijote, ya que exclama el ventero: «Cuatro hombres […] vienen a caballo, a la jineta, con lanzas y adargas».

(77) La mula aparece, por ejemplo, en Viana del Bollo, en la provincia de Orense (J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 214). Adviértase que Cervantes no dice mula, sino macho y el macho puede ser el mulo o el cabrón. ¿Habrá querido Cervantes introducir un rasgo de humor suplementario al provocar una fugaz vacilación en la mente del lector? Además, en tiempos antiguos, hubo disfraces de macho cabrío en época de Carnestolendas, recuerdo tal vez de las Lupercales (véase C. Gaignebet, Le Carnaval…, o. cit., p. 25). En el País Vasco, durante el tiempo carnavalesco, se utilizaban pieles de cabra (J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 171).

(78) Sobre las máscaras barbudas, véanse Adolphe-Louis Fabre, Les clercs du Valais. Recherches historiques sur les Bazoches des Parlements et les sociétés dramatiques des Bazochiens et des Enfants-Sans-Souci (Lyon: N. Scheering, 1875), p. 220, y Le théâtre populaire européen (ed. de Léopold Schmidt, París: Maisonneuve et Larosc, 1965), p. 138. — Todavía hoy en día, en Alemania, se utiliza la barba con cierta frecuencia para disfrazarse durante la época carnavalesca (ib., p. 50). — El hombre salvaje que aparecía por ejemplo en el Carnaval de Nuremberg (pero también en otras partes) era barbudo, velloso y llevaba apliques de hojas de árbol (por eso en ciertas partes de Francia se le llamaba l’homme vert o le feuillu). El hombre salvaje que corresponde al oso de Carnaval ha dado lugar a la leyenda de «Valentín y el osito», de la cual se encuentran rastros en Cataluña (véase C. Gaignebet, «Le combat de Carnaval et de Carême...», art. cit., pp. 329-331). Sobre el hombre salvaje, consúltese Richard Bernheimer, Wild men in the Middle Ages (Cambridge: Harvard University Press, 1952), y Franck Tinland, L’homme sauvage (París: Payot, 1968).

(79) Arlequín desciende del hombre salvaje. Los apliques de su traje, que llegan a formar un ajedrezado, no son más que hojas de árbol estilizadas. Por eso llevaba una máscara hirsuta en un principio.

(80) En el Baile de los Gallos de Luis de Benavente, publicado por primera vez en 1668, se evocan las Carnestolendas y el autor pone la acotación siguiente: «Salen al son de atabalillos todos los que hubiere, en caballitos de caña, vestidos de papel, con cañas y rehileros en las manos, y uno vestido de niño con mantilla y babador…» (Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras…, ed. cit., p. 830b). También en Madrid, hasta 1936, salía el niño llorón en las mascaradas de Carnaval. De la misma manera, en otras partes, uno de los disfraces cómicos de la época de Carnestolendas era el de un adulto vestido de niño con un babador y a veces un chupete en la boca (véanse C. Gaignebet, Le Carnaval, o. cit., p. 48, e Y.-M. Bercé, Fête el révolte…, o. cit., pp. 31).

(81) Sancho le dice exactamente al duque: «Letras […] pocas tengo, porque aún no sé la A B C; pero bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador» (cap. XLII de la segunda parte). Claro está que Sancho utiliza Christus en el doble sentido de la palabra: el de la cruz que precedo al abecedario en la cartilla de los niños y el de Jesús, refiriéndose de tal modo a la doctrina evangélica.

(82) Véase M. Bajtin, La cultura popular…, trad. cit., pp. 178-179.

(83) En sus Diálogos de apacible entretenimiento, publicados en 1605, Gaspar Lucas Hidalgo evoca el martes de Carnestolendas y escribe: «La mujer se viste de hombre / y el hombre se viste de hembra» (ed. de Américo Castro, Madrid: Atlas, 1950, Biblioteca de Autores Españoles, t. XXXVI, p. 316). Del mismo modo, en su entremés Las Carnestolendas, después de evocar el «loco tiempo de Carnestolendas», Calderón pone en boca de un vejete: «Al revés anda ya el mundo. / Por San Dimas, que no falta / sino andar de hombres las hembras / y los hombres en enaguas» (ed. cit., Biblioteca de Autores Españoles, t. XIV, p. 634b). Véase también lo que indica el folklorista Van Gennep (Manuel…, o. cit., p. 884). — No hablaremos aquí del sub-episodio iniciático de la doncella vestida de hombre, del cual trataremos en otro trabajo.

(84) Van Gennep, Manuel…, o. cit., p. 922. — Véase también lo que en 1745 prohibía el obispo de Teruel, Francisco Pérez de Prado: «[…] mandamos que […] no puedan los dichos Reyes o Emperadores del Juego de Reynado entrar en la iglesia con la mojiganga de corona de papel […]. Ni las Emperatrices o Reynas de Carnestolendas puedan tener en la Iglesia trono (como dizen) de assiento preheminente, separado y alfombrado, ni llevar divisa alguna de tal burla, ni estar en comunidad o cuerpo distinto con la Duquesa o Condesa y la Mayordomesa o Sácalostodos. Ni nuestros curas, ni otros sacerdotes ni clérigos de cualquiera orden y grado puedan acompañar esta tramoya burlesca del Reynado para ir a la iglesia en mujeres ni hombres, ni salir a recibirlos a la puerta de ella, ni ministrarles el agua bendita con el hissopo o sin él, acompañarlos al assiento, ni despedirlos a la salida, o conducirlos a sus casas» (citado por J. Caro Baraja, El Carnaval…, o. cit., p. 339). Sobre comitivas burlescas y asistencia a misa de las autoridades ficticias, consúltese la obra del mismo Caro Baroja, p. 318.

(85) Éste, Román de la Higuera, se refiere a las cabalgaduras que profanaban los templos (según Jerónimo López de Ayala —conde de Cédula—, Toledo en el siglo xvi, Madrid: Imprenta de los hijos de M. G. Hernández, 1901, p. 162).

(86) Sobre la fiesta del asno, véanse Du Tilliot, Mémoires pour servir à l’histoire de la fête des fous, qui se faisait autrefois dans plusieurs églises (Lausanne-Genève: Marc-Michel Bousquet et C.ie, 1741, p. 14 y ss.), y Jean Delumeau, La mort des pays de cocagne. Comportements collectifs de la Renaissance a l’âge classique (París: Publications de la Sorbonne, 1976, pp. 17-18).

(87) Evocando lo que el escudero Marcos de Obregón compra para su señora el Martes de Carnestolendas, Vicente Espinel apunta: «[…] di conmigo en un tabernáculo de la gula, donde henchí un paño de manos de una empanada y par de perdices, un conejo y frutillas de sartén» (I parte, descanso V; ed. cit., I, pp. 135-136).

(88) En el artículo Antruejo, explicando el origen de tal palabra, escribe Covarrubias: «[…] y assí antruejo valdrá tanto como fiesta de las ollas grandes y ollas podridas […]». También indica Agustín Moreto en su comedia Industrias contra finezas: «Llégate a mis brazos, Celia / para que hagas, con Testuz / ollas de Carnestolendas» (jornada 3.ª, escena XXI; ed. de Luis Fernández-Guerra y Orbe, Madrid: Imprenta de los Sucesores de Hernando, 1911, Biblioteca de Autores Epañoles, XXXIX, p. 288c). En Galicia, tierra donde se habían conservado mejor las costumbres de Carnaval, la olla podrida era plato frecuentísimo en esa época festiva (J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 114).

(89) Véase XLV, 12; LIII, 189; LIII, 198; LV, 235; LV, 238; etc.

(90) El tiempo de las Carnestolendas es muy variable (véase J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 39 y ss.). Sin embargo, en bastantes sitios empezaba la fiesta el Jueves Gordo (o Jueves Lardero) y duraba hasta el Miércoles de Ceniza, siendo el día principal el Martes de Carnaval. En muchas partes tan sólo correspondía a los tres días antes de la Cuaresma: Domingo, Lunes y Martes de Carnaval.

(91) Véase Libro de Buen Amor, estrofa 1076.

(92) Ib., estrofa 1100.

(93) J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 117.

(94) Evocando varios juegos divertidos de la noche de Carnestolendas, o sea del Martes de Carnaval, escribe Francisco Santos en La tarasca de parto en el mesón del infierno: «Júntanse en otra parte diversas personas y ordenan el juego del Tribunal, nombran Ministros altos y baxos, siéntanse a un lado los abogados, el relator en su puesto, y van viniendo los nombrados por presos delante de la silla del Presidente, puesto un pedazo de manta o estera, al que quieren burlar (que siempre escogen al más inocente), estando haciendo relación de su causa, tiran de la alfombra y dan con él de costillas…» (Obras en prosa y verso, 4 t., Madrid: Francisco Martínez, 1723; III, pp. 252b-253a).

(95) Acerca de estos tribunales se ha escrito mucho, sobre todo en Francia. Véanse, por ejemplo, R. Vaultier, Le folklore pendant la guerre de Cent Ans…, o. cit., p. 98; Y.-M. Bercé, Fête et révolte…, o. cit., pp. 37-38, y Van Gennep, Manuel…, o. cit., p. 919.

(96) En Valcarlos se constituía un tribunal paródico con papeles de juez, acusador, secretario, letrado defensor, etc.; la sentencia daba lugar a un charivari (J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., pp. 192-193). — Las censuras carnavalescas toman a veces la forma de testamentos o de sermones burlescos (véanse Pilar García de Diego, «Censura popular», en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, XVI [1960], pp. 295-333, y J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., pp. 115, 213, etc.).

(97) Sobre el particular, véanse Adolphe-Louis Fabre, Les clercs du Palais. Recherches historiques sur les Bazoches des Parlements…, o. cit., y Howard Graham Harvey, The Theatre of The Basoche, Cambridge: Harvard University Press, 1941. Nótese que la Basoche también constituía un reino que tenía su rey.

(98) Es el tema, por ejemplo, de la farsa La Mère, la Fille, le Tesmoin, l’Amoureux et l’Official (puede leerse en Recueil de farces, moralités el sermons joyeux, ed. Le Roux et Lincy et Francisque Michel, 4 t., París: Techener, 1837; I, n.º 22).

(99) Es el argumento de la Farse des deux savetiers y de la conocidísima Farse de Maistre Pierre Pathelin.

(100) Enrique Cock, evocando las Carnestolendas del año 1585, escribe: «En algunas tierras exhiben espectáculos por las calles, como he visto hacer a los estudiantes de Salamanca» («Anales del año ochenta y cinco», en Viajes de Extranjeros por España y Portugal, ed. de J. García Mercadal, 3 t., Madrid: Aguilar, 1952-1962, I, p. 1311b).

(101) Véanse Van Gennep, Manuel…, o. cit., pp. 1065 y 1079, y C. Gaignebet, «Le combat de Carnaval et de Carême…», art. cit., p. 334. Se trata, como lo subraya M. Bajtin, de una manifestación de la degradación carnavalesca, rasgo sobresaliente del realismo grotesco (La cultura popular…, o. cit., pp. 24-25, etc.).

(102) Véase lo que escribe un jesuita desde Madrid, el 23 de febrero de 1638: «El martes [de Carnestolendas] se hizo una boda de una dama, por vía de entremés; concurrieron a la representación casi los más de los caballeros. Fue portero aquel día el señor Conde-Duque; salieron vestidos de alabarderos a lo tudesco el conde de Oropesa, el conde de Aguilar, el marqués de la Guardia […], de dueñas D. Jaime de Cárdenas, D. Francisco de Cisneros, etc., de damas el Almirante, el conde de Grajal, el conde de Villalba, el marqués de Aytona, etc. La Reyna hizo el obrero mayor, que se llama Carbonel; al Rey, un ayuda de cámara viejo; al príncipe, el duque de Pastrana; la novia fue otro ayuda de cámara viejo, de muy mala cara, y el novio Zapatilla. Llevaban doce pajes, hijos de señores. Los gentileshombres entraron en caballos de caña. Hizo oficio de patriarca el conde de la Monclova, que era el que había de casar los novios. Hubo su modo de saraos y dichos, que cada uno llevaba estudiados […]. Los trajes fueron ridículos y de grande entretenimiento […]» (Cartas de algunos padres de la Compañía de Jesús, II, Madrid: Imprenta Nacional, 1862; «Memorial Histórico Español», XIV, pp. 336-337). Se puede notar en este texto la inversión general que caracteriza al Carnaval. Por lo que hace a los novios, las particularidades burlescas que hemos indicado saltan a la vista (Zapatilla era un bufón, bajo y contrahecho). Es preciso añadir que en el Carnaval romano salían a menudo jorobados y lisiados, como ocurrió por ejemplo en el de 1632 (véase Martine Boitoux, «Carnaval annexé. Essai de lecture d'une fête romaine», en Annales. Économies. Sociétés. Civilisations, 32 [1977], pp. 356-380 [p. 363].

(103) Sabido es que el Carnaval prolonga varios aspectos de las Saturnales. En sus Noches Áticas, Aulo Gelio evoca diversos enigmas y sofismas festivos que se decían durante estas fiestas (XVIII, 2).

(104) Véase M. Bajtin (La cultura popular…, art. cit., p. 210 y ss.) acerca del «Enigma de la profecía» de Gargantúa.

(105) Véase, por ejemplo, lo que escribe Glaude Gaignebet (Le Carnaval…, o. cit., p. 65 y ss.), aunque con una perspectiva algo diferente de la nuestra.

(106) J. Caro Baroja, El Carnaval…, o. cit., p. 45. — Este autor recoge varios refranes que corrían por Castilla en época de Correas: «El buen hilar, de San Miguel a Navidad: de marzo ayuso, no rabea bien el huso» y «Día de Santa Inés, mujeres, no hilés».

(107) Gonzalo Correas, en su Vocabulario de refranes (ed. Louis Combet, Burdeos: Institut d’Études Ibériques et Ibéro-américaines, 1967), escribe: «Es de advertir que algunos nombres los tiene rrezibidos i kalifikados el vulgo en buena o mala parte i sinifikazión por alguna semexanza que tienen kon otros, por los kuales se toman» (p. 41a-b), y en otro lugar (p. 90b) recoge el refrán siguiente: «El nonbre sigue al onbre». Como lo subrayan J. B. Avalle Arce y E. C. Riley, «[…] el nombre personal ha tenido siempre, en la tradición judeo-cristiana, una cierta cualidad mística y definitoria de la esencia de esa persona» («Don Quijote», en Suma cervantina, Londres: Tamesis Books Limited, 1973, p. 49). Véanse también, sobre el particular, las acertadas observaciones de Claude Gaignebet (Le Carnaval, o. cit., pp. 163-164).

(108) Vocabulario de refranes, ed. cit., p. 467b.

(109) Ib., p. 41b y p. 167a-b. — Pedro tiene siempre mala fama; es lo que aparece también en los Diálogos de John Minsheu de 1599: «Porque ni mula mohina, ni moça Marina, ni moço Pedro en casa, ni Abad por vezino, ni poyo a la puerta, no es bueno» (p. 106) y «todo eso es como Pedro por demás» (p. 104).

(110) En su Vocabulario de refranes (ed. cit., p. 425a), Correas apunta: «Kon lo que Pedro adoleze, Sancho —o Domingo— konvaleze; [o] Kon lo que Pedro sana i konvaleze, Domingo adoleze». En el Refranero de Francisco de Espinosa, de hacia 1540 (ed. de Eleonor S. O'Kane, Madrid: Real Academia Española, 1968), el proverbio aparece (p. 215) bajo la forma «Con lo que Pedro sana, Domingo adolece». En el Refranero del marqués de Santillana publicado en 1541 con una glosa nueva, el refrán es el siguiente: «Con lo que Sancho sana, Domingo adolece» (Dos refraneros del año 1541, Madrid: Imprenta de J. Cosano, 1944; col. «Libros humildes», p. 83).

(111) Adviértase que en el Viaje de Turquía, Pedro de Urdemalas se hace médico.

(112) Véase supra, nota 19.—Hay que indicar que el médico es un personaje que sale con frecuencia en las mascaradas de Carnaval: véanse Van Gennep (Manuel…, o. cit., pp. 916 y 920) y A. Varagnac (Civilisation traditionnelle el genres de vie, o. cit., pp. 87-88). También es preciso añadir que el doctor es objeto de censuras populares cuando las Carnestolendas: consúltese Pilar García de Diego («Censura popular», art. cit., p. 320).

(113) G. Correas, Vocabulario de refranes, ed. cit., p. 467b. También aparece el refrán bajo la forma «Pedro, por ti, poko medro».

(114) Véase la segunda égloga (de Antruejo) de Juan del Encina.

(115) Véase Claude Gaignebet, «Le combat de Carnaval et de Carême…», art. cit., p. 341.

(116) Véase Mircea Eliade, Initiations, rites, sociétés secrètes, París: Gallimard, 1976, col. «Idées», pp. 29, 48, etc.

(117) Recuérdese lo que escribe Cervantes: «dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver el rucio, ni al rucio sin ver a Sancho […]» (II parte, cap. xxxiv). Separarle a Sancho de su asno es pues despojarle de parte de su ser.

(118) Véase II parte, cap. XLVIII: «Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en aquel castillo tenía […]».

(119) Por doña Rodríguez, nos enteramos de que un rico labrador «le presta dineros [al duque] y le sale por fiador de sus trampas por momentos…» (II parte, cap. XLVIII).

(120) El hijo del labrador rico que le presta dineros al duque ha burlado a la hija de doña Rodríguez, prometiéndole casarse con ella. Como el aristócrata no quiere descontentar al padre del joven, no le hace justicia a la dueña (véanse cap. XLVIII y LII de la II parte). Los duques afrontarán públicamente a madre e hija (cap. LII) y se burlarán de ellas (cap. LVI ). Tan sólo gracias a don Quijote acabará felizmente la historia.

(121) Piénsese en el lavado de las barbas de don Quijote (II parte, cap. XXXII), en el castigo de los 3.300 azotes que ha de sufrir Sancho para desencantar a Dulcinea (cap. XXXV), en la explosión de Clavileño, que hubiera podido acabar de manera sangrienta (cap. XLI).

(122) Aunque varias afirmaciones suyas se puedan poner en tela de juicio, consúltese Ludovik Osterc, El pensamiento social y político del Quijote, México: Ed. De Andrea, 1963, y más particularmente pp. 261 y ss.: «El gobierno de Sancho».

(123) Véase parte I, lib. I, cap. I; parte II, lib. II, cap. III; etc.

(124) Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, Madrid: Miguel Serrano de Vargas, 1603, fol. 291r.

(125) Citado por L. Osterc, El pensamiento social y político del Quijote, o. cit., p. 224.

(126) He aquí lo que escribe el autor de unas Noticias de la primera mitad del siglo xvii con relación a esas Carnestolendas: «Martes de Carnestolendas [1.º de marzo] salió la mojiganga de la villa, que en diversidad de trajes y personas, emblemas y hieroglíficos, sobrepujó a la otra aunque no quizá en el gasto. Estaba dividida en diferentes cuadrillas […]. Traían todos sus máscaras, encubriendo con ellas su borrachera; sus motes y divisas fueron agudas y algunas con gran aire satírico, como la de la cuadrilla de los escribanos, cuyo letrero decía: “Todos los de esta cuadrilla / son los gatos de la villa” […] Entre las demás figuras, había uno vestido de pieles de carnero, el pelo adentro, y decía su letrero: “Sisas, alcavalas y papel sellado / me tienen desollado.” Otro traía muchos hábitos y cruces de las órdenes y decía el letrero: “Éstas se venden” y no causó poca risa ver a uno con su bonete en traje de teatino que iba huyendo y tras él corriendo el Demonio, a modo de los que pintan del infierno, con el letrero: “Voy corriendo por la posta / tras el padre Salazar / y juro a Dios y esta cruz / que no le puedo alcanzar” […] No cuento nada de los demás que salieron a esta fiesta vestidos de cardenales, echando absoluciones y otras cosas, porque dicen que la Inquisición ha reparado en ello, y no se atrevió a salir el que había hecho un vestido de papel sellado, por parecer demasía» (Cartas de algunos padres de la Compañía do Jesús, o. cit., II, pp. 67-68).

(127) Véase cap. LX.