Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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martes, 1 de marzo de 2011

Don Quijote: ¿ficción o historia?*

Bruce W. Wardropper**

Aunque hoy día llamamos novela al Quijote, Cervantes no lo llamó así. La palabra novela es moderna en español; no existía entonces en el sentido de ficción extensa en prosa y se aplicaba solamente a las narraciones cortas de origen italiano. Otro grupo de palabras que se usaron para designar ficción más extensa en prosa derivan del latín romanice; en Francia, roman incluyó la obra de ficción en prosa, cuando la palabra equivalente en España, romance, tenía ya otros significados.1 No existía, pues, un nombre genérico para las tempranas obras de ficción en prosa.2 Las obras de caballerías y pastoriles se llamaron libros, y las sentimentales, tratados; La lozana andaluza de Francisco Delicado es un retrato, y las obras picarescas son vidas. En las portadas de los dos tomos de su obra maestra, Cervantes se abstiene cuidadosamente de clasificar su obra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. En el prólogo de la primera parte, el amigo que le aconseja sobre los preliminares de la obra la llama simplemente libro. Si, como el amigo supone, el Quijote es esencialmente una parodia de los libros de caballerías, se podría pensar que el término usado para designar el original —libro— sería el más apropiado a la parodia. Cervantes, sin embargo, lo usa rara vez en el texto. Prefiere llamar a su obra historia, en el sentido, no de invención ficticia, sino de historia verdadera. Naturalmente sabemos que no lo dice en serio; el Quijote puede ser libro de aventuras, novela u otra clase de ficción, pero indudablemente no es historia. Tenemos que hacer frente, pues, a una narración que pretende pasar por historia, una obra que se finge históricamente verdadera, dentro del marco de la ficción. A mi modo de ver, el estudio del Quijote ha de empezar por esta paradoja.

El problema de la falsa historicidad de la obra generalmente se presenta según los principios aristotélicos de la universalidad de la poesía y la particularidad de la historia. «La diferencia entre el historiador y el poeta», dice Aristóteles, «no está en la diferencia entre escribir en verso o en prosa; la obra de Heródoto podría ponerse en verso y seguiría siendo historia, tanto en verso como en prosa. La diferencia está en que una dice lo que ha ocurrido y la otra lo que podría ocurrir. De ahí que la poesía sea más filosófica y de más elevado valor que la historia; porque la poesía tiende más a unificar, mientras que la historia amontona».3 Esta aproximación al Quijote, adoptada por Américo Castro en El pensamiento de Cervantes (Madrid: Imprenta de la Librería y Casa Editorial Hernando, 1925) y con más cautela por E. C. Riley en Cervantes’s Theory of the Novel (Oxford: Clarendon Press, 1962; trad. española de Carlos Sahagún, Madrid: Taurus, 1981, 3.ª ed.), puede parecer sólida a primera vista. El Pinciano expone esta doctrina en su Filosofía antigua poética (1596),4 obra que sin duda alguna conocía Cervantes, y los personajes del Quijote también comentan la literatura desde este punto de vista aristotélico.5 En la terminología de la estética del siglo xvi, puede decirse que la historia es natural, puesto que narra sucesos según acaecieron (es decir, que cada uno sale de los precedentes conforme a la lógica de la Naturaleza),6 mientras que la ficción es artística —artificiosa— ya que hace suceder los acontecimientos de una manera peculiarmente satisfactoria.7 En el Quijote, Cervantes por una parte manipula las aventuras para conseguir un fin artístico, y, por otra, hace que cada aventura fluya naturalmente de la anterior. Llegamos así a la conclusión que la obra es al mismo tiempo poesía e historia, es decir, usando la imagen crítica de Castro, es como la cumbre de una montaña desde la que pueden contemplarse dos laderas, la vertiente poética y la vertiente histórica.8 El problema que plantea este acercamiento aristotélico es que no explica tanto la obra como parte de la teoría al fondo de ella.

Mi aproximación a la obra procede menos de estas consideraciones teóricas que de la historia de la literatura y de la historia de la historia. Este método histórico, por anticuado que sea, puede servir para ilustrar la forma y el sentido temático de la obra maestra cervantina.

Cervantes, pues, pocas veces llama a su libro otra cosa que una historia. ¿Se refiere quizá con ese término a una historia ficticia? La palabra podía servir para denominar una obra de ficción aun a principios del siglo xvii. El mismo don Quijote usa la palabra historia en este sentido en una ocasión: «tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo» (I, XX). Sin embargo, contrarias a esta cita, podrían darse centenares de ellas en que el término se usa en el sentido en que los historiadores usan la palabra historia. Éste es claramente el sentido en que Cervantes usa la palabra normalmente. Cervantes (o su alter ego, el fingido historiador Cide Hamete Benengeli) describe esta historia con gran variedad de adjetivos: sencilla, grande, curiosa, peregrina, apacible, sabrosa, moderna, nueva, imaginada. Pero el que repite una y otra vez es verdadera. El Quijote es una historia verdadera. Tenemos tendencia a descartar estas afirmaciones como la ironía juguetona del autor o como una convención de la época, al igual que las comedias verdaderas que no lo eran.9 ¿Tenemos, sin embargo, una excusa válida para desatender una clave, aunque sea irónica, de la naturaleza de la obra? Un poco de perspectiva histórica nos ayudará a encontrar la respuesta.

Entre las lenguas indoeuropeas, sólo el inglés traza una división clara (aunque no absoluta) entre history como narración de sucesos verdaderos y story, narración de sucesos.10 Ambas palabras tienen el mismo étimo grecolatino, HISTORIA. En otras lenguas, una sola palabra —histoire, historia, storia, Geschichte— denota ambos tipos de narración de sucesos.

En el desarrollo semántico de HISTORIA habrá ocurrido una bifurcación, para posibilitar que la palabra abarque ambos significados, lo acontecido y lo imaginado. La bifurcación lingüística corresponde a un desarrollo, o más bien a repetidos desarrollos, en la historia de la literatura. En los siglos ii y iii por ejemplo, los Erotici Graeci escribieron varias historias imaginarias: la más famosa, la Historia etiópica de Heliodoro, a pesar de lo erudito de su título, fue una de las más inverosímiles obras de ficción que ha conocido el mundo. Importa reconocer que el libro de aventuras bizantino, única obra considerable de ficción en prosa en la Antigüedad, surgió, no de la epopeya, sino de la historiografía. Aunque esta hijastra de la historia encontró buena acogida, fue apenas consciente de su deuda a la historiografía, y su falsa pretensión de ser verdadera irritó tanto a los intelectuales como a los investigadores. Como la historia ficticia de los antiguos carecía de ironía, no llegó nunca a alcanzar la categoría de novela. A Luciano le pareció necesario parodiar este tipo absurdo de libros de aventuras en una obra titulada irónicamente Vera historia, al igual que, en tiempos modernos, Cervantes hubo de parodiar irónicamente otro tipo de libros de aventuras.11 La Vera historia de Luciano fue en cierto modo el Quijote de su cultura.

La misma bifurcación de HISTORIA ocurrió en el territorio de las lenguas románicas en la Edad Media y en el Renacimiento. Al principio, se observó rigurosamente la distinción que hizo la Antigüedad entre prosa y poesía: la poesía —ya fuera épica, lírica o dramática— se usó para la ficción, y la prosa para exponer el pensamiento no imaginado —sobre la astrología, la teología, la teoría lapidaria, etc.—, pero sobre todo se usó para la narración histórica.

Los investigadores tradicionales explican el surgimiento de la novela como una prosificación de la materia épica, con importantes mutaciones genéricas, resultado del cambio de oyente masculino a lectora femenina, de la plaza pública al tocador, de la recitación en público a la lectura privada.12 En sentido estricto, esta explicación abarca solamente la ficción idealizada de los libros de aventuras: narraciones de asuntos caballerescos, troyanos, alejandrinos, y más tarde pastoriles —en suma, asuntos fabulosos—.13 Mientras tanto, la gente del pueblo seguía contando sus cuentos de viva voz y en prosa. Del mismo modo, aunque con propósito didáctico, se importaron cuentos orientales, que se vertieron al latín o a las lenguas vernáculas a beneficio de predicadores o de quienes buscaran ilustraciones morales edificantes. La ficción medieval en prosa —si excluimos la obra de un innovador tal como el Boccaccio— se compuso de libros de aventuras, cuentos folklóricos y exempla. Ninguno de estos tipos de narración se relaciona claramente con la novela moderna. Esta novela se arraiga en la historiografía.14

Los primeros cronistas no pudieron contener completamente su imaginación. Las lagunas históricas se rellenaron de invenciones originales o de materia épica prosificada, que son por definición productos de la imaginación.15 La tragedia de la historiografía es que el historiador no puede nunca operar en un plano estrictamente intelectual u objetivo: imagina motivos; imagina conversaciones; imagina la información que sus fuentes dejan de darle.

En mayor o menor grado, toda historia no hace más que pretender ser histórica.16 Ahora, en el Renacimiento tardío, tenemos un nuevo factor: algunas obras de ficción, como el Lazarillo de Tormes y el Quijote, también pretenden ser históricas.

El escribir prosa llevaba consigo un dilema moral. ¿Tenía un autor el derecho a modificar lo que creía ser la verdad, mezclándolo con los caprichos de su imaginación? Por otra parte, ¿tenía el derecho a presentar los vuelos de su imaginación como verdad? La imaginación, dimensión de la poesía, era la facultad mental propia del mentir. En el siglo xv se llamaba abiertamente mentira a la ficción tanto en poesía como en prosa. Para los críticos ascetas de la Contrarreforma, Garcilaso y Montemayor eran unos mentirosos censurables que sembraban el error en las fértiles mentes de los jóvenes.17 El modo poético al menos no engañaba a nadie, porque había sido ideado a propósito para ese agradable mentir. La prosa, en cambio, vehículo de los documentos jurídicos, los sermones y la historia, se consideraba ahora abusada por los que la usaron para propagar las falsedades de la ficción. Los peligros que contenía la prosa de la ficción eran mayores. ¿Cómo iba a saber el lector de la prosa si el historiador o el cuentista decía la verdad o mentía? Es más fácil engañar al lector cuando se le quitan las defensas de la convención recibida. De ahí se sigue que la responsabilidad moral del prosista es mayor que la del poeta. Pero hay también una consecuencia estética de este análisis que es de mayor importancia aun para nosotros hoy en día. Los problemas que acarrea el escribir ficción en prosa son intrínsecamente asuntos excelentes para la ficción en prosa. El modo prosaico suministra una alegoría ya confeccionada para expresar el dilema moral del hombre, quien tiene que vivir en un mundo donde los límites entre la verdad y la falsedad son imprecisos.

El gran mérito del barroco español consistió en que los escritores de ficción, tanto en prosa como en verso, entendieron la analogía entre su dilema profesional y el de sus lectores, y lo explotaron al máximo.

Este argumento continuo giró en torno a las palabras engaño y desengaño, verdad y mentira. En las letrillas de Góngora, en las comedias de Calderón y en los sueños de Quevedo, se da respuesta clara a la confusa condición humana; se da un hilo para salir de la confusión o el laberinto de este mundo. Diríase que estos autores impusieron una solución artística y formal a un problema existencial. Debido a su naturaleza, sin embargo, la historia se abstiene de organizar y racionalizar el caos y la sinrazón del mundo de los hombres; refleja fielmente la confusión prevaleciente.

Por ser a la vez historiador y novelista, Cervantes era necesariamente menos dogmático que otros artistas contemporáneos suyos, y menos seguro de la línea de separación entre la verdad y el error. El Quijote no desenmaraña la ficción de la historia, sino que, al contrario, enfoca su lente telescópica sobre esa imprecisa frontera. Presenta las pruebas de la incertidumbre de la verdad, y le dice al lector: «¡Juzga tú mismo!». Cide Hamete Benengeli, dudando de la autenticidad del episodio de la cueva de Montesinos (II, XXIV) anota: «Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere». Esta manera de percibir la imprecisa frontera entre historia y ficción, entre verdad y mentira, entre realidad e invención, es lo que constituye el Quijote de Cervantes, es lo que distingue a la novela del libro de aventuras. La novela es el género más consciente de sí mismo y el más introvertido.18 A diferencia de los libros de aventuras bizantinos, la novela es sensible a sus orígenes historiográficos y reconoce la necesidad de manipular su pretendida exactitud histórica con grandes dosis de ironía.

La expresión cervantina de la autoconciencia novelística es compleja. Puesto que su tema es ficticio, tiene que recurrir a estratagemas diversas para persuadir, y si es posible convencer, al lector de que don Quijote de hecho vivió y realmente hizo lo que de él se dice que hizo. Hemos notado ya las repetidas pretensiones de que la suya es verdadera historia. Pero hay algo más que esto. El realismo de las ventas y los caminos de la Mancha,19 la perfecta verosimilitud de personajes tales como Maritornes o don Diego de Miranda, la autenticidad histórica comprobada del bandolero Roque Guinart; tales detalles cautivan en el lector la voluntad de no creer. Las alusiones a los Anales de la Mancha, a sus Archivos, al manuscrito que se halló en Toledo, al cofre de plomo lleno de versos que se descubrió en la destrucción de una ermita, las intrusiones del historiador Cide Hamete y de su traductor, todo ello contribuye a la creación de un vasto aparato histórico, que da a todos y a cada uno de los capítulos la ilusión de ser históricamente verificables. Las dudas que suscita el traductor sobre la naturaleza posiblemente apócrifa de la conversación entre Sancho y su mujer o el descenso de don Quijote a la cueva sirven para dar un mayor sentido de exactitud histórica al resto de la narración. Finalmente, gracias a la intervención providencial de Avellaneda, la autenticidad histórica del don Quijote cervantino queda establecida en contra de las falsas pretensiones del ficticio don Quijote que aparece en la segunda parte apócrifa de Avellaneda.20 El don Quijote real e histórico se ve forzado a salir al frente para identificarse.21 El lector del Quijote no quiere creer realmente que lo que se narra es historia; por eso el autor tiene que esforzarse por desgastar su resistencia crítica.

¿Qué ha conseguido Cervantes al hacer pasar su relato por historia? La respuesta neoaristotélica es sencilla: ha conseguido verosimilitud.22 Pero ha hecho algo más: ha borrado la línea divisoria entre lo actual y lo potencial, lo real y lo imaginario, lo histórico y lo ficticio, lo verdadero y lo falso. Hasta el punto que ha tenido éxito, ha eliminado el escrutinio crítico del testimonio. Ha escrito una novela, la primera novela, novela que trata del problema que acarrea el escribir novelas.

Precisamente en esta destrucción de la facultad crítica y en este fallo en discenir entre historia y ficción se basa la locura de don Quijote. La causa de su locura no es tanto la excesiva lectura de libros de caballerías como su manera tergiversada de leerlos y de interpretarlos.23 Juan de Valdés, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola continuaron perfectamente cuerdos aunque devoraron todos los libros de caballerías que cayeron en sus manos.24 Don Quijote enloqueció porque no supo distinguir entre sucesos ocurridos de verdad a seres vivos y sucesos que ocurrieron solamente en la imaginación de algún autor y a seres que no eran más que criaturas de su imaginación. Don Quijote opinaba que, aunque el Cid Ruy Díaz fue muy caballero, no llegaba a la altura del Caballero de la Ardiente Espada.25 Confundió la dimensión de los hechos con la de la imaginación, la historia con la invención. Cervantes, procurando socavar la facultad crítica del lector, lleva la mímesis a su extremo lógico; trata de hacer participar al lector en la locura del personaje. Dejando aparte la cuestión moral que presenta al intentar hacer perder el juicio al prójimo, cabría preguntarse si ese objetivo era alcanzable. Seguramente lo fue, hasta cierto punto. Cualquier profesor que haya dictado un seminario sobre el Quijote sabe que el estudiante inteligente enloquece un poco cuando discute este libro. Esta especie leve de locura, nos atreveríamos a creer, es parte innata de la condición humana. Por cierto que casi todos los personajes del Quijote —exceptuando solamente el Caballero del Verde Gabán, el capellán de los duques y unos cuantos más— van manchados de esta forma de demencia, que consiste en la incapacidad de distinguir lo ficticio de lo real.26 Tarde o temprano, tenemos que preguntarnos: «¿Ocurrió realmente tal cosa, o es que lo he imaginado yo?». Esta especie de locura prevalece especialemente entre los hombres de letras.27 La verdad histórica no es en absoluto tan cierta como nos gustaría que fuera. ¿Llevó a cabo realmente Lorenzo de Arabia, caballero andante moderno, las empresas que se le atribuyen, o tienen razón sus detractores cuando le presentan como impostor? ¿Hemos de creer a Jean-Jacques Rousseau o a la historia de la literatura sobre si metió a sus hijos en un orfanato?

Un hombre culto lee tanto historia como ficción. Los historiadores hacen que sus historias se lean como novelas; y los novelistas hacen que sus novelas se lean como historias. Los escritores —lo mismo los investigadores que los poetas— conspiran para que el lector pierda el pie en la realidad, para llevarle al borde de la locura. El intelectual, el lector de libros, se ve forzado a preguntarse una y otra vez: «¿Qué es realidad?», o más aún: «¿Qué es verdad?». «El chancero Pilatos», así caracterizado por Francis Bacon, puede que haya hecho esta última pregunta con más seriedad de lo que creemos.

Un hombre analfabeto tiene el mismo problema, pero lo siente con menor intensidad. Él también tiene momentos en que no sabe si «todo lo soñó» o si «de veras ocurrió»; pero como su experiencia no va corroborada por el testimonio de la lectura de mil libros, da por sentada su debilidad humana. Por eso está también más seguro de su percepción de la realidad. En la parte primera de la obra, el analfabeto Sancho Panza no duda de que los ejércitos que ve don Quijote son ovejas, y los gigantes, molinos de viento. Sin embargo, cuando se trata de algo alejado de su experiencia, como el estruendo de los batanes golpeando en la oscuridad, Sancho tiene que enfrentarse con el misterio; siente el terrible miedo de lo desconocido que el intelectual saca de los libros. En la parte segunda, después de haber convivido largamente con don Quijote, espíritu libresco, se le adhieren algunas de las inquietudes del intelectual acerca de la verdad. Aunque, al hacer pasar a una fea aldeana por Dulcinea, es Sancho mismo quien obra el encantamiento con su mentira, las palabras de la duquesa y su autoflagelación acabarán por convencerle de que la moza escogida al azar es verdaderamente Dulcinea. Sabe la verdad, pero al mismo tiempo no puede estar seguro de saberla.28 Cogido en la red del mundo ficticio cervantino, ya no sabe distinguir entre invención e historia, entre la realidad de una aldeana, vista con sus propios ojos, y la mentira que él mismo ha inventado acerca de ella. El texto nos asegura que en la segunda parte Sancho se vuelve tan loco como su amo. Debemos notar que su locura tiene la misma causa y es del mismo tipo.

La preocupación de Cervantes con los problemas de la verdad histórica y su reconocimiento fue estimulada, a mi parecer, por la crisis que estaba pasando el arte del historiador. Si los cronistas medievales habían combinado inocentemente —quizá sin querer— la ficción con la narración de los hechos, a partir del siglo xv los historiadores se habían atareado en una falsificación intencional de la historia. Pedro del Corral, en la Crónica sarracina que compuso hacia 1430, fue tan imaginativo, que su contemporáneo Fernán Pérez de Guzmán dijo de la obra que en vez de una crónica, «más propiamente se puede llamar trufa o mentira paladina».29 Los críticos modernos, más caritativos pero menos exactos, llaman a la obra la primera novela histórica española.30 Lo importante es que pretendió pasar por historia y fue aceptada como tal por historiadores posteriores. Se imprimió en 1499, y tuvo gran número de ediciones hasta la época de Cervantes. Pedro del Corral inició la moda de lo que se ha venido a llamar «la historia novelesca y fantaseada».31

Dicha moda por poco enloquece a los eruditos. Historiadores humanistas como Jerónimo de Zurita (1512-1580) y Ambrosio de Morales (1513-1591) hicieron un esfuerzo heroico por discenir la verdad de la mentira. Estudiando cuidadosamente las fuentes, investigando en los archivos, aportando nuevos tipos de pruebas, como medallas, inscripciones y monumentos, restituyeron a la historia parte de su dignidad perdida. Éstos prepararon el terreno para el más grande y más fidedigno de los historiadores del Siglo de Oro, el Padre Juan de Mariana (1536-1624). Pero estos esfuerzos concienzudos para conseguir la verdad en la historia apenas contuvieron la oleada de la falsa historiografía; hasta es posible que hayan inculcado nuevas ideas en la mente de los falsificadores.

El descubrimiento en el Sacro Monte de Granada, entre 1588 y 1595, de los llamados libros plúmbeos reveló el más monstruoso intento para rehacer la historia anterior a la compilación de la Enciclopedia soviética. Según Ticknor, estas láminas metálicas,

cuando se descifraron, parecían ofrecer materiales en apoyo de la doctrina de la Inmaculada Concepción, favorecida por la Iglesia española, y de la llegada a España del apóstol Santiago, patrón del país, piedra angular de la historia eclesiástica española.

Este craso fraude fue aceptado como historia auténtica por Felipe II, Felipe III y Felipe IV, cada uno de los cuales en un Consejo de Estado […] juró solemnemente ser verdad; de tal modo que, en algún momento de las discusiones, algunos llegaron a creer que los libros plúmbeos llegarían a incorporarse a las Sagradas Escrituras.32

Otro gran fraude fue lo que la historia de la cultura conoce por falsos cronicones, una serie de fragmentos de crónicas que circularon en forma manuscrita desde 1594 y en forma impresa desde 1610.33 Pretendían haber sido escritos por Flavio Lucio Dexter, Marco Máximo, Heleca y otros cristianos primitivos, y contenían afirmaciones importantes y novísimas acerca de la primitiva historia civil y eclesiástica de España. En ellos se crearon a la medida ficciones halagüeñas para revestir hechos reconocidos, como si lo imaginado y lo auténtico estuvieran basados en la misma autoridad. Se inventaron nuevos santos para iglesias mal provistas en el departamento de hagiología; se encontró un origen decoroso a algunas familias nobles, que hasta entonces no habían podido presumir de sus fundadores; y un gran número de victorias y hazañas se insinuaron o se anotaron, las cuales enorgullecieron a la nación entera, tanto más cuanto que hasta entonces nadie había oído hablar de ellas.34

La creencia en estos engaños fue muy persistente. Todavía en el siglo xviii algunos escritores archicrédulos seguían citando los libros plúmbeos y los falsos cronicones, pese a la evidencia en contra, como autoridad para apoyar los supuestos hechos históricos. Mientras tanto, la Iglesia de Roma —hacia mediados del siglo xvii— había declarado que los libros plúmbeos eran falsificaciones, y una España obediente tuvo que dejar de aceptar, a desgana, invenciones que habían pasado por historia. Resultó más difícil deshacerse de las crónicas inventadas. Durante casi un siglo se desencadenaban controversias enérgicas respecto a su autenticidad. El mismo autor de ellas, el jesuita padre Higuera de Toledo, tuvo el descaro de expresar sus propias dudas sobre su veracidad. En la temprana fecha de 1595, Juan Bautista Pérez, obispo de Segorbe, puso de manifiesto el fraude. A pesar de esto, todavía hacia 1667-1675 Gregorio de Argáiz, «hombre de mucha erudición fútil»,35 publicó seis extensos volúmenes en folio en defensa de los falsos cronicones. El golpe de gracia lo recibieron, sin embargo, en 1652, cuando el gran bibliógrafo Nicolás Antonio empezó a escribir su Censura de historias fabulosas, libro que, aunque incompleto e inédito en vida de su autor, no dejó lugar a dudas sobre la naturaleza y la extensión del fraude del padre Higuera.

Si los eruditos estaban perplejos de la enorme cantidad de historia ficticia que salía de las prensas españolas, ¿qué pensarían los legos? Un ingenuo, como el ventero en el Quijote, creía en la exactitud histórica de las supercherías, basándose en que se habían imprimido con autorización real. Un escéptico, como Cervantes, difería el juicio, y consideraba la dificultad que hay en separar el hecho histórico del engaño ficticio. Y si, también como Cervantes, tenía la mentalidad libre e inquisitiva, reflexionó en el dilema humano que presentaba la incierta frontera entre la ficción y la historia.

Me inclino a creer que en parte el Quijote se inspiró en todavía otro ejemplo de falsa historia: la obra de Miguel de Luna, Historia verdadera del Rey don Rodrigo, compuesta por Albucácim Tárif.36 La primera parte de esta verdadera historia apareció en Granada en 1592 y la segunda en 1600, «tres años antes y cinco después del falso hallazgo de los libros plúmbeos que poblaron de mártires fantásticos el Sacro Monte de aquella ciudad», según preciso comentario de Menéndez Pidal.37 Miguel de Luna, intérprete oficial de árabe de Felipe II, tuvo el atrevimiento de dedicar al rey esta atroz muestra de fraude intelectual. Pretendió ser mero traductor de una obra escrita en el siglo viii por Albucácim Tárif, un moro que se suponía tuvo libre acceso a los archivos del rey don Rodrigo y a las cartas escritas por Florinda y don Pelayo. Para dar a su obra un viso de autenticidad, Luna anotó al margen palabras árabes del fingido original, pretendiendo que eran difíciles de verter al castellano.38 Dado el carácter fraudulento de su empresa, llega casi a la blasfemia cuando en el prefacio hace a Albucácim invocar la ayuda de Dios: «solo Dios criador, y sumo hazedor de todas las cosas criadas en este mundo […], a quien humilmente suplico me dé aliento para que sin género de inuención pueda contar con verdad clara y abierta la historia del suceso de la guerra de España».39 Se apela a Dios que sea testigo de la verdad de esta historia falsificada. Este nuevo enfoque de Luna (o Albucácim) sobre la conquista de España por los árabes sirve para ilustrar innumerables historias escritas posteriormente por historiadores incautos, aunque fueran bien intencionados. 40

Es obvio que no puedo demostrar que Cervantes viera en Albucácim Tárif al progenitor de Cide Hamete Benengeli, pero lo importante es que, al mismo tiempo que Cervantes estaba componiendo el Quijote, se tomaban tales libertades con la historia. Cervantes lleva a cabo, con una agradable ironía, lo que Luna hace con toda la seriedad de un falsificador.41 Una generación entera había perdido el respeto a la verdad histórica.

Junto a esta ficcionalización y falsificación de la historia se produjo un cambio fundamental en el papel del narrador. En la «historia auténtica, el autor se retrae modestamente tras la narración, apareciendo, si acaso, solamente en el prólogo, donde de costumbre menciona sus dotes para escribir la obra. La ficción, sin excluir el libro de aventuras que antecede a la novela, es más autoconsciente que la historia; el autor no puede ocultarse. En los libros de caballerías, como el Amadís de Gaula, el apóstrofe de los oyentes —legado de los juglares medievales— sigue apareciendo en la narración, como luz entre grietas: «como oýdes», «el enano que oýstes», «que sería largo de contar». En el libro de aventuras sentimental Cárcel de amor, el autor desempeña un papel importante en la ficción.42 En La lozana andaluza, el autor aparece en una serie de autorretratos, como pintor que reproduce lo observado en la realidad.43 Con el Lazarillo de Tormes, fingida autobiografía, el autor ficticio pasa a ser el tema principal de la historia, mientras que el autor verdadero se esconde bajo el velo del anónimo. En el libro de aventuras pastoril, el autor se esconde tras la narración, pero la narración y los personajes que la pueblan reflejan sus propias experiencias y problemas personales. Cervantes, que en el Quijote está escribiendo la primera novela, se obliga a complicar enormemente el papel desempeñado por el autor. Así interviene en los sucesos para aconsejar al lector lo que debe creer o para apartarle de la locura total con la frase «y así era la verdad».44 Inventa un seudohistoriador, cuyo crédito es a la vez atacado y defendido. Y este falso historiador desempeña un papel en la novela secundario solamente al de los protagonistas don Quijote y Sancho. Esta novela es, pues, una falsa historia, en la que el historiador toma aún mayor importancia que la del autor en los libros de aventuras. La novela surge de la falsa historia y resulta ser mucho más autoconsciente que los antiguos libros de aventuras.

La cuestión más intrigante es el por qué Cervantes, al inventar la novela accidentalmente, dio con este dudoso asunto del falso cronicón. Una posible respuesta es que era un espíritu satírico. Aunque el blanco declarado de su sátira fueran los libros de caballerías, éste no pudo ser el principal. El más importante fue la credulidad humana —credulidad en cuanto a hechos que pretendían ser históricos—. Pero, como ya hemos visto, prefirió satirizar esta condición humana de una manera arriesgada: estimulando y fomentando hasta cierto punto en su lector el mismo defecto que estaba ridiculizando. ¿Por qué quiso pisar terreno tan peligroso? A mi juicio, lo hizo porque estaba —en la terminología estética antigua— imitando el dilema humano. Hoy día diríamos que estaba recreando el dilema humano, moldeándolo en una forma artística. A pesar del catequismo, el hombre no cree de corazón que la verdad sea categórica; resiste las tendencias dualísticas de la ortodoxia eclesiástica. No escoge entre el bien y el mal, como dicen los moralistas, sino entre diferentes grados del bien y entre diferentes grados del mal. Del mismo modo, tampoco elige entre verdad y mentira, sino entre verdades de diferente escala, más altas o más bajas, y mentiras de diversos grados, más leves o más graves. Así es como Cervantes ve la condición humana. Para él todo lo humano es cuestión de matiz. Hemos visto cómo difiere fundamentalmente a este respecto de los escritores dogmáticos del barroco: Calderón, Quevedo,45 Gracián. El Quijote es, entre otras cosas, una tremenda protesta contra la confianza moral de la España de la Contrarreforma. Es en este sentido que quisiera parafrasear la brillante intuición que tuvo Américo Castro con respecto a la hipocresía cervantina.46 A pesar del furor47 suscitado por esta expresión en mala hora formulada, había algo de verdad en ella. «Protesta irónica contra una excesiva simplificación dogmática» sería mejor manera de expresar la supuesta hipocresía cervantina. La ironía es el modo artístico que escoge Cervantes para protestar contra el dogmatismo tridentino; era perfectamente apropiada a su comprensión seria del complejo mundo moral que se estaba enmascarando. El jugar con la verdad histórica, como todo juego, tiene una base seria.

Cervantes corrió ese riesgo —el riesgo de fomentar la locura que deploraba— porque en esta locura común yacía la prueba de una verdad relacionada con el mundo humano que la Contrarreforma estaba suprimiendo. La verdad, lejos de ser sencilla, es compleja y en último extremo inalcanzable en toda su complejidad. Es imposible abarcar la verdad en su totalidad; se pueden alcanzar solamente diversos aspectos de una verdad parcial. Ésta es la gran lección de la historiografía, si no de la historia misma. De ahí que la obra de Cervantes sea abierta. El loco es también cuerdo. ¿Quién puede decir cuándo empiezan y cuándo terminan los intervalos de lucidez de don Quijote?48 ¿Hemos de simpatizar con el cura de la aldea, cuyas buenas intenciones —el amor a su amigo y el deseo de que se cure— vienen contrarrestadas por su afición al histrionismo? ¿Hemos de condenar al grave eclesiástico, capellán de los duques, cuyo gesto agrio y severidad inhumana hacen de él uno de los más desagradables personajes de la obra, pero que, al mismo tiempo, es el único entre los miembros de la casa ducal que protesta de que los ricos ociosos, para su entretenimiento, atormenten a un loco? Estos personajes, todos los personajes cervantinos, son compuestos de cualidades antitéticas. Ésta es la realidad humana que Cervantes intenta comunicar. La obra misma —fusión de diversos tipos de ficción, caballeresca, sentimental, pastoril, picaresca, cuentos/poesías— es un reflejo fiel de la hechura multifacética del hombre. El medio artístico que elige Cervantes para presentar su sentido complejo de la verdad es naturalmente una obra híbrida.

El Quijote es un compendio de todos los géneros literarios anteriores, y supone la continua eliminación de fronteras imprecisas, al mismo tiempo que desdibuja los límites entre la historia y la ficción. Ésta es la principal intuición sobre la que Cervantes construye su novela. El comprender esta intuición es hallar respuesta a la más inquietante pregunta que cabe hacerse sobre la obra: ¿cómo es que a través de los siglos no haya podido haber dos personas de acuerdo sobre el sentido del Quijote?

(*) Este artículo fue originalmente y en forma más breve una ponencia dada ante la sección de lenguas románicas en la reunión de la Modern Language Association que tuvo lugar en Nueva York el 28 de diciembre de 1964. [Modern Philology, 63 (1965), pp. 1-11; trad. de Isabel Civil.]

(**) Bruce W. Wardropper, «Don Quijote: ¿ficción o historia?», en G. Haley (ed.), El Quijote de Cervantes, Madrid: Taurus, 1984 (1965), pp. 237-252.

(1) Romance significaba ‘lengua vernácula’ y también un tipo de poesía narrativa popular.

(2) En el original se hace hincapié en la importante distinción entre las palabras inglesas romance y novel, distinción imposible de expresar en castellano. «La crítica de lengua inglesa ha utilizado habitualmentc el término romance para referirse a la forma predominante de la narrativa medieval. El romance es una historia de aventuras, con combates, amores, búsquedas; separaciones y reencuentros, viajes a otros mundos, todo ello en variadas combinaciones. El mundo en el cual sucede la acción está alejado del público en tiempo, espacio o clase social, y muy a menudo en las tres categorías. El romance no debe confundirse con la novela, por más que la tradición española no disponga de una terminología precisa para los diversos géneros narrativos y tienda a llamar novela a toda ficción en prosa» (Alan Deyermond, Edad Media, t. I de la Historia y crítica de la literatura española, ed. de Francisco Rico, Barcelona: Crítica, 1979, p. 381). Huelga decir que, aunque el romance tuviera su origen en el Medioevo, no es privativo de dicha época. En la versión al castellano de este ensayo se emplea el término libro de aventuras para traducir romance, término nuevo que no es más que un pis-aller, puesto que en los romances sentimentales y pastoriles hay poca aventura. Novel se traduce ‘novela’; aquí, pues, novela denomina únicamente una ficción en prosa que represente el mundo imaginado como si fuera real. [Nota del autor, añadida para esta traducción.].

(3) Aristóteles, On the Art of Fiction, trad. de L. J. Potts, Cambridge: Cambridge University Press, 1953, p. 29.

(4) Alonso López Pinciano, Philosophía antigua poética, ed. de Alfredo Carballo Picazo, 3 vols., Madrid: CSIC, 1953; vol. I, pp. 203-204, 206, 265-268; vol. III, pp. 165-67.

(5) Especialmente en los capítulos LXVII y LXVIII de la parte I. Pero sobre algunas reservas acerca de la sinceridad del aristotelismo cervantino en estos capítulos, véase mi artículo «Cervantes’ Theory of the Drama», en Modern Philology, LII (1955), pp. 217-221.

(6) Raymond S. Willis, Jr., en su admirable estudio estructural The Phantom Chapters of the Quijote, Nueva York: Hispanic Institute, 1953, pp. 98-100, sostiene que la frase «dice la historia», que sirve para restablecer la fluidez de la narración aparentemente dislocada, se refiere a la idea platónica de la historia de don Quijote, que es mítica, perfecta y completa.

(7) Véase mi artículo «The Pertinence of El curioso impertinente», en Publications of the Modern Language Association, LXXII (1957), pp. 587-600.

(8) El pensamiento de Cervantes, o. cit., p. 30. Aubrey F. G. Bell, en su Cervantes, Norman, Oklahoma: University of Oklahoma Press, 1947, p. 88, escribe: «Don Quixote is both true and imaginary: it is a historia verdadera and it is a historia imaginada (I, 22). Cervantes bends his whole genius to reconcile the two worlds» [‘Don Quijote es al mismo tiempo verdadero e imaginario: es una historia verdadera y es una historia imaginada (I, 22). Cervantes emplea todo su genio con el fin de reconciliar los dos mundos’].

(9) Algunos autores, naturalmente, no ven nada trascendental, no ven más que una convención divertida en la pretensión de la ficción de ser verdad histórica. El héroe ficticio de Estebanillo González advierte al lector que su autobiografía «no es la fingida de Guzmán de Alfarache, ni la fabulosa del Lazarillo de Tormes, ni la supuesta del Caballero de la Tenaza, sino una relación verdadera» (Madrid: Atlas, 1950 —Biblioteca de Autores Españoles, XXXIII—, p. 286; las cursivas son mías).

(10) Esta distinción ordinariamente no crea problemas, pero no debemos olvidar que a veces tendemos a confundirlos. Un cuento para niños puede titularse The Story of Ancient Rome (en vez de The History); H. G. Wells pudo escribir una (ficticia) History of Mr. Polly.

(11) Es interesante notar que para el Pinciano los libros de caballerías son cuentos milesios modernos: «las ficiones que no tienen imitación y verisimilitud no son fábulas, sino disparates, como algunas de las que antiguamente llamaron Milesias, agora libros de caballerías, los quales tienen acaescimientos fuera de toda buena imitación y semejança a verdad» (Philosophía antigua poética, ed. cit., II, 8).

(12) Véase, por ejemplo, Karl Vossler, «La novela en los pueblos románicos», en su libro Formas literarias en los pueblos románicos, Madrid: Espasa-Calpe, col. Austral, pp. 91-106.

(13) En este artículo sigo la distinción entre libro de aventuras y novela delineada en el siglo xviii y clarificada en nuestro tiempo por Northrop Frye en su Anatomy of Criticism, Princeton: Princeton University Press, 1957, pp. 304-307.

(14) Frye ve la conexión entre novela e historia, pero cree que la novela es un libro de aventuras que se orienta a una forma historiográfica: «La novela trata de extenderse hasta ser un acercamiento ficticio a la historia. La solidez del instinto de Fielding al llamar a Tom Jones historia se confirma por la regla general que, cuando más se agranda el esquema de la novela, más claramente se manifiesta su naturaleza histórica» (o. cit., p. 307). Phillip Stevick («Fielding and the Meaning of History», en Publications of the Modern Language Association, LXXIX [1964], pp. 561-568) no se concierne con la novela como historia; se interesa más bien en la historia intelectual que informó la noción del proceso histórico en Fielding.

(15) Cf. Pero Mexía, Historia del Emperador Carlos V, ed. J. de Mata Carriazo (Madrid: Espasa-Calpe, 1945), p. 7: «Los antiguos ystoriadores que escriuieron las vidas e ystorias de los grandes príncipes y rreyes, todos procuraron y trauaxaron de dar linajes y deçendencias muy ilustres y altas, a las vezes fingiéndolas quando las ciertas no eran a su contento, e aprovechándose de las fábulas poéticas para este efecto, haciendo ansimismo sus naçimientos y crianças de algunos dellos muy extrañas y llenas de misterios». Con frecuencia se afirma, siguiendo la opinión de Menéndez Pidal, que la épica española es históricamente exacta. Con demasiada frecuencia esta afirmación lleva a los estudiosos a pasar por alto lo esencialmente poético, su dependencia de la imaginación. Fue la tarea de Pedro Salinas («La vuelta al esposo», en sus Ensayos completos, Madrid: Taurus, 1983, t. III, pp. 27-37) y de Leo Spitzer («Sobre el carácter histórico del Cantar de Myo Cid», en Romanische Literaturstudien, Tübingen: Niemeyer, 1959, pp. 647-663) el rectificar las conclusiones erróneas que se derivaron de la conocida teoría de Menéndez Pidal.

(16) Mi colega Richard L. Predmore (El mundo del Quijote, Madrid: Ínsula, 1958, p. 21) hace una brillante observación al notar que Cervantes insiste en «el contraste […] entre la vida y cualquier intento de registrarla con exactitud».

(17) Cf. Pedro Malón de Chaide, quien en el prólogo a La conversión de la Madalena dice: «¿qué otra cosa son libros de amores, y las Dianas y Boscanes y Garcilasos, y los monstruosos libros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los Amadises, Floriseles y Don Belianís, y una flota de semejantes portentos como hay escritos, puestos en manos de pocos años, sino cuchillo en poder del hombre furioso?» (Biblioteca de Autores Españoles, XXVII, p. 279).

(18) Excelentes ejemplos de la autoconciencia de la novela, pueden encontrarse en novelas policiacas, que repiten ad nauseam fórmulas tradicionales. Por ejemplo, en The Body in the Library de Agatha Christie, el coronel Bantry, al ser informado de que se ha cometido un crimen en la casa, supone que su esposa lo ha imaginado, como resultado de su afición a leer novelas policiacas y dice: «En los libros, el cadáver de la víctima se encuentra siempre en la biblioteca, pero no he conocido ningún caso que ocurra así en la vida real». En la misma obra, un niño de nueve años le pregunta al subjefe de policía Harper: «¿Le gustan a usted las novelas policiacas? A mí me gustan mucho. Las leo todas y tengo autógrafos de Dorothy Sayers, Agatha Chistie, Dickson Carr y H. C. Bailey». La mención del nombre del autor es, en este tipo degenerado de la novela, equivalente a la aparición de «un tal Saavedra» en el Quijote.

(19) Los caminos son evocados más bien que descritos, como lo señaló ya Flaubert: «Comme on voit ces routes d’Espagne qui ne sont nulle part décrites!».

(20) El Quijote de Avellaneda también pretende haber sido escrito por un seudohistoriador, Alisolán, «historiador no menos moderno que verdadero». Pero a diferencia de Cervantes, Avellaneda cae en el más craso relativismo en su actitud hacia la verdad en la historia ficticia: «En algo diferencia esta parte de la primera suya [sc. de Cervantes]; porque tengo opuesto humor también al suyo; y en materias de opiniones en cosas de historia y tan auténtica como ésta, cada cual puede echar por donde le pareciere» (prólogo; las cursivas son mías).

(21) El problema de Cervantes es el reverso del del novelista histórico. El lector de una novela histórica cree en la base histórica del argumento y acepta ingenuamente los añadidos no históricos.

(22) Es interesante comparar la defensa aristotélica de la verosimilitud por el canónigo de Toledo —«tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera»; «la verisimilitud y [&] la imitación en quien consiste la perfección de lo que se escribe» (I, XLVII)— con la actitud del historiador Cide Hamete, aferrado apasionadamente a la verdad: «las escribió [sc. las locuras de don Quijote] de la misma manera que él las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por las objeciones que podían ponerle de mentiroso» (II, X). Un aspecto diferente de la relación entre la historia, la verdad y la verosimilitud aparece en el Elogio, escrito por Alonso de Barros al Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, donde nos dice que «por su admirable disposición y observancia en lo verosímil de la historia, el autor ha conseguido felicísimamente el nombre y oficio de historiador» (Biblioteca de Autores Españoles, III, p. 187).

(23) Esta explicación de la locura de don Quijote parece contradecir la afirmación de Cervantes que «del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio» (I, 1). De hecho es totalmente consciente con las dos cosas que sugieren: 1) que el hidalgo leía demasiado, y 2) que estaba predispuesto fisiológicamente a la locura. Otras afirmaciones, en el primer capítulo, y en el resto de la novela, añaden a esta información básica el hecho de que confundía la historia y la ficción.

(24) Américo Castro presenta testimonio de la imitación de lo leído en los libros por Santa Teresa y San Ignacio («La palabra escrita y el Quijote», en Hacia Cervantes, 3.ª ed., Madrid: Taurus, 1967, p. 380). Pero dejando aparte el hecho de que San Ignacio «vivió en su mocedad muy a tono con el espíritu de los libros de caballerías», ambos imitaron libros de devoción y no de ficción. Ignacio, en su juventud, adoptó los nobles ideales de los caballeros de ficción; pero no trató de llevar a cabo fazañas.

(25) I, i. Otro ejemplo de cómo don Quijote confunde ficción e historia lo encontramos en sus propias palabras confusas, después de que atacara los títeres de Maese Pedro: «a mí me pareció lodo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra; que Melisendra era Melisendra; don Gayferos, don Gayferos; Marsilio, Marsilio, y Carlo Magno, Carlo Magno» (II, XXVI). En cada caso la primera mención del nombre se refiere al personaje ficticio y la segunda al histórico.

(26) Casi todos los personajes cultos (y aun los medio cultos como el ventero) son ávidos lectores de libros de caballerías. Hay muchos matices en la manera de que aceptan lo ficticio como real. El cura de la aldea le dice al ventero que don Felixmarte y don Cirongilio son fingidos: «todo es compostura y ficción de ingenios ociosos que los compusieron para el efecto que vos decís de entretener el tiempo» (I, XXXII). Por su parte, el ventero está seguro de que son históricos. A veces cogemos al canónigo de Toledo desprevenido: «de mí sé decir que cuando los leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y liviandad, me dan algún contento» (I, XLIX).

(27) Leo Spitzer, aunque no se ocupa de la historia como tal, subraya la importancia del libro como el tema principal discutido en el Quijote: «a theme which informs the whole novel: the problem of the reality of literature» (en «Perspectivism in Don Quijote», en su Linguistics and Literary History, Princeton: Princeton University Press, 1948, p. 51). Véase también su conferencia «On the significance of Don Quijote», en Modern Language Notes, LXXVIII (1962), pp. 113-129.

(28) Una experiencia paralela para don Quijote es la visión de la cueva de Montesinos: cree saber lo que vio y al mismo tiempo duda de saberlo (como resultado del escepticismo de Sancho, los dichos enigmáticos del mono de Maese Pedro, etc.). Esta afirmación sobre la naturaleza de la verdad y su reconocimiento difiere algo de teorías enunciadas anteriormente: verdad prismática, verdad objetiva, perspectivismo. La verdad se presenta paradójicamente y con ambigüedad en el Quijote: la tenemos y al mismo tiempo no la tenemos. Este aspecto paradójico de la verdad está en armonía, en mi opinión, con la tesis tan persuasivamente mantenida por Manuel Durán en La ambigüedad en el Quijote (Xalapa: Universidad Veracruzana, 1960).

(29) Generaciones y semblanzas, Madrid: Atlas, 1953 (Biblioteca de Autores Españoles, LXVIII), p. 697.

(30) Cf. Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, Buenos Aires, 1943, t. III, p. 171, y Ramón Menéndez Pidal, Floresta de leyendas heroicas españolas, Madrid: Espasa-Calpe, («Clásicos Castellanos»), 1973, I, LXXXIX.

(31) Alonso Zamora Vicente, en Diccionario de literatura española, Madrid: Revista de Occidente, 1953 p. 764.

(32) George Ticknor, History of Spanish Literature, Boston, 1879, 4.ª ed., p. 215, n. 15.

(33) Véase J. Godoy Alcántara, Historia crítica de los falsos cronicones, Madrid: Rivadeneyra, 1868.

(34) Véase Ludwig Pfandl, Historia de la literatura nacional española en la Edad de Oro, Barcelona: Sucesores de Juan Gili, 1952, pp. 590-592.

(35) Ticknor, l. cit.

(36) El título completo de la «septima impression» (Madrid, [¿1676?]) que he consultado en la biblioteca de la Duke University, es como sigue: Historia / verdadera / del Rey don Rodrigo, / en la cual se trata la causa / principal de la pérdida de España, y la conquista / que de ella hizo Miramamolin Almançor, Rey / que fué de el África y de las Arabias; / y vida del Rey Jacob Al- / mançor. Compvesta / Por el sabio Alacayde Albucacim Tarif, / de Nacion Arabe. / Nuevamente traducida / de Lengua Arabiga por Miguel de Luna, veçino / de Granada, Intérprete [sic] de el Rey / nuestro Señor. Menéndez Pelayo, o. cit., t. III, p. 185, n. 2, dice: «Hay, por lo menos, nueve ediciones de este libro, que todavía es muy vulgar en España. Casi todos los catálogos de libros antiguos empiezan por él».

(37) O. cit., t. II, p. XLIII.

(38) Por ejemplo: «Cetro Real llama al Arabigo, harimalmulq» (ed. cit., p. 4). En las apostillas al margen se da cuidadosa consideración a las fechas, que se traducen libremente de la Hégira al calendario gótico «Era de César» y a la era cristiana Anno Domini. Algunas de las apostillas son semejantes a las de Cide Hamete en su historia; a propósito de una carta que se supone escrita por la Reina Anagilda al rey Rodrigo, Luna escribe: «Esta carta fue traducida por Abentarique, de Lengua Castellana en Arabiga y aora se bolviò à traducir de Arábigo en romance, y fue hallada en la Cámara del Rey Don Rodrigo, en la Ciudad de Cordoua» (p. 8).

(39) Pp. 1-2. Las cursivas son mías.

(40) Cf. Menéndez Pelayo, o. cit., t. III, p. 186: «logró […] una celebridad escandalosa, teniéndole muchos por verdadera historia y utilizándole otros como fuente poética».

(41) Cf. R. Menéndez Pidal, o. cit., t. II, p. XLIV: «La única preocupación de Miguel de Luna parece ser la de dar a luz un estupendo descubrimiento que le acredite en su oficio de docto arabista. Por eso no ceja en desfigurar o contrariar siempre las tradiciones históricas más recibidas, para dar a su relato una continua novedad. Todo falsario tiene un poco de perturbado, pero Luna tiene un mucho; sus invenciones aturden y marean al lector, como las de un loco, pues desquician y contradicen sin finalidad ni fundamento todo cuanto por tradición estamos habituados a tener como cosa sabida».

(42) Véase mi artículo «Allegory and the Role of El Autor in the Cárcel de Amor», en Philological Quaterly, XXXI (1952), pp. 39-44.

(43) Véase mi artículo «La novela como retrato: el arte de Francisco Delicado», en Nueva Revista de Filología Hispánica, VII (1953), p. 475-488.

(44) Cf. Richard L. Predmore, «El problema de la realidad en el Quijote», en Nueva Revista de Filología Hispánica, VII (1953), pp. 489-498.

(45) Para el caso del dogmático Quevedo, Carlos Blanco Aguinaga ha presentado brillantemente el testimonio de que la fachada monolítica del conformismo podía ser traspasada alguna rara vez por una angustia existencial: véanse «Dos sonetos del siglo xvii: amor-locura en Quevedo y sor Juana», en Modern Language Notes, LXXVII (1962), pp. 145-162.

(46) En El pensamiento de Cervantes, Castro dijo (aunque más tarde se retractó) que «Cervantes es un hábil hipócrita» (o. cit., p. 244). Con menos fuerza y con más sutileza expresa la misma idea en la p. 240 y en términos más aceptables: «Cervantes era un gran disimulador, que recubrió de ironía y habilidad opiniones e ideas contrarias a las usuales».

(47) Compendiado por Otis H. Green, «A Critical Survey of Scholarship in the Fiel of Spanish Renaissance Literature, 1914-1944», en Studies in Philology, XLIV (1947), p. 254, n. 120.

(48) El hijo poeta de don Diego de Miranda usa esta frase: «él es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos» (II, XVIII).