Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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martes, 1 de septiembre de 2009

La captura (Cervantes y la autobiografía)

Juan Bautista Avalle-Arce*

La captura por los piratas argelinos en 1575 es el gozne sobre el que se articula fuertemente toda la vida de Cervantes. Es una divisoria que deja a un lado Lepanto (1571) y la vivencia imperial, y al otro la Armada Invencible (1588) y la España filipina. En el paso de un hemisferio a otro, el campo magnético de las aspiraciones y posibilidades vitales de Cervantes se desnortó y empequeñeció. Al heroico soldado de los tercios de Italia le sucede el burocrático proveedor de víveres de la Armada. Que la íntima necesidad de salvarse de esta progresiva indignificación volcase a Cervantes a la literatura fue la solución providencial que el mundo siempre admirará.

La clave de este vivir radica, pues, en el cautiverio, y esa experiencia sirve asimismo para explicar una amplia zona de la producción literaria cervantina. Por ello, la experiencia histórica del cautiverio y su expresión artística han recibido particular atención por parte de los cervantistas.1 Pero arrinconado por relativa falta de información ha quedado el inevitable antecedente de tal cautividad, o sea la captura por los piratas argelinos. Y no es que dicha captura no haya sido también cantera artística para el novelista, ya que pronto veremos los diversos tratamientos y reelaboraciones a que fue sometida tan entrañable anécdota personal. Pero, en resumidas cuentas, lo que se sabe documentalmente sobre la captura de Cervantes tiene como punto de partida lo que vienen a decir diversos testigos en la información que se hizo en Madrid, 1578, a pedido de Rodrigo de Cervantes, padre del novelista, y la información que se hizo en Argel a pedido del propio Miguel de Cervantes, y cuando éste ya estaba rescatado, en 1580.2 En realidad, lo contenido en esas declaraciones no es mucho, y hasta resulta contradictorio en ocasión, según se verá.

El azar de las lecturas me permite añadir varios detalles más a la reconstrucción del momento más dramático de la vida de Cervantes. Y yo creo que un mejor conocimiento de tal episodio nos permitirá apreciar más cabalmente aquellas obras cervantinas en que se recrea la captura. Y por aquí llegaremos a atisbar algo del proceso de creación, recreación e invención a que somete Cervantes la anécdota personal. O sea que, en sustancia, el problema planteado es el de la conducta literaria y la reacción artística de Cervantes ante la autobiografía.

Mi punto de partida será la reconstrucción del apresamiento a base de los documentos conocidos, para poder ensamblar debidamente lo nuevo y lo viejo.3 Los textos principales corresponden a las respuestas de los diversos testigos a la pregunta V de la información que hizo el padre de Cervantes en 1578. La pregunta dice así: «Si saven etc. que podrá aver dos años, poco más o menos, que biniendo de Ytalia a España en la galera del Sol en que benía Carrillo de Quesada,4 cativaron turcos de Argel al dicho Miguel de Cervantes, adonde al presente está cautivo». Interesa la respuesta a dicha pregunta del alférez navarro Mateo de Santisteban, aunque la captura en sí sólo la conoce de oídas: «Sabe que abrá dos años y medio o tres, poco más o menos, questando este testigo en Nápoles, estatua el dicho Miguel de Cerbantes en la dicha ciudad, que abía de venir a España, y le preguntó que en qué galera abía de benir, e le dixo “que en la galera del Sol con Carrillo de Quesada”, y ansí se partió deste testigo diziendo se benía a España. Y después, de allí a tres meses supo y entendió este testigo, de personas ciertas e berdaderas, que la dicha galera del Sol abían tomado turcos, y abían cautivado al dicho Miguel de Cerbantes con otros soldados e llebádolos a Argel».

En la certificación que el duque de Sessa dio en Madrid, 25 de julio de 1578, se acusa más el factor personal y humano: «Haviéndose [Cervantes] embarcado en la galera Sol, fue preso de turcos y llevado a Argel, donde al presente está esclavo, hauiendo peleado antes que le captiuasen muy bien, y complido con lo que debía» (Torres Lanzas, art. cit., pp. 346-347).

En la información que el propio Cervantes mandó hacer en Argel, en 1580, poco antes de regresar a España, la segunda pregunta reza así: «Si saben o an oydo dezir cómo a cinco años quel dicho Miguel de Serbantes está cautivo en este Argel, y que se perdió en la galera del Sol el año de mil e quinientos y setenta y cinco, la qual galera yua de Nápoles a España con otras personas principales que allí se perdieron, caballeros, capitanes y soldados».

La respuesta más interesante la proporcionó el alférez toledano Diego Castellano, esclavo cautivo en Argel: «Este testigo saue que dicho Miguel de Serbantes ha questá cautivo cinco años, poco más o menos, y que se perdió en la galera de España llamada del Sol que los turcos ya tubieron rendida, y después, porque vieron venir otras dos la dexaron,5 y esto sabe porque este testigo estaba en Nápoles cuando dicho Miguel de Serbantes partía en la dicha galera para ir en España, y luego se publicó en Nápoles esta nueba».

Paso por alto muchos testimonios anodinos, que no agregan nada a la cuestión, y paso al otro texto fundamental, y que se halla en lugar bien inesperado, por cierto: las Relaciones topográficas de los pueblos de España, que mandó hacer Felipe II, y que se conservan todavía inéditas en su mayoría en las bibliotecas de El Escorial y de la Real Academia de la Historia. La insólita inclusión de noticias tocantes a la captura de Cervantes en una relación topográfica tiene sencilla explicación, sin embargo: en las instrucciones redactadas para la recopilación de estas relaciones la pregunta XXXVIII se refería a «las personas señaladas en letras e armas, o en otras cosas buenas o malas que haya en el dicho pueblo». Y en el pueblecito de Villamiel (provincia de Toledo), las únicas personas señaladas eran los del linaje de Ximénez, dos de cuyos miembros embarcaron con Cervantes en el fatídico viaje de Sol.

El testimonio de los vecinos de Villamiel es del 9 de enero de 1576, a cuatro meses escasos del apresamiento, y dice, en parte, así: «Viniendo [Alonso Ximénez Vélez, alférez de la compañía del capitán don Diego Osorio de Rojas] de mandado del Virrey de la dicha ciudad de Nápoles en España, con su compañía en guarda de cuatro galeras que venían por cierta cantidad de dineros para la ciudad y gastos de la guerra, el setiembre pasado de setenta y cinco, por tormenta, las dichas galeras fueron desbaratadas, y la galera Sol de España […] fue, por la dicha tormenta, desbaratada de las otras y vuelta gran trecho atrás, y, acabada la tormenta, tornando con esa galera para donde estaban las otras tres galeras, dieron en ella dos galeras de turcos y la entraron, en la cual entrada de los turcos el dicho alférez hizo maravillas en armas de defensa de la santa fe católica y en servicio de S. M., y al fin fue muerto de los turcos y el dicho Diego Vélez [sobrino del alférez] quedando muy mal herido de un balazo con otros algunos que quedaron en la dicha galera captiva, yendo en la dicha captividad, se animaron, y como valientes soldados y servidores de S. M. mataron a todos los dichos turcos y moros y libertaron la dicha galera que iba perdida».

A pesar del subido tono novelesco de este desenlace parecen comprobar la liberación de Sol dos testimonios muy distintos en sus fines y presentación. El primero es del soldado Juan Bautista Villanueva, y se trata de una información que él hizo en Valencia en 1583.6 Este documento se ha venido usando con bien poco rigor crítico para probar, en primer lugar, que don Sancho de Leiva era el capitán a cargo inmediato de las cuatro galeras, y en segundo lugar, confirmar la liberación de Sol. Respecto al primer punto, lo que dice el documento original es que «la galera del Sol [venía] en la esquadra de D. Alonso de Leyva» (J. M. Torres, art. cit., p. 50). Fue Torres quien supuso gratuitamente que este nombre sería errata por don Sancho de Leiva, sin saber que don Alonso de Leiva fue hijo y émulo de don Sancho, según se verá más adelante. Respecto al segundo punto: Villanueva regresó a España en 1574, y no en 1575, como Cervantes, o sea que el viaje de Sol descrito en la información no tiene nada que ver con el que nos concierne. Las pruebas al canto: Villanueva se embarcó en la compañía de don Diego de Urbina en Vinaroz el 9 de junio de 1571 (testimonio de Melchor Vaciero, p. 51), y sirvió «por tiempo de tres anyos y aun más» (capítulo del original de Villanueva, p. 50). De junio de 1571 a septiembre de 1575 (fecha del viaje de Cervantes) corren cuatro años y tres meses, y me parece increíble que en un memorial de servicios, como lo es la información de Villanueva, esa cifra se achique voluntariamente a «tres años y aun más». Precisamente lo contrario es lo normal. Y por último, ni Villanueva ni ninguno de los testigos que deponen a su favor mencionan en absoluto el hecho de que la galera Sol hubiese sido asaltada por piratas turcos en su viaje a España. En conclusión: el viaje de la galera Sol que se describe en la información de Villanueva no tiene nada que ver con el de Cervantes. Por lo tanto, no es valedero aducir ese testimonio para ilustrar detalles de la captura de Cervantes, como han hecho, entre otros biógrafos, Fitzmaurice-Kelly y Astrana Marín.

El otro testimonio es mucho más difícil de sopesar en cuanto a su valor histórico. Se trata de una relación en verso compuesta por Mateo de Brizuela, pésimo poetilla de fines del siglo xvi, y a quien volveré a mencionar. Se supone ser una carta escrita a su padre por un tal Melchor de Padilla, natural de Gijón y cautivo en Argel.7 La resurrección de los chirles versos de Brizuela sólo se debió al curiosísimo hecho de que Melchor de Padilla se dice cautivado en la galera Sol. Para justipreciar las diversas aseveraciones de Padilla debemos tener en cuenta el hecho fundamental de que todo esto lo ha puesto «en gracioso metro» Mateo de Brizuela. O sea que entre la posible historicidad de lo acontecido a Padilla y nosotros se interpone la imaginación poética (para llamarla de alguna manera) de Brizuela, y la medida de la participación de éste en lo narrado no es fácil de dirimir a esta distancia en el tiempo.

Por los documentos que se transcriben más adelante se verá que Padilla-Brizuela se equivocan en varios extremos: la flotilla de Sol estaba constituida por cuatro galeras, y no tres como dicen los versos de Brizuela; el capitán de Sol se llama Gaspar Pedro, según se demostrará más adelante, y no Juan de Velasco; Sol fue asaltada, si no capturada, el 26 de septiembre, lo que hace imposible el desembarco del recién capturado Padilla en Argel el 2 de julio. Todo esto tiende a restarle historicidad a la relación, y a darla primordialmente como producto de la imaginación de Brizuela. Pero hay dos detalles muy significativos que me obligan a recapacitar acerca de la raíz histórica del relato. En primer lugar, la galera Sol queda en libertad en el relato de Padilla-Brizuela, tal como en la información del alférez Diego Castellano y en la deposición de los vecinos de Villamiel:

Supimos que el mismo día

los christianos libertaron

la galera y degollaron

ochenta turcos que auía

que en la galera se entraron.8

El segundo detalle que hay que tener en cuenta al juzgar la historicidad del relato de Padilla-Brizuela, es que en dos ocasiones se menciona allí la Torre de Ambúcar, la primera vez como puerto de embarque del protagonista en la galera Sol, y la segunda como lugar que tratan de alcanzar después de severísimo temporal de dos días. Según se verá de inmediato, Torre de Ambúcar es el moderno Port-de-Bouc, cercano a Aigues-Mortes, y la carta de Juan de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, que citaré más abajo, pone en evidencia, por primera vez, que la galera Sol, con Cervantes a bordo, fondeó en Port-de-Bouc el 18 de septiembre, y que al zarpar de allí tuvo que afrontar una tormenta que los azotó por tres días.9 El detalle de que Sol en la realidad hiciese escala en Port-de-Bouc es nimio, y por eso, precisamente, creo yo que adquiere renovada historicidad el relato de Padilla-Brizuela.

En resumidas cuentas, y para tratar de explicar todas estas graves discrepancias, conjeturo yo que a manos del versificador Mateo de Brizuela, poetilla de temas de actualidad, llegó una relación bastante somera del cautiverio de Melchor de Padilla en la galera Sol, poco detallada en varios extremos.10 Con fines de completarla, o bien unificarla, y convencido de que en el detalle radica la verosimilitud, Brizuela agregó varios de su propia minerva: nombre del capitán, fecha del desembarco en Argel, etc. Pero esta fronda de detalles falsos está injertada en el tronco de una serie de acontecimientos muy históricos: encuentro de Sol y los piratas turcos en 1575, cautiverio en Argel, escala en Port-de-Bouc, consecuente temporal, etc. O sea que la vivencia de Padilla se halla adicionada por el magín de Brizuela. Por todo ello creo yo que la relación de Padilla-Brizuela es digna de fe en aquellos puntos que tiene en común con otras fuentes y que contribuyen a fortalecer a éstas; los demás detalles del relato hay que ponerlos en cuarentena. En consecuencia, pues, creo que podemos dar por comprobado (aunando los relatos del alférez Castellano, de los vecinos de Villamiel y de Padilla-Brizuela) que la galera Sol se salvó de manos de los turcos, lo que no le ocurrió a su más egregio tripulante.

Éste es el esquema sustancial de lo acontecido en la captura de la galera Sol, según los documentos conocidos hasta hoy. Es hora de ver los nuevos datos. Están contenidos en un párrafo de una carta de Juan de Escobedo a don Juan de Austria, fechada en Roma a 4 de octubre de 1575. Escobedo era secretario del príncipe, y estaba en Roma por su mandado; en marzo de 1578 caería asesinado en las calles de Madrid, y su muerte provocaría una de las más grandes tormentas políticas del reinado de Felipe II.11 Don Juan de Austria estaba en Nápoles, cumpliendo sus obligaciones de general de las galeras del Mediterráneo. El párrafo de la carta de Escobedo dice así: «De Niza tengo una carta del veedor de las galeras de Juan Andrea, y díceme que a 21 del pasado [o sea, de septiembre] había aportado a Villafranca la galera Sol, que era una de las cuatro que V. A. envió a España, sin artillería, sin ropa, porque toda la había echado a la mar, y traía las velas hechas pedazos, que las otras tres creía que habían corrido a Córcega o a Cerdeña, porque habiendo salido de Bucoli a 18 les sobrevino un temporal recísimo. Quiera Dios que no les haya sucedido más desgracia que correr».12 ¡Tristes agüeros los del secretario Escobedo, pues para la fecha que él escribía Cervantes y algunos otros sobrevivientes del Sol ya eran cautivos de los turcos!

Conviene ahora aclarar ciertos puntos de la carta de Escobedo. Juan Andrea es Juan Andrea Doria, sobrino y sucesor de Andrea Doria como general de las galeras genovesas. Villafranca es Villefranche, excelente puerto inmediato a Niza, ambas posesiones del duque Manuel Filiberto de Saboya, el vencedor de San Quintín. Villafranca era escala ordinaria de los navíos españoles,13 y tenía fama internacional desde las vistas que allí celebró Carlos V con el Papa y el rey de Francia en 1538.14 Bucoli se buscará en vano por atlas y nomenclátores modernos, pero creo poder identificarlo correctamente con el actual Port-de-Bouc, cerca de Aigues-Mortes. Mis razones son las siguientes: en las interesantísimas memorias del soldado imperial Martín García Cereceda se narra con lujo de detalles la infructuosa campaña de Provenza de 1536, donde dejó la vida Garcilaso de la Vega. Allí se describe cierta maniobra de las galeras de Andrea Doria en estos términos: «Fueron ciertas galeras a Bocole, que es un pequeño puerto que está hacia el poniente, a diez millas de Marsella y a diez de Toulon [debería decir veinte, por lo menos]. En este puerto hay una torre que es defensa para el puerto, y éste se fue a reconoscer por querello tomar el príncipe Andrea Doria para meterse en él cuando algún temporal le corriese».15 Este puerto de mar llamado Bocole (= Bucoli), que está a diez millas al oeste de Marsella protegido por gran torre, no puede ser otro que el moderno Port-de-Bouc, cuyo puerto todavía hoy está señoreado por la fuerte torre del siglo xiii. Port-de-Bouc está unido por el canal de Caronte con el étang de Berre, que los españoles del siglo xvi llamaban el lago de Búcar (García Cereceda, o. cit., II, pp. 167 y 171). A estas peculiaridades se debe la forma que adquiere el topónimo en el otro testimonio literario que puedo aducir. Se trata del diario del viaje que en 1594 Camillo Borghese, el futuro Pablo V, hizo a España, desde Roma, como nuncio de Clemente VIII. Del diario, escrito en italiano, se conservan dos manuscritos, y en ellos el puerto de Bouc, donde hizo escala el nuncio, se llama Torre de Buccari.16 Y por último, el testimonio cartográfico de la época. Una rápida consulta de portulanos del siglo xv al siglo xvii ofrece los siguientes resultados: el puerto que los cartógrafos franceses de aquellos siglos llamaban Bouc, aparece en los portulanos catalanes y mallorquines como Boc, y en los portulanos italianos con una variedad de designaciones, pero todas de equivalencia fonética, así: Bocoli, Bocori, Bocari, Buccari, Bochari.17 Es evidente, pues, que el topónimo Bucoli que usa el secretario Escobedo es la adaptación italiana de Bouc, o sea del moderno Port-de-Bouc. Y nada más normal que el hecho de que Escobedo use la forma italiana del nombre, ya que en Italia escribe.

Ahora bien, Bouc-Buccoli es puerto de mar, en el golfo de León, y a más de cien millas al poniente de Villefranche, dato importante porque según la relación topográfica de Villamiel la galera Sol fue «vuelta gran trecho atrás» por la tormenta. Ese temporal, que destacan los de Villamiel y el secretario Escobedo, hizo que la galera Sol retrocediese desde Port-de-Bouc (Bucoli) hasta Villafranca de Niza, haciéndola desandar un buen trecho de su travesía, y aislándola del resto de su escuadra.

Antes de seguir adelante conviene puntualizar un aspecto de la cuestión de la captura de Cervantes. Ramón León Máinez y Emilio Cotarelo y Mori afirmaron categóricamente que Cervantes había embarcado en Nápoles en la galera Sol el 20 de septiembre, y pusieron tanto calor en sus asertos que convencieron a algunos cervantistas.18 Sin embargo, ni Máinez ni Cotarelo adujeron el menor testimonio en apoyo de tan rotunda afirmación. A la vista de la carta de Escobedo constituye una verdad digna de Perogrullo decir que si la galera Sol estaba en Port-de-Bouc el 18 de septiembre, y en Villafranca el 21, malamente pudo Cervantes haber embarcado en ella en Nápoles el 20 de septiembre. Pero dejaré las consideraciones acerca de su probable fecha de embarque para más adelante.

Ahora quiero atender a dibujar en parte algo de trasfondo del viaje a España de esas cuatro galeras, para destacar hasta qué punto Cervantes en esa coyuntura fue, quizá más que otro mortal, juguete del destino. La trama de su tragedia fue urdida, inconscientemente, por cierto, por dos grandes personajes de la época, uno de ellos de los grandes y más simpáticos héroes españoles, y objeto de la veneración de Cervantes. Me refiero, claro está, a don Juan de Austria, bajo cuyas banderas el gran novelista siempre se glorió de haber militado. El otro inconsciente autor de la tragedia de Cervantes y la galera Sol fue el virrey de Nápoles, don Íñigo López de Mendoza, tercer marqués de Mondéjar y cuarto conde de Tendilla.19

El señor don Juan, como llamaban los soldados al vencedor de Lepanto, estaba en Nápoles ese mes de septiembre de 1575 con las galeras de España.20 Se acercaba la época del año en que las galeras se desbandaban por los puertos de dominio español del Mediterráneo occidental, en anticipación del invierno. Era también, y en consecuencia, la época del año en que se trazaban los planes para la próxima campaña. Para todo ello se necesitaba dinero, el artículo de mayor escasez en el imperio más rico del mundo. Se necesitaba dinero para pagar las soldadas de las tropas antes del desbande invernal, y se necesitaba dinero para comenzar los preparativos de la próxima campaña. En esa perenne falta de dinero que acuciaba a las tropas españolas por los cuatro costados de su imperio es donde se empieza a urdir la trama trágica de la galera Sol.

Las relaciones del señor don Juan con los virreyes de Nápoles nunca habían sido cordiales. En realidad, los intereses del capitán general de la Mar y los intereses de los virreyes de Nápoles distaban mucho de ser comunes. A don Juan le urgía sacar hombres y dineros de Nápoles para sus campañas por todo lo largo del Mediterráneo; a los virreyes napolitanos les preocupaba la conservación de todos los hombres y dineros disponibles para la defensa de su propio territorio, siempre amenazado por desembarcos turcos. Las relaciones de don Juan con el antecesor de Mondéjar en el virreinato de Nápoles, el cardenal Antonio Perrenot de Granvela, habían llegado a ser muy tirantes, y casi estallaron con motivo de la pérdida de la Goleta (1574), ante las duras recriminaciones del príncipe por falta de apoyo.21 Para aliviar la tensión y dar renovada elasticidad a su política mediterránea, Felipe II llamó al cardenal Granvela a Madrid, y envió como nuevo virrey de Nápoles al marqués de Mondéjar. Éste desembarcó en la capital de su nuevo virreinato (hasta ese momento había sido virrey de Valencia) el 10 de julio de 1575.22 A poco más de dos meses se cumpliría una nueva etapa en el destino de Cervantes, que sería afectado en forma indirecta pero decisiva por las resoluciones de este ilustre recién llegado.

El cambio de personalidades con que Felipe II creyó resolver la tensión no produjo efecto alguno. Ya queda dicho que la oposición entre don Juan de Austria y el virrey de Nápoles (sea quien fuere) no era cuestión de personalidades, sino más bien cuestión de principios, en cuanto don Juan desempeñaba el cargo de capitán general de la Mar, y el virrey era, por definición, capitán general del reino de Nápoles. Los deberes y aspiraciones de cada uno tenían distintos nortes, y además don Juan vivía exacerbado al ver esfumarse ante sus propios ojos los logros de Lepanto.

El choque entre ambos personajes era inevitable, y no se hizo esperar. El primer desacuerdo entre el marqués y don Juan va a incidir en forma decisiva sobre la galera Sol y ese puñado de hombres que llevaba a bordo. Pero no desorbitemos las cosas: Sol era sólo un peón en las jugadas de estos dos autócratas, era sólo una fracción de lo que se disputaba, que era el destino inmediato de la armada surta en Nápoles. Porque queda dicho que ésta se iba a desbandar, pero antes necesitaba embarcar los soldados de cuota, y para ello don Juan pidió al marqués de Mondéjar la infantería española de Nápoles.23 Rotunda negativa del marqués, quien contestó al príncipe que «no estábamos en el reino de Toledo, sino en el de Nápoles, donde si no viesen esta autoridad se le irían a las barbas» (p. 206). A lo más que se avino fue a ceder ciertas tropas del batallón, que según don Juan «ni es útil para en mar, ni creo para en tierra» (p. 207).

El marqués de Mondéjar era tozudo y quisquilloso como buen Mendoza, y se encastilló en su negativa. El príncipe anota: «Con todo esto se cerró en decir que esto era tocarle en la auctoridad, y que sin ella él no podía servir, que estaba resuelto a no dar estas compañías, que para las cuatro [galeras] que iban a España a traer el dinero daría de la gente del batallón […] Sin auctoridad él no quería servir, y que si yo se la quitaba despacharía luego en estas mismas galeras [las cuatro que iban a recoger dinero a España] a D. Francisco de Mendoza, su hijo, a quejarse a V. M. de que yo le quitaba la auctoridad, y a suplicalle que le diese licencia, que su padre había dejado la Presidencia [del Consejo de Castilla, en 1563], 24 y él quería dejar el cargo de Nápoles y ir a comer pan y cebolla a Mondéjar, y que no estaba tan pobre que no pudiese comprar cada año dos mil ducados de renta para sus hijos» (p. 208).

No dejemos que la iracundia del marqués de Mondéjar nos haga perder de vista el hecho capital para nuestro propósito: esas cuatro galeras eran la flotilla de Sol, y el virrey quería armarlas con unos soldados inútiles para acciones de mar o de tierra, según el príncipe. O sea que la disputa acerca de embarcar tropas españolas en la armada afecta también a las cuatro galeras que iban a zarpar para España, y en una de las cuales estaba embarcado Cervantes. Resulta evidente que la flotilla de Sol, así como el resto de la armada, llevaba tiempo esperando un cambio de opinión por parte del virrey, para emprender viaje, pues como dice don Juan: «En estas insustancias se pasaba el tiempo, y que está muy adelante, y que si se turba, ni se podrán ir las de España [Sol y las otras tres] ni las otras fuera» (p. 209). Aunque la vida de Cervantes es irreversible, al llegar a este punto no puedo resistir la tentación de pensar que si el marqués hubiese sido menos testarudo y cedido más pronto a las requisitorias de don Juan (con lo cual la flotilla hubiese zarpado mucho antes), o si el marqués se hubiese mantenido en sus trece por más tiempo (con lo cual la flotilla no hubiese podido zarpar por la llegada del invierno), otro gallo le hubiese cantado a Cervantes y, en consecuencia, a la historia de la literatura mundial.

La zozobra de don Juan ante la continuada negativa del marqués de Mondéjar a embarcar tropas aguerridas, aunque sólo fuese en las cuatro galeras de España, era bien explicable, y él se encarga de puntualizárselo a Felipe II: «Enviar a España cuatro galeras por cuatrocientos mil ducados o más, y con ellas gente de batallón para su guarda y defensa, yo lo tenía por de tanto inconveniente que no vendría en aconsejarlo, porque si se revolviese como lleva camino el mundo, podían salir a ellas de Marsella seis, y llevárselas, con que a nosotros nos quitarían la sustancia y la daría a los enemigos, que enviándolas como era razón bien apercibidas no había que temer» (ib.). Borrasca, asalto, alrededores de Marsella; ya están previstos en la carta de don Juan de Austria algunos de los elementos que forjarían nueva vida para Cervantes.

Las inquietudes del príncipe iban en aumento, pues llevaba ya ocho días (p. 214) puesto en un brete por la terquedad del marqués, porque «la gente que ha de ir en las cuatro galeras que van a España no sufre dilación […] porque el dinero venga cuanto más presto, pues hay tanta necesidad dello» (p. 211). En una época en que los motines de las tropas españolas por falta de paga era ocurrencia casi cotidiana, la impaciencia de don Juan ante la actitud berroqueña del marqués de Mondéjar es ampliamente justificable. El príncipe considera que ha llegado el momento de jugar su triunfo, y así lo hace. Se trataba de una carta de Felipe II que le había traído Escobedo, «en que le manda [el rey al marqués] que haga en estos negocios lo que yo ordenare» (p. 209). Y para ablandar de una vez al marqués de Mondéjar, de ser esto posible, le revela que la desbandada de las galeras era sólo una finta; en realidad, las galeras irían a patrullar la costa de Génova, para apoyar, en caso necesario, las actividades bélicas de Juan Andrea Doria y los gentiles hombres viejos, como los llama don Juan en su correspondencia, para adueñarse del poder en Génova.25

Cualquier otro se hubiera rendido ante documento tan imperativo y razones tan contundentes. El marqués de Mondéjar se limitó a arriar un poco las velas, y aun esto sólo después de un tremendo berrinche, que nos describe Juan de Escobedo: «Cuán destemplado y descompuesto ha estado el marqués en las demandas y respuestas que ha habido, hasta reventar llorando de cólera».26 La claudicación de Mondéjar sólo se extendió a los siguientes términos, según lo expresa el propio don Juan: «Él deseaba tanto darme gusto y hacer lo que le mandaba que no había menester orden para ello de V. M., que la compañía para las cuatro galeras se daría luego, que en lo demás ya había dicho su parecer» (p. 211). Después de ocho días de continuas maniobras todo lo que había obtenido el príncipe del inflexible Mondéjar era una compañía de infantes españoles para guardar las cuatro galeras que irían a España, una de ellas con Cervantes a bordo.27 Y sabemos por el testimonio de los vecinos de Villamiel, citado con anterioridad (supra), que esa compañía fue la de don Diego Osorio de Rojas.

En cuanto al capitán de la flotilla de cuatro galeras, queda dicho que no hay ningún testimonio documental de la época que nos indique su nombre. Dada la importancia de la misión de esas naves (traer cuatrocientos mil ducados, por lo menos, v. supra), es probable que su comandante fuese el propio don Sancho de Leiva, quien en 1575 ya era capitán general de las galeras de Nápoles (CODOIN, XXIX, p. 102), y que, desde luego, era jefe de las cuatro galeras por su propio cargo. Don Sancho fue uno de los grandes capitanes del siglo xvi, aquel verdadero Siglo de Oro en que España paría a sus hijos armados, según la apesadumbrada observación de Francisco I de Francia. Era sobrino de don Antonio de Leiva, primer príncipe de Ascoli, el mejor estratega de los ejércitos de Carlos V, y don Sancho ya había vivido la experiencia a que estaba inconscientemente abocado Cervantes: la del cautiverio. En 1565 había sido rescatado de Constantinopla.28 No deja de tener interés y valor afectivo el hecho que años más tarde Cervantes celebrase a don Alonso de Leiva, primogénito de don Sancho, como soldado y poeta en el «Canto de Calíope» de su Galatea, y le diese el sitio de honor: es el primero del centenar de poetas allí elogiados. Y el recuerdo del propio don Sancho de Leiva reaparecerá en las últimas páginas de Cervantes, en el Persiles, según se verá.

Para terminar esta abreviada nómina de sus principales dramatis personae en la tragedia del cautiverio sólo me queda por mencionar al capitán de la propia galera Sol. Lo fue un tal Gaspar Pedro, natural de Villena, que murió en defensa de su barco. Así lo atestiguan los vecinos de Villena, en las ya citadas Relaciones topográficas.

Antes de seguir adelante creo conveniente anudar ciertos cabos sueltos, tocantes a las debatidas tropas para las galeras, al oro de España, y al final de la disputa entre el príncipe y el marqués. En cuanto al primer extremo, me parece evidente que el impávido virrey se salió con la suya. Al menos esto parece indicar el siguiente párrafo de carta de Escobedo al rey, Nápoles, 28 de septiembre de 1575: «Para Juan Andrea [Doria] ha sido menester levantar hasta mil y quinientos hombres, y por hacerla presto y gente ejercitada, pareció permitirse, como suele, que pueda ser parte de ella foragidos, y con ser de buen gobierno echarlos fuera del reino y donde puedan acabarse» (p. 231). De haber podido contar don Juan de Austria con la infantería española que le regateaba Mondéjar, dudo mucho que hubiese apelado a los fuoriusciti napolitanos, banderizos y rebeldes a toda autoridad.

Respecto al oro de España, sólo me queda por registrar el crescendo de las quejas de don Juan de Austria: «Fáltanos lo principal, que es el dinero, y así suplico a V. M. cuan encarecidamente puedo, que si las galeras que envié por ello, conforme a la orden de V. M., no son partidas, que vengan con todo lo más que fuere posible» (carta de Nápoles, 29 de septiembre de 1575, pp. 239-240); «Ya estamos tan al cabo del dinero que de ahí se ha proveído que cualquier descuido que haya en prevenir para lo de adelante no puede ser sino gran deservicio de S. M. y particular aflicción y contentamiento [sic] mío» (carta de Nápoles, 4 de octubre de 1575, p. 250). Y el verdadero grito de angustia y socorro, profético en su desesperación: «No sé cierto cómo escusarme de dar a V. M. pesadumbre, pues la en que acá se vive es tan grande que no solamente llega a ser forçado que V. M. la sepa y la pase, sino también que lo remedie y muy apriesa, o que permita que se le hable tan claro que se le diga que todo se acaba, y se le perderá presto a este andar que lleva. Yo me veo sin un real, sin forma casi de haberle, si aquí no me le da el marqués de Mondéjar, y tan cargado de hombres y obligaciones que sustentar que ya no sé qué hacer sino por lo último acudir yo mismo a V. M. a hacerle fe muy verdadera de lo que digo» (Nápoles, 3 de noviembre de 1575, apud Porreño, Historia de D. Juan de Austria…, o. cit., p. 404). A todo esto había respondido Felipe II en una apostilla marginal autógrafa a la carta del 4 de octubre de 1575: «Con el dinero que va en las galeras se responde a esto».

Tarde y todo, don Juan recibió sus ducados, aunque quizá la galera Sol ya no estuviese allí para transportarlos. Pero no le quedaba mayor tiempo al príncipe para atender a los asuntos de Italia en particular, ni del Mediterráneo en general: el 8 de abril de 1576 Felipe II le nombraba gobernador de los Países Bajos, último destino en este mundo del héroe de Lepanto.29 El marqués de Mondéjar había ganado esta partida, y se pudo quedar tranquilo en su virreinato hasta el 11 de noviembre de 1579, en que le sucedió don Juan de Zúñiga, príncipe de Pietra Persia y comendador mayor de Castilla.

Queda por dilucidar la fecha de la partida de Cervantes de Nápoles, ya que la fecha de 20 de septiembre que se acostumbra dar es absurda e imposible. Tenemos dos extremos temporales que nos ayudarán en la pesquisa: sabemos por las cartas de don Juan de Austria que las galeras no habían partido aún el 6 de septiembre, y sabemos por la carta de Juan de Escobedo que el 18 de ese mes las galeras habían fondeado en Port-de-Bouc. Dos tipos de observaciones me llevan a afirmar que las galeras en que iba Cervantes partieron de Nápoles el 6-7 de septiembre de 1575. Primero: las prácticas de la navegación de la época.30 Hay que tener en cuenta que la navegación era costera, vale decir, «navegando de tierra en tierra, con intención de no engolfarnos», según lo describe Ricaredo en La española inglesa. Además de ser costera, la navegación era diurna, o sea que de noche se trataba de entrar en puerto. Ahora bien, no tengo ningún dato acerca del tiempo empleado en navegar desde Nápoles a Port-de-Bouc, pero sí tengo datos acerca del tiempo empleado de Nápoles a Génova, por un lado, y de Génova a Port-de-Bouc, por el otro. El soldado Martín García Cereceda nos informa que con tiempo bonancible la navegación entre Génova y Nápoles era cuestión de unos siete días.31 Y el diario de viaje del nuncio Camillo Borghese nos informa que les llevó seis días de navegación para ir de Génova a Port-de-Bouc.32 En total, pues, de Nápoles a Port-de-Bouc: unos trece días. Como sabemos que las galeras en que iba Cervantes no habían zarpado aún el 6 de septiembre, se impone suponer que zarparon de Nápoles el 6-7 de septiembre, para haber llegado a Port-de-Bouc el 18 de ese mes, velocidad equivalente a la que dan mis cálculos aproximados.

Segundo: una observación que hace Juan de Escobedo en carta al rey, Nápoles, 28 de septiembre de 1575: «Ya dio a V. M. a 6 de éste el Señor Don Juan con el correo que fue en las galeras que han de traer el dinero [o sea las galeras de Sol […]» (CODOIN, XXVIII, p. 230). Se refiere Escobedo a la larga carta de don Juan al rey de 6 de septiembre, que he citado repetidas veces, y en la que el príncipe hace tantos cargos contra el marqués de Mondéjar. Es lógico suponer que una carta por el estilo se escribió para ser despachada de inmediato, con el correo ya listo, y como sabemos que la carta fue en las galeras de Sol, otra vez se impone suponer que las galeras y Cervantes partieron de Nápoles el 6-7 de septiembre de 1575.

Cervantes constituye una autoridad de excepción en lo que se refiere a la vida en las galeras, por eso conviene oírle cuando dice en El licenciado Vidriera: «Allí [en Cartagena] se embarcaron en cuatro galeras de Nápoles, y allí notó también Tomás Rodaja la extraña vida de aquellas marítimas casas, adonde lo más del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados, enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas. Pusiéronle temor las grandes borrascas y tormentas, especialmente en el golfo de León, que tuvieron dos, que la una los echó a Córcega, y la otra los volvió a Tolón, en Francia». Íntimas resonancias autobiográficas tiene el pasaje: autor y personaje participan en la misma situación de vida al embarcar en cuatro galeras de Nápoles, el mismo número que constituía la flotilla de Sol. El viaje literario tiene el rumbo inverso al viaje real de su autor, puesto que Tomás Rodaja va de España a Italia, pero viaje literario y viaje real se vuelven a confundir en el golfo de León, y la misma borrasca que jugó con la vida de Cervantes juega ahora con la de su protagonista. Y por encima de todo esto se cierne el recuerdo ahincado de «la extraña vida de aquellas marítimas casas».

Bien extraña lo era, por cierto. El coloquio III del Viaje de Turquía nos narra, con la vivacidad que le confiere la bien ordenada fantasía de Andrés Laguna, las pestes, crueldades y estrecheces que la distinguían, y describe la bazofia con que santiguaban el hambre, al mismo tiempo que puntualiza que la vida en las galeras cristianas era peor que en las turcas. Los pésimos versos del Cautivo de la Goleta adquieren elocuente vigor al describir la diaria zozobra del vivir en galeras.33 La documentación contemporánea sobre sus lacras y problemas es abundante y muy explícita.34 Y la literatura ya se empieza a desbordar por la brecha abierta por Andrés Laguna: los pedestres pero gráficos versos de Mateo de Brizuela en su Vida de la galera,35 las páginas de Mateo Alemán,36 tantos pasajes de Cervantes, y Lope, siempre Lope, destilando poesía de los grandes y los pequeños temas nacionales:

Galericas de España,

sonad los remos,

que os espera en San Lúcar

Guzmán el Bueno.

(Amar, servir y esperar, AcN, III, 227)37

Y por encima de todas las insuficiencias y desgastes de la vida a bordo estaba el peligro de los piratas turcos, único horizonte que a veces dejaba columbrar el miedo, como nos informa el diario de viaje de Camillo Borghese. Citaré el pasaje porque sirve para ilustrar, aun así sea de refilón, aquel fatídico viaje de la galera Sol. La galera del nuncio Borghese está dando bordos en un temporal entre las islas de las cercanías de Tolón: «Onde bisognò scorrere con molto pericolo et indursi ad un altro ridotto dell’istesse isole et starvi tutto il giorno et la notte, che il minor male era il travaglio che si sentiva per l’agitatione della galera, dubitando di galiotte turchesche, essendo quell’isole ricettaculo loro particulare» (ed. cit., p. 165). Mas el nuncio Borghese y su comitiva tuvieron suerte y sólo pasaron miedo. A Cervantes y sus compañeros se les hizo aciaga realidad el mentado peligro turco del golfo de León.

Ahora, por fin, estamos en disposiciones de enfrentarnos con aquellos textos literarios cervantinos que reflejan de cerca o de lejos la experiencia personal de la captura en la galera Sol. Esto elimina el episodio del apresamiento del capitán Cautivo, ya que, como es bien sabido, éste fue capturado en Lepanto (Quijote, I, cap. XXXIX). Así y todo, quedan varios textos por analizar; ahora los copiaré con muy pocas observaciones, y los enfilaré en un orden cronológico aproximado; el comentario particular y de conjunto vendrá al final.38

El primer texto pertenece a la Epístola a Mateo Vázquez, escrita en pleno cautiverio, en 1577, como allí mismo se declara. El sufrimiento por la captura y cautiverio es tan ahincado que de la epístola clásica sólo queda la forma: la materia poética es un prolongado y trágico grito de dolor personal. Hay un desequilibrio entre materia y forma bien poco clásico, por cierto, pero que responde a la mísera realidad personal. La tradición y la preceptiva tienen que ceder ante la angustia desbordada.39 El pasaje que interesa dice así:

Pero mis cortos implacables hados

en tan honrosa empresa no quisieron

que acabase la vida y los cuidados;

y, al fin, por los cabellos me trujeron

a ser vencido por la valentía

de aquellos que después no la tuvieron,

en la galera Sol, que oscurecía

mi ventura su luz, a pesar mío,

fue la pérdida de otros y la mía.

Valor mostramos al principio y brío,

pero después, con la experiencia amarga,

conocimos ser todo desvarío.

Sentí de ajeno yugo la gran carga,

y en las manos sacrílegas malditas,

dos años ha que mi dolor se alarga.

El segundo texto proviene de la Galatea (Alcalá de Henares, 1585), la primera obra que publicó Cervantes después de su rescate. El esquema general de la anécdota propia se pone aquí en boca de Timbrio, uno de los dos amigos cuya historia ya he estudiado desde otro punto de vista. El hecho de que la desesperada aventura marítima se atribuya a un personaje como Timbrio, ajeno al vivir cotidiano de los pastores (él era un caballero jerezano), justifica su inclusión en el mundo hermético de la novela pastoril.40 El pasaje es bien largo, pero debo copiarlo en su casi integridad, para que el lector tenga ante los ojos los textos literarios a comparar con la anécdota histórica. Esto contribuirá, espero, a la claridad y a la precisión en el análisis. Los trozos más pertinentes, todos del libro V, dicen así:

Salí de la ciudad, y a cabo de dos días llegué a la fuerte Gaeta, donde hallé una nave que ya quería despegar las velas al viento para partirse a España. Embarquéme en ella, no más de por huir la odiosa tierra donde dejaba mi cielo; mas, apenas los diligentes marineros zarparon los ferros y descogieron las velas, y al mar algún tanto se alargaron, cuando se levantó una no pensada y súbita borrasca, y una ráfiga de viento imbistió las velas del navío con tanta furia, que rompió el árbol del trinquete, y a la vela mezana abrió de arriba abajo. Acudieron luego los prestos marineros al remedio, y con dificultad grandísima, amainaron todas las velas, porque la borrasca crecía, y la mar comenzaba a alterarse, y el cielo daba señales de durable y espantosa fortuna. No fue volver al puerto posible, porque era maestral el viento que soplaba, y con tan gran violencia, que fue forzoso poner la vela de trinquete al árbol mayor y amollar —como dicen— en popa, dejándose llevar donde el viento quisiese. Y así comenzó la nave, llevada de su furia, a correr por el levantado mar con tanta ligereza, que en dos días que duró el maestral, discurrimos por todas las islas de aquel derecho, sin poder en ninguna tomar abrigo, pasando siempre a vista dellas, sin que Estrómbalo nos abrigase, ni Lipar nos acogiese, ni el Címbalo, Lampadosa ni Pantanalea sirviesen para nuestro remedio; y pasamos tan cerca de Berbería, que los recién derribados muros de la Goleta se descubrían, y las antiguas ruinas de Cartago se manifestaban. No fue pequeño el miedo de los que en la nave iban, temiendo que si el viento algo más reforzaba, era forzoso embestir en la enemiga tierra; mas cuando desto estaban más temerosos, la suerte, que mejor nos la tenía guardada, o el cielo, que escuchó los votos y promesas que allí se hicieron, ordenó que el maestral se cambiase en un mediodía tan reforzado, y que tocaba en la cuarta del jaloque, que en otros dos días nos volvió al mesmo puerto de Gaeta, donde habíamos partido, con tanto consuelo de todos, que algunos se partieron a cumplir las romerías y promesas que en el peligro pasado habían hecho.

Estuvo allí la nave otros cuatro días reparándose de algunas cosas que le faltaban, al cabo de los cuales tornó a seguir su viaje, con más sosegado mar y próspero viento, llevando a vista la hermosa ribera de Génova, llena de adornados jardines, blancas casas y relumbrantes chapiteles, que heridos de los rayos del sol, reverberan con tan encendidos rayos, que apenas dejan mirarse […]

(II, pp. 106-108 de mi edición)

Mas la fortuna variable, de cuya condición no se puede prometer firmeza alguna, envidiosa de nuestra ventura, quiso turbarla con la mayor desventura que imaginarse pudiera, si el tiempo y los prósperos sucesos no la hubieran reducido a mejor término. Succedió, pues, que a la sazón que el viento comenzaba a refrescar, los solícitos marineros izaron más todas las velas, y con general alegría de todos, seguro y próspero viaje se aseguraban. Uno de ellos, que a una parte de la proa iba sentado, descubrió, con la claridad de los bajos rayos de la luna, que cuatro bajeles de remo, a larga y tirada boga, con gran celeridad y priesa, hacia la nave se encaminaban, y al momento conoció ser de contrarios, y con grandes voces comenzó a gritar: «¡Arma, arma, que bajeles turquescos se descubren!». Esta voz y súbito alarido puso tanto sobresalto en todos los de la nave, que sin saber darse maña en el cercano peligro unos a otros se miraban; mas el capitán della, que en semejantes ocasiones algunas veces se había visto, viniéndose a la proa, procuró reconocer qué tamaño de bajeles y cuántos eran, y descubrió dos más que el marinero, y conoció que eran galeotas forzadas, de que no poco temor debió de recibir; pero disimulando lo mejor que pudo, mandó luego alistar la artillería y cargar las velas todo lo más que se pudiese la vuelta de los contrarios bajeles, por ver si podría entrarse entre ellos y jugar de todas bandas la artillería. Acudieron luego todos a las armas, y repartidos por sus postas como mejor se pudo, la venida de los enemigos esperaban…

No tardaron mucho en llegar los enemigos, y tardó harto menos en calmar el viento, que fue la total causa de la perdición nuestra. No osaron los enemigos llegar a bordo, porque, viendo que el viento calmaba, les pareció mejor aguardar día para embestirnos. Hiciéronlo así, y el día venido, aunque ya los habíamos contado, acabamos de ver que eran quince bajeles gruesos los que cercados nos tenían, y entonces se acabó de confirmar en nuestros pechos el temor de perdernos. Con todo eso, no desmayando el valeroso capitán ni alguno de los que con él estaban, esperó a ver lo que los contrarios harían, los cuales, luego como vino la mañana, echaron de su capitana una barquilla al agua, y con un renegado enviaron a decir a nuestro capitán que se rindiese, pues veía ser imposible defenderse de tantos bajeles, y más que eran todos los mejores de Argel, amenazándole de parte de Arnautmamí, su general, que si disparaba alguna pieza el navío, que le había de colgar de una antena en cogiéndole, y añadiendo a éstas otras amenazas. El renegado le persuadió que se rindiese; mas no queriéndolo hacer el capitán, respondió al renegado que se alargase de la nave, si no le echaría a fondo con la artillería. Oyó Arnaute esta respuesta, y luego, cebando el navío por todas partes, comenzó a jugar desde lejos el artillería con tanta priesa, furia y estruendo, que era maravilla. Nuestra nave comenzó a hacer lo mesmo, tan venturosamente, que a uno de los bajeles que por la popa la combatían echó a fondo, porque le acertó con una bala junto a la cinta, de modo que, sin ser socorrido, en breve espacio se le sorbió el mar. Viendo esto los turcos, apresuraron el combate, y en cuatro horas nos embistieron cuatro veces, y otras tantas se retiraron, con mucho daño suyo, y no con poco nuestro.

Mas, por no iros cansando contándoos particularmente las cosas sucedidas en este combate, sólo diré que después de habernos combatido dieciséis horas, y después de haber muerto nuestro capitán y toda la más gente del navío, a cabo de nueve asaltos que nos dieron, al último dellos entraron furiosamente en el navío. Tampoco, aunque quiera, no podré encarecer el dolor que a mi alma llegó cuando vi que las amadas prendas mías [Blanca y Nísida], que ahora tengo delante, habían de ser entonces entregadas y venidas a poder de aquellos crueles carniceros […].

En este instante, atraído de las voces y lamentos de Blanca y Nísida, acudió a aquella estancia Arnaute, el general de los bajeles, e informándose de los soldados de lo que pasaba, hizo llevar a Nísida y a Blanca a su galera, y a ruegos de Nísida mandó también que a mí me llevasen, pues no estaba aún muerto. Desta manera, sin tener yo sentido alguno, me llevaron a la enemiga galera capitana, donde fui luego curado con alguna diligencia, porque Nísida había dicho al capitán que yo era hombre principal y de gran rescate, con intención que, cebados de la codicia y del dinero que de mí podrían haber, con algo más recato mirasen por la salud mía […]

(II, pp. 113-117)

Pero, cansada ya la fortuna de habernos puesto en el más bajo estado de miseria, quiso darnos a entender ser verdad lo que en la instabilidad suya se pregona, por un medio que nos puso en términos de rogar al cielo que en aquella desdichada suerte nos mantuviese, a trueco de no pender la vida sobre las hinchadas ondas del mar airado, el cual, a cabo de dos días que captivos fuimos, y a la sazón que llevábamos el derecho viaje de Berbería, movido de un furioso jaloque, comenzó a hacer montañas de agua y a azotar con tanta furia la cosaria armada, que, sin poder los cansados remeros aprovecharse de los remos, afrenillaron y acudieron al usado remedio de la vela del trinquete al árbol, y a dejarse llevar por donde el viento y mar quisiese; y de tal manera creció la tormenta, que en menos de media hora esparció y apartó a diferentes partes los bajeles, sin que ninguno pudiese tener cuenta con seguir su capitán: antes, en poco rato divididos todos, como he dicho, vino nuestro bajel a quedar solo y a ser el que más peligro amenazaba, porque comenzó a hacer tanta agua por las costuras, que por mucho que por todas las cámaras de popa, proa y medianía le agotaban, siempre en la centina llegaba el agua a la rodilla; y añadióse a toda esta desgracia sobrevenir la noche, que en semejantes casos, más que en otros algunos, el medroso temor acrecienta, y vino con tanta escuridad y nueva borrasca, que de todo en todo todos desesperamos de remedio. No queráis más saber, señores, sino que los mesmos turcos rogaban a los cristianos que iban al remo captivos que invocasen y llamasen a sus sanctos y a su Cristo para que de tal desventura los librase; y no fueron tan en vano las plegarias de los míseros cristianos que allí iban, que, movido el alto cielo dellas, dejase sosegar el viento: antes le creció con tanto ímpetu y furia, que al amanecer del día, que sólo pudo conocerse por las horas del reloj de arena, por quien se rigen, se halló el mal gobernado bajel en la costa de Cataluña, tan cerca de tierra y tan sin poder apartarse della, que fue forzoso alzar un poco más la vela para que con más furia embistiese en una ancha playa que delante se nos ofrecía: que el amor de la vida les hizo parecer dulce a los turcos la esclavitud que esperaban.

Apenas hubo la galera embestido en tierra, cuando luego acudió a la playa mucha gente armada, cuyo traje y lengua dio a entender ser catalanes, y ser de Cataluña aquella costa, y aun aquel mesmo lugar donde, a riesgo de la tuya, amigo Silerio, la vida mía escapaste.

(II, pp. 118-120)

El próximo texto pertenece a la comedia El trato de Argel. Bien sabido es que la cronología del teatro cervantino está llena de dudas o incógnitas, pero éste es un caso en que podemos afirmar sin vacilaciones que pertenece a la primera época de su autor, como lo acusa la arcaizante división en cuatro jornadas. Con toda seguridad la composición de El trato de Argel simultaneó con la composición de La Galatea. El pasaje que interesa pertenece a la segunda jornada, y dice así:

As de saber, ¡o Siluia!, que estos días

partieron deste puerto con buen tiempo

doce bajeles de corsarios todos,

y con próspero viento caminaron

la buelta de las yslas de Zerdeña,

y allí en las calas, bueltas y rebueltas,

y puntas que la mar hace y la tierra,

se fueron a esconder, estando alerta

si algún bajel de Génoua o de España,

o de otra nación, con que no fuese

francesa, por la mar se descubría.

En esto, un brauo viento se leuanta,

que maestral se llama, cuya furia

dicen los marineros que es tan fuerte,

que las tupidas velas y las xarcias

del más recio nauío y más harmado

no pueden resistirla, y es forçoso

acudir al abrigo más cercano,

si su rigor acaso lo concede.

Las leuantadas hondas, el ruido

del atreuido viento detenía

los corsarios vajeles en las calas,

sin dejarles salir al mar abierto,

y en otra parte, con furor insano,

mostrando su braueza, fatigaua

una galera de christiana gente

y de riqueças llena, que, corriendo

por el inchado mar sin remo alguno,

uenía a su aluedrío, temerosa

de ser soruida de las brauas hondas;

pero después, a cabo de tres días,

del recio mar y viento contrastada,

descubrió tierra, y fue el descubrimiento

de su mayor dolor y desuentura,

porque a la misma ysla de San Pedro

vino a parar, adonde recojidos

estauan los bajeles enemigos,

los quales, de la presa cudiciosos,

salen, y de furor bélico armados,

la galera acometen destroçada

y de solos deseos defendida.

Una pelota pasa en el momento

al capitán el pecho, y a su lado

del lusitano fuerte, muerto cae

un cauallero yllustre valenciano.

El robo, las riqueças, los catiuos

que los turcos hallaron en el seno

de la triste galera, me a contado

un christiano que allí perdió la dulce

y amada libertad, para quitarla

a quien quiere rendirse a su rendido.

(Comedias, ed. de Schevill-Bonilla, Madrid: Imprenta de Bernardo Rodríguez, 1915-1922, t. V, pp. 49-51)

Por mucho tiempo ahora el manantial de estos recuerdos correrá soterraño, aunque aflorará de vez en cuando, pero en ocasiones en que la imaginación desplazará a la autobiografía, como en Los baños de Argel o El capitán cautivo. Hay que esperar hasta las Novelas ejemplares (1613) para que el manantial de la memoria avive la creación literaria con un chorro de claro autobiografismo. Esto ocurrirá en La española inglesa, cuya datación es tan difícil como la de sus compañeras, aunque Rafael Lapesa ha dado buenas razones para suponerla escrita entre 1609 y 1611.41 En esta simpática novelita el recuerdo de la captura informa un momento de la vida de Ricaredo, en un pasaje que aparece muy cerca del final:

Vine a Génova, donde no hallé otro pasaje sino en dos falucas que fletamos yo y otros dos principales españoles, la una para que fuese delante descubriendo, y la otra donde nosotros fuésemos. Con esta seguridad nos embarcamos, navegando tierra a tierra, con intención de no engolfarnos, pero llegando a un paraje que llaman las Tres Marías,42 que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera faluca descubriendo, a deshora salieron de una cala dos galeotas turquescas,43 y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando íbamos a embestir en ella nos cortaron el camino y nos cautivaron. En entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en cueros.

El resto del relato de Ricaredo tiene que ver con su cautiverio, muy en esquema, y su rescate, grandes temas cervantinos, pero de los que me desentenderé hoy.44

La última referencia a la captura ocurre, como es bien propio, en la última obra de Cervantes, en el Persiles (1617). Su producción se abre y se cierra, así, con el recuerdo vivo y actuante de su más dolorosa experiencia. En el Persiles, sin embargo, el tema del cautiverio en sí está soslayado, dado con sordina. Pero para el entendido, según se verá, para el que está al cabo de los detalles del acontecimiento histórico, hay todo un proceso de alusión y elusión a los pormenores de la captura del autor. Nuevamente el texto que hay que citar es largo, pero resulta imprescindible para los fines del análisis ulterior. Dice así:

El hermoso escuadrón de los peregrinos, prosiguiendo su viaje, llegó a un lugar no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me acuerdo, y en mitad de la plaza dél, por quien forzosamente habían de pasar, vieron mucha gente junta, todos atentos mirando y escuchando a dos mancebos, que en traje de recién rescatados de cautivos estaban declarando las figuras de un pintado lienzo que tenían tendido en el suelo. Parecía que se habían descargado de dos pesadas cadenas que tenían junto a sí, insignias y relatoras de su pesada desventura; y uno dellos, que debía de ser de hasta veinticuatro años, con voz clara y en todo extremo experta lengua, crujiendo de cuando en cuando un corbacho, o por mejor decir, azote, que en la mano tenía, le sacudía de manera que penetraba los oídos y ponía los estallidos en el cielo, bien así como hace el cochero que castigando o amenazando sus caballos, hace resonar su látigo por los aires. Entre los que la larga plática escuchaban, estaban los dos alcaldes del pueblo, ambos ancianos, pero no tanto el uno como el otro; por donde comenzó su arenga el libre cautivo, fue diciendo: «Ésta, señores, que aquí veis pintada, es la ciudad de Argel, gomia y tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo, puerto universal de cosarios, y amparo y refugio de ladrones, que deste pequeñuelo puerto que aquí va pintado salen con sus bajeles a inquietar el mundo, pues se atreven a pasar el plus ultra de las colunas de Hércules, y a acometer y robar las apartadas islas, que por estar rodeadas del inmenso mar Océano pensaban estar seguras, a lo menos de los bajeles turquescos. Este bajel que aquí veis reducido a pequeño, porque lo pide así la pintura, es una galeota de veinte y dos bancos, cuyo dueño y capitán es el turco que en la crujía va en pie, con un brazo en la mano, que cortó a aquel cristiano que allí veis, para que les sirva de rebenque o azote a los demás cristianos que van amarrados a sus bancos, temeroso no le alcancen estas cuatro galeras que aquí veis, que le van entrando y dando caza. Aquel cautivo primero del primer banco, cuyo rostro le desfigura la sangre que se le ha pegado de los golpes del brazo muerto, soy yo, que servía de espalder en esta galeota, y el otro que está junto a mí, es este mi compañero, no tan sangriento, porque fue menos apaleado. Escuchad, señores, y estad atentos, quizá la aprehensión deste lastimero cuento os llevará a los oídos las amenazadoras y vituperosas voces que ha dado este perro de Dragut, que así se llamaba el arráez de la galeota, cosario tan famoso como cruel y tan cruel como Falaris, o Busiris, tiranos de Sicilia; a lo menos a mí me suena agora el rospeni, el manahora y el denimaniyoc, que con coraje endiablado va diciendo, que todas éstas son palabras y razones turquescas, encaminadas a la deshonra y vituperio de los cautivos cristianos, llamándolos de judíos, hombres de poco valor, de fe negra y de pensamientos viles, y para mayor horror y espanto, con los brazos muertos azotan los cuerpos vivos». Parece ser que uno de los dos alcaldes había estado cautivo en Argel mucho tiempo, el cual con baja voz dijo a su compañero: «Este cautivo hasta agora parece que va diciendo verdad, y que en lo general no es cautivo falso, pero yo le examinaré en lo particular, y veremos cómo da la cuerda, porque quiero que sepáis que yo iba dentro desta galeota, y no me acuerdo de haberle conocido por espalder della, sino fue a un Alonso Moclín, natural de Vélez-Málaga». Y volviéndose al cautivo le dijo: «Decidme, amigo, ¿cúyas eran las galeras que os daban caza, y si conseguisteis por ellas la libertad deseada?». «Las galeras», respondió el cautivo, «eran de Don Sancho de Leiva; la libertad no la conseguimos, porque no nos alcanzaron, tuvímosla después, porque nos alzamos con una galeota, que desde Sargel iba a Argel cargada de trigo. Venimos a Orán con ella, y desde allí a Málaga, de donde mi compañero y yo nos pusimos en camino de Italia, con intención de servir a su Majestad, que Dios guarde, en el ejercicio de la guerra». «Decidme, amigos», replicó el alcalde, «¿cautivastes juntos; lleváronos a Argel del primer boleo, o a otra parte de Berbería?». «No cautivamos juntos», respondió el otro cautivo, «porque yo cautivé junto a Alicante, en un navío de lanas que pasaba a Génova, mi compañero en los percheles de Málaga, adonde era pescador. Conocímonos en Tetuán dentro de una mazmorra; hemos sido amigos y corrido una misma fortuna mucho tiempo; y para diez o doce cuartos que apenas nos han ofrecido de limosna sobre el lienzo, mucho nos aprieta el señor alcalde». «No mucho, señor galán», replicó el alcalde, «que aún no están dadas todas las vueltas de la mancuerda. Escúcheme y dígame: ¿cuántas puertas tiene Argel, y cuántas fuentes y cuántos pozos de agua dulce?». «La pregunta es boba», respondió el primer cautivo, «tantas puertas tiene como tiene casas, y tantas fuentes que yo no las sé, y tantos pozos que no los he visto, y los trabajos que yo en él he pasado me han quitado la memoria de mí mismo, y si el señor alcalde quiere ir contra la caridad cristiana, recogeremos los cuartos y alzaremos la tienda, y adiós aho, que tan buen pan hacen aquí como en Francia». Entonces el alcalde llamó a un hombre de los que estaban en el corro, que al parecer servía de pregonero en el lugar, tal vez de verdugo cuando se ofrecía, y díjole: «Gil Berrueco, id a la plaza, y traedme aquí luego los primeros dos asnos que topáredes, que por vida del rey nuestro señor, que han de pasear las calles en ellos estos dos señores cautivos, que con tanta libertad quieren usurpar la limosna de los verdaderos pobres, contándonos mentiras y embelecos, estando sanos como una manzana y con más fuerzas para tomar una azada en la mano que no un corbacho para dar estallidos en seco. Yo he estado en Argel cinco años esclavo, y sé que no me dais señas dél en ninguna cosa de cuantas habéis dicho». «Cuerpo del mundo», respondió el cautivo, «es posible que ha de querer el señor alcalde que seamos ricos de memoria, siendo tan pobres de dinero, y que por una niñería que no importa tres ardites quiera quitar la honra a dos tan insignes estudiantes como nosotros, y juntamente quitar a su Majestad dos valientes soldados, que íbamos a esas Italias y a esos Flandes, a romper, a destrozar, a herir, y a matar los enemigos de la santa fe católica que topáramos; porque si va a decir verdad, que en fin es hija de Dios, quiero que sepa el señor alcalde que nosotros no somos cautivos, sino estudiantes de Salamanca, y en la mitad y en lo mejor de nuestros estudios nos vino gana de ver mundo y de saber a qué sabía la vida de la guerra, como sabíamos el gusto de la vida de la paz. Para facilitar y poner en obra este deseo, acertaron a pasar por allí unos cautivos, que también lo debían de ser falsos, como nosotros agora; les compramos este lienzo, y nos informamos de algunas cosas de las de Argel, que nos pareció ser bastantes y necesarias para acreditar nuestro embeleco, vendimos nuestros libros y nuestras alhajas a menosprecio, y cargados con esta mercadería hemos llegado hasta aquí. Pensamos pasar adelante, si es que el señor alcalde no manda otra cosa».

(Persiles, lib. III, cap. X)

Las circunstancias reales de la captura de Cervantes aparecen aquí en la persona de don Sancho de Leiva, el histórico capitán general de la flotilla de Sol, y en el infructuoso alcance que dan sus galeras.45 Pero todo esto el novelista lo encuadra en un complicado y muy artístico marco. Porque el capítulo se abre con una disquisición acerca de lo histórico y de lo verosímil,46 para caer de inmediato en el aparente contrasentido de que el autor de esta obra es un historiador desmemoriado.47 A esto le sigue un amago de crítica social en la presentación de los falsos cautivos, conocida lacra de impostores en la sociedad de aquella época; y luego la mentira que representa el falso cautivo se agranda desmesuradamente, y por necesidad, ante la verdad que encarna el alcalde, hasta estallar como un globo de colores ante los pinchazos de la aguja inquisitorial del alcalde.48 Para complicar más las cosas, la mentira de los falsos cautivos aparece objetivada en el lienzo pintado con sus fingidas aventuras.49 Y allí, en el fondo de este torbellino de mentiras, una gota de verdad exprimida de la propia vivencia del autor: las galeras de don Sancho de Leiva dan infructuoso alcance a una nave de turcos en que van ciertos cautivos cristianos. En su última obra, y en sus últimos momentos, Cervantes se ha planteado el desenlace irreversible de su anécdota, y lo ha aceptado sin soslayos: don Sancho de Leiva fracasó tanto en la ficción de los falsos cautivos como en la vida de Cervantes.

Tenemos aquí ante nosotros las diversas proyecciones literarias de la captura de Cervantes por los piratas argelinos. La anécdota en cuanto es vida, es infragmentable, con unidad y unicidad de sentido. Pero al hacerse literatura la memoria, impulsada por el designio creador, la pulveriza, y entonces la anécdota se irisa con nueva multiplicidad de sentidos. Así se explica la gama que va de la Galatea al Persiles, con utilización de diversos fragmentos del todo, dispuestos en diferentes esquemas, y con cambiante lección y desenlace. Comparar éstos creo que será una verdadera lección de ejemplaridad.

El autobiografismo cervantino, ya lo vemos, es sereno, recatado y pudoroso. La lección de serenidad es, quizá, la principal que imparte la lectura de la obra cervantina, y cuanto más madura la obra, más nítida la lección. El recato autobiográfico se demuestra con el hecho de que sólo el tema de la captura y cautiverio se someten al escrutinio de una sostenida reelaboración artística. Los amores y los odios se silencian con pudor, el mismo pudor que obliga al autor a designarse a sí mismo con vago ademán como «un tal de Saavedra» (Quijote, I, cap. XL).50 ¡Qué distinto todo esto de Lope de Vega, término de comparación obligado en estos menesteres! Lope es una verdadera araña poética, que teje toda su obra con el hilo de sus vivencias. Nada más justo, al referirse a Lope, que hablar de su vida-obra, pues Lope es el ejemplo máximo de cómo se puede vivir la literatura al mismo compás que se literariza la vida. Y siempre hallamos en Lope una desmesura impúdica, un verdadero anhelo de plus ultra, de salvar hasta los últimos rincones de su vida haciéndolos literatura.51

Ahora bien: el primer texto autobiográfico de Cervantes sobre su captura, la Epístola a Mateo Vázquez, está escrito en caliente, a los dos años del apresamiento y en pleno y angustioso cautiverio. Poca disposición para la serenidad hay en tales circunstancias. Pero lo poco que se dice sobre la captura en sí, aunque genérico más que detallado, se ajusta bien a los nuevos datos:

Valor mostramos al principio y brío,

pero después, con la experiencia amarga,

conocimos ser todo desvarío.

Porque ahora sabemos, por la carta de Escobedo, que la galera Sol entró en Villafranca con las velas hechas trizas, habiendo arrojado al mar toda la ropa y sin artillería.52 Bien se puede suponer que calafateada y todo, Sol habrá salido de Villafranca mal proveída y en inferioridad de condiciones, muy en particular en lo que se refiere a la artillería, arma de lujo y muy difícil de reemplazar en aquella época, sobre todo en un puerto amigo pero no español. La vista de las galeras turcas sólo puede haber despertado a bordo de Sol el mismo sentimiento de heroísmo impotente y desesperado que todavía alienta en los versos de la Epístola.

Las desventuras marítimas de Timbrio en el libro V de la Galatea parecen alejarse mucho de los pormenores de la captura de Cervantes. Hay una tempestad, bien es cierto, pero la novelística bizantina, en la que se injerta el cuento de Timbrio, casi no conoce la navegación de bonanza. Además, esa tempestad no tiene relación con la captura del protagonista. También muere el capitán de la galera cristiana, como en el episodio real, pero todo lo demás parece ser libre contribución cervantina al tema literario de la captura por piratas. Sin embargo, el hilillo rojo del auto-biografismo se percibe aún en estas páginas.

El temporal arroja la galera de Timbrio hasta las costas de África, y allí divisan «los recién derribados muros de la Goleta». Téngase en cuenta que la Goleta se perdió en 1574, y que la Galatea se publicó diez años más tarde, en 1585. Si Timbrio hubiese sido capturado, como Cervantes, en 1575, entonces podría haber hablado, con toda propiedad, de «los recién derribados muros de la Goleta». En otro momento más alejado —y no pretendo negar que el novelista tiene pleno derecho a escoger y crear su propio tiempo y espacio poéticos— la expresión resultaría menos comprensible. Yo creo que lo que ha ocurrido aquí, y lo que explica el adverbio recién, es lo siguiente: la idea de Cervantes fue colocar a Timbrio en el mismo espacio temporal que él ocupó en determinado momento (aquel fatídico año de 1575), pero prefirió apuntarlo en dirección diversa a la que tomó su propia vida a partir de ese momento. Al hacer Cervantes que su personaje Timbrio compartiese su tiempo pero no su espacio, nos da una muestra temprana de su fantasía compasiva. Porque es bien sabido que Timbrio se libera al final de su historia: ya cautivo, y a bordo de la galera turca, hay un segundo temporal que obliga a la nave a encallar en la costa catalana, y los cristianos quedan así en libertad. Nos hallamos ante una solución soñada, que la vida negó a su autor, puesto que es muy probable que en esa misma costa catalana Cervantes halló el cautiverio, y no la libertad. Desde este punto de vista, el desenlace de la aventura de Timbrio sería el desquite poético de Cervantes contra una realidad que él quiere franquear y ante la que está en rebeldía, como bien lo demuestra el género literario en que se inserta la aventura: una novela pastoril.53

El trato de Argel nos propone un problema algo distinto, aunque los detalles de la autobiografía y la comedia corren bastante parejos. El momento inicial no está de acuerdo con la realidad, ya que las galeras turcas «caminaron / la buelta de las yslas de Zerdeña», donde quedan al acecho. Es Cerdeña el detalle que no casa con la realidad,54 pero los piratas acechantes debieron de ser triste y real circunstancia. Y también los demás detalles: la tempestad que dura por tres días y desarma a la galera cristiana. Ésta queda inerme, al punto que toda defensa es casi inútil: «la galera acometen, destroçada, / y de solos deseos defendida». El capitán cristiano muere en la lucha y la tripulación queda cautiva y es llevada a Argel.

Hasta aquí se ha hecho poco más que versificar lo acontecido, pero Cervantes rehúsa dejarse llevar por la fácil corriente de los recuerdos, y cuando ya parece que el episodio ha quedado cerrado, la narración da un brusco bandazo que separará nítidamente historia y fantasía. Porque Silvia, que ha escuchado el relato de la captura, agrega:

La galera que dices, según creo,

se llamaua San Pablo, y era nueua,

y de la sacra religión de Malta.

El peso de los recuerdos puede anquilosar la acción de la comedia, riesgo que evita Cervantes con el elegante quiebro de estos versos. La acción dramática queda otra vez libre para seguir la fantasía y no anclarse en el curso ya andado de la vida.

La española inglesa ofrece detalles de semejanza interna con el último eslabón de la cadena, con el Persiles, y detalles de semejanza externa a la continuidad del tema de la captura y rescate, mientras que por semejanza interna designo el parecido (identidad, casi) de tono e intención entre La española inglesa y el Persiles.

La reelaboración artística del material anecdótico la hallamos en los detalles de la navegación de Ricaredo, quien se embarca en Génova (escala obligada de las galeras españolas), y costea el litoral sur de Francia hasta ser capturado en «un paraje que llaman las Tres Marías». Ya he expresado mi opinión acerca de este topónimo: no creo que con él designe Cervantes el escenario de su propia captura. Para un soldado veterano, como Cervantes, que por cinco años había navegado los cuatro costados del Mediterráneo, Les Saintes Maries no resultaría desconocido. Pero otros detalles de esta captura novelística sí vuelven a acercarnos a la ya lejana realidad del suceso, por ejemplo, «la pérdida de los recaudos de Roma, donde en una caja de lata los traía, con la cédula de los mil y seiscientos ducados». No es difícil ver aquí un recuerdo de la desolación cervantina al perder sus propios recaudos, o sea las cartas de recomendación de don Juan de Austria y del duque de Sessa, más todo el dinero que le hubiese deparado la poco pródiga soldadesca. Pero la fantasía compasiva de Cervantes vuelve a darle un sesgo caritativo a la ficción, y Ricaredo recobra su caja de recaudos y la cédula de los mil seiscientos ducados. Una vez más el autor demuestra tener más compasión con sus criaturas de arte de la que la realidad tuvo con él mismo. Y luego hay varios detalles novelísticos bien conocidos por los biógrafos de Cervantes: el rescate de Ricaredo por los padres trinitarios y el elogio de esta benemérita orden. Los pormenores no se corresponden en un todo con lo vivido por el novelista, pero esto es casi normal en todo proceso creativo, y muy en particular en el cervantino, según se puede ver.

De mayor interés, en mi opinión, son los detalles de semejanza interna que relacionan estrechamente La española inglesa y el Persiles.55 Por lo pronto, hay una comunidad de lo que Lapesa llama «directriz argumental», que halla su más clara expresión en las palabras finales de La española inglesa:

Esta novela nos podría enseñar cuánto puede la virtud y cuánto la hermosura, pues son bastantes juntas y cada una de por sí a enamorar aun hasta los mismos enemigos, y de cómo sabe el cielo sacar de las mayores adversidades nuestras, nuestros mayores provechos.

Idéntica situación anima al Persiles, y el propósito moralizante es el mismo, sólo que desde este punto de vista La española inglesa es claramente una miniatura del Persiles. O bien, si adoptamos la perspectiva inversa, se puede afirmar que el Persiles es una superfetación de La española inglesa.

También se identifica la temática de ambas novelas: el mar como fondo, la peregrinación como peripecia, el amor como móvil, y la religión como aglutinante. Esto en cuanto a la identidad entre los temas mayores de ambas novelas, pero lo mismo ocurre con los temas menores. Por ejemplo: fealdad temporaria de la protagonista inducida por venenos, fidelidad del enamorado a pesar de ese accidente, vanidad de los hechizos, identidad de situación entre Isabela-Ricaredo (Española inglesa) y Manuel de Sousa Coutiño-Leonara Pereira (Persiles), según ya hice notar en el capítulo II de esta obra. Por encima de todo esto (y quizá sea lo más concluyente y decisivo), hay que tener bien en cuenta el hecho de que La española inglesa es la primera muestra de la nueva valoración cervantina de las posibilidades novelísticas: con esa novela ejemplar el autor demuestra que ha comprendido el hecho de que la nueva caballeresca tiene que ser marítima. Hay, en la literatura filipina, una gravitación general hacia el mundo poético de la novela bizantina, y hay también una imposibilidad personal por parte del autor para recrear el mundo caballeresco después del Quijote.56 La novela de caballerías del siglo xvii se tiene que lanzar al mar, y así el boceto marítimo de La española inglesa es superado por el inmenso cuadro del Persiles.

Y es en el Persiles donde terminan todas las trayectorias. Ya al final de su vida la muy lejana anécdota vuelve a adquirir viva inmediatez y se infunde en el complejo episodio de los falsos cautivos. De la embrollada tramoya de mentiras y ficciones que caracteriza este episodio surge el recuerdo nítido del infructuoso alcance que las galeras de don Sancho de Leiva dieron a una nave turca cargada de cautivos cristianos. Ya he dicho que se trata, probablemente, de una trasposición al Persiles de lo acaecido a Cervantes. Ahora quiero subrayar la importancia que tiene el hecho de que sólo en su última obra, que ya saldrá póstuma, «puesto ya el pie en el estribo», sólo en las postrimerías de su vida el novelista se reconciliará con la realidad de su captura, y la aceptará en la alusión explícita a las galeras de don Sancho de Leiva.

Ahora, por última vez, hay que volver la vista atrás, para abarcar todo el panorama propuesto por estas páginas. Se verá, entonces, que la misma operación de seguir el hilillo rojo de las referencias autobiográficas a la captura por los piratas turcos nos ha permitido presenciar un proceso de perfeccionamiento humano en que la conciencia y la voluntad se imponen a la fantasía y a la imaginación. Porque la versión de la captura en la Galatea (de intento soslayo los versos de la Epístola a Mateo Vázquez por su brevedad casi notarial), con el fortuito salvamento final de Timbrio, representa la imaginativa y fantasiosa imposición de los anhelos de Cervantes sobre la realidad. Nos hallamos ante una forma de cuadricular el mundo que es tan idealista en su género como la novela pastoril lo es en el suyo, y no es casualidad que en una novela pastoril vaya insertado el episodio. La rebelión contra la realidad se expresa al parigual en el episodio como en la novela.

Pero hay un lento proceso de aceptación de la realidad, que se nos revela en toda su complejidad en el Quijote, y cuya fórmula última es el Persiles, donde casan la realidad en que vive el hombre con la realidad que le espera. Y es allí donde la versión de la captura, en su elusiva brevedad, se nos da tal cual debió ocurrir en su momento: las galeras de don Sancho de Leiva dan inútil caza a la nave en que van los cautivos.

Al final de su vida, al menos en este sentido, Cervantes ceja en su imaginativa reelaboración de la realidad vivida, y hay que reconocer que todo intento de reelaborar parte de un rechazo previo e implícito. Con sereno ademán se apartan ahora los frutos de la imaginación, que son deleitosas formas de engaño. Hay una aceptación y una reconciliación con lo que es y con lo que fue, con la forma de las cosas y con su espíritu. Y esto implica una heroica reconciliación con la realidad de su captura, sin engaños, cortapisas ni paliativos. Y al llegar a este momento la conciencia del hombre guía a la memoria e impone su forma a la fantasía del novelista.57

A los cuarenta años largos del acontecimiento, y después de varias recreaciones artísticas, el novelista se ha reconciliado con los datos de su vida y los acepta tales como fueron. Pero sigue siendo novelista, y por eso el episodio autobiográfico va engastado en el imaginativo cuadro de costumbres de los falsos cautivos, en una novela que el propio autor dictaminó como el mejor libro de entretenimiento que en nuestra lengua se haya compuesto.

(*) Juan Bautista Avalle-Arce, «La captura (Cervantes y la autobiografía)», en Nuevos deslindes cervantinos, Barcelona: Ariel, 1975 (1968), pp. 279-333.

(1) Ver, por ejemplo, el cumplido estudio que le dedica A. Zamora Vicente, «El cautiverio en la obra cervantina», en Homenaje a Cervantes, ed. F. Sánchez-Castañer, Valencia: Mediterráneo, 1950, t. II, pp. 239-256. Desde otras perspectivas, el tema del cautiverio aflora múltiples veces en la obra de Luis Rosales, Cervantes y la libertad, 2 vols., Madrid: Gráficas Valera, 1959-1960.

(2) Publicadas por Pedro Torres Lanzas, «Información de Miguel de Cervantes de lo que ha servido a S. M. y de lo que ha hecho estando captivo en Argel, y por la certificación que aquí presenta del Duque de Sessa se verá cómo cuando le captivaron se le perdieron otras muchas informaciones, fees y recados que tenía de lo que había servido a S. M.», en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, XII (1905), pp. 345-397.

(3) En este sentido es de referencia obligada la monumental obra de Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, seis tomos en siete volúmenes, Madrid: Instituto Editorial Reus, 1948-1958. Mis referencias serán a II, pp. 453-464, donde se reconstruye la captura de Cervantes. La obra de Astrana adolece de falta de crítica y es casi inmanejable, pero es de interesante lectura porque allí yacen enterrados al tuntún un sinfín de documentos que ilustran la historia y la literatura de la época.

(4) El maestre de campo Pero Díez Carrillo de Quesada, antiguo gobernador de la Goleta, general de la artillería de Nápoles, donde murió; v. M. Fernández de Navarrete, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid: Imprenta Real, 1819, p. 383.

(5) Otro cautivo declarante, Hernando de Vega, maestro de aja gaditano, contradice lo anterior: «La dicha galera [Sol] fue trayda para Argel donde este testigo la vido a ella y a la dicha gente». Más adelante vuelvo a tratar del destino de Sol.

(6) Publicada por J. M. Torres, «Aclaraciones a la vida de Cervantes. Información de testigos hecha por Juan Bautista Villanueva ante el gobernador de Valencia en 1583, acerca de sus servicios en la batalla de Lepanto y en otras jornadas», en Revista de Valencia, I (1880-1881), pp. 48-56; en los dos artículos siguientes (ib., pp. 93-98 y 585-591) Torres recoge los detalles conocidos en su época sobre la captura y los estudia, bien someramente, por cierto.

(7) «Aquí se contiene un traslado de una carta muy dolorosa embiada por Melchior de Padilla captivo en la ciudad de Argel a su padre Diego de Padilla vezino de la villa de Xixón hasta la hora que ésta escriue. Fue la presente obra compuesta en gratioso metro por Matheo de Briçuela natural de la villa de Dueñas. Impresso en Barcelona en casa de Jauma Sendrat. Año de 1576.» Publicó los versos Lucas de Torre, «Un cautivo compañero de Cervantes», en Boletín de la Real Academia Española, III (1916), pp. 350-358. Por cierto que esta publicación ha escapado a la atención de los cervantistas en particular, y de los bibliógrafos en general, al punto que no la registra J. Simón Díaz, Bibliografía de la literatura hispánica, VI, Madrid: CSIC, 1961, s. n. Mateo de Brizuela. Mucho más completo es el estudio de Frédéric Serralta, «Sur un poète mineur du xvi.e siècle: Mateo de Brizuela», en Caravelle (Toulouse), 11 (1968), pp. 181-192, aunque no entra por los vericuetos en que se mete este capítulo. Aunque es triste constatar que Serralta cree que la carta de Padilla-Brizuela se ha perdido, y no conoce la edición de Lucas de Torre.

(8) Hay una discrepancia entre las fuentes que narran la liberación final de Sol, pero que creo se puede componer. Castellano atribuye la libertad de Sol a la oportunísima aparición del resto de la flotilla y la consecuente huida de los turcos; los vecinos de Villamiel atribuyen esa libertad a los esfuerzos de los mismos cristianos que ya iban cautivos, y que mataron a sus guardianes. Padilla-Brizuela parecen estar equidistantes de ambas versiones: los turcos a bordo de Sol fueron matados por los cristianos (¿los nuevos cautivos?, ¿las fuerzas de don Sancho de Leiva, o algún otro capitán?). Hay un punto en que confluyen todas estas versiones: los turcos habían dejado guardias a bordo de la recién capturada Sol, pero esos guardias fueron ultimados por la tripulación con la ayuda del resto de la flotilla, que apareció en ese momento en escena. Supongo que éste fue el probable fin de la galera Sol.

(9) Nueva discrepancia: la carta de Escobedo dice que después de la tormenta, Sol recaló en Villafranca de Niza; Padilla-Brizuela dicen que en Cerdeña. Pero quizá también esta discrepancia se pueda reconciliar, ya que el propio Escobedo apunta la posibilidad de que parte de la flotilla hubiese «corrido a Córcega o a Cerdeña».

(10) Cabe la posibilidad de que Melchor de Padilla fuese una ficción poética inventada por Brizuela para dar unidad a esta relación, en la que elementos históricos, tales como la captura de Sol, van adosados a elementos altamente novelescos, tales como los amores entre la mora y el cautivo. Y hay una tercera posibilidad: que Melchor de Padilla fuese Mateo de Brizuela. A esta creencia puede inducir el íntimo conocimiento de la vida marinera que Brizuela demuestra en otro poema descriptivo que compuso titulado La vida de la galera, y que citaré más adelante, si bien aquí se trata de las galeras cristianas. Pero creo que se puede descartar esta última posibilidad, puesto que de ser tal el caso, Brizuela tendría más cabal conocimiento de los pormenores reales de la captura de Sol, tal cual los revelan los documentos.

(11) V. G. Marañón, Antonio Pérez, 2 vols., Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1947, donde se reconstruyen, de mano maestra, el asesinato, sus antecedentes y sus consecuencias.

(12) Colección de documentos inéditos para la historia de España [en adelante CODOIN], XXVIII, pp. 254-255.

(13) V. carta de don Álvaro de Bazán a don García de Toledo, Génova, 31 de mayo de 1566, CODOIN, XXX, p. 270.

(14) Que con bien poco tino dramatizó Lope de Vega en la primera jornada de su comedia Carlos V en Francia.

(15) Tratado de las campañas y otros acontecimientos de los ejércitos del emperador Carlos V en Italia, Francia, Austria, Berbería y Grecia, desde 1521 basta 1543, ed. G. Cruzada Villaamil y el Marqués de la Fuensanta del Valle, Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, t. II, 1874, p. 182.

(16) V. A. Morel-Fatio, «Relation du voyage en Espagne de Camillo Borghese, auditeur de la Chambre Apostolique en 1594», en L’Espagne au xvie et xviie siècle, Heilbronn: Henninger Frères Éditeurs, 1878, p. 168. Mateo de Brizuela en su poema ya citado llama, a Port-de-Bouc, Torre de Ambúcar, ed. cit., p. 355. Y también Juan Rufo usa la misma forma, Torre de Ambúcar, Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso (Toledo, 1596), ed. de Alberto Blecua, Madrid: Espasa-Calpe (Clásicos Castellanos), 1972, p. 15.

(17) Me sirvo de las magníficas reproducciones que hizo para la Hispanic Society of America E. L. Stevenson, Facsimiles of Portolan Charts, Nueva York: Hispanic Society of America, 1916: portulanos franceses, láminas XI y XII, los dos anónimos de la segunda mitad del siglo xvi; portulanos catalanes y mallorquines, lámina II (Petrus Roselli, en Mallorca, 1468), lámina V (anónimo, siglo xvi), lámina VII (B. Olivo, hacia 1550), lámina X (Jaume Olives, 1566). Acerca de las variantes italianas: Bocori, lámina III (Visconte de Maiolo, 1512), y lámina XIV (Maiolo y Visconte, 1605); Bocari, lámina VI (anónimo, comienzos del siglo xvi), y lámina XVI (G. B. Cavallini, 1637); Buccari, lámina XIII (V. D. Volcius, 1600); Bochari, lámina VIII (H. Giriva?, después de 1550). La forma Bocoli la hallo en Conte de Ottomanno Freducci, Portolan Atlas (1537), ed. de E. L. Stevenson, Nueva York: Hispanic Society of America, 1915, lámina III.

(18) Máinez, Cervantes y su época, Jerez de la Frontera: s. e., 1901, I, p. 165; Cotarelo, Efemérides cervantinas, Madrid: Tipografía de la Revista de Archivos, 1905, p. 61. La reconstrucción que da Cotarelo en la página 63 de los detalles de la captura (tomada del artículo ya citado de J. M. Torres) tiene más de imaginación que de verdad. Entre otros muchos que siguen a Máinez y Cotarelo: James Fitzmaurice-Kelly, Miguel de Cervantes Saavedra, Oxford: Oxford University Press, 1917, p. 52; A. F. G. Bell, Cervantes, Nueva York, 1961, p. 66; M. Tomás, Vida y desventuras de Miguel de Cervantes, Barcelona: Editorial Juventud, 1933, p. 39. Esta última obra cae ya en la novelería pura. Astrana Marín es un poco más cauteloso respecto a la fecha, que coloca «hacia el 20 de septiembre», Vida ejemplar y heroica…, o. cit., p. 453.

(19) Sobrino del poeta y diplomático don Diego Hurtado de Mendoza, a quien tanto celebrará Cervantes unos años más tarde en el libro VI de su Galatea, bajo el nombre pastoril de Meliso. Según se verá más adelante, también celebró Cervantes en ese mismo libro de la Galatea, en el «Canto de Calíope», a don Francisco de Mendoza, hijo de este marqués de Mondéjar.

(20) Los datos que siguen acerca de las actividades de don Juan de Austria y sus relaciones con el marqués de Mondéjar están tomados de la correspondencia de don Juan publicada en CODOIN, XXVIII. Cuando en el texto aparezca sólo un número de página, entiéndase que me refiero a este volumen.

(21) V., por ejemplo, una autoridad antigua, Baltasar Porreño, Historia de D. Juan de Austria, ed. A. Rodríguez Villa, Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1899, p. 143; y una autoridad moderna, L. Fernández y Fernández de Retana, España en tiempo de Felipe II, II, Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, XIX, 2, Madrid, 1958, p. 175.

(22) Sobre el marqués de Mondéjar, v. la amplia biografía que le dedicó su descendiente don Luis Ibáñez de Segovia, marqués de Mondéjar, Historia de la Casa de Mondéjar, Colección Salazar, Biblioteca de la Real Academia de la Historia, ms. B. 75 (signatura moderna 9/185), folios 144v-333; sobre su desempeño como virrey de Nápoles, v. José Raneo, Libro donde se trata de los vireyes lugartenientes del Reino de Nápoles, y de las cosas tocantes a su grandeza, CODOIN, XXIII, pp. 239-245. La opinión de Raneo es altamente elogiosa, pero la templó mucho, y con justicia, su editor moderno, don Eustaquio Fernández de Navarrete.

(23) A menos que haya indicación en contrario, todos estos datos están tomados de la interesantísima carta del príncipe don Juan a Felipe II, Nápoles, 6 de septiembre de 1575, CODOIN, XXVIII, pp. 205-215.

(24) A. González Palencia y E. Mele, Vida y obras de D. Diego Hurtado de Mendoza, Madrid, 1941, I, p. 33. El don Francisco de Mendoza mencionado en la carta será celebrado por el propio Cervantes unos años más tarde, en el «Canto de Calíope» de su Galatea, v. mi edición, Madrid: Espasa-Calpe, 1961, II, p. 192.

(25) Gentiles hombres viejos y gentiles hombres nuevos, o bien Pórtico de San Lucas y Pórtico de San Pedro, eran la última muestra de las empecatadas banderías genovesas (nobles y plebeyos, Fregosos y Adornos, etc.), y los gentiles hombres viejos, capitaneados por Juan Andrea Doria, recibían el encubierto apoyo español. Las hostilidades cesaron en octubre de 1575, y todo se compuso con una nueva constitución en la primavera de 1576, v. Sir William Stirling-Maxwell, Don John of Austria, Londres, 1883, II, pp. 28-53.

(26) Carta de Escobedo a Felipe II, Nápoles, 6 de septiembre de 1575, CODOIN, XXVIII, p. 217.

(27) Lo confirma Escobedo en su carta recién citada: «No se resolvió ni se ha resuelto [el marqués de Mondéjar] hasta agora en más que dar la compañía que va en estas galeras», ib., p. 218. Allí describe la sequedad y dureza de trato de Mondéjar, y días más tarde, asimismo en carta a Felipe II, dirá: «El Visorrey está casado con su parecer y […] ni cartas ni patentes le sacarán dél […]. Es vidriosísimo y puesto en el más subido punto de vanidad que jamás viere nadie», Nápoles, 28 de septiembre de 1575, ib., p. 234. Felipe II, mientras tanto, en su escritorio de El Escorial, garrapateaba al margen de la carta anterior de Escobedo: «Mucho me pesa desto, que es muy mal negocio, muy bien es me lo acordéis para ver lo que convendrá en ello», ib., p, 219.

(28) V. carta de Felipe II al bailío de los florentinos en Constantinopla, 12 de mareo de 1565, dándole las gracias por el dinero que había prestado para el rescate de don Sancho de Leiva y otros, CODOIN, XXIX, p. 70.

(29) En el trasfondo de estos años de la vida de Cervantes está la figura del duque de Sessa, a quien debo dedicar al menos esta nota. Ya queda citada (supra) la información que dio el duque en Madrid a favor de Cervantes, pocos meses antes de morir, y es sabido que cuando Cervantes partió de Nápoles llevaba cartas de recomendación del duque. El destino casi unió a protector y protegido en circunstancias extraordinarias, pues el duque de Sessa, achacoso y todo, se ofreció a ir a España a recoger el dinero que necesitaba don Juan de Austria (carta del príncipe al rey, Nápoles, 6 de septiembre de 1575, CODOIN, XXVIII, p. 203). Por lo demás, quiero deshacer varios errores que se vienen perpetuando acerca de este protector de Cervantes. Desde la época de Martín Fernández de Navarrete (Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, o. cit., p. 32) se repite que tan ilustre personaje se llamaba «D. Carlos de Aragón, duque de Sessa y de Terranova, Virrey de Sicilia». En esta afirmación hay casi tantos errores como palabras. El duque de Sessa que por dos veces escribió a favor de Cervantes era don Gonzalo Fernández de Córdoba, III duque de Sessa y III duque de Terranova, íntimo amigo de don Juan de Austria, y que murió en 1578. El ducado de Terranova que ostentaba era título de Nápoles concedido a su abuelo el Gran Capitán en 1497. Nunca fue virrey de Sicilia ni de Nápoles, aunque sí fue gobernador militar de Milán. Con su amigo don Juan de Austria, y con su protegido Cervantes, participó en la victoria de Lepanto. Don Carlos de Aragón sí fue virrey de Sicilia, y también duque de Terranova, de donde viene probablemente la confusión. Pero el ducado de Terranova de don Carlos de Aragón fue creación de Felipe II en 1561, y era título de Castilla. Don Carlos de Aragón fue virrey de Sicilia y después de Cataluña, y murió en 1599, v. Memorias del Cautivo en la Goleta de Túnez, ed. de p. de Gayangos, Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1875, p. 33; fue virrey de Sicilia de 1571 a 1577 (los años italianos de Cervantes), mientras que el III duque de Sessa no fue nunca virrey de Sicilia, v. H. G. Koenigsberger, The Government of Sicily Under Philip II of Spain, Londres: Staples Press, 1951, p. 199. Aunque el error de hacer a Sessa virrey de Sicilia lleva ya siglo y medio de vigencia (de Fernández de Navarrete a Astrana Marín, II, p. 379, por lo menos), quizás esta nota ayude a desterrarlo. Nada tuvo que ver don Carlos de Aragón, I duque de Terranova, con Cervantes; don Gonzalo Fernández de Córdoba, III duque de Sessa y III duque de Terranova, sí, y esto enaltece aún más su honrosa memoria. Por lo demás, hay que corregir también el repetido error de hacer al duque de Sessa, cuando no virrey de Sicilia, al menos de Nápoles, o aun de Italia, título totalmente inexistente (v. J. Fitzmaurice-Kelly, Miguel de Cervantes Saavedra, o. cit., p. 51; A. F. G. Bell, Cervantes, o. cit., p. 66): no fue nada de eso nunca. Buen resumen bibliográfico del III duque de Sessa en A. G. de Amezúa, Lope de Vega en sus cartas, Madrid: Real Academia Española, 1935, t. I, pp. 4-6.

(30) V. la monumental obra de F. Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, México: Fondo de Cultura Económica, 1953, t. I, pp. 337-345, donde se discute en detalle el problema de la velocidad en los viajes del siglo xvi, y lo arriesgados que son todos los cálculos, con lo cual me curo en salud; en I, pp. 79-84, descripción de la navegación costera.

(31) Tratado de las campañas..., ed. cit., I, p. 313.

(32) Ed. cit. Morel-Fatio, pp. 164-167.

(33) Memorias del Cautivo en la Goleta de Túnez, ed. cit., pp. 143-165.

(34) Espigo entre muchos textos: sobre la mortandad de la chusma, carta de Sebastián de Carquizamo a Felipe II, Nápoles, 9 de enero de 1565, CODOIN, XXIX, p. 14; sobre el estado general de las galeras, chusma, tripulación, etc., v. la muy interesante instrucción de Felipe III a don Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, conde de Niebla, al ser éste nombrado capitán general de las galeras de España en 1603, CODOIN, XXVIII, pp. 393-419; muestras de la preocupación legislativa de Felipe II acerca de galeotes y galeras en M. Fernández Álvarez, Economía, sociedad y corona, Madrid: Ediciones de Cultura Hispánica, 1963, pp. 213-214.

(35) Publicada por A. Bonilla y San Martín en Anales de la literatura española, Madrid: Viuda e Hijos de Tello, 1904, pp. 47-56.

(36) V. G. Bleiberg, «Mateo Alemán y los galeotes», en Revista de Occidente, 39 (junio 1966), pp. 330-363.

(37) La comedia de Lope es tardía, y se representó en 1635, v. Bleiberg, art. cit., p. 363; el hecho de que un Guzmán el Bueno fuese nombrado en 1603 capitán general de las galeras de España (supra, nota 34) quizás indique que nos hallamos ante un cantarcillo popular provocado por tal acontecimiento, y que Lope amaña ahora, como en tantas otras ocasiones, e integra en la acción de su comedia. Sobre el interesantísimo tema de la vida marinera en aquella época, que apenas si puedo esbozar aquí, v. G. Marañón, «La vida en las galeras en tiempo de Felipe II», en Vida e historia, Madrid: Espasa-Calpe, 1962, pp. 94-124.

(38) Muy en cifra, pero en forma discreta, pasa revista a los episodios de captura en la obra cervantina W. J. Entwistle, Cervantes, Oxford: Clarendon Press, 1940, pp. 21-23. De su lista yo excluyo El amante liberal (captura por desembarco en Sicilia, sin nada en común con la anécdota personal) y Los baños de Argel (captura por desembarco de los piratas en la costa valenciana, totalmente ajena a lo ocurrido en Sol).

(39) Para apreciar la distancia a que se coloca Cervantes, en esta Epístola, de sus posibles modelos, v. E. L. Rivers, «The Horatian Epistle and Its Introduction Into Spanish Litterature», en Hispanic Review, XXII (1954), pp. 175-194.

(40) Aunque Cervantes le abre grandes brechas a ese mundo cerrado, como observé detenidamente en La novela pastoril española, Madrid: Istmo, 1974 (2.ª ed.), cap. VIII.

(41) «En torno a La española inglesa y el Persiles», en Homenaje a Cervantes, ed. cit., t. II, p. 380. Astrana Marín, que al componer la vida de Cervantes no se quiso dejar nada en el tintero, le adjudica la fecha de 1612, sin dar razones de ningún tipo, Vida ejemplar y heroica..., o. cit., t. VII, p. 778. La fecha propuesta por Mack Singleton, 1596 (Hispania, XXX [1947], pp. 329-335), ha sido definitivamente desechada por Lapesa.

(42) Este pasaje presenta un problema a resolver, y que no he querido tocar en el texto por falta de documentación concreta: se trata del lugar de la captura de Cervantes. A base de este pasaje de La española inglesa la inmensa mayoría de sus biógrafos da a Cervantes por capturado en Las Tres Marías (en realidad, Les Saintes Maries). El ingenuo razonamiento seguido es que sólo una experiencia personal podía obligar al novelista a recoger tal escenario para la captura de uno de sus personajes. El riesgo de aceptar el testimonio literario como documento histórico ha sido demostrado mil veces en las historias de todas las literaturas. No valdría la pena insistir en ello si no se tratase de la vida de nada menos que Cervantes. Conste, por el momento, que de aplicar en forma estricta el mismo tipo de lógica que llevó a la identificación de Las Tres Marías con el lugar de la captura de Cervantes, podríamos llegar al absurdo histórico de que Cervantes hubiese sido capturado en Lepanto: la jornada está descrita con pelos y señales, y un principal personaje cervantino fue capturado allí, soldado y español como el propio novelista, vale decir, Ruy Pérez de Viedma, el capitán cautivo del Quijote. De toda la documentación original que conozco sobre la captura de Cervantes sólo en tres lugares se menciona el sitio probable en que ésta se efectuó. En la Relación topográfica de los vecinos de Villena se dice que su paisano, una de las glorias locales y capitán de la galera Sol, Gaspar Pedro, «murió herido de tres arcabuzazos […] cerca de Palamós». La fecha de esta declaración es del 7 de diciembre de 1575, a dos meses escasos de la captura. Otro testimonio de la época, y acerca de cuyo valor histórico relativo ya he discurrido largamente, lo constituye la relación en verso de Melchor Padilla-Mateo de Brizuela. Allí, y con referencia a la captura de Sol, se mencionan tres lugares de la Costa Brava: Palamós, Cadaqués y Rosas, y el asalto de las galeras turcas ocurre en el rumbo de Palamós. Sólo en el tercer testimonio, que es muy posterior, se menciona a Marsella, apud Francisco Ruiz de Vergara y Álava, Vida del ilustríssimo Señor Don Diego de Anaya Maldonado, Madrid, 1661, p. 74, donde se dice que uno de los bisabuelos del autor «murió peleando valerosamente junto a Marsella en defensa de su galera, llamada el Sol». Desde luego, no hay evidencia alguna de que esta acción naval sea la misma en que se perdió Cervantes; la identificación sólo se respalda con un ahincado deseo de que las cosas hubiesen sido así, y no con buenas razones. Los testimonios distan de ser concluyentes, pero en buena crítica histórica el peso de la evidencia se debe inclinar hacia la costa catalana como escenario de la captura de Cervantes. Y esa costa ya la hemos visto relacionada con piratas turcos en la Galatea, y lo mismo se hará, fugazmente, en el Quijote, II, cap. LXIII.

(43) Recordar lo que respecto a galeotas turcas al acecho dice el diario de viaje de Gamillo Borghese, supra.

(44) Es curioso y digno de cavilación el comparar los 250 escudos por los que se rescata Ricaredo, opulento noble inglés, con los 500 escudos que sudaron en recaudar los beneméritos trinitarios para rescatar a Cervantes. ¿Qué emociones habrán movido su pluma al estampar la cifra del rescate de Ricaredo?

(45) Concuerdan en que hubo un alcance sin éxito los testimonios del alférez Castellano, de los vecinos de Villamiel y del poetilla Brizuela.

(46) V. E. C. Riley, Cervantes’ Theory of the Novel, Oxford: Clarendon Press, 1962, p. 174.

(47) «Llegó a un lugar no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me acuerdo». En el capítulo VI me he hecho cargo de algunas de las implicaciones de este tipo de fórmula.

(48) La posibilidad artística de un contrapunto entre falso y verdadero cautivo ya la había dibujado de mano maestra Andrés Laguna en su Viaje de Turquía, v. el comentario de M. Bataillon, Andrés Laguna, auteur du «Voyage en Turquie», París: Librairie des Éditions Espagnoles, 1958, p. 53.

(49) Esto está en directo contraste con el lienzo en que ha hecho pintar sus verdaderas aventuras Periandro al llegar a Lisboa, Persiles, lib. III, cap. I. En este caso se trata de la representación (pictórica) de unas vidas, en el caso de los cautivos mendaces se trata de unas vidas como representación. El arte es neutro, parece decir Cervantes al final de su vida, y puede representar con igual desenvoltura la verdad y la mentira (tema esbozado ya en el Quijote), pero la responsabilidad puede y debe recaer en la intención creadora.

(50) De otro tipo de autobiografismo se hace cargo Américo Castro en su artículo «El Quijote, taller de existencialidad», II, «Autobiografismo», en Revista de Occidente, 52 (julio 1967), pp. 17-33. Castro enfoca el autobiografismo situacional, o sea la forma en que el escritor hace «sentir su posición adversa a la sociedad en que existía» (p. 28). No le interesan, en esta ocasión al menos, la medida y la forma en que concretas anécdotas personales se transmutan para estructurar un amplio sector de la obra.

(51) Dos visiones distintas del autobiografismo en Lope: la que podríamos llamar de extensión, en S. G. Morley, «The Pseudonyms and Literary Disguises of Lope de Vega», en University of California Publication in Modern Philology, XXXIII (1951), pp. 421-484; la que se podría designar visión de profundidad, en E. S. Morby, «Persistence and Change in the Formation of La Dorotea», en Hispanic Review, XVIII (1950), pp. 108-125, 195-217.

(52) Ocurrencia triste pero muy común, por lo demás, y que se describe acertadamente en las Memorias del Cautivo en la Goleta de Túnez, ed. cit., p. 164: «Agua del cielo mucha nos caía, / también la de la mar nos embestía. / Caballos a la mar y municiones / echaron, y baúles aquel día / llenos de sayas, calzas y jubones, / y capas y otras cosas de valía. / Echaron de la proa los cañones / el eceto el cañón grande de crujía; / tres días con sus noches nos aprieta, / y al último tornamos a Gaeta».

(53) Por todo lo antecedente me resulta poco convincente el «impresionante realismo» que J. Oliver Asín atribuye a la captura de Timbrio, «La hija de Agí Morato en la obra de Cervantes», en Boletín de la Real Academia Española, XXVII (1947-1948), p. 331.

(54) Ver, sin embargo, supra nota 9, donde se alude a una posible recalada de las galeras en que iba Cervantes en Cerdeña.

(55) Algo de esto adelanté en el capítulo II; véase también el artículo ya citado de R. Lapesa, «En torno a La española inglesa y el Persiles», pp. 367-388.

(56) Aludo en el texto a ideas que he desarrollado más ampliamente en el capítulo I.

(57) Esta nueva actitud ante los datos de la realidad está relacionada, probablemente, con la imposibilidad de ultimar la segunda parte de la Galatea, prometida por largos años.