Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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sábado, 1 de agosto de 2009

El polvo y los nombres

Pedro Salinas*

Mucha y hermosísima extensión de la española, es tierra polvorienta. Para el esperanzado que aguarda llegada, el polvo es paraninfo: si se levanta, en el camino por donde los ojos atienden al advenimiento del viajero, es que ésta ya se acerca. Y en el momento del apartarse, cumpliendo función pareja a aquella de la hora del ajuntar, cuando ya ni los ojos se vean ni las voces se oigan, un jirón de polvo, alzado en el horizonte de la ida, no lo mueven —parece— ni cascos de bestia, ni ruedas de carruaje, sino la voluntad de adiós del caminante que se marcha, y que lo agita, pañuelo último, al viento.

Todos, gente de verdad y gente fingida, héroes de carne y de letra, en la España del xvi y el xvii, nacieron, se diría, fadados al caminar. Con sus barajas marcadas en la faltriquera, aprendices aventajados de tafurería, los mozos de la picaresca; recatadas en sus carros, a tumbos, bajo un sol de justicia, monjas fundadoras; gran fieltro de viaje en la cabeza, botas de baqueta, cabalgando arrogante el caballero que va con pretensión de hábito, a la corte; llevándose tras sí todos los ojos de las mozas, por su buen ver, ese doncel, que no lo es, sino ultrajada damisela, que corre, disfrazada, tras el ladrón de su honra; pastores con carga de penas y desdenes, arrumbados a la cueva de la hechicera, que les haga elixir de enamorar; traficantes castellanos, que bajan a las moraledas de Murcia, a traerse sedas. Y hasta la más extraña de las parejas, el sabio y el inocente, los que persiguen la luz del conocimiento, Critilo y Andrenio, corren mundo y se manchan de polvo, no de los libros, sino de las rutas de la tierra. Todos, andarines, jinetes, van y vienen con sus mercancías, y a sus negocios, celestiales o terrenales. Quiénes, a salvar almas con rosario a la cintura; quiénes, a jugárselas, o a perderlas, salteando por dinero, o desgarrándose del hogar paterno, por pasión de malos amores.

Si don Quijote de la Mancha, nuestro mejor diamante, recoge todas las luces de lo español, y las devuelve por esos mundos, en destellos de sin igual limpieza, será quizá por haber andado siempre al sol y al aire, al polvo de su tierra. Novela de polvo, lo sintió Flaubert, que jamás pisara suelo español, moviéndose entre los renglones, al andar de los personajes. Un episodio hay en el libro, donde el polvo llega a suma significación poética. Es el de los rebaños, tomados por ejércitos.

Materia del poema

Lo primero que ve el caballero es que por la llanura venía hacia ellos «una grande y espesa polvareda». En el acto lo tiene por don de la fortuna: su sed heroica le hace presentir fuente de aventuras en todo lo que vislumbra. Sancho, que no ve sino una y luego otra nube de polvo por el lado opuesto, está un tanto incrédulo. Lo que aconseja la experiencia al hombre que, como él, se fía para vivir, primariamente, del testimonio de los sentidos, es aguardar a que las polvaredas se acerquen; y entonces los ojos dirán, con conocimiento de causa, lo que tras ellas se oculta. Pero don Quijote se guía por otra facultad, la que no espera dictamen final de los sentidos: la fantasía, que apenas otea algo en la lejanía, se dispara hacia ello, y arrojándose sobre su forma vaga la infunde significación y la preña de soñada realidad. Porque para él las apariencias del mundo todas tienen su porqué: ninguna hay vacía.

A aquel árbol que mueve la hoja

algo se le antoja,

había dicho un exquisito poeta. Así siente don Quijote. Todo lo que asoma a la mirada, entre cielo y tierra, raro será que no tenga signo y no lleve su querencia. ¿Polvareda a la vista? Magna aventura en puerta, dice don Quijote. Y de aquella masa de polvo se apodera su imaginación, afanosa de sacar de sus indecisos contornos rasgos precisos; de erigir un mundo heroico en su aparente vacuidad.

Aun la niebla tiene líneas y se esculpe

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esculpamos, pues, la niebla.

Si el tiempo funcionara al revés, lo cual no estaría mal después de todo, diríase que don Quijote prestó oídos a este consejo de su gran secuaz, Unamuno. Polvo y niebla se asemejan, a los ojos, en alzarse en la atmósfera, cual vagas masas flotantes, coberturas confusas de algo que no se sabe, que se cela bajo sus mantos. Y don Quijote, en esta aventura, esculpe con su imaginación en el menor y más pobre, hermano seco de la niebla, en el polvo, inventando allí un magnífico friso épico, uno de los grandes sucesos que su anhelo de gloria le pide. El polvo es la materia de su poemática invención. En las dos polvaredas opuestas, que nada dejan ver de lo que las causa, descubre don Quijote dos grandes ejércitos arrostrados. «Toda es cuajada de un copiosísimo ejército», dice. Pero ¿cómo convencer a Sancho, convencerse él, convencer al lector, de esa verdad de su alma? Afirmándola por la palabra, creándola, por virtud del verbo: modelando allí, a golpe de nombres, figuras y tropeles guerreros.

Dos ejércitos son, asevera don Quijote. Van a pelear. Y para su alma noble, cualquier pugna, cualquier ejército, lucha siempre por el bien o contra él, son mesnadas de la justicia o del dolo: su esfuerzo está siempre al servicio de un ideal. Por consiguiente, no cabe neutralidad posible. Su deber, dice a Sancho, es alistarse con los menesterosos y desvalidos en este, de seguro, memorable encuentro que se acerca con el aproximarse de las dos polvaredas. Porque este loco tiene la suma locura de no hacerse el loco ante la violencia y la opresión de los hombres —a diferencia de los cuerdos de ayer y de hoy—; y se va, más y mayor locura, no con los que ofrecen promesa de ganancia, sino con los que llevan las de perder. Él, su fuerte brazo, variará las desigualdades de la lucha, y les hará triunfar.

Iluminado don Quijote de heroico entusiasmo, empieza su discurso sobre los ejércitos que ve en la polvareda; como primera chispa de la gran lumbre que empieza a nacer ante nuestra pasmada atención, salta el primer nombre que don Quijote da al adalid del ejército adverso: «este que viene por nuestra frente le conduce y guía el gran emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana». Empieza la doble aventura: el polvo se va a poblar de nombres. En su vaga, blanda masa, que todo lo acepta, el caballero inicia la obra prodigiosa de las palabras. Usándolas a manera de recurso mágico. Sabido es que el lenguaje tiene una época de actividad mágica. «Las estructuras verbales aparecen como entidades míticas, dotadas de ciertos poderes, y la palabra se convierte en una fuerza primaria en la que se originan ser y hacer», dice Cassirer. Si este estado mágico del idioma es luego dominado por el conceptual y racional, sobrevive siempre en muchos vocablos que usamos el antiguo misterioso poder: recuérdese la mujer, en el ejemplo de Vendryes, que siente aliviársele su dolor de cabeza cuando el doctor lo califica de cefalalgia.

Don Quijote, alma pura y primitiva, tiene confianza en la palabra, en su poder de realizar. Y ahora se va a poner a palabrar, ejercitando la lengua como «una técnica del deseo».

Esta feliz expresión de H. Delacroix condensa su idea de que hablar es, a veces, «asegurar al deseo su realización por los medios nacidos del mismo deseo». Explica esto el íntimo origen de este soberbio discurso que se nos vendrá encima, de labios de don Quijote. Puesto que él desea, con toda su alma, que tras el polvo haya, impacientes de victoria, dos huestes, lo que hay que hacer es llenar los ingentes mundos de polvo, de vocablos, de nombres, exponer a los guerreros ante los ojos y oídos asombrados de su escudero y de su lector. De esa manera, el caos, polvo sin formas, se hará mundo, mundo de heroicos ademanes. Que también esa función, convertir en mundo lo caótico, es propia, según los filólogos, del lenguaje, del habla divina.

El altillo

Ahí la tenemos, ya presto a ponerle nombres al polvo. ¿Pero semejante voluntad, no es idéntica a la del poeta? Carlyle tiene dicho que toda la poesía es poner nombres. Don Quijote, pues, se halla, ahora, en trance de poeta. Va a poetizar, a crear algo por medio del verbo inspirado. Lo cual ayuda a entender la frase que dirige a su escudero: «Retirémonos a aquel altillo que allí se hace desde donde se deben descubrir los dos ejércitos».

Le es al poeta necesario, primero, retirarse, recogerse, aunque sólo sea como se recogen los músculos del felino, para saltar mejor sobre su presa. La poesía y su lenguaje son asunto de nivel. Y luego, cambiar de nivel. El poeta es un hombre como todos, sí, cuando va y viene por el mundo de todos. Pero que se le anuncie el afán de poetizar, y habrá de separarse, alzándose de sus prójimos. Lo poético siempre ha llevado connotación de altura. En un monte de la Fócida se entronizan Apolo y las Musas. El soplo divino de la altura viene. Por lo que tiene lo poético de celestial, no se le puede esperar más que de arriba. Y por eso, nivel de poeta es nivel superior al común: no por arrogancia sino por obligación profesional. Don Quijote lo dice: allí se verán mejor los ejércitos. El poeta verá mejor cómo se despliega su poema en el futuro, elevándose sobre el nivel común de la vista. Y lo mismo ocurre con su lengua: siendo la poética la de todo el mundo, cuando la usa el poeta se cierne, pasa a otro nivel de tensión, que no es el de conversar o el enseñar.

En este pasaje cervantino, el concepto tan purpúreo, tan coturnado, tan altivo, de la inspiración, se enrosa de humildad y gracia, cuando don Quijote lo llama altillo. Porque para mí el caballero sube al altillo como el poeta al nivel de su inspiración; se hace así poeta que, ya trepado a esa altura, ve con claridad —puesto que sabemos hoy que la inspiración no ciega ni deslumbra con su raudal, sino que aclara y define— y siente que le afluyen a los labios las divinas palabras, los nombres de las gentes y las cosas, que ya brotan el poema.

El poema: los nombres

Este discurso poético de don Quijote ante el polvo tiene dos partes. En la primera se contrae a cantar nombres y títulos de caudillos de ambos bandos. En la segunda, a enumerar las distintas tropas que les siguen, las masas soldadescas.

Ya desde el capítulo primero de la novela hemos visto al hidalgo sirviéndose del nombrar, como de mágico utensilio de metamorfosis. Su paso de un mundo a otro, del lugar incógnito de la Mancha al universo de la fama, lo da por el puente del nombre que se pone: don Quijote de la Mancha.

Halla corcel adecuado para la empresa heroica, en un rocín viejo y huesudo, sin más que ponerle encima un apelativo sonoro y significativo: Rocinante. Y cuando se echa en recuesta de una dama de sus pensamientos y quereres, no buscará a la tal princesa por castillos ni cortes; es más, no correrá tras la persona, que lo que busca es un nombre, nada más que un nombre; en cuanto haya dado con él, Dulcinea del Toboso, que también corresponde a su sueño, ya puede la presunta titular de carne hueso hacer con ellos lo que le plazca, seguir invisible e incógnita: en su nombre es donde su enamorado la vive. Hasta de nombres sale armado: porque su morrión, que de eso no pasa, con cuatro remiendos que le pone, se cree autorizado a llamarlo celada, lo cual ya es bastante defensa.

También ahora, en el altillo, va a vivirse por arte del nombrar. Nombres estos que lanza al aire, dudosos y ambiguos. Cervantes, en ellos, vuelve a su estilo de la doblez de visión, de las realidades cruzadas, y que se desfiguran una a otra. Adelanto ya mi idea de que algunos de ellos son parodias mínimas, células de lo paródico, repitiendo así, en reducido, la intención confesada de la novela: burlarse de la caballería; y en su interior se representa el tema mismo del Quijote, la comedia trágica del despropósito, de lo dispar o el disparate. Examinemos algunas.

La primera, Alifanfarón: es un solo compuesto vocablo, dos factores se oponen y el uno ridiculiza, deshace al otro. Alí es corriente nombre árabe, que lo fue de héroes de novela, sin sombra de burla; pero al juntarlo al segundo miembro de la composición, el fanfarón, queda deformado y el tipo del adalid árabe desciende, por la vertiente humorística, a un adefesio finchado y vanaglorioso, a un Alí de burla. Otro es Pentapolín, de resonancias etimológicas ilustres. Bien podría ser señor de las cinco villas, poderoso y respetable, sin ningún resón de chanza; pero el diminutivo, ese modo de acabar con la altilocuencia de las cuatro primeras sílabas, en punta o rabo, achica al caballero de la grandeza que le confería el quíntuple señorío; como si se diera a entender que es poco, mínimo señor para tanta villa.

Otras veces los nombres imponen, por su largueza silábica y su magnificencia fonética: Micocolembo, Bandabarbarán. En ambos casos la retumbancia se apodera del oído. Sólo que dentro del primero, haciéndole fisgas, poniéndola en ridículo, están las dos sílabas iniciales, mico, actuando, en efecto, como un simio que con sus visajes se burla de la palabra en que se halla. El segundo nombre no usa más vocal que la a; el juego aliterativo a base de ella, y la consonante b, que aparece tres veces, con su pompa de oclusiva labial, da una sensación de majestad, de entereza, de noble señor; pero la alusión a barbarie, tan graciosamente usada como si fuese una forma verbal en futuro —barbarán— de no existente verbo, es la zancadilla en que tropieza para caer en lo cómico. Sonoro tetrasílabo con la elegante terminación aguda en én, es otro: Alfeñiquén. Por la hábil variedad de sonidos, elevación con que lo abre la primera sílaba, rotundidad con que lo cierra la última, satisfaría al oído por completo, como cumpliendo a un altivo capitán; pero es la significación, la mención de la pasta de azúcar, de la persona melindrosa que aparece hecha con ella, la que derrota miserablemente la arrogancia sonora, el orgullo de la fonética. Los dos valores del idioma: el sensual y el conceptual, aquí libran breve guerra civil. Como en casi todos esos ejemplos, una parte de la palabra sabotea el propósito de la otra.

Por si fuera poco, muchas veces añade don Quijote, al nombre propio, un mote, según el uso de las novelas de caballerías, de origen o de cualidad. Por ejemplo, Alifanfarón es señor de Trapobana. El nombre lo era en el siglo xvi de una isla de veras, la de Ceilán. Y no obstante, no hace falta saberlo y más vale ignorarlo para la intención de Cervantes, porque lo que prevalece en nuestra impresión es un mixto y cómico efecto de trapería y vanidad, de muñeco que completa a maravilla el ya anticipado en el nombre propio. Al famoso Brandabarbarán le cuelga un de Boliche. ¡Brandabarbarán de Boliche! Terrible condena: el personaje es arrastrado al fondo del ridículo, porque se le ata al nombre ese diminutivo despectivo de bola, un boliche, remate de mueble cama o silla, o término de juego, enemigo de toda idea de grandeza y terribilidad. Hasta las letras de los escudos de tales caballeros les hacen morir del mismo mal. Como la dama de Timonel de Carcajona se llama Miaulina, el escudo ostenta un gato de oro, con el mote Miau.

Cervantes se burla, sin duda. En otros lugares de la novela se entrega al mismo tipo de regocijo, forjando nombres de comicidad: Caraculiambro, la hechicera Mentironiana, la princesa Antonomasia, el caballero Paralipomenón de las Tres Estrellas, Micomicón y Micomicona. Y sin embargo, en la nomenclatura del mundo caballeresco no es nada difícil hallar nombres, puestos en serio, y con la misma descarga de involuntarias asociaciones cómicas por su extrañeza o petulancia sonora: ¿esa Pintiquinestra, de Amadís, ese don Cirongilio de Tracia, no valdrían como modelos, en serio, de estos otros nombres paródicos? También aquí Cervantes nada entre las aguas de la seriedad y de la burla, aficionado ferviente al barroco mar de la ambigüedad.

Pero de todos modos, y eso es lo importante, lo que Cervantes consuma en los nombres de esos paladines de la polvareda es operación hermana de esa a que tiene sometido a su héroe, a lo largo de la novela. Ponerle en facha heroica, encumbrarle a estado de figura gallarda y valerosa, y al instante mismo, dejar que una ventolera del gran viento irónico que no cesa de correr por la novela lo eche por tierra como a un muñeco de papel, rematando en derrota y escarnio la soñada caballería. En estos nombres, igual que en minúsculos escenarios de unas sílabas, se representa en pequeño la tragedia mayor del libro. Don Quijote o Brandabarbarán arrancan, todo fuego y arrogancia; pero éste se encuentra de pronto con su de Boliche, el otro con las piedras de los galeotes, y acaban ambos entre befas la acción que empezaron para ganarse admiración. Cada nombre es una aventurilla; los antagonistas, sílabas contra sílabas, fonética contra significado. Revelan lo misteriosamente unido que se hallan en la gran novela la totalidad de la concepción y estos aparentemente leves detalles como la caprichosa composición de un nombre. Destino es el del héroe fatalmente cómico-heroico; la naturaleza de estos apelativos es asimismo cómico-heroica, en buscada convivencia de opuestos.

Interminable tejer y destejer, la ironía, el telar: los paladines son y no son; don Quijote los nombra, les da vida, nacen a los ojos de nuestra imaginación, y en el mismo aliento con que los denomina, se derrumban en lo ridículo. La poesía con que puebla don Quijote la gran nube de polvo viene del mismo numen que a Cervantes le anima en su poesía, la que derrama por todo el libro. Ambigua y oscilante, que da y en el momento quita, que tiene al alma en un hilo, entre creencia, sonrisa y melancolía.

¿Quién podría dejar de ver aquí, en este pasaje, una de las virtudes del genio cervantino, la del divino juego? Aquí le tenemos, entregado, dentro del gran deportarse en la invención total de la novela, a estos retozos menores, a este arrojar palabras llenas de pompa y colorines por el aire para que nos deleiten los ojos y luego se hagan trizas al caer, con un chasquido cómico. Fray Luis de Granada decía hermosamente que el deleite hace las obras. Leyendo el Quijote se verá, sí, al hombre que piensa, al Cervantes pensativo de Ortega y Gasset, de Castro, al abrumado de tristes experiencias de muchos años; pero hay que reclamar un sitio para ese Cervantes gozándose en los puros juegos del inventar divirtiéndose, al recreo incomparable de sacar de las palabras, las altas alegrías, inocentes siempre, de la poesía.

La tristeza del positivismo

Deuda de mucha cuantía tenemos los lectores del Quijote con Rodríguez Marín. Él ha puesto en claro la letra de Cervantes, acaso mejor que nadie. Pero hoy, algunos, por lo menos, diferimos, sin falta de respeto a su memoria, en lo tocante a elucidaciones del espíritu del libro. Este episodio —y por eso traigo aquí la objeción, por lo que me parece que tiene de valor general— es ejemplo palmario de la cortedad de la interpretación realista, positivista, de una obra poética. Vio don Francisco en nuestra aventura, y en esos nombres, rebozadas alusiones de Cervantes a personajes de fuste de su época, a los que ponía, solapadamente, en ridículo. En las notas al capítulo XVIII y en el apéndice XIV de su edición póstuma se da no poca pena, con su saber e ingenio, para identificar a Pentapolín y a Timonel de Carcajona con ciertos conocidos señorones de su tiempo, duques los dos. El intento plantea gravísima cuestión en la que se juzga no poco, entre otras cosas, la calidad de alma de Cervantes. Si Rodríguez Marín tiene razón, sería hombre de condición cautelosa y vindicativa, que hasta en un vuelo de su imaginación creadora recuerda ojerizas o agravios, y se venga de ellos, por malos rodeos. Y la creación poética estaría siempre lastrada, conforme a eso, de minucias tristes, sin que su arrebato sirva al poeta para librarse de lo que tiene de más pequeñamente humano. No lo puedo sentir así: veo a Cervantes jugando por estos renglones, poetizando resueltamente, con su poesía, empapada de humorismo superior, no de maledicencias. Inventa figurillas, les da un papirotazo, erige otras, como un padre, rodeado de nosotros, sus hijos, a los que divierte, entregado al puro gusto, muy arriba de chismes rateros. Es el poeta en ejercicio de su alma genial e infantil, y no el encubierto rencoroso, que tira la piedra y esconde la mano. No cabe aquí transacción: o se busca en los archivos y en las gacetillas del tiempo, letra muerta con qué rebajar a un poeta; o se le sigue en su propia letra viva, continuamente, entregada el alma a las invenciones sin baja malicia de su espíritu. Sí, Cervantes casi siempre dice las cosas con segunda: pero la segunda que hay que encontrarle, es de primera.

La enumeración y lo que descubre

No se cansa el caballero de crear, por magia de las palabras, las dos huestes enemigas, nombrando y más nombrando. «Y de esta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y otro escuadrón, que él se imagina…» Pero a la mitad de su discurso introduce una variante, acaso para evitar la monotonía, pero que descubre, a mi juicio, hondo horizonte estético. Ha estado hasta aquí enumerando jefes, caballeros ilustres de las dos mesnadas; ahora evocará grupos de soldados, las masas anónimas. Completa así el cuadro de la batalla inminente. Porque sólo cobra pleno sentido la figura del individuo capitán si se la ve apoyada en el bulto de la tropa que le sigue. Cervantes, ut pictura poesis, pinta a brochazos grotescos los personajes principales, y luego aboceta firmemente los grupos que les hacen fondo. Ahora la burla desaparece. Esta segunda enumeración está basada en los nombres de nación de cada tropa de soldados, y las cualidades poetizadas de sus tierras de origen. «Aquí están los que beben las dulces aguas del famoso Xanto», dice por los troyanos; «los que pisan los montuosos masílicos campos», refiriéndose a los masilienses; «los que criban el finísimo y menudo oro en la Felice Arabia». Después, cuando ha terminado con las razas y pueblos remotos o exóticos, medos, etíopes, númidas, acerca su atención a los de la casa ibérica. Aparecen «los que beben las corrientes del olivífero Betis…; los que pisan los tartesios campos…; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados…». Y luego, manchegos, montañeses del Pirineo, hasta que, por fin, saltándoselo, mienta a «cuantos todos la Europa en sí contiene y encierra».

No se sienta esta lista como inventario, más o menos cansado, para desplegar su conocimiento de gentes y naciones, retóricamente. El propósito es otro. Aquí actúa la palabra, también mágicamente, a modo de conjuradora. Estudiando la enumeración en un poeta moderno, Walt Whitman, dice Leo Spitzer que su poesía enumerativa consiste en «vocativos conjugadores de mago». Aunque Cervantes no procede, gramaticalmente, por vocativos, al nombrar a estas gentes, las llama, las convoca a que se hagan presentes, allí, delante de su deseo, a que vayan poblando con más y más muchedumbre el polvo famoso. Quiere Cervantes que el lector se asombre de las multitudes que llegan, y así comenta: «Válame Dios y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían». Pero si decir es inventar, quehacer de poeta, si nombrar es crear, las provincias que dice, las naciones que nombra, están enviando a la polvareda castellana sus hombres por centenares, para poblarla, para convertir el polvo en humanidad. Y esa presteza con que los califica es, no facilidad de sabio, sino acierto repentino del poeta en su altillo, a cuya mente acude, ya hechos ritmos poéticos («las dulces aguas del famoso Xanto», «los montuosos masílicos campos»), el acierto calificativo, puros destellos.

Don Quijote habla como demiurgo: conjura, por virtud de la palabra, a la vida. Es el pasaje a modo de letanía; sus frases, versículos, con relumbres de poema, enumeración con antiguos precedentes, la Biblia, Homero, Virgilio. Pero es menester no quedarse en la interpretación encimera de este recurso enumerativo, tal y como lo usa don Quijote, teniéndolo no más que por alarde de estilo y retórica complacencia del autor. No: el alcance de la enumeración se aproxima más, creo, al designio de ciertas tiradas enumerativas modernas; observemos que está puesta en boca del personaje, no en pluma del autor que escribe, hablada, proclamada, gritada a los cuatro vientos. Supera la simple intención descriptiva, representativa, y se asimila al llamamiento invocatorio, conjurador.

Lo que don Quijote quiere no es que nadie se represente lo que él ve, sino que sea, que esté allí, que los héroes y sus huestes, obedientes a su palabra mágica, que a todo da vida, vengan a vivir a la polvareda. Su enumerar ni es embriaguez de retórico, ni pincelada de pintor: tiene un propósito rigurosamente vital: conquistar un espacio del mundo, para unas criaturas suyas.

Los dos espacios

En su imaginación tiene don Quijote visibles, en pie, vivos, a los héroes cabeceros y a las mesnadas de estos dos bandos, a los Alifanfarones y Espatofilardos, a los númidas y a los andaluces. Existen, en lo que llamaría su espacio psíquico, los senos de su alma. Pero si don Quijote corre mundos, es porque anhela realizar las visiones de su interior, dar cuerpo a sus fantasmagorías. Toda realidad que se le ponga por delante, venta o moza del partido, la usará como materia dócil donde corporeizar las figuras de su imaginación, el castillo o las castellanas. Ninguna apariencia de lo real más vaga, más blanda, más indecisa —y por consiguiente más apta a decir de ella lo que se quiera— que las polvaredas de la llanura manchega. Sin forma concreta, variando de contornos a cada instante, en ella cabrán todas las formas que vaya forjando la empeñada fantasía. En cuanto la ve, don Quijote echa mano de la enumeración para ganar espacio; al nombrar a los caballeros y sus tropas, al traerlos así a la vida, cada cual trae con el espacio que supone la existencia de un ser, su aire, su contorno vital. Es decir, la enumeración vitalizadora de los enumerados supone inevitablemente la idea de un espacio en que se mueven, la conquista de un ámbito.

Muy curioso es el problema de espacio y tiempo, en el lenguaje. Muchas palabras tuvieron primitivamente un sentido espacial, luego olvidado, pero que de cuando en cuando se percibe latente, detrás. Bergson cree que casi todas las formas verbales con que designamos lo temporal tuvieron en su origen sentido espacial. «Nuestro intelecto —dice W. M. Urban— está equipado para lidiar primeramente con el espacio y en este medio se mueve con más soltura.»

Por eso el lenguaje se espacializa, y en tanto que representa la realidad tiende a ser espacial. Así, en el discurso conjurador de don Quijote la enumeración es procedimiento de tipo temporal: se desarrolla por una secuencia de elementos, que se presentan en sucesión como las notas; pero tal proceso repetitivo, desenvuelto en el tiempo, se transforma, por esa mixta naturaleza espacio-temporal de la lengua, en extensivo, de temporal en espacial. Tantos tipos, tanta gente, tanto pueblo de tres continentes como acuden a la voz del caballero que los tiene dentro, al ser ellos creados por conjuro de don Quijote se crean sus espacios. ¿Sería posible ni verlos ni imaginarlos en el vacío, fuera del área, del ámbito propio de lo humano? Las palabras de don Quijote los trasportan a este mundo, los descargan en la polvareda, en ese suelo, y conforme llegan unos tras otros, en segundos sucesivos por la vía del tiempo, van colocándose, va surgiendo en torno de ellos una extensión, un ambiente vital. Según Shakespeare, es esa función incumbente al poeta:

Turns them to shape and gives to airy nothing

A local habitation and a name.

Esa aérea nada, o casi nada, puras partículas de tierra flotando, es el polvo. El nombrar caballeros y hombres de a pie es darles forma. Y la enumeración es abrirles sitio, suministrarles habitáculo, lugar. Lo temporal se ha vuelto espacial. Y se vislumbra la verdadera magia del proceder enumerativo, que es lo que cuadra al ansia constante de don Quijote en esta y demás aventuras: conquistar un espacio físico para lo que lleva dentro, para su espacio psíquico. Tiene él la cabeza rebosante de visiones perfectamente delineadas en su fantasía. Pero su enorme hazaña es trasladarlas de su precario estado, dentro de esos psíquicos mundos, a firme condición, real, en el mundo exterior. Es decir, volver un espacio psíquico en otro físico. ¿Con qué hacerlo? ¿Con qué mejor que con lo que llamó Delacroix técnica del deseo, el lenguaje, y dentro del lenguaje, con un procedimiento poético, la enumeración? A cada frase, a cada nombre, de los que le salen a don Quijote de la fantasía, y le pasan por los labios, y cobran vida real, sonora, en el tiempo, va ganándose otro retazo de espacio físico, que se ensancha y se ensancha, cuantos más llegan a poblar la polvareda. El suelo de verdad que anhela dar a sus criaturas de su sueño, se amplía, a medida de su querer, tan sólo con añadir más versículos a su conjuradora letanía. El pobre Sancho nada ve y se mesa los cabellos. No importa. Cada cual ve poco más de lo que lleva dentro. Y llega el acto final de la aventura.

Vivirse en la creación

Ya están completos, repletas sus filas, a la cabeza los adalides, ambos escuadrones, el de los buenos y el de los malos, según la dialéctica quijotesca. Se arrostran y tiemblan de impaciencia —la del alma del hidalgo manchego— por embestirse. Invenciones son de su palabra, obra todo —ellos, el campo de batalla— de su inspiración de poeta, lograda sin más materia que dos nubarrones de polvo. Existen porque mentarles es darles vida. Ahora queda la maravillosa coronación de la hazaña: lanzarse a ese mundo de su propia creación, que rebota, llamándole, sobre su propio creador. Porque don Quijote no lo ha creado para contemplarlo, sino para vivirlo. Todo poeta se cree, fatalmente, la verdad de lo que inventa. Mientras lo está creando, lo está creyendo como su plena, su absoluta verdad, aunque luego se llame ficción o poesía. Don Quijote acaba de fabricar su mundo, su poema, lo tiene desplegado ante los ojos, en el polvo donde Sancho nunca lo verá.

Y ese mundo a su hechura y semejanza, lo llama; no desoirá la misteriosa voz. Los buenos van a dar batalla a los malos, y Pentapolín se encara con Alifanfarón. Sólo Sancho no entiende la perfecta lógica de lo que sigue. Don Quijote quiere hacerse uno con su creación, entrarse entre sus personajes, ir a la cabeza del ejército que acaba de poner en pie; en suma, vivirse de lo que ha inventado; ser, en su obra. «… déjame solo, que solo basto a dar la victoria a quien yo diere mi ayuda. Y diciendo esto puso las espuelas a Rocinante y puesta la lanza en ristre, bajó la costezuela de un rayo». Es, sin duda, la costezuela que Víctor Hugo veía cuando habló en verso inmortal de aquel que ya empezaba a descender por el otro lado del sueño.

Los encantadores del desencanto

No paran de trajinar por la novela cervantina los encantadores, como les dice don Quijote. Peculiar casta de encantadores, esa: su papel consiste en desencantar lo que el archiencantador, el único auténtico y no trapacista, el que encanta con toda su encantada alma, había encantado. Y por eso ahora resulta que alancea no fementidos paganos soberbios, sino mansas bestias, carneros y ovejuelas, los rebaños que levantaban todo aquel polvo. Los pastores acuden a sus armas, las hondas, y a muy poco, el caballero da con sus huesos en tierra, como casi siempre, maltrecho. Se escapan asustados los ovejeros, arreando sus ganados. Y, poco a poco, el polvo se disipa; la pulverizada tierra vuelve a descansar a su madre, la entera tierra solar. Limpísimo el aire. Todo vacío. Nada queda. Idos los dos ejércitos, los dos rebaños. Pero ¿que no queda nada? Responde un gran poeta de hoy, dando la clave de la aventura:

Final. Acaso nada.

Pero quedan los nombres.

Y con ellos, con los nombres de encantamiento, las palabras poéticas forjadas en la lumbre al rojo de la poesía, no pueden los malos encantadores, los desencantadores. Volteando sigue la rueda de la vida humana: encantar, desencantarse, volverse a encantar. Poesía que engaña, realidad que desengaña. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Si durase más que los dos rebaños, aquellos que se cruzaron un día por tierras de la Mancha, las palabras iluminadas con que el poeta los transmutó en lucidos y copiosos ejércitos, en paladines cómico-heroicos?

Traslado

Así trabaja el poeta. La materia, la vida, la pura experiencia real, no pasan de ser, aunque se presenten como sólida masa, otra cosa que materia dócil donde él inserta su voluntad creadora, inventando formas del espíritu. No importan ellas; pura polvareda, desaparecerán: las circunstancias, las anécdotas, los pastores y sus rebaños; volverá ese polvo a su tierra. Ya ha cumplido su oficio. Sirvió para que el poeta lo preñara de ansia creadora, forjara en sus entrañas la nueva realidad, su criatura. En ellos quedó para siempre la huella de un amor. Y como dijo uno de los grandes líricos de la materia y sus destinos, cuando pensaba en las últimas defensas de su cuerpo, de sus huesos, deshaciéndose,

Polvo serán, mas polvo enamorado.

(*) Pedro Salinas, «El polvo y los nombres», en Ensayos de literatura hispánica. (Del Cantar de Mio Cid a García Lorca), ed. y pról. de Juan Marichal, Madrid: Aguilar, 1961 (1958), 2.ª ed., pp. 127-142.

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