Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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miércoles, 1 de junio de 2011

El Quijote y la picaresca: la figura del hidalgo

en el nacimiento de la novela moderna

Antonio Rey Hazas*

Don Quijote es un hidalgo de aldea, «de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor», que tiene, además, «en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza» (I-i, pp. 30-31).1 Esta descripción cervantina se corresponde con la habitual de un característico hidalgo campesino, pues fray Antonio de Guevara, por ejemplo, los había descrito, asimismo, en posesión de «una lanza tras la puerta, un rocín en el establo, una adarga en la cámara […] y una moza que les ponga la olla».2 Pero no es un hidalgo común, sino que pertenece a la más prestigiosa rama de la hidalguía, a la de los denominados hidalgos de solar conocido, que eran, según las convenciones de la época, los de más antiguo linaje y de mayor nobleza, superiores en rango y categoría a los que formaban parte de las otras dos divisiones jerárquicas existentes, esto es, a los hidalgos notorios y a los hidalgos de ejecutoria.3 Él tiene conciencia muy clara de su pertenencia a dicho grupo: «Bien es verdad que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propriedad y de devengar quinientos sueldos»4 (I-xxi, p. 205) —afirma, orgulloso—. Y añade, a renglón seguido: «y podría ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia que me hallase quinto o sesto nieto de rey». Palabras muy pertinentes, que demuestran un conocimiento perfecto de la noble ranciedad de su hidalguía, puesto que el desconocimiento de su origen es, curiosamente, lo que sitúa la condición hidalga de don Quijote en el punto más alto de su clase, ya que «los hijosdalgo cuanto más lejos de su comienzo tanto más es su pureza»,5 porque «llamamos hidalgos de sangre a aquellos que no hay memoria de su principio ni se sabe por escriptura en qué tiempo comenzó, ni qué rey hizo la merced; la cual escuridad tiene la república recibida por más honrosa que saber distintamente lo contrario».6 Nos encontramos, pues, ante un personaje literario perfectamente definido en la estructura social de la época por su pertenencia al más prestigioso segmento jerárquico de la hidalguía, al de los llamados hidalgos de sangre, o de solar conocido, o de devengar quinientos sueldos: que estas tres denominaciones reciben los únicos hidalgos considerados nobles de verdad por la aristocracia media y alta.7

No obstante, tal afirmación sólo es aceptable si nos referimos exclusivamente al estatuto jurídico de nuestro héroe, pero no lo es tanto cuando detenemos nuestra atención en su situación económica, o en el prestigio social de su rango. Porque lo cierto es que, desde estas nuevas perspectivas, la posición de nuestro hidalgo se ve sustancialmente modificada. No podemos olvidar que la nobleza se definía verdaderamente por la asociación de estos tres factores que venimos considerando, pues era necesario poseer, simultáneamente, no sólo un estatuto jurídico privilegiado, sino también un cierto nivel económico (capaz de sostener una vida concorde con dicho privilegio) y un reconocimiento social (unido a los dos anteriores y dependiente de su función en la sociedad), para ser identificado como miembro de la élite nobiliaria.8

De hecho, don Quijote no cumple las seis condiciones que el Floreto de anécdotas exige a los hidalgos; que son las siguientes: «La primera y más principal es el valor de la propia persona en prudencia, en justicia, en ánimo y en valentía […] La segunda […] es la hacienda, sin la cual ninguno vemos ser estimado en la república […] La tercera es la nobleza y antigüedad de sus antepasados […] La cuarta es tener alguna dignidad o oficio honroso […] La quinta […] es tener buen apellido […] Lo sexto […] es buen atavío de su persona, andar bien vestido y acompañado de muchos criados». 9 A nuestro personaje le faltan dos o tres: es un hidalgo que no tiene oficio alguno, ni va acompañado de muchos criados, ni, sobre todo, posee la hacienda suficiente para ser estimado en la república. Carece, por tanto, de una condición medular, imprescindible: de dinero. Problema central que se ve, además, agravado desde el primer momento, puesto que la falta de una profesión digna (otra carencia) lleva a nuestro héroe al ocio, y «los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías […] Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías» (I-i, p. 31). Don Quijote, pues, se empobrece aún más. Y no es casual que su empobrecimiento coincida con su locura caballeresca, ya que la carencia de bienes económicos acentúa todavía más la dificultad de su pretensión primordial: la de ser caballero. Como le dice su sobrina, el grado mayor de su locura no estriba tanto en haber dado «en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida que se dé a entender que es valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad agobiado», cuanto, «sobre todo» —dice—, en pensar «que es caballero, no lo siendo; porque, aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres» (II-vi, p. 579). Ella, que obviamente conoce bien la situación patrimonial de su tío, ratifica su pobreza, y la relaciona directamente con su rango social: don Quijote es un hidalgo de solar conocido, pero no puede ser un caballero, por más que él lo sustente, a causa de su pobreza. Esta interpretación debía de ser, sin duda, la habitual para cualquier lector contemporáneo de nuestro héroe más o menos familiarizado con las cuestiones nobiliarias, y, sobre todo, obviamente, para los caballeros e hidalgos que leyeron el texto cervantino en su época y se vieron necesariamente inmersos en el problema que planteaba. Porque lo cierto es que, cuando don Quijote se hace armar caballero andante, y lo hace, además, de manera harto satírica y burlesca, a manos de un pícaro ventero ayudado por dos prostitutas, está planteando un grave problema de jerarquía nobiliaria, y más para los caballeros auténticos, que pudieron sentirse expresamente aludidos, y no para bien, a causa del contexto ridículo de la disparatada ceremonia.

No se trataba, además, sólo de eso, ya que existían otros elementos de burla caballeresca igualmente duros y escarnecedores para los caballeros auténticos de principios del xvii, que, seguramente, se sintieron satirizados y ofendidos por la inmortal novela cervantina, a consecuencia también de las pocas fuerzas y muchos años del hidalgo enfermo y loco que se pretendía caballero, dado que, por decirlo con palabras de J. Salazar Rincón, «el hombre que ha de empuñar las armas, ha de tener, según las propias leyes de la caballería, mocedad, brío, riqueza, linaje y sano juicio; y así se indica expresamente en el Código de las Partidas y en las reglas que rigen la conducta de los caballeros. Don Quijote, en cambio, es “seco de carnes y enjuto de rostro” (I, 1), viejo y débil, y tan pobre de fuerzas como de hacienda. Su escaso vigor para empuñar las armas se remata con el ridículo aspecto de su figura y vestimenta: un rocín que apenas se tiene en pie, unas armas llenas de orín y moho, una celada de cartón y una bacía de barbero. La locura de Alonso Quijano […] consiste en creerse caballero esforzado y valiente, siendo en realidad un pobre hidalgo, viejo y enfermo».10

Los lectores nobles y allegados a la nobleza del siglo xvii sabían que el estamento aristocrático estaba formado, básicamente, por tres categorías, aparte de la cúspide que implicaban los grandes de España; a saber: hidalgos, caballeros y señores de título. Lógicamente, se podía ascender de una a otra y medrar en la escala nobiliaria, sobre todo, se podía pasar de la hidalguía a la caballería, pero con unas condiciones inexcusables. Los hidalgos habían sufrido una considerable devaluación durante el siglo xvi que culmina a principios del xvii, por las fechas de nuestra inmortal novela.11 Los caballeros habían consolidado, a la inversa, su posición y se habían situado por encima de los hidalgos. La hidalguía ya no era suficiente por sí sola, había perdido buena parte de su prestigio social, se había depauperado y se había visto sobrepasada por los labradores ricos y los burgueses ennoblecidos. El hidalgo, poco a poco, había acabado por convertirse en un parásito. Su número era excesivo: entre 1590 y 1600 había 134.223 hidalgos en Castilla, lo que, si se aplica el coeficiente 4.5, da un total de 604.004 personas ligadas a lo que esta clase representa; es decir, más del 10 por ciento de la población y el 90 por ciento de la nobleza.12 Su pobreza era proverbial. Escuchemos, simplemente, a Cervantes: «Pues ya por pobres son tan enfadosos los hidalgos» (El juez de los divorcios, p. 728);13 «Un tal Fulano de Oviedo, / hidalgo, pero no rico: / maldición del siglo nuestro, / que parece que el ser pobre / al ser hidalgo es anejo» (La gran sultana, vv. 2.254-2.258, p. 437). O mejor, oigamos a las Cortes de 1593: «[…] viene con esto a causarse a los hidalgos pobres, como de ordinario lo son la mayor parte dellos, una total imposibilidad para seguir sus hidalguías…».14

Y aquí radica, como venimos insistiendo, el eje del problema, porque para ser caballero no era suficiente poseer sólo el estatuto jurídico —que don Quijote cumple con creces—, sino también los medios económicos suficientes para desempeñar el papel que la sociedad asignaba a los nobles, el dinero necesario para mantener el rango aristocrático con dignidad. Multitud de textos coetáneos insisten en lo mismo. Veamos algunos, sin más comentario: «A los hidalgos ricos llaman caballeros» —dice Antonio de Torquemada—.15 «Los ricos hacendados tienen una calidad que les ilustra y perficiona sus noblezas: por las riquezas son más conocidos y estimados, y los hijosdalgo cobran epítetos y renombres más altos, como es de caballero […] y los pobres apenas son llamados escuderos» —asegura fray Benito de Peñalosa—.16 «Verdad es que si llamamos caballero al que es hijodalgo de sangre y solar, denotamos en él por este nombre de caballero una cierta cualidad, que demás de la hidalguía, denota nobleza, antigüedad, o patrimonio, o todo junto. Y en esta significación es más ser caballero que hidalgo» —en palabras de J. Arce de Otálora—.17 «[…] los hijosdalgo eran ricos […] y hoy es calidad de hidalguía la riqueza […] Y por eso la nobleza es causa de las riquezas […], y sin ellas apenas y con gran dificultad se conserva la nobleza» —reitera y acentúa B. Guardiola—.18 El propio Cervantes, en fin, sostiene la misma opinión en Los trabajos de Persiles y Sigismunda: «Junto a la villa que me dio el cielo por patria vivía un hidalgo riquísimo, cuyo trato y cuyas muchas virtudes le hacían ser caballero en la opinión de las gentes».19 Los testimonios son, pues, abrumadores: la riqueza era una condición imprescindible para que un hidalgo de solar conocido pudiera ser considerado caballero; la pobreza, a la inversa, hacía imposible tal consideración e impedía el ascenso a la caballería. Don Quijote, a pesar de ello, se convirtió en caballero andante. El problema estaba servido.

Por si no era suficiente, don Quijote, además, arremetía con frecuencia contra los caballeros cortesanos, lo cual era totalmente lógico desde su perspectiva de esforzado caballero andante, o, lo que es lo mismo, desde su locura caballeresca; pero no lo era tanto, antes al contrario, desde la óptica de la realidad social contemporánea, esto es, desde el punto de vista de los caballeros auténticos de principios del siglo xvii español, fundamentalmente cortesanos. Porque lo cierto es que, desde el acceso a la monarquía de Felipe III y la consiguiente llegada al poder del duque de Lerma, la nobleza española se fue haciendo básicamente cortesana: «a medida que los grandes y pequeños nobles se trasladaban a la Corte, eran seguidos por miles de personas que ocupaban o aspiraban a ocupar un lugar a su servicio […] Los segundones y los hidalgos arruinados acudían en tropel a la Corte con la esperanza de hacer o reponer sus fortunas».20 Todos, en efecto, acudían a Madrid por las fechas del Quijote, porque, como decía Fernández Navarrete, los aristócratas abandonaban el campo para «venirse a gozar descansadamente su hacienda en la Corte, donde los que no son nobles, aspiran a ennoblecerse; y los que lo son, a subir a mayores puestos». Navarrete había detectado con precisión el cambio que se estaba produciendo en la jerarquía de valores sociales: «Cuando […] llegan a tener caudal con que poder fundar un mayorazgo, no le fundan en sus lugares, como se solía hacer, comprando en ellos viñas, dehesas y otras heredades, para que los hijos que no siguiesen las letras o las armas volviesen a cultivarlas […]; y así, con la comodidad de comprar juros, casi todos los ministros que llegan a mejorar de hacienda y fortuna, fundan en la Corte sus casas y mayorazgos». Para solucionar el grave problema, era imprescindible, por tanto, que volviesen a sus lugares de origen, como pedía nuestro autor: «los que deben salir son los Grandes y Señores, y los Caballeros y gente desta calidad», porque su vida ociosa en la Corte «tiene para ellos grandes daños, y para ella (la Corte) grandes inconvenientes».21 Huelga decir que no hicieron caso alguno de tan juiciosas recomendaciones, ni de otras semejantes de Mata, Cellorigo, etc.

Don Quijote, obvio es decirlo, defensor a ultranza de la vieja caballería andante, se encontraba más cerca de la postura de Navarrete que de la que ofrecía la realidad social de su época, y por ello, desde su altura superior, desdeñaba la nueva situación de los caballeros cortesanos: «Bien parece un gallardo caballero, a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado de resplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir, honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor un caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera.22 Mejor parece, digo, un caballero andante, socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un cortesano caballero, requebrando a una doncella en las ciudades» (II-xvii, p. 664). Declaraciones de esta índole pudieron levantar ampollas entre los directamente implicados, es decir, entre los verdaderos caballeros cortesanos. Era lógico que nuestro héroe abogara por la superioridad de su profesión sobre la vida muelle de la Corte; más aún, era imprescindible, dado que él necesitaba del campo abierto y libre, donde sus andanzas caballerescas, sin someterse a otra ley que la que le dictaban sus propios fueros personales, pudieran campar por sus respetos. Su utópica misión restauradora de la edad dorada era incompatible no sólo con el poder opresor y supranacional que emanaba de Madrid, sino también con las limitaciones que para sus movimientos cotidianos implicaban las convenciones cortesanas23 y las leyes ciudadanas. Sin embargo, es muy probable que ni la mencionada lógica, ni su locura caballeresca aneja, fueran captadas en toda su magnitud por los lectores expresamente aludidos en los juicios quijotescos, esto es, por los caballeros cortesanos auténticos.

El propio Cervantes tenía conciencia muy clara del problema social que podía plantear la lectura de su libro en dos ámbitos nobiliarios muy determinados, el de la hidalguía y el de la caballería. De ahí que, nada más comenzar la segunda parte de su inmortal novela, el héroe pregunte a su criado: «[…] y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros?». A lo que Sancho responde: «Los hidalgos dicen que, no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde» (II-ii, p. 552). Las dos respuestas coinciden en lo mismo, en la oposición contra el ascenso de don Quijote a consecuencia de su falta de dinero. Y en esto, tanto los hidalgos como los caballeros no hacían otra cosa que sustentar la ideología ortodoxa y dominante al respecto: la necesidad de una posición económica adecuada para medrar con dignidad dentro de la nobleza. El novelista sabía muy bien en qué radicaba el problema, sabía que ni a los hidalgos ni a los caballeros les interesaba que se transgrediera el sistema, sólidamente establecido, de la movilidad social dentro de la clase nobiliaria. Por eso es ahora, y sólo ahora, en la segunda parte de su novela, consolidado el ascenso caballeresco de don Quijote ya desde el título —El ingenioso caballero, frente a la anterior, El ingenioso hidalgo—, cuando el libro intenta equilibrar los excesos que tan heterodoxo medro implicaba. Nace, así, la figura de don Diego de Miranda.

Y lo hace con plena coherencia, ya que es en la segunda parte cuando don Quijote y Sancho adquieren conciencia de su dimensión real, de vida auténtica, gracias a la aparición del bachiller Sansón Carrasco, que ha leído la primera, y, no obstante, conversa con ellos de igual a igual. En ese momento, nuestros héroes de ficción adquieren la misma categoría vital que su lector real, dado que se mueven en el mismo plano que él. Así, ubicados junto a los lectores de sus vidas, los personajes traspasan las barreras de la ficción y se salen de ella, por así decirlo, para introducirse en la realidad. Y ya desde la vida recién conquistada, preguntan a su interlocutor y lector acerca de muy diversas cuestiones sobre su historia, manifiestan su desacuerdo sobre los muchos palos recibidos por el héroe, hablan de Dulcinea, dan feliz solución a la desaparición del asno, e incluso se permiten censurar a su autor, sobre todo cuando conocen que es moro, pues los de esta raza son «embelecadores, falsarios y quimeristas», etc. Pues bien, en este preciso contexto, y sólo en él, es cuando don Quijote indaga sobre la opinión de hidalgos y caballeros. Y ello porque ésta es una cuestión que afecta de verdad a la jerarquía social de la nobleza española, a la de carne y hueso. De ahí que se haga desde la vida real, y no desde la ficción literaria, una vez anulados los límites entre ambas, en virtud del genial hallazgo de Cervantes. Poco después, en buena lógica, a la altura del capítulo XVI, aparece don Diego de Miranda.

Don Diego es un hidalgo de aldea, como nuestro héroe, y de su misma edad, además, pero sólo coincide con él en esos dos rasgos, y ello para que se establezca la comparación entre ambos; porque es un hidalgo modélico, «más que medianamente rico», casado y familiar —«paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos»—, que no conoce los libros de caballerías —«los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas»—, prudente y discreto —«no escudriño las vidas ajenas»—, buen cristiano —«oigo misa cada día»—, caritativo y generoso —«reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras»— (II-xvi, pp. 651-652), etc. Nuestro don Quijote, en cambio, es todo lo contrario: pobre, soltero y sin descendencia, loco por los libros de caballerías, entrometido, aventurero e indiscreto. El otro es rico, padre de familia, sedentario, equilibrado, sereno y cuerdo. Don Diego no sabe nada de caballeros andantes, ni es aguerrido, ni esforzado, ni valiente, como demuestra ante los leones; su ideal de vida procede del humanismo, del menosprecio de corte, de la dorada mediocridad, de la moral erasmista y del epicureísmo cristiano.24 Don Diego es un contraste de don Quijote en casi todo; pero, sobremanera, lo es desde una óptica social. El arquetípico hidalgo que encuentra nuestro héroe es un modelo ideal desde todos los puntos de vista, tanto desde la tradición cultural del humanismo, como desde la jerarquía social contemporánea. En su modo de vida coinciden las exigencias utópicas de los pensadores renacentistas del xvi (Erasmo, Vives, Valdés, Torquemada, Guevara, etc.), con las peticiones de los tratadistas socio-económicos del xvii, como Navarrete, Cellorigo, Mata, etc. Pero sobre todo, repito, es la contrafigura social de don Quijote, al menos para los hidalgos y caballeros coetáneos, pues nace con el fin, entre otros, de que, al cruzarse los dos hidalgos manchegos, todos pudieran ver «lo que va de uno a otro: del hidalgo fuera de su lugar al hidalgo en su sitio, satisfecho de ser lo que es».25 Don Diego, en efecto, cumple, a plena satisfacción, todas las exigencias que podían pedirse a un hidalgo para ser caballero, pues tiene linaje, dinero, posición y virtud —tanta, que Sancho se refiere a él como al «primer santo a la jineta que he visto» (II-xvi, p. 652)—. No es raro, por tanto, que el propio don Quijote le denomine caballero: «a quien don Quijote llamaba el Caballero del Verde Gabán» (II-xvii, p. 665). Tampoco debe extrañar que el novelista haga lo propio: «Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico» (II-xviii, p. 666). Y ello porque éste sí puede ser caballero de verdad, a pesar de su condición de hidalgo, y en cambio no pretende serlo y se encuentra a gusto con su estado. Don Quijote, a la inversa, no puede serlo, no reúne las condiciones, y, muy significativamente, afirma su caballería, a contrapelo de las normas sociales, y ejerce como tal, a pesar de su escarnecedor y paródico espaldarazo.26 Cervantes, pues, había realizado el contrapeso de su disparatado caballero, había equilibrado su figura con la de don Diego de Miranda, para que hidalgos y caballeros pudieran captar su función de contraste y así no se sintieran necesariamente aludidos ni atacados por las locuras del héroe. Es obvio que, sabedor de las ampollas que había levantado entre algunos de ellos, quién sabe si intencionadamente,27 quería sanarlas, acentuando la excepcionalidad poco generalizable de su peculiar personaje mediante el contraste con un hidalgo más común. Sin embargo, ya era tarde para rectificar, y «si muchos de los espléndidos y ricos cortesanos únicamente fueron capaces de reír indolentemente con las aventuras cervantinas, hubo quienes se mostraron preocupados ante la carga destructora de quien ponía en riesgo su honor, hacía befa de la caballería y los ponía en evidencia».28 Lo más probable es que ni unos ni otros tuvieran tiempo de leer el mencionado intento equilibrador de las relaciones hidalgo-caballerescas, dado que sólo había tenido lugar en la segunda parte, ya en 1615, mientras que la respuesta antiquijotesca de los caballeros contemporáneos había aparecido un año antes, en 1614, como Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, bajo la autoría de un tal Alonso Fernández de Avellaneda. Obviamente, ni éste ni los caballeros que se ocultaban detrás de su máscara29 tuvieron tampoco ocasión de leer la transformación final del héroe cervantino, y no pudieron ver, en consecuencia, cómo recuperaba su cordura, olvidaba su locura caballeresca y, por tanto, su condición de caballero, y volvía a ser el hidalgo de aldea del principio, aunque sólo fuera para morir cristiana y barrocamente en su cama. Porque lo cierto era que, en efecto, don Quijote de la Mancha desaparecía y ocupaba su lugar Alonso Quijano el Bueno. Este hidalgo, al igual que don Diego de Miranda, no ofrecía peligro alguno para los caballeros auténticos; pero el contraataque de éstos ya se había publicado, y no había lugar para volverse atrás: el segundo tomo de Avellaneda era un réplica en toda regla contra los elementos anticaballerescos de El ingenioso hidalgo de Cervantes. No tanto, obvio es decirlo, contra los esfuerzos equilibradores de su Ingenioso caballero.

Martín Quijada, el contrahéroe avellanesco, no registra oscilación alguna en el nombre ni en los apellidos, como tampoco su lugar de nacimiento se desconoce, sino que se trata de Argamasilla de Alba. Toda la rica y libre ambigüedad cervantina desaparece, porque no interesa nada la literatura. Se trata de una mera cuestión de clase social: presentar a un hidalgo concreto, bien identificado, y pobre —y ya sabemos lo que significa la pobreza— que pretende medir sus fuerzas con las de los caballeros de verdad en unas justas asimismo auténticas. Lo cual, visto desde los caballeros, es un disparate condenado al fracaso. Como así sucede, ya en Zaragoza, donde el bueno de nuestro héroe hace el ridículo a que estaba destinado desde el principio, y es objeto de diversión y risa por parte de los caballeros, que le tratan como a un bufón. Como bien dice Nicolás Marín: «La oposición cervantina verdad/mentira, realidad/fantasía, vicio/virtud, ha quedado reducida a algo más simple: el cortesano de la España del 600 frente a la figura envilecida del hidalgo».30 Por eso, es un caballero auténtico, Álvaro Tarfe, quien le presta sus armas, dado que él las había perdido —lo que sucedería a un caballero auténtico—, y le anima a dejar Argamasilla para ir a Zaragoza; por eso el mismo caballero granadino lo saca de la cárcel de la ciudad del Ebro, le organiza una sortija en su casa, anima a don Carlos a que haga lo propio, forma parte de los que planean su viaje a la Corte, y, finalmente, se hace responsable de todo y le lleva, rematadamente loco, por fin, a la casa del Nuncio (que todavía se llama hoy así al manicomio) de Toledo. A través de don Álvaro Tarfe, caballero auténtico y, por eso, verdadero motor de la acción, Avellaneda lleva a su Quijote con frecuencia a ciudades y pueblos grandes, cosa que no había hecho nunca Cervantes, para que el personaje haga el ridículo y resulte escarnecido. Incluso lo conduce a la corte, para que se convierta en verdadero y singular bufón de los cortesanos, cosa que sucede, nada más llegar al Prado de San Jerónimo, donde su mero y estrafalario aspecto físico organiza un alboroto considerable. Y es que el hidalgo avellanesco es un pobre pelele ridículo que anhela igualar las grandezas de los auténticos caballeros, como don Álvaro Tarfe, y fracasa siempre en sus intentos: para que no haya dudas sobre su calidad despreciable como caballero falso. Desde el principio, además, Dulcinea desaparece del ámbito avellanesco, y Martín Quijada se convierte en el Caballero Desamorado, con el objeto de resaltar que el personaje carece de otro de los atributos fundamentales y definitorios de los caballeros: la capacidad del sentimiento amoroso, reservada sólo a la aristocracia. Por eso se le niega también al hidalgo de Avellaneda, para que ninguna cualidad caballeresca le adorne.31

El Quijote de Avellaneda, pues, es una réplica inmisericorde y destructiva hecha desde la perspectiva de los caballeros auténticos y cortesanos de la España de la época contra el Quijote de Cervantes, lo cual demuestra que la inmortal novela no sólo se leyó en su momento como un libro cómico y divertido,32 sino también como una obra polémica y crítica que atentaba contra los privilegios de los caballeros. El apócrifo ofrece, así, una excelente pauta de recepción para analizar la novela cervantina desde la óptica de su conflictividad social, centrada en torno a la figura del hidalgo y a sus deseos de medro.

Esta situación, conforme a la cual, según hemos visto, ni los hidalgos ni los caballeros auténticos y coetáneos podían aceptar el ascenso caballeresco de don Quijote, a causa de que no poseía el patrimonio económico adecuado para sostenerlo; esta situación, reitero, guarda una extraordinaria semejanza con la que habitualmente se produce en las páginas de la novela picaresca, donde también el hidalgo ocupa el lugar medular en torno al cual gira la polémica de la recepción social contemporánea del género, a principios del siglo xvii, cuando nace como tal.33

Bien es verdad que en la picaresca, a partir ya del Lazarillo, el hidalgo que se cuestiona es, usualmente, el escudero, es decir, el más pobre de todos (recuérdense las palabras de fray Benito de Peñalosa), el «hidalgo escuderil» (en términos cervantinos, que no tenía ni para limpiarse los zapatos), que ocupaba el más bajo escalafón de la hidalguía misma y, por ende, de la nobleza. Pero, en todo caso, es un hidalgo, que es de lo que se trata. Porque no es ninguna casualidad que, tanto en el Quijote como en la novela picaresca, la cuestión de la movilidad social se centre en la figura del hidalgo.

Y es que la situación social del escudero era sumamente paradójica, pues, por un lado, estaba integrado de derecho, y pertenecía a la clase privilegiada, ya que no pechaba; por otro, en cambio, estaba marginado de hecho, puesto que no poseía la necesaria solvencia económica con que mantener una posición nobiliaria, y su precariedad implicaba en ocasiones un status similar incluso al de cualquier pícaro.34 De hecho, ya en el Lazarillo, por mencionar la primera narración picaresca, el hidalgo pasa más hambre que el propio Lázaro de Tormes, que es, curiosamente, quien le proporciona algún mendrugo que llevarse a la boca. Al final, Lázaro tiene que aceptar la barragana de un clérigo como mujer, pero come, y lo hace mucho mejor que su amo, el escudero, cuando vivía en Toledo. El propio pícaro, además, se había burlado de su exagerada presunción y había censurado su concepto de la honra meramente externo y superficial, basado únicamente en apariencias vanas, como la capa que dobla cuidadosamente a diario y mete debajo de la enjalma o el palillo de dientes que se pone a la boca para dar a entender que ha pasado algo por sus muelas, etc.: todo falso y banal. A pesar de ello, el hidalgo parecía un pariente del conde de Arcos, según Lázaro, porque era condición de la hidalguía sobrellevar las penalidades materiales con el orgullo de la herencia de sangre, del linaje y de la honra, por más que todo este andamiaje se mantuviera apenas con meras apariencias. Las críticas que se dirigen contra la hidalguía, con todo, no son ahora de caballeros, y menos de otros hidalgos, como acaecía en el Quijote, sino que proceden de los burgueses y conversos que escribieron las primeras novelas picarescas, a quienes se cerraba o, en cualquier caso, obstaculizaba el acceso a la nobleza, por cuestiones de herencia de sangre, ya que no de dinero, mientras que formaban parte de ella, de la aristocracia, los hidalgos pobres. De ahí que estos burgueses, de origen judío o no, se pregunten con insistencia, en las páginas de la picaresca, acerca de qué elementos implicaban la aparente superioridad de los «hidalgos escuderiles» sobre ellos. No es casual que Guzmán sea muy superior a los hidalgos y viva, una vez establecido en Madrid, como un rico comerciante, ni que la burla que hace en Génova a sus parientes afecte, a la vez, al dinero y a la honra, dado que se pretende hacer ver cómo ambas cosas están ligadas. Menos debe extrañar que Justina Díez, La pícara, acabe casada con un hidalgo linajudo, como todos: «era mi marido […] pariente de algo y hijo de algo —dice—, y preciábase tanto de serlo, que nunca escupí sin encontrar con su hidalguía»;35 ella, precisamente ella, que se burla de la España de las tres castas y de las tres religiones, y, siendo de origen absolutamente judío («De los otros abuelos de parte de padre —dice—, no sé otra cosa más de que eran un poco más allá del monte Tábor, y uno se llamó Taborda. Y así, si no se hallaren en este catálogo, hallarse han en el que hizo el presidente Cirino», 1, p. 178),36 hereda a una vieja morisca en Medina de Rioseco, ella, repito, se casa con un hidalgo. ¿Hay más ironía?

Y es que, en efecto, hidalgos y picaros aparecían casi indiferenciados, con toda intención, para que se viera que la hidalguía no implicaba superioridad verdadera alguna, sino todo lo contrario: hermanamiento con la picaresca. La verdad era que escuderos pobres y antihéroes compartían muchos elementos comunes, como los siguientes: la pobreza, en primer lugar, por la que todos se veían obligados a servir para sobrevivir —los trabajos manuales eran deshonrosos—, aunque a distintos niveles sociales y con diferentes perspectivas. Dado que no podían trabajar con sus manos, intentaban mantener unos (los hidalgos) y alcanzar otros (los pícaros) una honra igualmente vacua, aparente y superficial, en los unos por falta de dinero, y en los otros por falta de abolengo y de virtud. A ninguno se le pasaba por las mientes la realización de labor productiva alguna, ya que eso iba contra la honra, y hasta los pícaros emulaban el comportamiento honroso de los nobles en esto («llámome Marcos de Obregón; no tengo oficio, porque en España los hidalgos no lo aprenden, que más quieren padecer necesidad o servir que ser oficiales»).37 Unos y otros, en fin, tenían que sobrevivir como podían, generalmente de milagro, por más que los pícaros pidieran limosna al natural, tan desharrapados como eran, mientras que los escuderos se vieran obligados a mantener como fuera su aspecto externo para sobrellevar la miseria con dignidad —no olvidemos que al quevedesco don Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero y Jordán y a los suyos se les pasa el tiempo remendándose adecuadamente, vistiéndose a propósito e incluso paseando una vez al mes a caballo, y otra al año en coche, etc., porque no tienen más remedio que aparentar como sea su hidalguía, aunque para ello tengan que recoger de noche huesos de carnero, mondaduras de frutas, plumas y pellejos de conejos, «para honrarnos con ello de día»38 (dice don Toribio), mientras que Justina, como buena pícara, busca un manto viejo y de baja calidad para pedir limosna como «romera envergonzante», y lo hace con éxito, sin mayores escrúpulos—. Así pues, la verdad era que, en cualquier caso, sólo vanas y falaces apariencias establecían una mínima separación entre pícaros e hidalgos pobres; o, lo que es lo mismo, entre plebeyos y nobles. De este sutil modo, los burgueses conversos que iniciaron la novela picaresca querían que se viera con claridad hasta qué punto no había apenas diferencias reales y auténticas entre pícaros e hidalgos. Deseaban que el lector se hiciera preguntas como la siguientes: ¿en qué reside, entonces, la superioridad que otorga, al menos teóricamente, la hidalguía? ¿Por qué tienen privilegios los hidalgos pobres sobre los ricos que no son hidalgos? ¿Qué razones objetivas obstaculizan el acceso a la nobleza de los adinerados que no son hidalgos? Etc., etc. Lo que en verdad querían, obvio es decirlo, es que se les allanaran los obstáculos que dificultaban su acceso a dicha categoría nobiliaria. Porque ahí radicaba el problema, ahí se hallaba el meollo del asunto: en que los burgueses, conversos o no, integrados de hecho, a causa de su dinero, entre las clases privilegiadas, no lo estaban de derecho, a causa de su herencia de sangre, mientras que sí eran nobles de verdad los desgraciados hidalgos pobres. Y es que, en efecto, los hidalgos constituían el gozne intermedio de esta configuración social: ellos tenían, como clase social, la clave que abría, hacia arriba o hacia abajo, la sociedad contemporánea, ubicados, como estaban, en el punto justo, en el medio exacto entre la clase aristocrática y el pueblo llano, a medio camino, pero formando parte, claro está, de la nobleza y disfrutando de sus prebendas.39

La importancia del hidalgo como personaje axial de la novela picaresca era tanta, su visión crítica negativa resultaba tan obvia, que Vicente Espinel escribió su novela picaresca, la única que salió de su pluma, la Vida del escudero Marcos de Obregón (1618), con la intención primordial de rehabilitar su figura, la del escudero, precisamente dentro de los cauces del género que la denostaba sistemáticamente. De ahí las peculiaridades formales y semánticas de su novela, cuyo héroe, Marcos de Obregón, no está configurado como un pícaro, sino como un escudero (tal y como reza en el título), pero cuya autobiografía no tiene sentido si no es como una novela picaresca, puesto que se trata de demostrar —dentro de sus cánones, para que tenga verdadero sentido y efectividad de respuesta válida— que el personaje actúa de manera opuesta radicalmente a la visión negativa del tópico establecida por el género picaresco. La novela intenta y consigue demostrar la posibilidad que tiene un hidalgo pobre de sobrevivir con dignidad, sin abdicar un ápice de su nobleza ni de su honra, llegando incluso a convertirse en ayo o maestro ejemplar, que predica con la ilustración de su propia virtud. Y ello mediante una vida que, no obstante las concesiones a la picaresca, puede desenvolverse conforme a patrones aceptables y verosímiles de honradez y moralidad.

Como se puede observar, la picaresca se centraba en la figura más baja de la clase hidalga, en la del escudero, en la del hidalgo pobre, personaje que no coincidía exactamente con el de Cervantes, cuyo hidalgo era de la más rancia prosapia de la hidalguía, esto es, «de solar conocido» y «de devengar quinientos sueldos», aunque no muy rico tampoco. La diferencia entre los dos tipos de hidalgo era lógica, no obstante, ya que el hidalgo cervantino amenazaba a los caballeros de verdad, ubicados por encima de él en la escala social, en la misma medida en que el escudero picaresco representaba una amenaza contra los intereses ennoblecedores de burgueses (conversos, o no) enriquecidos, situados por debajo de él, aunque deseosos de superarlo. Desde arriba o desde abajo, en cualquier caso, su lugar central acarreaba la conflictividad social de que venimos hablando.

Pero es que incluso entre los caballeros se utilizó la novela picaresca contra la hidalguía, pues, desde una óptica mucho más parecida a la de Avellaneda, lo hizo don Francisco de Quevedo en la única novela que salió de su pluma, en El buscón, escrita hacia 1604. Porque lo cierto es que Pablos de Segovia no desea llegar a la hidalguía, sino que, desde pequeñito, todo su afán de medro se encamina a ser caballero. Tal es su obsesión archirreiterada una y otra vez: alcanzar la condición de caballero. Y no deja de ser curioso que ni una sola vez se le pase por las mientes ser hidalgo, aunque sólo fuera como tránsito hacia la caballería, pues era el paso habitual en la época, como hemos visto ya en el caso del hidalgo que es don Quijote, al fin y al cabo, antes de su encumbramiento caballeresco, o incluso en el escudero del Lazarillo, cuando piensa en la posibilidad de servir a «caballeros de media talla», aunque no le gusten demasiado. Pero lo cierto es que este pícaro redomado, descendiente de conversos por los cuatro costados, hijo de un barbero ladrón, borracho y cornudo y de una bruja, alcahueta y prostituta, los dos de ascendencia judaica, para mayor baldón; este abyecto despojo social, harto significativamente, desprecia la hidalguía hasta el punto de que ni siquiera piensa en ella como escalón intermedio para llegar a ser caballero. No hay mayor desprecio que éste. Más aún, el pícaro supera con facilidad al hidalgo paupérrimo con el que se encuentra, a don Toribio, y le deja en la cárcel, mientras él escapa de ella, y, tras usurpar la identidad de un falso comerciante rico, intenta hacerse pasar por un caballero de verdad, por un noble rico. El pícaro fracasa, a la postre, en su intentona, pero supera con creces al hidalgo y, repito, ni siquiera menciona la hidalguía como fase intermedia de su ascenso. El menosprecio es absoluto. ¿Por qué? Porque a don Francisco de Quevedo, caballero de la Orden de Santiago, noble auténtico, que se pasó la vida pleiteando para acrecentar su aristocracia, le parecía que los hidalgos indigentes desprestigiaban a la nobleza verdadera, y, por tanto, a los caballeros como él, sobre todo, dada su cercanía de clase, a consecuencia de que se veían obligados a vivir como pobres de solemnidad, como auténticos desheredados, por lo que podía fácilmente confundírselos con ganapanes y vagabundos.

En definitiva, el problema fundamental, como hemos visto, radicaba en el patrimonio económico. La situación social dependía, fundamentalmente, de la salud monetaria. En este sencillo análisis coincidían curiosamente el Quijote y la novela picaresca, pues no sólo se trataba de la ubicación central del hidalgo en la escala social barroca, sino también, simultáneamente, de una cuestión de dinero, o, por mejor decir, y en los mismos términos que utilizan todas estas novelas, se trataba de «tener o no tener»: «Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener» —dice el Quijote (II-xx, p. 691)—. «Dime, ¿quién les da la honra a los unos que a los otros quita? El más o menos tener» —asegura el Guzmán de Alfarache (I-ii, p. 4, Rico, p. 273)—. «Verdad es que algún buen voto ha habido de que en España, y aun en todo el mundo, no hay sino solos dos linajes: el uno se llama tener y el otro no tener —reza, en fin, La pícara Justina (I-ii, p. 1, Rey, pp. 165-166)—. No deja de ser significativa la semejanza casi total entre Cervantes, Mateo Alemán y Francisco López de Úbeda, o entre el Quijote y la novela picaresca, si se quiere. En definitiva, todo era cuestión de dinero, en efecto, pues, como decía don Toribio, el vapuleado hidalgo de El buscón quevedesco, «Veme aquí v. m. un hidalgo hecho y derecho, de casa de solar montañés, que, si como sustento la nobleza, me sustentara, no hubiera más que pedir. Pero ya, señor licenciado, sin pan y carne no se sustenta buena sangre y, por la misericordia de Dios, todos la tienen colorada, y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada».40

Como decía González de Cellorigo en su Memorial de la política necesaria y útil restauración a la república de España, se había perdido el imprescindible equilibrio social entre las clases, por haber «venido nuestra república al extremo de ricos y pobres sin haber medio que los compase, y a ser los nuestros o ricos que huelgan o pobres que demanden, faltando los medianos que ni por riqueza ni por pobreza dejen de acudir a la justa ocupación que la ley natural nos obliga».41 La ausencia de medianos que notaba Cellorigo era, precisamente, el gran problema de España: la falta de una clase media hacía, en efecto, a nuestro país diferente de los de su entorno. ¿Pero qué grupos constituían, en la época, los medianos? ¿Qué individuos podían configurar esa clase media inexistente y necesaria? ¿Quiénes, en todo caso, al margen de que no existiera una clase media diferenciada, estaban verdaderamente en medio de la pirámide social? Los hidalgos, desde luego. Junto a otros grupos sociales,42 o solos; pero los hidalgos, sin duda. Oigamos a Alonso López Pinciano, que no nos dejará mentir: «el estado medio ocupan los hidalgos —dice— que viven de su renta breve y los ciudadanos y escuderos dichos y los hombres de letras y armas constituidos en dignidad»43 (Philosophía antigua poética, ed. de A. Carballo Picazo, 3 t., Madrid: CSIC, 1953, t. II, p. 166).

Los hidalgos se hallaban en el centro del arco social áureo. De ahí que su figura se encuentre, asimismo, en la base de la novela moderna. No es casual que fuera así, ya que la hidalguía constituía el gozne que abría o cerraba el paso hacia la nobleza, máxima aspiración de todos los que tenían dinero para intentarlo, apetecible siempre por el prestigio y los privilegios que comportaba. Los hidalgos, ciertamente, estaban en medio, como decía el Pinciano, y eran censurados por todos: por unos, los de abajo, los burgueses, porque no entendían las razones de su superioridad; por otros, los de arriba, los caballeros, porque su miseria desprestigiaba a la clase nobiliaria. Por fas o por nefas, arremetieron contra ellos desde ambos lados de la contienda, a consecuencia de su posición central, a consecuencia de que eran medianos. Quienes dieron cauce a la novela moderna, quienes, por las mismas fechas, crearon el Quijote y la novela picaresca, detectaron tales tensiones sociales y las llevaron, con sensibilidad extraordinaria, al centro de la mejor y más original prosa de nuestro Siglo de Oro. La novela, intuitivamente, aunque sin perfiles claros ni bien definidos, estaba ya atisbando y entreviendo con acierto pleno, en todo caso, que en los grupos sociales intermedios, y en torno a ellos, en sus aledaños, se hallaba la clave de las inquietudes sociales de su época, y que tales inquietudes eran tema preferente de su quehacer literario, o, si se quiere, novelesco.

Nada hay de casualidad en ello, sobre todo si lo analizamos desde el futuro de la novela española, pues algo muy parecido, aunque más sólido y mejor cimentado, iba a suceder entre doscientos cincuenta y trescientos años después, cuando el considerable paso del tiempo había originado ya la existencia de una clase media de verdad, bien conformada y con conciencia diferenciada de clase. Galdós afirmó entonces sin paliativos que sus problemas eran la médula de la novela realista decimonónica, de la gran novela de costumbres que él aspiraba a realizar en España, como lo había hecho Balzac en Francia. Un Galdós casi adolescente aseguró con firmeza: «la clase media […] es el gran modelo, la fuente inagotable. Ella es hoy la base del orden social; ella asume, por su iniciativa y por su inteligencia, la soberanía de las naciones, y en ella está el hombre del siglo xix, con sus virtudes y sus vicios […] La novela moderna de costumbres ha de ser la expresión de cuanto bueno y malo existe en el fondo de esa clase […]» («Observaciones sobre la novela contemporánea en España», en Revista de España, XV [1870], pp. 162-172).

El joven Galdós tenía muy claras las ideas sobre la materia novelesca cuando escribía estas palabras, pero no las tenía tan claras acerca de la mencionada clase social, porque lo cierto es que, no ya en esas fechas, sino incluso veintisiete años después, un Galdós bastante más maduro pensaba que la sociedad española todavía no había definido perfectamente a la nueva clase media. De ahí que, en su discurso de ingreso en la RAE, dijera que «La llamada clase media […] no tiene aún existencia positiva, es tan sólo informe aglomeración de individuos procedentes de las categorías superior e inferior, el producto, digámoslo así, de la descomposición de ambas familias: de la plebeya, que sube; de la aristocrática, que baja».44 Y esto, curiosamente, así enunciado, no dista demasiado de la situación del hidalgo, como ya hemos visto (noble que baja y es superado a veces por los pecheros que suben), situado en la intersección del pueblo y de la nobleza, sufriendo las tensiones de unos y otros. Y es que, salvadas las distancias enormes, los muchos años y las diferentes y distantes situaciones sociales y literarias, Cervantes, Alemán, Quevedo, Espinel y López de Úbeda no tenían las ideas narrativas menos claras que Galdós. De hecho, aunque no lo manifestaran, sí hicieron del estado medio, de la hidalguía, reiterada e insistentemente, uno de los temas fijos de sus incipientes novelas modernas, las cuales, a despecho de las diferencias temáticas abismales que separan la tradición caballeresca de la picaresca, coincidieron en sus análisis de las tensiones básicas de la realidad social seiscentista. Y así las reprodujeron, de manera harto parecida, significativamente, tanto el Quijote, como el Lazarillo, el Guzmán, el Buscón o La Pícara Justina.

(*) Antonio Rey Hazas, «El Quijote y la picaresca: la figura del hidalgo en el nacimiento de la novela moderna», en Edad de Oro, XV (1996), pp. 141-160.

(1) Cito siempre, a partir de ahora, por mi edición, Florencio Sevilla y Antonio Rey Hazas (eds.), Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1994; que reproduce, bien que «revisada y ampliada», la anterior de Miguel de Cervantes, Obra Completa, I, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1993.

(2) Menosprecio de corte y alabanza de aldea, VII, ed. de A. Rallo, Madrid: Cátedra, 1984, p. 181.

(3) Según el Gran Memorial (1624) del conde duque de Olivares, por ejemplo, existían los tres grupos mencionados, con el mismo orden jerárquico: «hidalgos solariegos y descendientes dellos; hidalgos notorios, que no tienen solar, ni más origen aquella nobleza que haber sido tenidos y estimados por tales; hidalgos de privilegio», en Memoriales y cartas del Conde Duque de Olivares, ed. de J. H. Elliott y J. F. de la Peña, Madrid: Alfaguara, 1978, I, p. 60.

(4) «[…] cuando un hidalgo recebía agravio de algún otro, podía vengar; conviene a saber, recebir de su adversario por condenación de juez competente, en satisfación de su injuria, quinientos sueldos» (Covarrubias, Tesoro, s. u. hidalgo).

(5) Según afirma el Floreto de anécdotas y noticias diversas que recopiló un fraile dominico residente en Sevilla a mediados del siglo xvi, ed. de F. J. Sánchez Cantón, en Memorial Histórico Español, XLVIII, Madrid: Real Academia de la Historia, 1948, p. 355.

(6) Ib., 357.

(7) Así lo afirma, por ejemplo, Pedro Salazar de Mendoza en La Monarquía de España (1603-1606). V. Ricardo Sáez, «Hidalguía: essai de définition», en VV.AA., Hidalgos & hidalguía dans l’Espagne des xvie-xviie siècles, París: Centre National de Recherche Scientifique, 1989, pp. 23-45.

(8) V. Joseph Pérez, «Réflexions sur l’hidalguía», en Hidalgos & hidalguía…, o. cit., pp. 11-22.

(9) Floreto de anécdotas y noticias diversas…, ed. cit., pp. 360-362.

(10) El mundo social del «Quijote», Madrid: Gredos, 1986, p. 158.

(11) V. Vicente Llorens, «Don Quijote y la decadencia del hidalgo», en Aspectos sociales de la literatura española, Madrid: Castalia, 1974, pp. 47-66.

(12) V. Ricardo Sáez, art. cit.

(13) Cito la página de nuestra edición, Florencio Sevilla y Antonio Rey Hazas (eds.), Cervantes. Teatro completo, Barcelona: Planeta, 1987.

(14) Actas de las Cortes de Castilla, XIII, p. 64.

(15) Coloquios satíricos, en Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, Madrid: Bailly-Baillière e Hijos (Nueva Biblioteca de Autores Españoles, VII), 1907, p. 662a.

(16) De las cinco excelencias del español (1629), apud N. Salomon, Recherches sur le thème paysan dans la «comedia» au temps de Lope de Vega, Burdeos: Institut d'Études Ibériques et Ibéro-Américaines, 1965, p. 771.

(17) Summa nobilitatis hispanicae, Salamanca, 1559, fol. 267.

(18) Tratado de nobleza y de los títulos y ditados que hoy día tienen los varones claros y grandes de España, Madrid, 1591, fol. 66v.

(19) III-iii, p. 1214. Cito por nuestra edición, Florencio Sevilla y Antonio Rey Hazas (eds.), Miguel de Cervantes Saavedra. Obra Completa, II, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1994.

(20) En palabras de J. H. Elliott, La España Imperial. 1469-1716, Barcelona: Vicens Vives, 1965, pp. 342-343.

(21) P. Fernández Navarrete, Conservación de monarquías, Madrid, 1626, pp. 11-16, 84-86 y 172-173; apud Francesco Benigno, La sombra del rey, Madrid: Alianza Editorial, 1994, pp. 111-112.

(22) Nadie puede poner en tela de juicio la virtud caballeresca de nuestro héroe, su valor a toda prueba, su honestidad sin tacha, su moralidad, su decisión presta para ayudar al primer menesteroso que se encuentra, etc.; nadie puede dudar, en efecto, de la virtud de don Quijote. De ahí que, desde la óptica del Floreto de anécdotas… quinientista [«aora se llama hijo de sus obras, de donde tuvo origen el refrán castellano que dize: Cada uno es hijo de sus obras, y porque las buenas y virtuosas llama la Divina Escriptura “algo” y a los vicios y pecados “nada” […], compuso este nombre hijodalgo, que querrá dezir aora descendiente del que hizo alguna extraña virtud» (p. 358)], don Quijote sea un hidalgo incuestionable y un sólido aspirante a caballero, ya que, en efecto, y como él mismo dice tantas veces, es un verdadero «hijo de sus obras» virtuosas y caballerescas. Desde este planteamiento, pues, él puede ser, perfectamente, caballero legítimo. Lo que sucede es que éste es un planteamiento meramente teórico, heredero de la tradición del pensamiento renacentista y humanista, cuya capacidad de traspasar los límites de la teoría y llegar al ámbito de la realidad social quinientista o seiscentista era más que discutible, en general. No digamos ya, en particular, en el caso concreto de don Quijote, donde la hipótesis del ejercicio de la virtud, más que dudosa, resulta verdaderamente inviable, a consecuencia de la locura caballeresca de nuestro personaje. Y ello, porque los resultados prácticos de sus intervenciones justicieras, siempre bien intencionadas, son, a menudo, imprevisibles y pueden ser absolutamente negativos para los implicados, como sucede con el niño al que apalea, tras irse el héroe, Juan Haldudo, el rico de Quintanar, en I-iv, y que, cuando vuelve a encontrarse con don Quijote en I-xxxi, le dice a nuestro caballero que «si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia; que no será tanta que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo» (p. 321). Huelga todo comentario. La virtud caballeresca de don Quijote puede, incluso, ser peligrosa para los seres reales, de carne y hueso. Vista desde la realidad, pues, no es tal virtud, sino locura.

(23) Me he ocupado de estas y otras cuestiones conexas en «La omisión de Madrid en El Quijote», en Anales Cervantinos, XXXI (1993), pp. 9-25.

(24) V. F. Márquez Villanueva, «El caballero del verde gabán y su reino de paradoja», en Personajes y temas del Quijote, Madrid: Taurus, 1975, pp. 147-227.

(25) Por decirlo con palabras de Nicolás Marín, en su artículo, imprescindible para estas cuestiones, «Alonso Quijano y Martín Quijada», en Estudios literarios sobre el Siglo de Oro, Granada: Universidad, 1994, pp. 199-230; en concreto, p. 211.

(26) Los dos, para que no haya dudas, son hidalgos de aldea, pues, como decía el Floreto de anécdotas y noticias diversas…: «por maravilla salen hombres muy hazañosos o de grande ingenio para las ciencias y armas, que no nazcan en aldeas o lugares pajizos y no en las ciudades muy grandes» (p. 360).

(27) Lo más probable es que sí tuviera intención crítica y burlesca, porque suponer que Cervantes lo había hecho inocentemente, sin darse cuenta, es pensar en lo excusado. Ahora bien, eso no significa que deseara ridiculizar a todos los hidalgos ni a todos los caballeros, sino a algunos en concreto, posiblemente con nombres y apellidos, sobre todo a los que ostentaban unas ínfulas nobiliarias desproporcionadas, como Lope de Vega y su escudo famoso, por ejemplo, del que tanto se reía Góngora. Lope siempre se consideró hidalgo, porque su padre era de La Montaña, aunque un simple bordador, y siempre deseó ser caballero, cosa que no consiguió nunca dentro de España, y sí fuera, tardíamente, pues el Papa acabó por nombrarle de la Orden de Malta, a consecuencia de La corona trágica. Pero Cervantes no llegó a saberlo, pues había muerto ya por esas fechas. El Fénix, además, era enemigo de nuestro autor y amigo de Avellaneda, como éste dice explícitamente en el prólogo de su falso Quijote. La mención de su nombre no es, por tanto, ociosa, en la cuestión que nos ocupa. Porque eran comportamientos de esta índole, incluido el de Lope, por supuesto, los que le interesaban y le hacían afilar sus dardos. Nada más. Por eso, para evitar malentendidos e impedir que se pudiera generalizar la burla, rectificó y equilibró la figura de su héroe con la contrafigura de don Diego Miranda. Ello demuestra que nunca quiso hacer universal su sátira, y que no deseaba que nadie lo interpretara así, en primer lugar, porque él tampoco lo entendía de ese modo, y, en segundo término, porque su dependencia del patronazgo y del mecenazgo aconsejaba no aventurarse en exceso por terrenos pantanosos.

(28) Por decirlo, otra vez, con los términos de Nicolás Marín, art. cit., p. 214.

(29) V. Martín de Riquer, Cervantes, Passamonte y Avellaneda, Barcelona: Sirmio, 1988. Aunque dista de ser definitiva la identificación de Jerónimo de Pasamonte con Avellaneda.

(30) Art. cit., p. 219.

(31) Véase, en fin, el tantas veces citado artículo de Nicolás Marín, que nos ahorrará detenernos más en este apartado.

(32) V. P. E. Russell, «Don Quijote y la risa a carcajadas», en Temas de La Celestina, Barcelona: Ariel, 1978, pp. 405-440.

(33) No sé si será necesario recordar que la novela picaresca surge como tal género a principios del xvii, concretamente entre las dos partes de la novela de Mateo Alemán El Guzmán de Alfarache, esto es, entre 1599 y 1604. Verdaderamente, el éxito del propio Lazarillo de Tormes, antes olvidado, se debe al de la mencionada novela de Alemán, como bien documentara Claudio Guillén en «Luis Sánchez, Ginés de Pasamonte y los inventores del género picaresco» (en Homenaje a Rodríguez-Moñino, I, Madrid: Castalia, 1966, pp. 221-231), donde se constata que editores, público y autores sancionan el nacimiento del género picaresco por las mismas fechas de aparición del Quijote. No en vano, en 1602 se ha impreso la segunda parte apócrifa del Guzmán, de Juan Martí, y se ha escrito El guitón Honofre, de Gregorio González, hacia 1604 se escribe El buscón, de Quevedo, en 1605, el mismo año de la inmortal novela, se publica La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda, etc.

(34) Las ideas que siguen, y a veces incluso las palabras, proceden de Antonio Rey Hazas, «Poética comprometida de la novela picaresca», en Nuevo Hispanismo (Universidad Menéndez Pelayo), I (1982), pp. 55-76; o de La novela picaresca, Madrid: Anaya, 1990.

(35) Cito por mi edición de la novela: Francisco López de Úbeda, La pícara Justina, Madrid: Ed. Nacional, 1977, vol. 2, p. 721.

(36) Cirino, quien, por si no se recordara, era el gobernador de Siria el año en que nació Jesucristo, y fue quien ordenó, ese mismo año, hacer el empadronamiento de los hebreos de Judea. Tal es el catálogo donde figuran los ancestros de Justina.

(37) Vicente Espinel, Vida del escudero Marcos de Obregón, ed. de S. Gili Gaya, Madrid: CC, 1970, vol. II, p. 63.

(38) Cito por mi edición de Francisco de Quevedo, Historia de la vida del Buscón, Madrid: SGEL, 1982, p. 195.

(39) La presunción y soberbia de los hidalgos originó a veces una guerra declarada entre villanos y nobles. Las Cortes de 1598 dicen, por ejemplo: «que en la mayor parte de Castilla la Vieja en este año ha habido grandes revueltas y escándalo entre el estado de los caballeros e hijosdalgo, y el de los pecheros…» (Actas de las Cortes de Castilla, XIII, p. 65).

(40) Cito por mi edición (cit.), p. 193.

(41) Apud J. H. Elliott, La España Imperial, o. cit., p. 337.

(42) Los juristas y hombres de leyes también formaban parte de ese indefinido grupo social medio, pues así lo dice el gran poeta y humanista don Diego Hurtado de Mendoza, no obstante su noble origen familiar, pues era hijo de don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla y marqués de Mondéjar, en su Guerra de Granada (ed. de B. Blanco-González, Madrid: Castalia, 1970, p. 105): «letrados, gente media entre los grandes y pequeños, sin ofensa de los unos ni de los otros».

(43) Además del héroe, el Quijote ofrece sendos modelos ejemplares del ejercicio de las armas y de las letras en los dos hermanos Pérez de Viedma, el capitán y el oidor, de origen hidalgo, que se encuentran casualmente, después de muchos años sin verse, en la venta de Juan Palomeque el Zurdo. Por medio de ellos entra la realidad de las dignidades que aportaban armas y letras a los españoles del Siglo de Oro. Porque lo cierto era que, mediante su ejercicio, los plebeyos podían acceder a la hidalguía, y los hidalgos a dignidades más altas, como la caballería, por supuesto. Éstos son, significativamente, hijos de un hidalgo montañés. De hecho, «[…] el hombre por uno de dos caminos reales viene a disponerse, y merecer que el rey le conceda la nobleza, e hidalguía, y éstos son, o por saber, o por bondad de costumbres […]; en el camino del saber, se comprehende todo género de letras […], y en el otro camino de la bondad de costumbres se incluyen las armas» —dice Bernabé Moreno de Vargas en sus Discursos de la nobleza de España, Madrid, 1621, fols. 12-13—. Y en ello coincide con don Quijote, para quien «dos caminos hay […] por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas» (II-vi, p. 580). Lo que sucede es que, aunque estos análisis son válidos para la realidad, no lo son para don Quijote, cuya locura se constituye en obstáculo insuperable, como ya hemos analizado. V. nota 22.

(44) Menéndez y Pelayo-Pereda-Galdós, Discursos leídos ante la Real Academia Española en las recepciones públicas de 7 y 21 de febrero de 1897, Madrid: Est. Tip. de la Viuda e Hijos de Tello, 1897, p. 18.

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