Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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lunes, 1 de junio de 2009

El Quijote en ciernes y las fases de elaboración textual

José Manuel Martín Morán*

Quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que si aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene.

(Quijote, II, 3)

Breve historia de los descuidos y la crítica

La crítica cervantina, por lo general, no ha dispensado mucha atención durante todo el presente siglo a los descuidos del Quijote. La mayor parte de los estudiosos ignora el problema o, a lo sumo, alude brevemente a él; en el mejor de los casos demuestra que lo ha identificado, pero no llega a tratarlo a fondo. Por el contrario, a lo largo del siglo xix y ya desde el último tercio del xviii tuvo lugar una polémica sobre los descuidos de Cervantes en el Quijote que, a juzgar por el número y la calidad de las intervenciones, gozó de una notable vitalidad. La caída de interés por el fenómeno que se registra a principios de este siglo, en concomitancia poco casual con la revalorización de Cervantes como autor consciente de su arte y de los contenidos ideológicos del mismo,1 y que perdura aún en nuestros días, ha permitido que bajo la etiqueta de descuido se oculten fenómenos que, convenientemente analizados, podrían ofrecer preciosas indicaciones sobre la técnica narrativa de Cervantes. Y así vienen a equipararse, por ejemplo, el cambio de nombre del pretendiente de la hija de Ricote2 con el robo del rucio y su reaparición misteriosa, los dos chichones en la cabeza de don Quijote producto de un único candilazo del cuadrillero [I, 17, 2, 15] con el epígrafe equivocado que promete batallas con vizcaínos y yangüeses [I, 10] no narradas después en el capítulo correspondiente. Estos cuatro errores, y todos los demás, han sido interpretados —e inmediatamente olvidados— como la prueba evidente del desaliño y precipitación de Cervantes al escribir su novela, haciendo caso omiso de la diversidad de los niveles narrativos a los que afectan, probable indicio de distintas operaciones de revisión textual por parte del autor.

El término descuido ha sido enunciado alternativamente con tonos reprobatorios o exculpatorios, según que el crítico de turno propendiera por una u otra de sus acepciones: ‘negligencia’, más o menos culpable, y ‘distracción’, siempre involuntaria. La etiqueta, por su comodidad y poder de generalización, ha mantenido intactas su vigencia y su opacidad tras la que se esconde lo que en principio se presenta como una característica del Quijote frente a las demás obras de Cervantes,3 escritas, según la opinión más difundida entre los críticos, con muchas más precauciones.4

El escaso interés de la crítica contemporánea por el fenómeno, habrá que decirlo en su descargo, halla justificación en el propio texto, por un lado, y en los planteamientos básicos de los estudiosos, por otro. El Quijote favorece, en efecto, la falta de vigilancia del lector a los aspectos organizativos y enunciativos de la historia —todos de responsabilidad del narrador— porque, y no deja de ser una paradoja, hace de la narración uno de los objetos predilectos del relato; la desautorización paródica de la instancia enunciativa contribuye a esconder entre los enrevesados vericuetos de la narración los errores compositivos. Si ya desde la primera salida de don Quijote el narrador no sabe si seguir a los autores que anteponen la aventura de los molinos a la de Puerto Lápice o a los que sostienen lo contrario, y luego rechaza ambas soluciones para narrar, siguiendo los anales de la Mancha, la armazón de caballería de don Quijote [I, 1, 1, 107-108], el lector bien puede atribuir al mismo contraste de fuentes (al menos tres) el hecho de que, por ejemplo, la bacía aparezca rota en el campo [I, 22, 2, 192] y luego recompuesta en Sierra Morena [I, 25, 2, 255]. Si además sabemos que Cide Hamete (apenas la cuarta fuente de la historia) era mentiroso por ser árabe y que su relación fue traducida por otro árabe y readaptada por el segundo autor, la coherencia entre los episodios, o de los personajes consigo mismos, o del narrador para con su historia, dejará de tener la solidez propia del relato histórico que la relación de Cide Hamete pretende ser, para someterse a los caprichos impuestos por las vicisitudes de una transmisión accidentada.

Para los planteamientos de quienes veían la obra como muy superior a su autor —los quijotistas por los que tanto abogaba Unamuno—5 los descuidos de Cervantes fueron la piedra de toque de su inconsciencia, la expresión más genuina del Cervantes ingenio lego. Y como, al fin y al cabo, el mensaje transcendental, profundo del Quijote no sufría ninguna alteración si en superficie se distinguían vistosas huellas de la ineptitud de su autor, no había motivo para investigar a fondo la materia. Así fue como los descuidos contribuyeron a ensanchar la falla entre la transcendencia de la obra y las supuestas intenciones del autor.

En el otro polo de la interpretación transcendente, el de los cervantistas, la cuestión era más delicada, ya que habría podido poner en entredicho la genialidad del arte cervantino, por lo que simplemente se soslayaba, o, como mucho, si se la trataba, se hacía para exculpar al ajetreado recaudador de alcabalas que fue Cervantes.6

Los unos evitan el análisis de los descuidos porque ya a primera vista confirman la hipótesis de la que parten, los otros porque contradicen plenamente su planteamiento de principio. La sensación del lector es que todos obvien el problema escudándose en los apriorismos de los respectivos puntos de vista, con lo que pierden la oportunidad de legitimarlos con el análisis textual de los errores compositivos y el cotejo de las propias posiciones con las de los demás. Y sin embargo, quién sabe si esa confrontación de exégesis sobre tan espinosa cuestión no contribuiría a conjugar los diferentes enfoques y a ir resolviendo lo que se ha dado en llamar el equívoco del Quijote.7

En épocas precedentes, cuando la armonía de puntos de vista entre la crítica era mayor, los descuidos cervantinos merecieron un tratamiento más atento. Que en el texto cervantino existieran incongruencias y lagunas narrativas se hizo patente ya desde la publicación de la primera parte; el mismo Cervantes lo reconoce implícitamente al hacerse eco en 1615 de las críticas que suscitó el olvido del hurto del asno y su reaparición en el Quijote de 1605. En el siglo xviii la cuestión de los errores cervantinos cobra nuevos bríos a raíz del renovado interés por el Quijote y su estudio desde puntos de vista científicos. G. Mayans y Siscar publica en 1738 la primera biografía de Cervantes8 y ofrece en ella un juicio de la obra maestra del biografiado; algunas de sus objeciones, en especial las que se refieren a los anacronismos y la falta de verosimilitud de algunas escenas, suscitaron la airada reacción de los estudiosos. El primero en responderle fue V. de los Ríos con su Análisis del Quijote aparecido en 1780 al principio de la edición de la obra que hizo la Real Academia de la Lengua.9 Pero el juicio del censurador no corrió mejor suerte que el del censurado, pues en seguida hubo de sufrir el sarcasmo de la respuesta de A. Eximeno y Pujades.10 Ríos había adjuntado a su análisis un Plan cronológico y geográfico en el que, probablemente contra su propósito inicial, terminaba por constatar la abundancia de anacronismos e imprecisiones geográficas en el Quijote, con lo que en su contestación a las críticas observaciones del ilustrado Mayans paradójicamente terminaban por deslizarse no menos reparos al texto cervantino que los manifestados por el erudito valenciano. Eximeno y Pujades, por su parte, rebate punto por punto todas las críticas de sus dos predecesores, aunque sin conseguir cerrar la discusión sobre el argumento, pues mientras él preparaba y publicaba su obra, ya D. Clemencín había dado a conocer su comentario del Quijote en el que desplazaba el centro de gravedad del problema con sus observaciones preeminentemente lingüístico-estilísticas. La defensa de Cervantes de los ataques de Clemencín corre a cargo esta vez de J. Calderón,11 que no se limita a justificar los presuntos errores estilísticos y busca explicación también para las incongruencias narrativas señaladas por Clemencín, Ríos y Mayans; pero, como el propio título de su obra declara (Cervantes vindicado en ciento y quince pasajes), ha de limitar su empeño a un número restringido de las mismas. Desde Venezuela llega, por último, en 1877 la obra de A. Urdaneta, una apasionada defensa de Cervantes contra todos sus censuradores.12

Todas estas intervenciones en favor del arte cervantino tienen en común el mismo tono apologético (una de ellas incluye la palabra apología en el título) y el mismo procedimiento básico de explicación de los descuidos: todas ellas leen entre líneas el texto del Quijote buscando indicios que justifiquen el descuido, y cuando no los hallan el propio autor de la exégesis se encarga, con un esfuerzo de fantasía, de suplir lo que Cervantes no dijo. Y así por ejemplo, es cierto que Sancho primero dice que sabe firmar y luego lo niega, pero no por ello hay que achacarlo a descuido de Cervantes; se trata simplemente, asegura Eximeno y Pujades, de una mentira de Sancho13 que el autor no declara. También es cierto que Sancho se muestra demasiado discreto en la ínsula Barataria, pero esa discreción le viene de su natural inteligente y de la memoria que guardaba de casos similares ocurridos o narrados en su pueblo;14 que Cervantes no haga referencia a ello no tiene la menor importancia ni para Ríos ni para Urdaneta. Tampoco es descuido que Cervantes diera más de un nombre a la mujer de Sancho; simplemente, dice Calderón, se olvidó de consignar que su nombre completo era Juana Teresa Gutiérrez.15 La labor de estos críticos puede resultar muy útil a la hora de reducir a sus justas dimensiones la inmensa mole de incorrecciones estilísticas que Clemencín y sus continuadores habían anotado hasta entonces en el Quijote; pero resulta de escasa utilidad si lo que se pretende es hallar una explicación plausible a las incongruencias narrativas, precisamente a causa de su pobre atinencia al texto escrito. Por esta razón la gran mayoría de las propuestas de estos autores, aun cuando a veces pudieran parecer aceptables, difícilmente podrán ser tenidas en cuenta en un estudio de los descuidos narrativos que pretenda reconstruir la coherencia textual de la obra.

Un caso aparte, en la desatención generalizada a los descuidos por parte del cervantismo del siglo xx, lo representan los comentaristas del Quijote, quienes, en cumplimiento de la tarea que se proponen, no pueden pasarlos por alto. Y cuando se habla de comentaristas la mención de honor corresponde a Rodríguez Marín, el cual, lleno de comprensión por aquel Cervantes que tanto amaba a su Andalucía natal, justifica, con cómplice afán, casi todos los errores de su admirado; sin perder, empero, la ocasión de reprender sus vicios lingüísticos y señalar de paso los errores que había dejado de anotar Clemencín.16 Pero como parece que es ley que por cada censurador surja al menos un vindicador de Cervantes, también en este caso las reprensiones de Rodríguez Marín encontraron su polemista, y no sólo uno, pues a decir verdad son numerosos los críticos que le reprochan el exceso de rigor en sus correcciones lingüísticas. A. Rosenblat discute gran parte de las enmiendas estilísticas de Rodríguez Marín, sin adentrarse, empero, en el terreno de las incongruencias narrativas.17 Quien sí lo hace es G. B. Palacín,18 recogiendo algunas de las ideas de Calderón y Ríos.

Los otros anotadores contemporáneos del Quijote —deudores todos ellos por una u otra vía de los dos citados— se caracterizan, es sabido, por separar nítidamente la crítica del comentario, y por conceder un mínimo espacio al criterio censor en favor de la labor de dilucidación de los puntos oscuros de la obra. Tal vez por esa misma razón, no dediquen al tratamiento de los descuidos más que alguna alusión esporádica.

En este panorama crítico hace excepción el reciente comentario de V. Gaos,19 quien no evita la polémica sobre las incoherencias narrativas del Quijote y entra en liza con renovado ímpetu apologético. Sus planteamientos, sin embargo, no suelen introducir novedades importantes en el argumento, pues, como tendremos ocasión de comprobar más adelante, ni en lo que respecta a la explicación concreta de los descuidos, ni en lo referente al recurso utilizado generalmente para hallar esa explicación —la lectura entre líneas de episodio y el esfuerzo por suplir el texto, cuando en éste no se halla ningún indicio— se aparta en nada de las argumentaciones de los exégetas del siglo pasado.

Todos los críticos que han tratado el asunto de los descuidos han dado sus explicaciones del fenómeno; han sido casi siempre las mismas, independientemente de que el interesado perteneciese al grupo de los cervantistas o al de los quijotistas: las prisas en la redacción y el destino itinerante de Cervantes hicieron imposible una mayor atención a los detalles; los descuidos en suma serían la demostración palpable del tan socorrido tópico de la genial precipitación con la que Cervantes escribió su obra maestra.20 Estudiosos hay que concretan aún más los motivos del apresuramiento: Cervantes habría acelerado los tiempos de publicación de la primera parte para poder competir con el previsible éxito editorial de la segunda parte del Guzmán de Alfarache;21 la celeridad en dar a la imprenta la segunda parte, en cambio, habría servido para contrarrestar los efectos del Quijote de Avellaneda.22 La motivación que por su parte aduce Menéndez Pidal va más lejos y entra ya en el campo de la idealización del autor; don Ramón consigue hacer de los errores un mérito: habría que distinguir, según él, entre los descuidos que lo son de los que revelan una corrección a medias y, sobre todo, de aquellos que Cervantes deja intencionalmente, y concluye diciendo que «Cervantes quiso dejarla [a su obra] con todas las ligeras inconsecuencias de una improvisación viva».23 J. B. Avalle-Arce se sube al carro de don Ramón y niega que el robo del rucio, reconocido tradicionalmente como el mayor de los descuidos, sea un olvido de Cervantes, llegando a incluirlo entre los episodios que Cervantes habría dejado de escribir voluntariamente.24 En esa misma línea parece situarse Rosenblat, que ve en los descuidos poco menos que una característica racial del español: «son —asegura el profesor Rosenblat— manifestación normal del culto español por la espontaneidad y la exuberancia natural. Revelan menosprecio de la nimiedad y espíritu de grandeza».25

Quizás sea la parte de la crítica que podríamos llamar inmanentista, desarrollada a partir de los años cuarenta, la que más se haya ocupado de los descuidos; aunque en verdad sólo un pequeño sector de ella lo haya hecho, habiéndoles dedicado la mayoría prácticamente el mismo tratamiento que los otros críticos. En su caso podría ser debido al excesivo peso que este tipo de enfoque da a la estructura temática26 a expensas de la estructura formal, que es donde más claramente se podrían apreciar los errores compositivos. A esa minoría de estudiosos atentos al fenómeno pertenece Stagg, quien, en dos artículos en los que toma como punto de partida el estudio de los descuidos,27 sustenta con pruebas textuales la idea pidaliana de las diferentes fases en la elaboración del Quijote.28

Los nuevos métodos de acercamiento al texto como el psicoanálisis, el estructuralismo, la semiótica y otros, durante años parecieron rehuir el cervantismo, pero hoy son ya varios los trabajos que estudian la obra de Cervantes y concretamente el Quijote bajo estas nuevas perspectivas29 —aunque algunas ya no lo sean tanto—. Hay que puntualizar que, si no directamente al menos a distancia, las nuevas tendencias de la crítica hicieron notar su influjo en el cervantismo ya desde los años cuarenta y cincuenta, pues si no se puede decir que los trabajos de Casalduero y Togeby partan de presupuestos estructuralistas, no se podrá negar que su corte inmanentista tiene ecos muy evidentes de las teorías lingüísticas por entonces en boga. Pero a pesar de los avances de la crítica, a estas alturas, cuando empezar un trabajo sobre el Quijote refiriéndose a la inmensa mole de contribuciones se ha hecho un tópico obligado, no contamos aún con un estudio formal de la novela que nos explique las claves de su construcción y nos desvele los entresijos de su estructura discursiva. En este sentido los descuidos de Cervantes pueden hacer de detonante de esa nueva perspectiva y abrir el camino a un juicio de su obra menos apasionado y, justamente por ello, más necesario.

Este trabajo se propone hacer una lectura del Quijote que integre los descuidos en el sentido global de la obra. Un descuido puede suponer que un personaje entre en contradicción consigo mismo, que el tiempo y el espacio se distorsionen, que un episodio ignore la existencia de otro anterior, o que una trama interpolada descubra sus mecanismos de adaptación. El estudio de estos fenómenos me llevará a reflexionar sobre sus posibles efectos en el crecimiento de los personajes, y por extensión sobre el realismo de la obra, y sobre las técnicas de inserción de episodios en la trama principal. Será inevitable el diálogo —polémico a veces— con las voces de quienes han insistido en la evolución gradual de los personajes y la unidad temática y formal de la trama.

Una clasificación de los descuidos

Los descuidos se nos hacen evidentes porque un elemento del relato entra en contradicción con otro. Son en sí mismos una marca, un signo, de esa contradicción; es decir, señalan el punto en que el relato abandona la lógica causal y propone una lógica alternativa, basada más en la contigüidad de las situaciones que en su efectiva consecuencialidad. Antes de adentrarnos en el estudio de los descuidos convendrá que esbocemos una clasificación de sus formas de manifestación según los niveles narrativos implicados en ellos. En principio todos sin excepción se presentan, lo hemos dicho ya, como una incoherencia discursiva; algunos limitan a eso su importancia para la novela, a la inadecuación entre porciones de discurso, y éstos serían los del tipo a.:

Descuidos discursivos; he aquí un ejemplo: don Quijote, en el reencuentro con Andrés, dice que su amo lo azotaba con las riendas de una yegua cuando en realidad se trataba de una pretina [I, 31, 2, 431].

Descuidos en el nivel del relato; producen normalmente un conflicto de episodios y apuntan ya hacia la estructura fragmentaria de la novela: Sancho hace notar a don Quijote [I, 19, 2, 61] que la causa de todas sus desventuras puede ser el incumplimiento del voto de «no comer pan a manteles ni con la reina folgar» que había hecho en la pendencia del yelmo de Mambrino; pero el reproche de Sancho no tiene en cuenta la efectiva astinencia de don Quijote en esas comodidades y menesteres hasta ese momento.

Descuidos en el nivel de la historia; casi siempre se manifiestan como una infracción de un personaje a la línea de creencias o comportamientos que iba observando en su papel en la historia; este tipo de infracciones permite comprobar si los cambios en los personajes se deben a su pretendido crecimiento o si se han de imputar a otras causas. Al comienzo de la segunda parte [II, 1, 4, 46], don Quijote propone la solución contra el peligro turco en el Mediterráneo: reunir a todos los caballeros andantes que vagan por España y mandarlos a luchar contra el enemigo común; pero hasta entonces don Quijote se había dado como finalidad de sus hazañas la resurrección de la orden de la caballería sobre la tierra; si ahora reconoce que existen caballeros andantes, quedan sin fundamento y objetivo sus valerosos actos; hay patente contradicción con una de sus convicciones cardinales.

Descuidos de modelo narrativo; son los casos de error compositivo en los que el o los elementos incriminados denuncian su inclusión en un contexto distinto, se nos presentan como residuos de un estado textual diferente escapados a la reelaboración del autor. La desaparición y reaparición del asno de Sancho sería un claro ejemplo de descuido de modelo narrativo.

Entre los tipos reseñados el que mayor interés reviste para nosotros es lógicamente el último, por ser el que más informaciones nos puede aportar sobre el proceso y los criterios de elaboración de la obra. Para analizar las muestras de este tipo de incoherencia, habrá que empezar por identificar el hipotético contexto original del episodio analizado, con el fin de hallar las causas de su desplazamiento y la finalidad de la reelaboración textual que presumiblemente subyace a su traslado. Nuestra tarea se acercará, entonces, al ejercicio filológico de búsqueda conjetural del arquetipo, de reconstrucción ideal del Protoquijote30 que muy probablemente nunca existió, o de ese Quijote alternativo que parecía estar en los planes de Cervantes y que se malogró por quién sabe qué imponderables.

Ese Quijote primigenio, o paralelo, pervive aún en los numerosos indicios de otro rumbo narrativo que no llegan a plasmar en el texto. Veamos algunos: el mozo de campo y plaza que aparece una sola vez,31 los ducados que Sancho halla en la maleta de Sierra Morena, la nueva espada de don Quijote y la misteriosa desaparición de la vieja, la historia del pastor que había de ser trágica y luego no lo es, los hermanos de la ínsula Barataria que se disfrazan sin darle una función a su disfraz, etc., tal vez formen parte de esa porción de historia que Cide Hamete «ha dejado de escribir», o tal vez estuvieran escritos en algunos de los cartapacios que el traductor dejó sin traducir. Lo que sí está claro, fuera ya de elucubraciones con la ficción, es que estos episodios, y los descuidos en general, no son más que el signo superficial de la inestabilidad del texto del Quijote, de su incohesión estructural interna,32 cualidad que no puede resultar extraña en una obra que, al menos en su apariencia externa, está formada por una serie de aventuras sin fuerte conexión mutua, y en la que además se hace una parodia de la instancia narrativa; lo que es más extraño es que se haya insistido tanto en la unidad y la armonía de su estructura formal.

Por encima de las diferencias de nivel narrativo, que, como ya se ha dicho, bien pudieran ser signo de otros tantos tipos de manipulaciones textuales, se percibe un aspecto común en los descuidos: todos ellos hubieran podido ser evitados con una simple revisión detenida del texto, por lo que se puede decir que la causa de todos ellos es, en fin de cuentas, la que ya señalaba De Lollis, o sea, la despreocupación del autor por su relato. Pero aquí no nos ocuparemos de las causas del fenómeno, sino de su importancia para la estructura diegética; y por de pronto habrá que hacer notar que en todos los descuidos se descubre otra característica común, ésta de índole técnica, y es la especial atención al episodio en detrimento de la unidad superior de la trama; los errores dejan de serlo si los consideramos como elemento integrante de un episodio; solamente su inclusión en la mecánica global del relato los hace tales. Los descuidos fragmentan la trama, revelan algo que ya era evidente en la estructura narrativa, o sea la serialidad de su concepción y su composición. Al fragmento, al episodio, se le exige como único requisito para entrar a formar parte del relato que mencione de algún modo a su protagonista; no es necesario que aporte un progreso de la acción, ni que asimile los ya cumplidos por la misma, ni que atribuya una nueva cualidad al personaje; es lo propio en una obra que funda su unidad en la acumulación de episodios. Pero revela algo más, y es la efectiva elaboración fragmentaria del texto, el predominio en Cervantes de la concepción del relato como unidad discreta y no continua, al menos por lo que al Quijote se refiere.

Aceptadas estas premisas, a medida que las consecuencias del fragmentarismo vayan resultando claras, se hará cada vez más difícil seguir manteniendo la linealidad de la trama, y su desarrollo armónico, o el crecimiento de los personajes. Claro que en estas circunstancias cabe preguntarse si estos tópicos de la crítica cervantina no adolecen de anacronismo, y si no responden, más que a una visión ajustada a las características de la obra, a una perspectiva que los lectores modernos nos esforzamos por aplicar a un texto incapaz de recibirla, transponiendo en él unas propiedades del género que reflejan claramente la visión moderna del mismo. Es muy revelador, en este sentido, que a la hora de formular estas valoraciones generalmente no se haya tenido en cuenta una circunstancia a mi entender crucial; me refiero a la posible destinación originaria del Quijote a la lectura oral, tal y como sucedía con los libros de caballerías que parodia; la estructura serial y el fragmentarismo de la composición y de la redacción serían el resultado del acomodo del texto a las exigencias del hipotético público: episodios breves que facilitan la interrupción de la lectura al final de cada uno sin que sufra la comprensión de la estructura global.33 Se objetará que la longitud del episodio y su organización en series se debe a la parodia de los libros de caballerías; lo cual podría ser irrebatible, si no fuera porque la hipótesis y su objeción forman parte de una sola idea; es decir, que la estructura fragmentaria de los libros de caballerías guarda relación directa con su difusión preeminentemente oral y no leída en silencio, y que el Quijote, en cuanto parodia de ellos, adopta esa misma estructura; esto aun a costa de negarse una de las características primordiales del género al que pertenece, a saber: la asimilación orgánica de las nuevas formas de percepción muda de lo escrito34 que le habría proporcionado una mayor linealidad de los episodios.

Y si resultara cierto que la obra estaba destinada en principio a la difusión oral, habría que replantear la cuestión de los descuidos bajo esa nueva perspectiva. Para un oidor, más atento a la coherencia de una situación que a la progresión de la trama, al golpe de efecto que a la lógica cohesiva entre episodios, los descuidos habían de resultar menos evidentes que para un lector. Al lector se le ofrece la oportunidad de volver atrás en el texto y confrontar situaciones, detalles descriptivos, comportamientos de los personajes, deshaciendo la progresión cronológica impuesta por el relato y recomponiendo la unidad textual en función de la recurrencia de significados; de este modo el tiempo de la lectura posibilita el control por parte del lector del código literario.35 El oidor, en principio, no goza de las mismas facilidades y ve sometida su percepción del texto a las imposiciones del tiempo de la lectura, que inexorablemente lo fragmenta en partes de sentido completo, más adecuadas para la comunicación inmediata. Nada de extraño que Cervantes contara con esa relajación de la exigencia unitaria y la relajara también él a la hora de componer su obra. Por eso, quizá, no se preocupa demasiado de integrar en el tejido textual los nuevos añadidos o los retoques.

(*) José Manuel Martín Morán, «Introducción» a El Quijote en ciernes y las fases de elaboración textual, Turín: Edizioni dell’Orso, 1990, pp. 7-21.

(1) No hay duda de que tras la publicación de las obras de J. Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote, ed. de J. Marías, Madrid: Cátedra, 1984 [1.ª ed. 1914]), y A. Castro (El pensamiento de Cervantes, Madrid: Hernando, 1925) en las que ambos autores, cada uno a su manera, refutaban el tópico vigente hasta entonces del Cervantes ingenio lego, todo aquello que sonara a inconsciencia de autor, y los descuidos a eso sonaban, fue desterrado del lenguaje crítico. Hay que decir que las sugerencias de la fundamental obra de Castro suscitaron, ya desde su publicación, notables controversias; una de las críticas más lúcidas que se le han hecho entre los autores contemporáneos se hallará en J. L. Aranguren, «Don Quijote y Cervantes», en Estudios literarios, Madrid: Gredos, 1976, pp. 93-113. El primero en referirse a Cervantes como un ingenio lego fue T. Tamayo y Vargas en Junta de libros, la mayor que España ha visto en su lengua, hasta el año 1624 (citado por P. Cherchi, Capitoli di critica cervantina (1605-1789), Roma: Bulzoni, 1977, p. 59).

(2) He manejado la edición del Quijote de F. Rodríguez Marín, Madrid: Atlas, 1947-1949, 10 tomos. A partir de ahora, para mayor comodidad, me referiré a esta edición utilizando corchetes en los que irán consignados la parte del Quijote en números romanos y en números arábigos, por este orden, el capítulo, el tomo y la página; el episodio al que aludo se halla en [II, 63, 8, 107]. Las dos partes del Quijote, la de 1605 y la de 1615, serán asimismo denominadas por los correspondientes números romanos y la inicial de la palabra en mayúscula, reservando la minúscula para las «partes» en que está dividido el Quijote de 1605.

(3) Cf. M. Menéndez Pelayo, «Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote», en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, t. I, pp. 255-420 (ed. de E. Sánchez Reyes), en Obras completas, vol. VI (ed. de M. Artigas), Madrid: CSIC, 1941, pp. 323-356 [pp. 337-338]. De esta misma opinión es R. Menéndez Pidal, «Un aspecto en la elaboración del Quijote» (1920), en España y su historia, vol. II, Madrid: Minotauro, 1957, pp. 179-211 [pp. 192]; y G. Stagg, «Revision in Don Quixote, Part I», en Hispanic Studies in Honour of I. González Llubera, Oxford, 1959, pp. 347-366 [he utilizado la versión española «Cervantes revisa su novela (Don Quijote, I Parte)», en Anales de la Universidad de Chile, 140 (1966), pp. 5-33 (p. 6)].

(4) En contra de este parecer reacciona C. de Lollis (Cervantes reazionario, Firenze, Sansoni, 1947 [1.ª ed. 1924], p. 48), quien llega hasta el extremo de ver en Cervantes el escritor de los descuidos, el novelista desentendido por antonomasia de su propia creación; según él, los descuidos demostrarían que Cervantes no volvía sobre su trabajo una vez escrito. Ahora bien, si por un lado la afirmación de De Lollis parece indiscutible, por otro habrá que decir que en muchas ocasiones la conclusión a la que llega el lector, después de examinar algunos descuidos, es precisamente la contraria, o sea, que Cervantes volvía sobre lo escrito e intercalaba nuevos episodios o bien otros ya redactados.

(5) Cf. M. de Unamuno, «Sobre la lectura e interpretación del Quijote», en AA. VV., El Quijote de Cervantes, ed. de G. Haley, Madrid: Taurus, 1987, pp. 375-386 [p. 381]. Cf. también J. Blasco, «El Quijote de 1905 (apuntes sobre el quijotismo finisecular)», en Anthropos, 98-99 (1989), pp. 120-124.

(6) Valga un ejemplo por todos: así ventila la cuestión E. C. Riley (Teoría de la novela en Cervantes, Madrid: Taurus, 1962, p. 52 [1.ª ed. inglesa 1962]): «la leyenda que considera a Cervantes como un genio sonriente y descuidado ha sido sustituida, en general, por una mejor apreciación de su capacidad reflexiva y crítica».

(7) El feliz término fue acuñado, se sabe, por Ortega en 1914, en sus Meditaciones del Quijote, ed. cit.; con él se refería a la imposibilidad de la crítica en ponerse de acuerdo sobre el significado último de la gran novela. La pretendida inadecuación entre sentido transcendente del Quijote y las intenciones declaradas de Cervantes, interpretada a la luz de la historia del cervantismo, parece surgir de una acomodación al texto de principios éticos o estéticos propios del crítico de turno; el equívoco del Quijote nace más de una especie de narcisismo crítico que de un problema textual. A mediados del siglo pasado Valera planteaba ya el problema en términos parecidos (J. Valera, «Sobre el Quijote: y sobre diferentes maneras de comentarlo y juzgarlo», en Obras escogidas, t. XIV (Ensayos), Madrid: Biblioteca Nueva, 1928, pp. 9-74 [pp. 13-14]: «Tasado tan alto Cervantes, por fuerza tuvieron los críticos que dar razón de la tasa, fundándola en algo que se midiese por las reglas de su escuela y que cuadrase y se ajustase con toda exactitud al ideal de perfección que ellos del escritor habían formado. Hicieron, pues, de Cervantes […] un ídolo, en suma, adecuado a la religión que ellos profesaban y a quien pudiesen rendir culto y hasta adoración, sin abjurar de sus creencias ni pasar por apóstatas». Para V. Nabokov (Lezioni sul Don Chisciotte, Milano: Garzanti, 1989, p. 49 [Lectures on Don Quixote, 1983]) la clave del problema está en que los críticos no se ponen de acuerdo porque también ellos son quijotes y sanchos. Un tratamiento más reciente de la cuestión se encuentra en A. del Río, «El equívoco del Quijote», en Hispanic Review, XXVII, 2 (1959), pp. 200-221. V. también M. Robert, «Robinsonnades et donquichotteries», en Roman des origines et origines du roman, París: Bernard Grasset, 1972, pp. 131-234. Al lado de este fenómeno se produce otro de signo contrario, y que ha sido puesto en evidencia por C. Real de la Riva («Historia de la crítica e interpretación de la obra de Cervantes», en Revista de Filología Española, 32 (1948), pp. 107-150): algunos juicios sobre el Quijote se repiten de manera acrítica ya desde el siglo xvii.

(8) Hacen una evaluación crítica de los aportes de esta obra al cervantismo A. Sánchez, «La biografía de Cervantes: bosquejo histórico-bibliográfico», en Anthropos, 98-99 (1989), pp. 30-40 [pp. 31-33]; y F. Aguilar Piñal, «Cervantes en el siglo xviii», en Anthropos, 98-99 (1989), pp. 112-115 [pp. 113-114].

(9) He consultado esta obra en la edición del Quijote hecha por la Imprenta Nacional (Madrid) en 1863, donde aparece como Juicio crítico del Quijote.

(10) A. Eximeno y Pujades, Apología de Miguel de Cervantes sobre los yerros que se han notado en el Quixote, Madrid: Imprenta de la Administración del Real Arbitrio, 1806.

(11) J. Calderón, Cervantes vindicado en ciento y quince pasajes del texto del «Ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha», Madrid: Imprenta de J. Martín Alegría, 1854.

(12) He consultado la edición moderna de esta obra. A. Urdaneta, Cervantes y la crítica [Caracas, 1877], Caracas, 1975.

(13) V. Eximeno y Pujades, o. cit., p. 51.

(14) V. Ríos, o. cit., p. 84; Urdaneta, o. cit., p. 217.

(15) V. Calderón, o. cit., p. 29.

(16) El empeño preceptista de Rodríguez Marín encuentra así un doble objeto en que ejercitarse: corregirá a Cervantes y enmendará las enmiendas de Clemencín; actitud que se puede apreciar en muchas de sus eruditas anotaciones, en las que no es raro encontrar juicios tan terminantes como éste: «con tanto desaliño se escribió la mejor novela del mundo». Madariaga concuerda con Rodríguez Marín en el desaliño de la escritura de algunos episodios (cf. S. de Madariaga, Guía del lector del Quijote,Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1947 [1.ª ed. 1923-1925], p. 101).

(17) A. Rosenblat, La lengua del Quijote, Madrid: Gredos, 1971, pp. 243-345.

(18) G. B. Palacín, En torno al Quijote, Madrid: Ediciones Leira, 1965, pp. 188-211. También trata el argumento, aunque sin profundizar en él y limitándose a enumerar y comentar algunos casos de descuido, E. Moreno Báez, Reflexiones sobre el Quijote, Madrid: Prensa Española, 1968, pp. 62-65.

(19) Edición del Quijote de Gredos (Madrid), 1987. En el tercer volumen dedica un apéndice a «Los errores de Cervantes», pp. 201-234, y en muchas de sus notas al texto sale al paso de las correcciones a Cervantes.

(20) Menéndez Pelayo («Cultura literaria de Miguel de Cervantes…», ed. cit., p. 337) reacciona contra lo que él llama «vulgaridad crítica» porque según él Cervantes no improvisaba lo que escribía, como sugieren las correcciones al manuscrito Porras de la Cámara presentes en la versión definitiva de las dos Novelas ejemplares que contiene, y la segunda parte del Quijote.

(21) Lo sostiene Stagg, «Cervantes revisa su novela...», art. cit., p. 33. E. C. Riley («Romance y novela en Cervantes», en AA. VV., Cervantes, su obra y su mundo, dir. de M. Criado de Val, Madrid: Edi-6, 1981, pp. 5-13 [p. 12]), es un poco más cauto cuando dice que en cierto sentido el Quijote era una respuesta al Guzmán. Para otros, los descuidos de la primera parte serían debidos a que fue escrita en buena parte en una cárcel; cf. Rosenblat, o. cit., p. 342.

(22) Cf. Madariaga, o. cit., p. 19. El profesor M. Criado de Val («Don Quijote como diálogo», en Anales Cervantinos, V [1955-56], pp. 183-208 [p. 206]) habla de la precipitación de los últimos capítulos de la segunda parte, aunque sin hacer referencia a los descuidos, y da como probable causa la publicación de la segunda parte de Avellaneda.

(23) Menéndez Pidal, o. cit., p. 193. Para Palacín (o. cit., p. 209) los descuidos son parte de la técnica cervantina.

(24) Cf. J. B. Avalle-Arce, Nuevos deslindes cervantinos, Barcelona: Ariel, 1975, p. 70.

(25) O. cit., pp. 343-344.

(26) Estoy pensando en los conocidos trabajos de J. Casalduero, Sentido y forma del Quijote, Madrid: Ediciones Ínsula, 1949, y K. Togeby, La composition du roman Don Quijote, Copenhague: Munskgaard, 1957.

(27) Stagg, o. cit., y «Sobre el plan primitivo del Quijote»,en Actas del primer congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Oxford: Dolphin Book, 1964, pp. 463-471. Un punto de vista análogo al de Stagg lo desarrolla R. M. Flores en los artículos «Cervantes at work: the writing of Don Quixole Part I», en Journal of Hispanic Philology, III (1979), pp. 135-160, y «El caso del epígrafe desaparecido: capítulo 43 de la edición príncipe de la primera parte del Quijote»,en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXVIII (1980), pp. 352-359; también recoge esta línea de investigación J. A. Ascunce Arrieta, «Valor estructural de las digresiones narrativas en la primera parte del Quijote», en Anales Cervantinos, XIX (1981), pp. 15-41.

Trabajos como el de Stagg tienen el mérito de abrir las puertas de la erudición cervantina al dinamismo de una nueva perspectiva que deja de considerar al Quijote como un texto inamovible, sin fisuras, completo y cerrado sobre sí mismo; sus investigaciones se apartan de la interpretación simbólica —que aún daba señales de vida tras más de un siglo de agonía— y de la concepción romántica y noventayochista, todavía viva en los años cincuenta, que veía en el Quijote una especie de condensado del alma hispana, y devuelve a la novela cervantina su valor literario de obra que puede ser estudiada en su estructura e incluso en su proceso de elaboración, sin que por ello pierda sus significados.

(28) Menéndez Pidal, «Un aspecto…», o. cit.; cf. también «Cervantes y el ideal caballeresco» [1920], en España y su historia, II, Madrid: Minotauro, 1957, pp. 212-234 [pp. 224-225].

(29) He aquí un pequeño muestrario de algunos trabajos inspirados en la metodología semiológica: C. Sogre, «Costruzioni rettilinee e costruzioni a spirale nel Don Chisciotte», en Le strutture e il tempo, Torino: Einaudi, 1974, pp. 183-219. F. Martínez Bonati, «Cervantes y las regiones de la imaginación», en Dispositio, II, 1 (1977), pp. 28-53. F. Martínez Bonati, «El Quijote: Juego y significación», en Dispositio, III, 9 (1978), pp. 315-336. F. Martínez Bonati, «La unidad del Quijote», en AA. VV., El Quijote de Cervantes, ed. de G. Haley, Madrid: Taurus, 1987, pp. 349-372. A. A. Fox, «Escena novelística y dramatismo en el Quijote», en Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, III, 3 (1979), pp. 237-246. M. C. Ruta, «Aspetti della composizione del Don Quijote», en Codici sociali e codici culturali, Quaderni del Circolo Semiologico Siciliano, II (1979), pp. 19-30. L. Bianchi, «Verdadera historia e novelas nella Prima Parte del Quijote», en Studi Ispanici (1980), pp. 121-168. J. Urrutia, «La técnica de la narración en Cervantes», en AA. VV., Cervantes su obra y su mundo, o. cit., pp. 93-101. Ascunce Arrieta, o. cit. A. Ruffinatto, «La última frontera del Quijote: Réel o discours?», en Crítica semiológica de textos literarios hispánicos, Actas del Congreso internacional sobre Semiótica e Hispanismo, Madrid, 1985, pp. 181-187. A. Ruffinatto, «Teoría y práctica de la novela: la lógica de los disparates según Cervantes», en Homenaje a Pedro Sáinz Rodríguez, t. II, Madrid, 1986, pp. 595-608. J. M. Paz Gago, «El Quijote: Narratología», en Anthropos, 100 (1989), pp. 43-48. H. Weich, «Narración polifónica: el Quijote y sus seguidores franceses (siglos xvii y xviii)», en Anthropos, 98-99 (1989), pp. 107-112. I. M. Zavala, «Cervantes y la palabra cercada», en Anthropos, 100 (1989), pp. 39-43.

De entre los estudios inspirados por el psicoanálisis merecen ser destacados: R. Girard, Mensonge romantique et vérité romanesque, Paris: Grasset, 1961. L. Roux, «À propos du Curioso impertinente», en Revue des Langues Romanes, 75 (1963), pp. 173-194. C. Bandera, Mímesis conflictiva: ficción literaria y violencia en Cervantes y Calderón, Madrid: Gredos, 1975. Robert, o. cit. L. Combet, Cervantes ou les incertitudes du désir, Lyon: PUL, 1980.

(30) Y aquí la mención de la novela en una carta de Lope de 1604 nos hará soñar imposibles: «De poetas no digo. Muchos en ziernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Zervantes, ni tan nezio, que alabe a don Quixote». La carta es del 14 de agosto de 1604 e iba dirigida, pero no es seguro, al duque de Sessa. Apud L. Ríus, Bibliografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra, III, New York: Burt Franklin, 1970 [1.ª ed. 1904], p. 383. Y no es el único ejemplo; como se recordará también La pícara Justina, obra publicada en 1605 con una aprobación fechada en 1604, incluye una alusión al Quijote. La idea de que el Quijote hubiera sido editado ya antes de 1605 tuvo firmes mantenedores; véase a este propósito J. Oliver Asín, «El Quijote de 1604», en Boletín de la Real Academia Española, XXVIII (1948), pp. 89-126.

(31) Aunque D. Alonso no los cita en su artículo «La novela española y su contribución a la novela realista moderna» (Cuadernos del idioma, 1 [1965], pp. 17-43), no hay duda de que forman parte de ese arte detallista que, según él, caracteriza el temprano realismo español. A. Ruffinatto («La última frontera del Quijote…», art. cit., p. 182) menciona el caso del mozo de campo y plaza y lo incluye entre los detalles inútiles que producen ese efecto de realidad característico de la novela moderna que ya se puede apreciar en el Quijote.

(32) Según Valera (o. cit., p. 45) en el Quijote no hay unidad de acción porque no hay una progresión hacia un desenlace.

(33) M. Frenk («Lectores y oidores. La difusión oral de la literatura en el Siglo de Oro»,en Actas del séptimo congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas (ag. 1980), Roma: Bulzoni, 1982, pp. 101-123 [p. 109]), aduce un argumento de mayor peso aún para la defensa de la difusión oral del Quijote: la brevedad y regularidad de extensión de los capítulos le hacen suponer que estuviesen pensados para durar una sesión de lectura.

(34) Según M. Bachtin (Estetica e romanzo, Torino: Einaudi, 1979, p. 445 [Voprosy literatury i estetiki, 1975]), al ser la novela el único género literario más moderno que la escritura y el libro es el único que integra en su estructura orgánica la difusión leída; los demás prevén aún una difusión oral. Conviene recordar que la lectura silenciosa y solitaria no se convierte en hábito general hasta mucho después de la invención de la imprenta (cf. P. Zumthor, Semiologia e poetica medievale, Milano: Feltrinelli, 1973, p. 39 [Essai de poétique médiévale, 1972]), y que la transmisión oral era la dominante todavía para la cultura del Siglo de Oro (cf. Frenk, art. cit., p. 114). Siguiendo los pasos de Frenk, M. Moner (Cervantes conteur. Écrits et paroles, Madrid: Casa de Velázquez, 1989) ha estudiado la oralidad del Quijote, rastreando en el texto los indicios de esa supuesta difusión oral.

(35) C. Segre (Avviamento all’analisi del testo letterario, Torino: Einaudi, 1985, pp. 190-191) señala como operación específica de la lectura la del reconocimiento de los elementos formales del texto mediante la comparación de los actuales con los ya identificados en porciones anteriores. Así se va componiendo la síntesis memorial necesaria para la interpretación de lo leído. Segre no opone explícitamente la lectura a la audición, pero parece obvio que la ha tenido presente para definir la especificidad de la primera.

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