Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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jueves, 1 de septiembre de 2011

De 1605 a 1615: Relaciones y dependencias textuales

Luis Gómez Canseco*

A nadie se le ocurrió dudar de que el malvado Avellaneda copiara, plagiara, calcara o falsificara el admirable original que Cervantes había publicado en 1605. Pero tampoco pasó desapercibido el parentesco a veces literal y las coincidencias temáticas que unían la segunda parte cervantina al texto de 1614. Los intentos de explicación de este hecho han seguido muy diversos senderos. Don Ramón Menéndez Pidal, con criterio sensato y razonable, imaginó que Cervantes habría podido conocer una copia manuscrita del apócrifo: «Puede sospecharse que el Quijote de Avellaneda circulaba en manuscrito, como tantas obras entonces, y que Cervantes tuvo de él conocimiento desde que empezó a componer su Segunda Parte».1 Posiblemente se refería don Ramón al caso, excepcional en la prosa de la época, del Buscón de Quevedo, que circuló manuscrito muchos años antes de conocer la imprenta. Albert Sicroff, en un lúcido artículo, defendió esa misma tesis y presentó la airada réplica de don Quijote al capellán de los duques como una respuesta a la prédica de mosén Valentín.2

Hubo, sin embargo, quien, a pesar de la terquedad de la cronología, no quiso dar crédito a los ojos y buscó un mecanismo que explicara lo inexplicable. Dicho y hecho: no había sino imaginar que el falso Avellaneda había tenido acceso al original cervantino antes de su publicación, bien porque éste circulaba manuscrito o, de no ser así, por haber recibido noticias puntuales de una obra que se publicaría un año después que la suya. El principal valedor de esta hipótesis fue Stephen Gilman en un libro, por lo demás, valioso y fundamental en la bibliografía sobre Avellaneda.3 El argumento que esgrimió fue la falta de tiempo que Cervantes tuvo para rehacer su novela. Y, sobre ello, conjeturó que «Avellaneda pudo haberse enterado lo bastante de ciertos incidentes de la obra para incorporarlos en su libro» y concluyó que «Avellaneda tiene que haber imitado a Cervantes. Pero dado el carácter poco preciso de las semejanzas, es de suponerse que Avellaneda no tuvo conocimiento directo del original».4

Los estudios más recientes del Quijote de 1615 se inclinan por la idea de que Cervantes afrontó una revisión de su segunda parte inmediatamente después de la lectura de Avellaneda.5 Como ha señalado Francisco Márquez Villanueva, «la intromisión agresiva del apócrifo se vuelve uno de los focos temáticos del libro, sin que sea prudente descartar la posibilidad de interpolaciones y retoques introducidos a lo largo del mismo para desautorizar polémicamente a Avellaneda».6

Avellaneda, imitador de Cervantes

En contra de lo que pudiera pensarse, Avellaneda gustó de la lectura del Quijote, y de ese gusto surgió su imitación. Sean cuales fueren los objetivos que perseguía, lo cierto es que tuvo permanentemente presente el texto cervantino. Podemos precisar más todavía; tuvo presente y leyó un ejemplar de la segunda edición que imprimió Juan de la Cuesta en 1605 y en la que se subsanaban, en sendas adiciones a los capítulos XXIII y XXX, los problemas con la pérdida y hallazgo del burro de Sancho y con el epígrafe de los yangüeses. De hecho, Avellaneda alude a este desventurado episodio sin mencionar a los gallegos que se alternaban por error con yangüeses en la primera edición de 1605; atribuye a Ginés de Pasamonte el robo del asno, cosa que no se supo hasta la segunda edición; e imita tanto el pasaje del llanto por la pérdida del rucio como el del alborozo por su encuentro, ambos insertos en las adiciones.7 Dado que se presentaba como continuador de la primera parte cervantina, Avellaneda siguió sus líneas generales en la caracterización de los personajes y en el planteamiento narrativo de las situaciones. Pero, más allá de esta deuda global, el texto de 1614 sostiene una relación de dependencia literal con Cervantes a lo largo de toda la obra, aunque con preferencia hacia algunas secciones narrativas concretas de la primera parte. La revisión estadística de la imitación que hizo Avellaneda resulta muy ilustrativa.8 En el prólogo encontramos hasta cuatro referencias textuales a Cervantes, incluyendo el uso del verbo segundar, tomado del prólogo de las Novelas ejemplares. El soneto que le sigue es una imitación directa y deliberada del soneto cervantino firmado por Solisdán. Los dos primeros capítulos son los que tienen más presente a Cervantes: hasta trece elementos de intertextualidad se registran en el I y nada menos que veintiuno en el II. A partir de aquí y hasta el capítulo XV se mantiene un uso moderado pero continuo del texto cervantino; y así se encuentran tres referencias en el capítulo III, una en el V, seis en el VI, cinco en cada uno de los capítulos VII, VIII y X, una en el XII, cuatro en el XIII y tres en el XIV. Sólo en los capítulos IX y XI no aparece ningún rastro textual de Cervantes, y en ambos casos existe una explicación. En el brevísimo capítulo IX, Avellaneda narra la liberación de don Quijote de una cárcel zaragozana a cargo de don Álvaro Tarfe, un personaje ideado por él e independiente de los modelos cervantinos. Por su parte, el capítulo XI se centra en la descripción de la sortija celebrada en la calle del Coso, de los arcos triunfales y de las libreas de los caballeros, y hasta el mismo Cervantes recordó en su segunda parte que toda la sortija era una pobre invención de Avellaneda.

Entre los capítulos XV y XX, donde se insertan los cuentos de El rico desesperado y Los felices amantes, sólo hay dos fragmentos que remiten a Cervantes. Esta independencia absoluta respecto a Cervantes prueba que la composición de las dos narraciones interpoladas fue, más que probablemente, anterior al del resto de la novela e independiente de ella; y que Avellaneda decidió utilizar entonces ambos cuentos, enfrentándolos al modelo de El curioso impertinente. Los dos únicos vínculos que con el texto de Cervantes se encuentran en estos seis capítulos no dejan de ser significativos. El primero es la solicitud que hace el ermitaño fray Esteban antes de comenzar su narración de Los felices amantes: «Escusose el ermitaño cuanto pudo, y, viendo era en vano, con protesto de que nadie interrompería el hilo de su historia, empezó la siguiente» (XVI, p. 446). Se trata de la misma condición que Cardenio pone para iniciar la narración de su historia: «habeisme de prometer de que con ninguna pregunta ni otra cosa no interromperéis el hilo de mi triste historia» (I, XXIV, p. 262). Pero lo que en Cervantes es un avance que tendrá sus consecuencias narrativas, en Avellaneda no tiene otra función que la de enlazar las dos novelitas. La segunda coincidencia es el uso de la misma combinación estrófica en la canción que Japelín canta en el capítulo XV y en la que don Luis dirige a doña Clara en el capítulo XLIII de la primera parte cervantina. Si bien pudiera deberse a la casualidad, no hay que descartar, dado que se trata de un poema prescindible en el discurso de la acción, que Avellaneda, dispuesto siempre a competir y sobrepasar a Cervantes, pretendiera hacerlo también en materia poética. En el resto de la novela, Avellaneda vuelve a utilizar regularmente el texto de 1605 con tres alusiones en el capítulo XXI, una en cada uno de los capítulos XXII, XXIX, XXXI, XXXIV y XXXV, dos en el XXIII, XXV, XXVI, XXVIII y XXXII, cuatro en el XXIV y XXVII y algo más, cinco, en el último capítulo, que actúa como epílogo y recapitulación de todo lo hasta entonces narrado.

La acumulación de elementos cervantinos en los primeros capítulos de la novela y su disminución en los posteriores a las narraciones interpoladas podría ser signo de la progresiva independencia que Avellaneda fue ganando frente a la obra de Cervantes. Un ejemplo de esta autonomía sería el capítulo XXXIII, en que se narra el desafío entre Sancho y el secretario de don Carlos, disfrazado como escudero negro del gigante Bramidán de Tajayunque. Se trata de uno de los episodios más divertidos y originales de Avellaneda; tanto, que no hay que descartar la posibilidad de que Cervantes lo imitara en el combate escuderil que Sancho sostiene con Tomé Cecial en los primeros capítulos del Quijote de 1615.

Hasta aquí lo que sabemos de la presencia del texto cervantino en el de Avellaneda. Pero cabe ahora determinar qué partes de ese texto de 1605 utilizó preferentemente el apócrifo. De nuevo la estadística nos reserva sorpresas: por ella sabemos que las preferencias del apócrifo se centraron en la primera mitad de la novela. Avellaneda tomó de los capítulos I al XXVI del primer Quijote hasta ochenta y un elementos, mientras que del resto de la obra, desde el capítulo XXVII al LII, sólo encontramos veintidós, y casi en su totalidad concentrados en dos secciones, las que ocupan los capítulos XXIX-XXXV y XLVII-LII.9 Dentro de la primera parte, los dos capítulos que más llamaron la atención del apócrifo fueron el I y el XXV, donde se narra la penitencia en Sierra Morena. También podemos asegurar que leyó con atención los capítulos VII, XV, XVI, XX y XXI, en los que se da cuenta de la segunda salida del héroe, la desgraciada historia de los yangüeses, los amores de Maritornes, el percance de los batanes y los amores de Torralba y Lope Ruiz o de la ganancia del yelmo de Mambrino. Las conclusiones son evidentes: Avellaneda puso su gusto y su atención en los episodios cómicos y dejó de lado historias idealizantes como la de Marcela y Grisóstomo.

Sólo hay una excepción a esta preferencia por los capítulos iniciales, la atención que se presta al capítulo XLVII, precisamente aquel en el que el canónigo de Toledo arremetía contra los libros de caballerías. De allí procede la condena contra «los nocivos y perjudiciales libros de fabulosas caballerías y aventuras, dignos ellos, sus autores y aun sus letores, de que las repúblicas bien regidas igualmente los desterrasen de sus confines» (XXIV, p. 554). De allí también procede un fragmento sobre el que llamó la atención Monique Joly, calificándolo como «un auténtico zurcido de reminiscencias del texto cervantino»,10 y en el que un loco ilustrado de la Casa del Nuncio se describe a sí mismo en los siguientes términos:

[…] en profesión soy teólogo; en órdenes, sacerdote; en filosofía, Aristóteles; en medicina, Galeno; en cánones, Ezpilcueta; en astrología, Ptolomeo; en leyes, Curcio; en retórica, Tulio; en poesía, Homero; en música, Anfión. Finalmente, en sangre, noble; en valor, único; en amores, raro; en armas, sin segundo, y en todo, el primero.

(XXXVI, p. 712)

La imagen arrogante y vanidosa que de sí da el loco recuerda la que Lope trazó en La dama boba de un Cervantes «que se tiene por más sabio que Platón», pero Monique Joly señaló como modelo sintáctico y erudito de este fragmento el discurso del canónigo cervantino sobre la escritura caballeresca: «Puede mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialio, la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zópiro, la prudencia de Catón y, finalmente, todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre» (I, XLVII, p. 550). Pero la cosa no se acaba ahí. El pasaje debía tener su intríngulis y su porqué para Avellaneda, que ya había hecho en el capítulo II y por boca de don Quijote una primera imitación del mismo:

Yo le escribo más largas arengas que las que Catilina hizo al Senado de Roma, más heroicas poesías que las de Homero o Virgilio, con más ternezas que el Petrarca escribió a su querida Laura, y con más agradables episodios que Lucano ni Ariosto pudieron escribir en su tiempo, ni en el nuestro ha hecho Lope de Vega a su Filis, Celia, Lucinda, ni a las demás que tan divinamente ha celebrado; hecho en aventuras un Amadís, en gravedad un Cévola, en sufrimiento un Perianeo de Persia, en nobleza un Eneas, en astucia un Ulises, en constancia un Belisario y en derramar sangre humana, un bravo Cid Campeador.

(II, pp. 228-229)

Los recovecos de la historia de la literatura son extraños. En realidad, el asunto venía de más lejos y tiene todos los visos de haber sido fruto de una imitación paródica de largo recorrido. Tanto el texto de Cervantes como el de Avellaneda comparten un antecedente común en La Arcadia de Lope de Vega, por lo que no hay que descartar una primera burla de Cervantes a Lope, vengada luego por Avellaneda en su libro. Basta ver el encendidísimo elogio que del duque de Alba se hace en La Arcadia para comprobar la similitud sintáctica y temática de los cuatro textos:

Éste será Pompilio en la religión, Radamanto en la severidad, Belisario en el galardón, Anaxágoras en la constancia, Epaminundas en la magnanimidad, Temístocles en el amor de la patria, Periandro en el matrimonio, Pomponio en la verdad, Alejandro Severo en la justicia, Atilio en la fidelidad, Catón en la modestia y, finalmente, Timoteo en la felicidad de la guerra.11

Todas las formas de imitación con que Avellaneda se acerca al original cervantino pueden clasificarse del siguiente modo:

a) personajes de la primera parte, como los propios don Quijote y Sancho; b) información puntual tomada del texto de 1605, como los nombres de Quijada, Mari Gutiérrez, maese Nicolás o Pedro Alonso, las calabazadas de don Quijote en Sierra Morena o el alfiler de a blanca con que Roldán fue vencido; c) personajes inspirados en la primera parte, pero ajenos a ella, como la moza gallega, formada a imagen de Maritornes, o mosén Valentín, próximo al canónigo toledano y al cura Pero Pérez; d) alusiones a episodios de la primera parte, como el de los molinos, el manteamiento o los batanes; e) episodios que imitan alguna acción de 1605, como el intento de liberación del reo en Zaragoza, que remite al capítulo de los galeotes, o el pleito del yelmo y albarda, convertido por Avellaneda en litigio de ataharre y liga; f) frases que Avellaneda usa sin alteración, como «¡Oh tú, mago encantador, quienquiera que seas», literal en ambos textos, o «Porfiaba Sancho que era venta, y su amo que no, sino castillo», que en 1614 se convierte en «Porfiaba don Quijote en que era castillo, y Sancho en que era venta»; g) estructuras sintácticas similares, como la tomada del capítulo XLVII de Cervantes; h) parlamentos y fragmentos breves, como la descripción que don Álvaro hace de su amada, inspirada en la que don Quijote hace de Dulcinea en el capítulo XIII, el similar llanto de Sancho tras la pérdida del rucio o los discursos en fabla de don Quijote; i) dichos, sentencias, refranes y expresiones que en numerosísima suma pasan de un libro a otro; j) parte del vocabulario, genuinamente cervantino, del que se apropia el apócrifo, como malendrín, micónico o fierablases; k) ciertos recursos técnicos, como la petición de silencio antes de una narración oral, el uso de una estrofa similar, la utilización de módulos epistolares o el colofón con un verso de Ariosto, y l) fuentes literarias ya utilizadas por Cervantes, como los libros de caballerías, el tan traído y llevado romance del marqués de Mantua o el de Diego Ordóñez.

A este catálogo habría que añadir la imitación puntual de las Novelas ejemplares.12 Por otro lado y a pesar de la enorme atención con que Avellaneda leyó el primer Quijote, pueden detectarse un número no despreciable de errores y olvidos. Por ejemplo, Avellaneda asegura que Dorotea acompañó a don Quijote a su aldea, mientras que en el original se separa de él en la venta de Juan Palomeque; en el capítulo II, se sitúa la adopción del nombre de don Quijote el día en que fue armado caballero, cuando, en realidad, el bautizo ocurrió en el capítulo anterior; el Sancho de Avellaneda atribuye a su amo en el capítulo VII la promesa de un arzobispado, cosa que no hicieron sino el cura y el barbero; por último, Avellaneda antepone la penitencia en Sierra Morena a la conquista del yelmo de Mambrino, aunque Cervantes puso aquélla en el capítulo XXV y ésta en el XXI.

Esta dependencia que Avellaneda muestra viene, sin embargo, condicionada por sus propias convicciones narrativas. Ya hemos visto que desecha sin escrúpulo más de la mitad del libro de Cervantes y, entre los capítulos que sigue más de cerca, también elimina la historia trágica de Grisóstomo y Marcela: todo por su declarada intención de hacer de don Quijote y Sancho una historia exclusivamente cómica. Y digo declarada, porque el propio Avellaneda aseguraba en el prólogo que «en algo diferencia esta parte de la primera» y que su pretensión era «entremesar la presente comedia con las simplicidades de Sancho Panza». El modo de imitación que puede seguirse en no pocos pasajes de la obra deja a las claras la distancia buscada frente Cervantes por el propio Avellaneda, que había afirmado aquello de que «tengo opuesto humor también al suyo». Para bien o para mal, Avellaneda elimina cualquier rastro de cínica socarronería y transforma el humor cervantino en algo más tosco e inmediato.

Veamos, para terminar, tres ejemplos de esta transformación. Cuando los falsos Sancho y don Quijote inician su viaje, Avellaneda escribe: «Tres horas antes que el rojo Apolo esparciese sus rayos sobre la tierra, salieron de su lugar el buen hidalgo don Quijote y Sancho Panza». Se trata de una imitación directa de Cervantes: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de su hermosos cabellos...» (I, II, p. 46). Pero el imitador ha eliminado, tal vez por no percibirlo, el distanciamiento paródico que consigue Cervantes al poner en boca de su héroe las elevadas palabras de un futuro e imposible historiador: «¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a la luz la historia de mis verdaderos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: “Apenas había el rubicundo…”». En el capítulo XIII, Avellaneda recoge, casi literalmente, una famosa agudeza cervantina —«doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de los ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido» (I, IX, p. 107)—, y la convierte en «Sancho también salió en camisa, y no tan entera como lo era su madre el día que nació». Tras la aparente similitud se esconde un gesto moral; Avellaneda gusta del chiste, pero prescinde de cualquier broma en materia de doncellez, es decir, de honra, porque en su visión del orden social no caben estas burlas con cosas de comer. Más significativo acaso sea el ejemplo del capítulo VIII en el que Sancho describe a los curiosos zaragozanos la imagen de la Virgen de su pueblo con «un gran rosario alrededor, con los padres nuestros de oro, tan gordos como este puño». La descripción del rosario parece remitir a la oración penitencial de don Quijote en Sierra Morena, donde «rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo» (I, XXVI, pp. 291-292). Como se sabe, el texto debió de resultar lo suficientemente problemático como para que se cambiara en la segunda edición de 1605, convirtiéndose en «Y sirviéronle de rosario unas agallas grandes de un alcornoque, que ensartó, de que hizo un diez». Aunque Avellaneda pretende intensificar la rústica simplicidad de Sancho, cede a su devoto respeto por el rosario y termina censurando el gesto de humor en materia religiosa. Sirva de piedra de toque recordar que en 1624 la Inquisición portuguesa, como nuestro apócrifo inquisidor, mandó expurgar esta misma chanza.

Cervantes, lector de Avellaneda

Entramos en un terreno pantanoso. Nada menos que en la lectura que Cervantes hizo de libro apócrifo y en la incorporación a su obra de materiales ideados por Alonso Fernández de Avellaneda. Y lo cierto es que, por más que cueste admitirlo, Cervantes leyó y utilizó en beneficio propio textos, personajes, estructuras narrativas y temas del Quijote apócrifo. Pero dejemos el espinoso asunto de la reconstrucción que Cervantes hubo de hacer con su obra, que tiempo habrá, yendo y viniendo días, de acudir puntualmente a su estudio. Mi intención es más humilde y no tiene tanto que ver con la cronología como con las simples palabras y su trasvase entre dos libros. Al fin y al cabo, Cervantes hizo, sin duda, la lectura más singular y privilegiada que de Avellaneda pudiera hacerse, dado que era él, y no nosotros, el lector implícito al que estaba dirigido el texto de su enemigo.

El Quijote de 1614 se convirtió en una inesperada fuente literaria que, al tiempo que era refutada como apócrifa, surtió a Cervantes de algunos materiales para las reparaciones de última hora que hizo en su libro. Lo más probable, como ha señalado Ellen Anderson, es que «Cervantes leyera el libro, decidiera los cambios que iba a imponer al suyo y escogiera finalmente el lugar más adecuado para introducir la primera mención del apócrifo».13 Esa mención tuvo lugar en la famosa escena del capítulo LIX, donde don Quijote oye hablar a dos caballeros sobre su condición de desenamorado y donde responde puntualmente a la imposibilidad de su desamor. Esta escena significa la inclusión del apócrifo en la trama como una de las alteraciones mayores y más fructíferas que provocó su lectura. Otros cambios serían la renuncia al anunciado destino aragonés de su héroe y la elección de la derrota hacia Barcelona. Pero no sólo eso, el mismo título con que salió el libro de 1615 —«Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su primera parte»—, la decisiva importancia que desde las primeras páginas cobra Cide Hamete como autor y garante de la historia,14 la progresiva cordura de don Quijote,15 el aumento del número de personajes que han leído la primera parte, las repetidas alusiones del narrador a la posibilidad de elementos apócrifos o los problemáticos cambios en la cronología de la acción16 son consecuencia de la obra de Avellaneda.

Pero, como decía, no nos interesan ahora esos ajustes ni cuándo se hicieron, sino el material de Cervantes que podemos identificar con certeza como tomado del Quijote de 1614. Dejaremos al lado las alusiones del prólogo de 1615, porque no son fruto de la imitación, sino de la réplica, y también prescindiremos, salvo justificadas excepciones, de dichos y refranes, cuya aparición en ambos libros pudiera deberse a la mera coincidencia. Con estas premisas, no es arriesgado adelantar que Cervantes, además de un personaje, tomó de Avellaneda la invención de algunos episodios, temas y varios elementos textuales, que utilizó bien para parodiar el libro ajeno o bien como propia materia narrativa.

La apropiación más evidente y reconocible que hizo Cervantes de entre los materiales de su rival fue la de don Álvaro Tarfe, pero ese hurto, a pesar de su origen, tiene más que ver con la creación cervantina que con la simple imitación. Aun así, no quiero dejar pasar la pregunta, no sé si intencionada, que Cervantes puso en boca de don Quijote: «Y vuestra merced ¿dónde camina?». A lo que don Álvaro responde: «Yo, señor, voy a Granada que es mi patria» (II, LXXII, p. 1205). No hay que olvidar que Avellaneda, acaso por error, devolvió a su caballero no a su Granada originaria, sino a Córdoba. Pero obviemos estas menudencias de caballeros, y demos en los comediantes.

En el capítulo XI de la segunda parte, don Quijote topa con una carreta de recitantes de la compañía de Angulo el Malo, que vienen de representar el auto de Las Cortes de la Muerte. No era la primera vez que Angulo el Malo aparecía como personaje literario en las obras de Cervantes; ya lo había hecho, y con buen término, en el Coloquio de los perros. Pero ahora es posible que lo hiciera al hilo de los sucesos que Avellaneda narra en su capítulo XXVI. En este episodio don Quijote es objeto de las burlas y de la generosidad de unos comediantes de título que ensayan una obra de Lope, El testimonio vengado, antes de estrenar en Alcalá.17 Hay varios indicios que contribuyen a avalar la deuda del episodio cervantino: en primer lugar, el desorden cronológico respecto a lo hasta entonces narrado;18 en segundo lugar, la importancia del actor vestido de bojiganga, que vuelve sobre la temática de los locos, clave en las agresiones mutuas entre Avellaneda y Cervantes; y, junto con ello, la acentuada imagen de las vejigas hinchadas con que el bojiganga asusta a Rocinante y golpea al rucio, trasunto acaso del loco sevillano hinchador de perros que aparece en el prólogo. Hay incluso una pequeña coincidencia textual en la descripción de la compañía, que pudiera deberse a la voluntad cervantina de parodiar a Avellaneda. La presentación de los actores como «la Muerte con todo su escuadrón volante» (II, XI, p. 718) puede aludir al frecuente uso de terminología militar en el texto de 1614: «¡Oh Sancho! —dijo don Quijote—, ¿cuánta gente es la que viene? ¿Viene un escuadrón volante o viene por tercios?» (V, p. 282).19

Apenas han pasado unas páginas, y don Quijote se topa con el Caballero de los Espejos. Hasta ahí, todo normal, si el del Bosque, también conocido como de los Espejos, no asegurase haber vencido a un otro don Quijote. La posible existencia de otro yo y el reconocimiento del caballero como Sansón Carrasco apuntan hacia el problema de los dobles, generado por Avellaneda, como también lo hacen las consecuencias que el impostado caballero saca de su fingida victoria: «y en este solo vencimiento hago cuenta que he vencido a todos los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha vencido a todos, y habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama y su honra se ha transferido y pasado a mi persona» (II, XIV, p. 735). En realidad, se trata de la misma deducción que el don Quijote de 1614 había hecho antes de su enfrentamiento con el melonero de Ateca: «todas las glorias, victorias y buenos sucesos que tuvo serán, sin duda, míos, y a mí sólo se atribuirán todas las fazañas, vencimientos, muertes de gigantes, desquijaramientos de leones y rompimientos de ejércitos que por sola su persona hizo» (VI, p. 287). Y, por si fuera poco, tiene lugar entonces la frustrada y blanda batalla de Sancho con el espantablemente narigado Tomé Cecial, escudero del Caballero del Bosque, que como ya señaló Gilman, es un trasunto directo del desafío que, entre el Sancho de Avellaneda y el escudero negro de Bramidán de Tajayunque, queda en suspenso.20 Hasta el mismo nombre de Caballero de los Espejos insiste en esta temática de la duplicidad de las imágenes y en la posibilidad de la existencia de un yo similar y, al mismo tiempo, falso.

También el encuentro que el falso don Quijote tiene con dos estudiantes que le leen sus composiciones en verso pudo influir en Cervantes a la hora de reconstruir los diálogos literarios que su personaje mantiene con el Caballero del Verde Gabán y con su hijo. En ambos episodios se utiliza el «Est deus in nobis», más bien mostrenco, de Ovidio21 y tanto los estudiantes de Avellaneda como don Lorenzo parecen deseosos de encontrar público para su poemas y ufanos de verse alabados por el mismo al que tachan de loco. Y así, si el don Quijote avellanedesco encomia las coplas que «siendo suyas, no podían dejar de ser curiosísimas», y el estudiante las recibe «con no pequeña vanagloria, propriedad inseparable de los poetas» (XXV, p. 570), el narrador de Cervantes apostilla: «¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabado por don Quijote, aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te estiendes, y cuán dilatados límites son los de tu jurisdición agradable!» (II, 18, p. 779).22

La irrupción de don Quijote en la acción del retablo de títeres de maese Pedro es, sin duda, el episodio más próximo al modelo de 1614.23 En el capítulo XXVII de la versión apócrifa, que ahora ejerce de original, don Quijote interrumpe el ensayo de El testimonio vengado, creyendo en la verdad de la ficción escénica y desafiando al actor que ejerce de villano «a singular batalla» (XXVII, p. 596). También el don Quijote cervantino reta a los títeres que persiguen a Gaiferos y Melisendra: «¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en batalla!» (II, 26, p. 850). De hecho, en todo el Quijote de 1615 se produce una intensificación de los elementos teatrales debida, al menos en parte, al influjo de Avellaneda. Y así, además de los títeres o de los comediantes de Angulo el Malo, nos encontramos con los pastores que representan dos églogas en la fingida Arcadia o con el palacio de los duques convertido en un fabuloso escenario, donde se acude a la más compleja de las tramoyas para sólo burlarse de un loco.

Dentro del mismo y extenso episodio ducal, próximo en lo esencial al del Archipámpano de Avellaneda, Albert Sicroff ha señalado al capellán de los duques como un trasunto de mosén Valentín.24 Fruto también, sin duda, de la deuda con Avellaneda es la carta que Sancho envía a su mujer, fechada —ahí es nada— el 20 de julio de 1614, pocos días después de que el falso Quijote recibiera la licencia de impresión en Tarragona. A Avellaneda hay que atribuirle la invención de esta facultad misiva de Sancho, pues en el capítulo XXXV de su libro le hace dictar una carta a don Carlos. Por consiguiente, no habría que descartar la posibilidad de un intercambio encadenado de imitaciones entre Cervantes y Avellaneda. Si éste había imitado la carta de don Quijote a Dulcinea y acaso sobre ella ingeniado la de Sancho a Mari Gutiérrez, es posible que los distintos intercambios epistolares entre Sancho y su mujer, el duque y su nuevo gobernador, don Quijote y Sancho, y Teresa Panza y la duquesa, fragmentos todos fácilmente insertables en una corrección, se siguieran del modelo de carta burlesca ideado por Avellaneda.

El último episodio en el que Cervantes parece imitar a Avellaneda es el de la cabeza encantada de don Antonio Moreno (II, 62, pp. 1137-1142). Tanto Martín de Riquer como Monique Joly o García Salinero han subrayado el paralelismo de esta historia con el engaño del fingido gigante Bramidán de Tajayunque, bajo cuya figura de cartón se esconde y habla el secretario de don Carlos.25 En ese mismo episodio barcelonés se acumulan las referencias al apócrifo, pues no sólo se visita la mencionada imprenta, sino que don Antonio recibe a Sancho mencionándole un hecho de su remedador: «Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que si os sobran las guardáis en el seno para otro día»; a lo que Sancho responde: «No señor, no es así, porque tengo más de limpio que de goloso». Y es que, en efecto, el Sancho de Avellaneda se atraca de ambos manjares y no duda en guardarse las sobras entre las ropas.26

Además de estos episodios, Cervantes tomó del Quijote de 1614 algunos temas, como el del salario, no mencionado en la primera parte y que Sancho pide a su amo, para que éste lo rehúse por no «haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero» (II, 7, p. 681).27 Por otro lado, el uso cómico de la trágica historia de Belerma y Durandarte por parte de Avellaneda se adelanta al felicísimo embuste de la cueva de Montesinos: «y quedando en aquellos valles malferido Durandarte, se saldrá de la batalla; y por el rastro de la sangre que dejará, irá caminando Montesinos por una áspera montaña aconteciéndole mil varios sucesos, hasta que, topando con él, le saque por sus manos, a instancia suya, el corazón, y se lo lleve a Belerma, la cual en vida fue gavilán de sus cuidados» (XXIII, p. 530). Del mismo modo, los caballeros amigos de don Antonio Moreno anuncian una sortija, similar a la que don Álvaro y sus amigos juegan en Zaragoza, pero que finalmente no llega a celebrarse (II, 72, p. 1142). Alguna curiosidad más hay en materia de indumentaria, como el interés de Sanchica en las pedorreras que su padre lleva como gobernador («¡Ay, Dios mío —replicó Sanchica—, y qué será de ver a mi padre con pedorreras!», II, 50, p. 1041), que parece remitir a la mismas con que el Archipámpano viste al falso Sancho: «Yo creo que los pajes del Arcapámpanos deben de nacer allá en las Indias de Sevilla con estos diablos de pedorreras» (XXXIV, p. 685). Asunto de vestimenta es también el hecho de que Sancho, tocado siempre en el Quijote de Avellaneda con una caperuza, pase a usar esa prenda a partir del capítulo LXIX de la segunda parte cervantina.

Pero además de imitaciones complejas de episodios o materia narrativa, desde los primeros capítulos de 1615 puede seguirse el rastro de una notable coincidencia textual con el Quijote de Avellaneda. Vayamos recorriendo el texto cervantino. La dieta curativa que siguen ambos don Quijotes parece ser la misma: si el de Avellaneda sanó «no con pequeño regalo de pistos y cosas conservativas y sustanciales» (I, p. 208), al de Cervantes le dieron «de comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro» (II, 1, p. 625). Es, por otro lado, Avellaneda quien abre un período sintáctico con un famoso verso del romancero: «Como medianoche era por hilo, los gallos querían cantar, celebraron mucho todos el dibujo que Sancho había hecho de la reina Zenobia» (XXXII, p. 665); y a ello parece aludir Cervantes cuando inició su capítulo IX con una parodia del mismo verso: «Media noche era por filo, poco más o menos». Si el Sancho apócrifo teme de su señor que quiera «que nos volvamos santos andantes» (I, p. 213), el verdadero se arrodilla ante don Diego de Miranda y lo nombra como «el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida» (II, 16, p. 755). Y puestos a rastrear detalles, la bebedora Mari Gutiérrez calma su sed en «un jarro grande que tenemos, desbocado de puro boquearle ella con la boca» (XII, p. 375), mientras que, en Cervantes, el fingido maese Pedro anuncia a Sancho que su mujer Teresa está buena y que, «por más señas, tiene a su lado izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen porqué de vino (II, 25, p. 842).

Nicolás Marín avaló la idea de que la réplica cervantina se iniciaba en el capítulo XXX e insistió en el paralelo antitético de los personajes de la duquesa y Bárbara; como indicio de su tesis subrayó las similitudes textuales de la entrada en escena de ambos personajes.28 Por su parte, Martín de Riquer advirtió de la repetición hasta cuatro veces en la obra del juramento «En Dios y en mi conciencia», y llamó la atención sobre un pasaje de la segunda parte a todas luces paródico:

—En Dios y en mi conciencia —respondió el Diablo— que no miraba en ello, porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la principal a que venía se me olvidaba.

—Sin duda —dijo Sancho— que este demonio debe de ser hombre de bien y buen cristiano, porque a no serlo no jurara «en Dios y en mi conciencia». Ahora yo tengo para mí que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.

(II, 34, p. 918)29

La calificación social de Sancho como «harto de ajos desde la cuna» (XII, p. 381), si bien no se trata de un testimonio inapelable de imitación, no es imposible que le llegara a Cervantes desde Avellaneda, dado que aquél no la había usado con anterioridad.30 Del amo al asno, el Sancho apócrifo incluye entre las cualidades de su rucio el andar «llano, de tal manera, que el que va encima puede llevar una taza de vino en la mano, vacía, sin que se le derrame gota» (IX, p. 331). Es ésa la misma habilidad que la dueña Dolorida atribuye al sin par caballo Clavileño, pues «lleva un portante por los aires sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza llena de agua en la mano sin que se le derrame una gota, según camina llano y reposado» (II, 40, p. 952). Inmediatamente la dueña hace un catálogo de caballos célebres tan erudito como inútil, que, sin duda, responde a otro similar que Avellaneda había incluido en el capítulo III.31

Más tarde, la tristísima declaración de don Quijote «yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos» (II, 58, p. 1097) pudiera tener un antecedente en otras palabras del falso Sancho: «En fin, todo mi trabajo ha sido hasta agora en vano» (I, p. 211). Pero es en el siguiente capítulo donde aparece la deuda textual que más ha llamado la atención de los críticos. Don Quijote acaba de llegar a la venta en la que escuchará la primera noticia de la existencia de la historia fingida; allí el ventero les anuncia que tiene «[…] dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidas con sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo: ¡Cómeme! ¡Cómeme!» (II, 59, p. 1110). Se trata literalmente del mismo chiste culinario que hace el Sancho de Avellaneda al llegar a la primera venta: «[...] nos están aguardando con una muy gentil olla de vaca, tocino, carnero, nabos y berzas, que está diciendo: “¡Cómeme! ¡Cómeme!”» (IV, p. 269). Edward Riley ha explicado que, si en un nivel literal se pondera la calidad de la carne, simbólicamente se habla de Avellaneda, cuyo trasunto vio en el falaz ventero.32

Cierra Cervantes su imitación textual con dos deudas de menor calado. En la primera describe al sol con «un rostro mayor que el de una rodela» (II, 61, p. 1130), cosa que Avellaneda había hecho con la cara de Bárbara, asegurando que «la tiene más grande que una rodela» (XXXII, p. 665). La última imitación cervantina aparece casualmente puesta en boca de un ignoto labrador: «todo es burla sino estudiar y más estudiar» (II, 66, p. 1171). El Sancho adulterado, en un arrebato de cólera contra un hijo aún no nato, había acudido a la misma máxima pedagógica: «¡Ser bueno, ser bueno! ¡Estudiar, estudiar mucho!» (XXI, p. 499).

Pudiera pensarse, visto lo visto, que Cervantes es tan imitador de Avellaneda como lo fue él suyo. Pero no es así. Cervantes tomó materiales del contrario para construir una obra nueva, distinta a la del imitador, pero también distinta a su primera parte. No sólo intensificó el diálogo entre los personajes, sino que atenuó la locura del hidalgo y redujo el número de episodios meramente cómicos. Aun así, como ha señalado José Manuel Martín Morán, «cuando más libertad compositiva se concede Cervantes es cuando menos huella de Avellaneda se aprecia, y cuando más se hace hincapié en el hecho de haber sido ya publicada la primera parte, vale decir, cuando se hace metaliteratura, el aspecto del Quijote que no supo inventar Avellaneda».33 El libro de Avellaneda, más que una fuente, en manos de Cervantes se convierte en un instrumento puesto irónicamente a su servicio. Y no es ya sólo el viaje que desde 1614 a 1615 hizo don Álvaro de Tarfe para negar la veracidad de las páginas que le dieron vida, también la olla con dos manos de ternera o la cabeza encantada de don Antonio Moreno se convierten en aliados de la respuesta cervantina.34

Sólo quisiera señalar dos ejemplos de ese modo singular de imitación. La violencia con que don Quijote el Malo interrumpe la representación de El testimonio vengado es sólo el gesto inmediato de un loco convertido en materia de burlas para los que le rodean. Cervantes transforma la chanza en una cuestión de estado: los actores se vuelven títeres, el autor en manipulador de muñecos, la acción precisa ahora de la voz intermediaria de un muchacho narrador que la apostilla, don Quijote y maese Pedro acotan al narrador sus excesos y lo inverosímil de ciertos detalles; y sólo al final don Quijote desenvaina la espada, tan desasosegado por el peligro de Gaiferos como por las imprecisiones de la historia. Algo similar ocurre con las imitaciones textuales. Hemos visto al rucio de Sancho andar «llano, de tal manera, que el que va encima puede llevar una taza de vino en la mano, vacía, sin que se le derrame gota». La cosa no pasa de una tontuna más de Sancho, pues de una taza vacía difícilmente puede derramarse nada. Cervantes llena la taza, y, aun así, la nueva montura sigue sin verter lo que antes era vino y ahora agua. El milagro tiene una explicación evidente para todos, menos para unos don Quijote y Sancho creyentes en un mundo mágico: un caballo de madera no tiene capacidad alguna de movimiento. Y es que, ya lo sentó Albert Sicroff, «lo avellanedesco siempre se hace más complejo y más problemático al ser reelaborado por Cervantes».35

(*) Luis Gómez Canseco, «De 1605 a 1615: Relaciones y dependencias textuales», en Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Gómez Canseco, Madrid: Biblioteca Nueva (Colección Clásicos de Biblioteca Nueva, n.º 24), 2000, pp. 60-81.

(1) Un aspecto en la elaboración del Quijote», en De Cervantes y Lope de Vega, Madrid: Espasa-Calpe, 1948, p. 56.

(2) La segunda muerte de don Quijote como respuesta de Cervantes a Avellaneda», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXIV (1975), pp. 273-275.

(3) Defendió la misma idea Werner Bahner, «Cervantes und seine Auseinandersetzung mir Avellaneda», en Beiträge zur romanischen Philologie, 6 (1967), pp. 27-34.

(4) Cervantes y Avellaneda. Estudio de una imitación, México: Colegio de México, 1951, pp. 174-175. La tesis del conocimiento oral por parte de Avellaneda había sido ya apuntada por Fitzmaurice-Kelly. Hay algún caso peculiar, como el de García Salinero, que declara su creencia de que «Cervantes no conoció el Quijote imitado hasta el momento en que él mismo lo confiesa en el capítulo LIX» y luego anota sobre el encuentro con Bárbara en el bosque que «parece inspirado en el episodio de la cueva de Montesinos» (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Madrid: Castalia, 1988, pp. 23 y 289).

(5) Para un estado de la cuestión de la composición del Quijote de 1615, véase Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón, «La composición del Quijote», en Cervantes, Miguel de, Don Quijote de la Mancha, Barcelona: Instituto Cervantes/Crítica, 1998, t. I, pp. CLXXX-CLXXXIX.

(6) Doncella soy de esta casa y Altisidora me llaman», en Trabajos y días cervantinos, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp. 335-336. Jesús G. Maestro, sobre el concepto de transducción, ha propuesto un modelo teórico para hablar de «los procesos de transmisión dinámica (intertextualidad, transferencia intercultural, recepción crítica, parodia, tradición, readaptaciones…)» entre Cervantes y Avellaneda («Cervantes y Avellaneda. Creación y transducción del sentido en la elaboración del Quijote», en K. Reichenberger (ed.), Cervantes: estudios en la víspera de su centenario, Kassel: Reichenberger, 1994, p. 319).

(7) Cf. I, 211; VI, 299; y VII, 305.

(8) Para una relación completa de las referencias y deudas textuales de Avellaneda con el Quijote de 1605 anotadas a lo largo de esta edición, puede verse el «Índice de fuentes» que se encuentra al final del libro.(9) La relación completa de referencias de Avellaneda a los distintos capítulos del Quijote de 1605 es como sigue: ocho al capítulo I y XXV; seis al VII, XV, XX y XXII; cinco al XXI; cuatro al XVI y XLVII; tres al V, VIII, XVII, XXIII, XXXV, XXVI y XXX; dos al II, IV, XVIII, XIX, XXIV, XXIX, XLIII y LII; una al III, VI, IX, X, XII, XIII, XXXI, XLVI, XLIX y L; y ninguna a los capítulos XI, XIV, XXVII, XXVIII, XXXIII, XXXIV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX, XL, XLI, XLII, XLIV, XLV, XLVIII y LI.(10) Historias de locos», en Études sur Don Quichotte, París: Publications de la Sorbone, 1996, pp. 155-157.(11) La Arcadia, ed. de Edwin S. Morby, Madrid: Castalia, 1975, p. 232.(12) En concreto, en el uso del verbo segundar con el valor de ‘volver a hacer’ y en la descripción de Bárbara con «las tetas, que descubría entre la sucia camisa y faldellín dicho, eran negras y arrugadas, pero tan largas y flacas, que le colgaban dos palmos», que recuerda a la Cañizares del Coloquio de los perros, cuyas «tetas semejaban dos vejigas de vaca secas y arrugadas».(13) Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón, «La composición del Quijote», art. cit., p. CLXXXV.(14) Como ha señalado Robert Flores, «Having made Cide Hamete from the very beginning of Part II the one and only official chronicler of Don Quixote’s adventures, Cervantes was later in the position to use him to parry and discredit the apocryphal Don Quixote of Avellaneda without making him appear a last minute solution» («The Role of Cide Hamete in Don Quijote», en Bulletin of Hispanic Studies, LIX [1982], p. 5).(15) Así lo apuntó Luis Rosales (Cervantes y la libertad, Madrid: Gráficas Valera, 1959, t. II, p. 63, n. 161) y, más recientemente, Andrés Gil ha estudiado la importancia de Avellaneda en la recuperación de la cordura de don Quijote, que, a partir de su conocimiento del libro, se esfuerza no en hacer reales los libros de caballerías, sino en desmentir la veracidad histórica de Avellaneda, adquiriendo así el apócrifo «un papel simétrico y opuesto al de las novelas de caballerías» («El libro de Avellaneda como purgante de la locura quijotesca», en Cervantes, XVI [1996], p. 8).(16) Sobre el caos de una acción que se inicia apenas un mes acabada la primera parte y que, sin embargo, contiene una carta de Sancho a su mujer fechada nueve años después, el 20 de julio de 1614, en el capítulo XXXVI, para entrar en Barcelona en el capítulo LXI coincidiendo con «la víspera de San Juan», es decir, en el mes de junio, y encontrar allí que el libro de Avellaneda se estaba corrigiendo en la imprenta, aunque don Quijote lo había tenido físicamente en sus manos en la venta del capítulo LIX, véase Martín de Riquer, Cervantes en Barcelona, Barcelona: Sirmio, 1989, pp. 35-39.(17) Sobre la posible identificación de este autor con Gaspar de Porres, véase p. 576, n. 5.(18) La acción se sitúa en la octava del Corpus, lo que hace imposible coordinar los hechos con la cronología de los capítulos anteriores y del final de la primera parte.

(19) Sobre estos aspectos de organización militar, José Manuel Martín Morán ha señalado el arbitrio que sobre los caballeros andantes y la defensa de España propone don Quijote (II, I, pp. 628-629) como próximo a la ideología de Avellaneda: «Esta visión estatal de la misión de caballero andante coincide, en líneas generales, con la que tiene el don Quijote de Avellaneda de sí mismo y de sus colegas» («Cervantes y Avellaneda. Apuntes para una relectura del Quijote», en Actas Irvine-92. Asociación Internacional de Hispanistas, Irvine: University of California Press, 1994, t. V, p. 139).

(20) Cf. Stephen Gilman, o. cit., p. 169, y Carlos Romero Muñoz, «Nueva lectura de El retablo de maese Pedro», en Actas del Primer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1990, pp. 95-97.

(21) XXV, p. 564 y Don Quijote de la Mancha, II, 16, p. 758.

(22) Enrique Espín Rodrigo quiso ver una coincidencia entre la petición de Sancho al estudiante de unos versos que comenzaran todos con el nombre de Mari Gutiérrez y los acrósticos que don Quijote solicita del bachiller Sansón Carrasco para Dulcinea del Toboso [II, 4, p. 662] (El Quijote de Avellaneda fue obra del Doctor Christoval Suárez de Figueroa, ed. de M. E. Navarro Martínez, Lorca (Murcia): Grafisol, 1993, p. 54).

(23) Cf. Gilman, o. cit., p. 169; Riquer, o. cit., p. XXXV; y Romero Muñoz, art. cit., pp. 95-97.

(24) Cf. Sicroff, «La segunda muerte de don Quijote como respuesta de Cervantes a Avellaneda», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXIV (1975), pp. 267-291 (pp. 273-276). Véase Don Quijote de la Mancha, II, 31-32, pp. 888-889.

(25) Cf. Riquer, o. cit., p. XXXV; García Salinero, o. cit., p. 186; y Joly, «Las burlas de don Antonio», en Études sur Don Quixote, o. cit., pp. 122-123. Por su parte, Aylward vio en este episodio una imitación del engaño de Dorotea como princesa improvisada (Towards a Revaluation of Avellaneda’s False Quixote, Newark: Juan de la Cuesta, 1989, p. 41).

(26) También señaló Joly una conexión textual entre la obscenidad del Sancho avellanedesco al afirmar de un joven bailarín que «no hay más que meterle una candela encendida por el órgano trasero y servirá de linterna» (XII, p. 376) y el ofrecimiento del Sancho verdadero en la misma casa de don Antonio: «Si hubiérades de zapatear, yo supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte, pero en lo del danzar no doy puntada» (II, 62, p. 1138). Cf. Joly, «Las burlas de don Antonio», art. cit., pp. 120-122.

(27) Cf. José Manuel Martín Morán, «Cervantes y Avellaneda. Apuntes para una relectura del Quijote», art. cit., p. 144.

(28) Cf. Nicolás Marín, «Camino y destino aragonés de don Quijote», en Estudios literarios sobre el Siglo de Oro, Granada: Universidad de Granada, 1988, ed. cit., pp. 240-243; véase XXII, pp. 515-516 y Don Quijote de la Mancha, II, 30, p. 875.

(29) Cf. Riquer, o. cit., p. 130.

(30) Cervantes la utilizó al menos tres veces: «don villano, harto de ajos» (II, 35, p. 923), «bellaco harto de ajos» (II, 31, p. 882) e «hija del harto de ajos» (II, 50, p. 1042).

(31) Cf. III, p. 246 y II, 40, p. 952.

(32) «Uñas de vaca o manos de ternera: Cervantes and Avellaneda», en Studia in honorem Prof. Martín de Riquer, Barcelona, Quaderns Crema, 1988, t. I, pp. 427-428.

(33) «Don Quijote está sanchificado; el dessanchificador que lo requijotice…», en Bulletin Hispanique, XCIV (1992), p. 115, n. 56.

(34) Como Monique Joly ha apuntado, «resulta difícil pensar que la finura de una cabeza que recuerda la de las medallas romanas no haya sido pensada expresamente a modo de réplica a la burda cabezota del gigantón zaragozano y como símbolo de la distancia que media entre el uno y el otro Quijote» (art. cit., p. 77).

(35) Art. cit., p. 272, n. 9.

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