Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

El erotismo en el Quijote: la voz femenina

Monique Joly*

La espesa coraza simbólica que esconde el eros no es otra cosa que un sistema de pantallas conscientes o inconscientes que separan al deseo de su representación. Desde este punto de vista, toda literatura es erótica, como es erótico todo sueño.

Italo Calvino

Al anticipar que creo, con Italo Calvino,1 que toda literatura es erótica, no quiero dar a entender que me voy a situar, con este trabajo, fuera del campo señalado para este coloquio. Lo que sí me ha parecido conveniente resaltar desde el comienzo es que la faceta de la obra cervantina que voy a examinar no es el rico filón del juego con la ambigüedad y la alusión sexual, pese a la admiración que siento por quienes, en fechas próximas o remotas, nos han sabido llamar la atención sobre su presencia y mostrarnos cuán ciegos eran los que se negaban a reconocerla.2 La vía de aproximación que aquí me propongo seguir es otra. Lo que me interesa es examinar un aspecto poco atendido de la invención cervantina, poniendo de realce cómo el eros caballeresco, al convertirse en motor de la conducta de don Quijote frente a cualquier dama, repercute por lo riguroso de las exigencias cervantinas en materia de decoro, en la caracterización de los personajes femeninos de la novela, y singularmente en su caracterización verbal. Aclaro enseguida, para evitar todo posible riesgo de confusión, que las únicas mujeres que aquí me interesan son las que demuestran, momentáneamente o no, su aptitud o su falta de aptitud para dirigirle la palabra al caballero, y situarse, o negarse a situarse, en el terreno de sus sueños caballerescos. El personaje de Marcela, que tan perfecto dominio ostenta del arte de persuadir, cae por lo tanto fuera de mi campo de investigación.

Aunque me doy cuenta de que esto le va a suponer un esfuerzo al lector, los primeros ejemplos en los que me voy a apoyar para ilustrar lo que quiero decir al afirmar que la presencia del eros caballeresco repercute en la caracterización verbal de las mujeres del Quijote pertenecen a la segunda parte de la obra. El primero incluso figura en un episodio relativamente tardío de la novela, puesto que está sacado del capítulo LXII. Al proceder así, en lugar de ceñirme a una presentación más conforme al desarrollo de la obra y a su progresión, pienso ganar tiempo resaltando en seguida la complejidad del tema y sus paradojas.

He dicho que el primer ejemplo que voy a examinar está sacado del capítulo LXII de la segunda parte. Más concretamente, de las páginas en las que se refiere el complejo recibimiento que le está organizando a don Quijote don Antonio Moreno, «rico y discreto» caballero barcelonés. Este recibimiento es, al comienzo, asunto propio de un grupo exclusivamente masculino. Sólo tras varias páginas de texto, y luego de haberse mencionado incluso una comida que se celebra en casa de don Antonio, nos enteramos de que este caballero está casado. Como para compensar el olvido en que estuvo puesta su mujer en todo lo que precede, la atención se centra entonces en un «sarao de damas» en el que, frente a don Quijote, sólo encontraremos al grupo formado por esta señora y por sus invitadas. Pero en realidad, las únicas en destacarse de este grupo femenino son dos damas «de gusto pícaro y burlón» a cuyo propósito se agrega que «con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado». En esta presentación se advierte un claro eco de lo dicho a propósito del propio don Antonio cuando se nos anticipó al comienzo del capítulo que era «amigo de holgarse a lo honesto y afable», añadiéndose, por si quedaban dudas acerca de los fundamentos doctrinales de dicha indicación, que el tal don Antonio «viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de tercero». Se advertirá sin embargo que, mientras a propósito de don Antonio lo normal era referirse juntamente a lo honesto y a lo afable de los pasatiempos que son de su agrado, por poco que se trate de mujeres y de su posible intervención en una burla, lo que se destaca es que, aunque «muy honestas», admite su honestidad un ligero margen de descompostura. Esta divergencia me parece cargada de sentido, sobre todo en un capítulo experimental en el que de lo que básicamente se trata, si se exceptúa el fragmento final en que visita don Quijote una imprenta, es de aportar ilustraciones a las programáticas declaraciones sobre la burla que hallamos al comienzo y que volvemos a encontrar, con la ya dicha variante, en el momento en que la atención se centra sobre el desarrollo de la fiesta organizada por las damas.

Con este tratamiento aparte que merecen las dos señoras «de gusto pícaro y burlón» han de relacionarse una serie de salvedades, precauciones y circunstancias atenuantes con las que vemos que está presentada no sólo su actuación, sino la de todo el grupo de mujeres al que pertenecen. Ya he destacado que el lector tarda en enterarse de que en casa de don Antonio hay una presencia femenina. Por otra parte, a diferencia de su marido, que capitanea el escuadrón de fuerzas masculinas, la mujer de don Antonio sólo alcanza a ser para nosotros un personaje en hueco. De en medio del grupo de sus invitadas surge en cambio un personaje dual cuya razón de ser parece corresponder a la voluntad del autor de repartir entre dos de las damas que asisten al sarao la responsabilidad de asumir deliberadamente un comportamiento lúdico un tanto escabroso. Si nos fijamos, por fin, en lo que es el objeto central del presente trabajo, quiero decir en la caracterización de una mujer por medio de las palabras que le oímos, sea porque se reproducen o porque se refieren, como otra circunstancia destinada a atenuar lo escabroso de la escena en que las dos damas requiebran a don Quijote, puede interpretarse el hecho de que nada se nos diga acerca de los términos empleados por ellas en sus requiebros. Está claro que este silencio es un silencio de la mímesis, no de la diégesis. De allí que sea bien distinto del que aflige al comienzo de la obra a unas mujeres que callan por no acertar a responder a cuanto les dice don Quijote, o bajo el efecto de la estupefacción e incluso del terror. En un capítulo que tiene, según he advertido, un marcado carácter experimental, esta censura del contenido de los requiebros de las dos señoras a las que don Quijote termina por conjurar con un exorcismo («¡Fugite, partes adversae!») es altamente significativa, sobre todo si tenemos presentes los conocidos comentarios de Cervantes sobre lo que conviene decir y lo que, en cambio, se ha de silenciar.

Para que no se crea que sólo en el contexto de una burla, y de una burla por encima tan abiertamente erótica como la anterior, pueden las exigencias del decoro explicar que sólo de un modo indirecto se nos informe de lo dicho por una voz femenina, acudiré al segundo de los dos ejemplos en los que indiqué más arriba que me iba a apoyar. Este segundo ejemplo no es sino el de las palabras de bienvenida con las que sabemos que doña Cristina, la mujer de don Diego de Miranda, saluda a don Quijote cuando éste llega a su casa (II, 18). La situación, más concretamente, es la siguiente: don Diego le pide a su esposa que con su «sólito agrado» reciba «al señor don Quijote de la Mancha […] andante caballero y el más valiente y el más discreto que tiene el mundo». «La señora, que doña Cristina se llamaba» —indica entonces el narrador— «le recibió con muestras de mucho amor y de mucha cortesía, y don Quijote se le ofreció con asaz de discretas razones.» Aunque en su caso llegamos a saber cómo se llama, y aunque aparece mencionada desde el momento de la llegada de don Quijote a su casa, esta doña Cristina no es sino otro personaje en hueco de la novela. Sólo a través de lo dicho un poco más adelante por su hijo don Lorenzo, el poeta que tan destacado papel va en cambio a tener frente a don Quijote, nos enteramos de la sorpresa que le han producido tanto la extraña catadura de don Quijote, como las palabras de presentación de su marido («¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuesa merced nos ha traído a casa? Que el nombre, la figura, y el decir que es caballero andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos»). Aprovecho la observación para agregar que llama la atención que cuantos comentarios se hacen en la obra acerca de lo perplejos que quedan algunos de los que ven a don Quijote por primera vez se refieren siempre a unos personajes masculinos; sólo éstos entran con él, festivamente o en serio, en discusiones destinadas a averiguar, según estemos en la primera parte o en la segunda, cuál es el tipo de locura que le señorea, o si es cuerdo o loco de atar. Esto, precisamente, es lo que con singular relieve ocurre en el momento en que don Quijote se hospeda en casa de don Diego; mientras que el problema de averiguar quién es don Quijote se convierte en tema exclusivo de conversación entre el padre y el hijo, e incluso en apuesta para don Lorenzo, la señora doña Cristina está totalmente fuera de juego.

Pero, volviendo a nuestro punto de partida, hay un detalle que hoy al menos suele pasar inadvertido y que da, sin embargo, la clave de la omisión en el relato del saludo de bienvenida de esta señora y de la correspondiente respuesta de don Quijote. Entre lo que dice el narrador, cuando se sustituye su propia voz a la de los personajes, está la indicación de que a las «muestras de mucho amor y de mucha cortesía» de la dama, correspondió el caballero con «asaz de discretas y comedidas razones». Es clara la referencia a la fabla arcaizante, cuyo uso ha sido y seguirá siendo de rigor en los parlamentos que don Quijote dirige a una dama cuando se encuentra frente a ella por primera vez. Una muestra tan manifiesta de su locura desentonaría en el contexto de un capítulo en el que, luego del aberrante y divertidísimo saludo a las «tobosescas tinajas», que se apoya en una reminiscencia de Garcilaso, no resultaría procedente prodigar más señales de su locura, puesto que de lo que en él se trata es precisamente de que la interpretación de su conducta pueda presentárseles a los demás como un enigma. Vemos, pues, cómo el eros caballeresco influye directamente en situaciones en que a priori no estamos esperando que se manifieste su presencia.

Creo que lo dicho hasta ahora autoriza a detenernos en adelante sólo en lo más destacado de las particularidades con que el problema asoma en otros lugares de la obra, en los que sus resonancias son o parecen ser de captación más inmediata. Vemos de este modo que incluso al lector menos preparado no se le escapa el sentido de los sucesivos contrastes por medio de los cuales están respectivamente caracterizados el grupo femenino de las rameras que aciertan a estar de paso en una venta, al comienzo de la obra, y, por otra parte, la destacada figura del ventero socarrón. Es muy significativo que al comienzo al menos la única solución que se les ofrece a las mujeres que se encuentran confrontadas con las extrañas declaraciones de don Quijote es echarse a reír, o sea, acudir a una de las formas de la comunicación no verbal. El ventero en cambio, pasado el primer momento de dudas y expectación, no tarda en desenvolverse con el mayor desparpajo en el terreno de la burla verbal, según demuestra en particular su perfectísimo dominio de un lenguaje de doble filo, «à double entente».

En el resto del episodio, fuera de la breve réplica puesta en boca de aquella de las dos mujeres que le ciñe la espada al caballero («Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides»), resulta fácil observar el contrapunto de sus demás palabras, tales como se refieren, con el estilo caballeresco de su interlocutor («Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa»; «Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya […]»).

El segundo encuentro del caballero manchego con una fermosa señora es el de la señora vizcaína, que también está dominado por el contraste entre el estupefacto y atemorizado silencio de la dama y la enrevesada locuacidad del escudero que viaja en su compañía. Es interesante observar a este propósito que, incluso cuando se expresa con torpeza y dice disparates, le está reservado a un personaje masculino intervenir en cierto sentido como mediador, contribuyendo a que la aventura no desemboque, sencillamente, en el callejón sin salida, novelísticamente hablando, de la incomunicación radical.

A quien claramente le corresponde este papel de mediador, varios capítulos más adelante, es a Sancho, cuando con su amo atravesado en el jumento llega a la venta en la que les va a atender un trío femenino compuesto de Maritornes, de la ventera y de su hija. Con estas tres mujeres, Sancho entabla enseguida un diálogo en el que consigue llevarlas a donde mejor le parece. Basta en cambio que don Quijote interfiera y se dirija a la ventera interpelándola como suele interpelar a una dama, para que se destaque analíticamente que las tres mujeres no se encuentran capacitadas para situarse en el mismo terreno que él, aunque —y esta indicación corresponde a una innovación de cierta trascendencia— no se les escapa que tiene un sentido globalmente erótico su prosopopéyica intervención:

Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las razones del andante caballero, que así las entendían como si hablara en griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimientos y requiebros, y como no usadas a semejante lenguaje, mirábanle y admirábanle y parecíales otro hombre de los que se usaban […]

No insistiré en el enorme poder de sugestión que tienen los callados esfuerzos de Maritornes por desasirse de las garras que la sujetan sin ser sentida de los demás ocupantes de la venta. Sólo mucho más adelante la encontramos, junto con la hija de la ventera (esta insistencia en llamar así a la joven es altamente intencionada), con el suficiente dominio de la situación que supone la organización de una burla. Me refiero a la que le gastan a don Quijote cuando le dejan colgado de un agujero del pajar de la venta (I, 43). Aunque hay un ligero alarde de virtuosismo en dos de las cuatro réplicas que las semidoncellas pronuncian en este episodio,3 su relativa parquedad no deja de entrar en contraste con los enfáticos parlamentos del caballero. Esto se observa sobre todo al final, cuando a modo de despedida lo único que se le ocurre decir a Maritornes es un lacónico «Ahora lo veremos» en el que parece advertirse un eco burlesco de la agresiva sentencia con la que Agrajes amenazaba a sus contendientes.4

Se me podrá objetar que esta burla nocturna, cuyas organizadoras se han tenido que apoyar hasta cierto punto en la ficción de un diálogo de amor pensado a estilo de los diálogos de amor caballerescos, es posterior a la intervención decisiva de Dorotea, cuando acepta desempeñar el papel de princesa Micomicona. Observaré que, precisamente, son notables las cortapisas puestas a lo que sería una perfecta actuación de su parte en una burla que, recordémoslo, está en su totalidad pensada por el cura. En los bordados que se le ocurre añadir, la discreta Dorotea tropieza y comete errores, encontrándose varias veces en la situación de verse socorrida por el cura, que en cierto sentido le sirve de apuntador. Ningún personaje masculino se encuentra nunca en situación tan desairada, aunque es cierto que no todos salen con cuanto se propusieron cuando toman la iniciativa de una burla, y que varios aprenden a su costa que a veces puede quedar burlado el burlador. Ahora bien, lo que señalan los fallos y tropiezos de Dorotea es otra cosa; más allá del efectismo de su fácil comicidad, están apuntando a una de las particularidades de la representación de lo femenino en Cervantes y a lo difícil, pero a lo fascinante que le resulta concebir que en una mujer hermosa puedan darse juntamente discreción y desenvoltura. Los fallos de Dorotea nos llevan a observar mejor que otro detalle cualquiera que el terreno de la burla, y singularmente el de la burla verbal, no está visto por Cervantes como un terreno en el que la mujer pueda situarse con la pericia de algunos de los protagonistas masculinos: la tosca y grosera, por ser tosca y grosera, y la discreta, noble y hermosa, porque se trata de un terreno demasiado escabroso para ella. Estos fallos son, en cierto sentido, la mejor garantía de que la discreta Dorotea es realmente discreta.

El personaje a cuyo propósito procuraré mostrar que presenta la misma paradójica heterogeneidad que Dorotea es el de Altisidora, tan descuidado hoy día por la crítica. Antes de terminar examinando lo que representa, quiero dedicar un breve comentario al lugar que en el panorama que estoy esbozando les corresponde, por un lado, a las tres aldeanas metamorfoseadas en damas por Sancho (II, 10) y, por otra parte, a la duquesa.

En lugar de optar, como en el caso de los primeros encuentros de don Quijote con unas mujeres toscas e ignorantes, por una solución que consiste en presentarlas atrincheradas en un silencio incomprensivo, roto apenas por unas prosaicas respuestas llenas de humildad, Cervantes exagera con intención la enormidad del tajo que en el terreno de la expresión verbal separa a don Quijote de las aldeanas. Incluso tiene la ocurrencia de presentar a Sancho no junto a las tres mujeres, sino al otro lado del tajo, y junto a don Quijote. No insisto en un contraste sobre el que disponemos de los conocidos comentarios de Auerbach.5 Sobre lo que en Cervantes significa el uso del sayagués y sobre el carácter singularmente estridente de este uso tanto en Los alcaldes de Daganzo como en el capítulo X de la segunda parte del Quijote, me permito remitir a un trabajo anterior en el que llegaba a la conclusión de que la fingida Dulcinea y sus acompañantes eran las mujeres que sufrían la degradación peor que puede encontrarse en la obra.6 Hoy incluso me atrevería a decir que de todos los personajes que le salen al encuentro al caballero ellas son las que quedan peor paradas.

Mi comentario sobre la duquesa es, como se comprende, de muy distinta índole. Quiero destacar que, desde el comienzo del larguísimo episodio de la segunda parte en que están Sancho y don Quijote en contacto directo o indirecto con los duques, la relación conversacional privilegiada no es de ningún modo la de don Quijote con la duquesa, sino la de ésta con Sancho. Éste es un aspecto de sus relaciones que está señalado, según acabo de recordar, desde el mismísimo momento de su encuentro, en el que se realiza la especie de delegación de poderes que representa la discreta embajada de Sancho, en la que según siempre se ha advertido está imitando con mucha perfección el estilo altisonante de su amo. Luego, significativamente, se indica que en el castillo de los duques se cose literalmente con la duquesa, quien por su parte le pide que venga a verla una tarde en lugar de dormir la siesta y pasa con él un rato de entretenida conversación al que está dedicado un entero capítulo. En su conversación con Sancho, a diferencia de lo que hace la dueña Dolorida cuando se dirige a don Quijote, la duquesa no está acomodando su estilo al de las novelas de caballerías, sino al de su interlocutor, señalando varias veces que habla a su modo y con refranes. También vemos que se entretiene, luego de haber sabido por él cómo se le ocurrió encantar a Dulcinea, en hacerle dudar de la autenticidad de una burla de la que él mismo fue autor. Vuélvanse a recorrer los capítulos dedicados a la estancia de caballero y escudero en el castillo ducal, y se echará de ver con cuánta parquedad se dan casos de conversación directa entre don Quijote y la duquesa. Esta parquedad incluso es mayor de lo que a primera vista parece, si se excluyen de dicho recuento los casos en que los diálogos que trascurren entre ambos personajes se reducen, en realidad, a un intercambio suscitado por algo que Sancho acaba de decir o de hacer, y a cuyo propósito la duquesa se entretiene en llevarle festivamente la contraria a don Quijote, con lo cual nos hallamos remitidos a la relación privilegiada en la que antes he insistido.

Existe en cambio en la segunda parte del Quijote un personaje femenino cuya razón de ser parece radicar en los parlamentos perfectamente controlados que reiteradamente y sin necesitar de que nadie la ayude le está dirigiendo a don Quijote. Me estoy refiriendo con esta designación, perifrástica, al personaje de Altisidora. Lo primero que a su propósito cabe observar es que, a diferencia de Tosilos, el lacayo que comete el error grave de creer que se puede jugar con una burla —dicho de otro modo, que cree que pueden confundirse realidad y ensueño—, Altisidora no sólo sabe estar siempre a la altura de las circunstancias lúdicas previstas de antemano por sus señores, sino que se muestra, por encima, capaz de reservarles la grata sorpresa de una iniciativa burlesca de su propia cosecha. Esto es lo que sucede cuando, despedidos ya de los duques Sancho y don Quijote, ven obstaculizada su partida por las quejas de la lastimada doncella, quien se las ingenia para que por primera vez quede complicado Sancho en el asunto de desventurados amores, al achacarle la desaparición de unas muy íntimas prendas suyas. Llena con esta intervención de admiración a la duquesa, como señala una advertencia del narrador, en la que se insiste de un modo altamente significativo sobre la desenvoltura de la doncella:

Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que aunque la tenía por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a semejantes desenvolturas; y como no estaba advertida desta burla, creció más su admiración.

(II, 57)

Es excepcional la concentración de estas referencias al atrevimiento y a la desenvoltura. Y tanto más cargada de sentido cuanto que no parece estar dictada por ninguna voluntad efectista o de juego. De manera que puede pensarse que lo que señala es que esta burla es la más descarada de cuantas se nos presentan en la obra.

Con esta despedida burlesca de Altisidora se cierra el ciclo de las burlas a las que la visita de don Quijote en la casa ducal ha dado motivo. Llama la atención que este ciclo se abriera con el episodio del lavatorio de barbas, cuyo carácter de gravedad también está destacado por el hecho de que se trata de otra burla pensada y llevada a cabo sin el previo beneplácito del duque. Como para atenuar la infamia de los manoseos a los que don Quijote se ve entonces sometido en público, la iniciativa de la burla se asigna al anónimo grupo juvenil de las doncellas de la duquesa, y su ejecución a la también anónima doncella barbera.7 Pese a este rasgo común, las dos burlas son en su esencia bien distintas: la del lavatorio de barbas exige para su desarrollo que todos, y en particular el grupo de las atrevidas burladoras, conserven el más riguroso silencio; la burla final de Altisidora, en la que culminan sus alusiones a la identidad de su destino con el de Dido, se apoya en cambio exclusivamente en la brillantez con que puede ilustrar nuevamente la fecundidad de su invención verbal. Esto está conforme al papel que se le asigna desde el momento mismo de su aparición en la obra, en el que inmediatamente demuestra que se mueve con la mayor soltura en el terreno de la burla verbal. Ella no puede correr, ni correrá, el riesgo de verse cogida, como Micomicona, en una contradicción o en un fallo que demuestre que en el fondo no sabe latín. Y esto claramente se debe a que está en su caso el mal latín burlescamente asumido y transformado en instrumento para la afirmación de su propia superioridad.

Me estoy refiriendo, con estas palabras, a la impresionante acumulación de disparates por medio de la cual Altisidora se da por primera vez a conocer cuando canta con acompañamiento de arpa el romance burlesco de su declaración de amor a don Quijote. Sobre estos disparates, hay comentarios de Clemencín y de Rodríguez Marín, y notas de otros editores. Clemencín se fijó en lo aberrante de las indicaciones topográficas de Altisidora, cuando por un motivo cualquiera está interesada en resaltar la enormidad de algunas distancias.8 Rodríguez Marín insistió por su parte en lo absurdo que resulta «ofrecer cofias a un hombre, y escarpines metálicos, y calzas de damasco, y herreruelos de holanda».9 Extraña, dado el auge que han tenido los estudios sobre el Carnaval, que a nadie se le haya ocurrido advertir que lo que se nos presenta en el romance burlesco de Altisidora no es sino una variación, y una variación por cierto brillante y original, en torno al viejo tema del mundo al revés. Tema que parece lógico ver desarrollar en el momento en que una tierna muchacha quinceañera le está declarando su amor a un amojamado cincuentón. Todo el romance burlesco de Altisidora merece un estudio a fondo en la línea que acabo de señalar. Personalmente, confieso que hay detalles que me hacen más gracia que los que le llamaron la atención a Rodríguez Marín, como cuando en medio de las más chuscas ocurrencias nos percatamos de la presencia de alusiones a la más pura tradición lírica romanceril, cosa que sucede al afirmar la joven que son sus cabellos «como lirios / que por el suelo arrastran». Pero, dejando esto aparte y volviendo a lo esencial, puede afirmarse que es en este caso el exceso mismo de su delirio verbal el que le hace paradójicamente conservar a Altisidora el lugar que merece en la rica galería de las discretas y desenvueltas señoras o doncellas que asoman en la obra cervantina.

La adscripción de este personaje al único universo que le corresponde, que no es sino el del mundo al revés, queda en cierto sentido señalada de antemano por su nombre. En éste, según con certera erudición advirtió María Rosa Lida, repercute en efecto el eco del nombre de un vino francés citado por Erasmo.10 Conforme a los cánones de la tradición festiva, podría resultar admisible que el nombre de un vino se le pusiera a un criado e incluso cabe pensar que fuera procedente el cambio de sexo de tenerse que designar con él a una vieja borracha, tipo Pipota. Pero sólo en la perspectiva de un mundo trastrocado cabe la posibilidad de que en el nombre de una atractiva y discreta doncella de quince años esté encerrada una recóndita alusión a la ebriedad.

Esta relación de Altisidora con el tema del mundo al revés, que con tanto relieve está puesta de manifiesto en el romance nocturno de su declaración a don Quijote, sigue caracterizando el resto de sus intervenciones, aunque siempre con nuevas variaciones. Vemos, por ejemplo, que en el momento de la aparatosa despedida en que equipara la crueldad del caballero a la de Eneas y a la de Vireno, a ella le corresponde el uso exclusivo del verso y de un lenguaje amoroso aparentemente enfático, a diferencia de lo que ocurrió en la etapa anterior en que a su declaración de amor correspondió don Quijote con otro romance. Cuando las quejas de Altisidora obstaculizan su partida, éste se enfrasca en cambio en una prosaica discusión acerca del paradero de las ligas que, conforme a las declaraciones de la joven, le han desaparecido. No sólo representa esto una inversión de cuantas situaciones estuvieron caracterizadas por la incapacidad de los personajes femeninos interpelados por don Quijote para abandonar el terreno de lo pedestre y de lo vulgar. Supone una ruptura con lo que previamente se observa en la obra, por poco que se haga uso en ella del ampuloso estilo que, al menos dentro de los límites de la historia principal, sirve de vehículo obligado para la expresión del amor. Aunque la iniciativa de hablar en esta clave no siempre se encargó de tomarla el propio don Quijote —recuérdese el episodio nocturno en que se entera de la existencia del Caballero del Bosque por medio de las quejas que éste profiere—, antes de que le acosaran las quejas de Altisidora no se presentó el caso de que, en lugar de responder a la incitación de unas altisonantes palabras por medio de unas palabras igualmente enfáticas, él se atuviera al uso de la más pedestre de las prosas.

Sabido es que, pocos capítulos antes de finalizarse la novela, don Quijote, y con él el lector, se encuentran confrontados con la resurrección de Altisidora. En la medida en que el papel que entonces se le asigna se complica por aprovecharse la ficción de su muerte para saldar cuentas, en particular con el plagiario, me es preciso dejar para otro lugar el examen de lo que significa entonces su abandono definitivo del verso.11 Me limitaré a señalar que hay un aspecto al menos de esta tercera y última intervención de Altisidora que puede verse como otra manifestación de su relación básica con el mundo al revés. Me estoy refiriendo al uso que, en el momento final del parlamento que le está dirigiendo a don Quijote, está haciendo de unos insultantes apodos.12 Invectivas que el interpelado interpreta, según todos recuerdan, como una manifestación de despecho, mientras que con ellas ha dado Altisidora a entender cómo le había estado viendo desde el comienzo de su fingido enamoramiento. Repito que esta forma de revelar la verdad en disfrazado estilo no es sino un indicio más de que la clave de Altisidora está en su relación con un mundo en que todo se hace y se dice al revés.

El examen de las circunstancias en que se instaura o no se instaura una relación de diálogo entre don Quijote y las mujeres que se le presentan a lo largo de su extenso recorrido lleva, pues, a resaltar lo delicado y lo profundamente original de una figura como la de Altisidora, figura rayana al disparate y, por lo mismo, conforme al concepto que el propio Cervantes tenía del mayor logro en el terreno de la invención poética. De ahí que, más allá de la significativa alusión al vino que se advierte en su nombre, me parezca cargado de sentido que con esta lúdica figura femenina esté asociado el eco más concreto de Erasmo que se rastrea en la obra de Cervantes.13 Como sin embargo me temo que, por los tiempos que corren, la provocación que de por sí representa la creación de tan delicada figura no sea lo suficientemente llamativa para ganarle los favores de un público cuyas apetencias parecen situarse espontáneamente a otro nivel, propongo la creación de una asociación de amigos de Altisidora que se encargue de sacarla por fin del purgatorio al que la crítica la tiene condenada.

(*) Monique Joly, «El erotismo en el Quijote: la voz femenina», en Edad de Oro, IX (1990), pp. 137-148.

(1) «Definiciones de territorios: lo erótico», en Punto y aparte. Ensayos sobre literatura y sociedad, Barcelona: Bruguera, 1983, p. 271.

(2) Remito a los siguientes ensayos: Francisco Ayala, «Los dos amigos», en Los ensayos. Teoría y crítica literaria, Madrid: Aguilar, 1972, pp. 695-714; Mauricio Molho, «El Retablo de las maravillas», en Cervantes: raíces folklóricas, Madrid: Gredos, 1976, pp. 106-213; íd., «En torno a la Cueva de Salamanca», en Lecciones cervantinas, coord. por Aurora Egido, Zaragoza: Caja de Ahorros, 1985, pp. 31-48; Javier Herrero, «The Beheading of the Giants: An Obscene Metaphor in Don Quijote», en Revista Hispánica Moderna, XXXIX (1976-1977), pp. 141-149; Francisco Márquez Villanueva, «La buenaventura de Preciosa», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXIV (1985-1986), pp. 741-768.

(3) Para invitarle a aproximarse a lo que para él es ventana, le dice por ejemplo la hija de la ventera: «Señor mío, lléguese acá la vuestra merced, si es servido», y, más adelante, así se refiere Maritornes al favor que le están pidiendo: «Sola una de vuestras hermosas manos […], por poder desahogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha traído, tan a peligro de su honor, que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada de ella fuera la oreja». Cito por la edición de Luis Andrés Murillo, Madrid: Castalia, 1986, t. I, pp. 526-527.

(4) Para la atribución de esta frase a Agrajes, véanse las imprescindibles advertencias de Martín de Riquer, «Agora lo veredes, dixo Agrajes», en Estudios sobre el Amadís de Gaula, Barcelona: Sirmio, 1987, pp. 7-53.

(5) Erich Auerbach, Mímesis: la realidad en la literatura, México: Fondo de Cultura Económica, 1950, pp. 314-339.

(6) «Cervantes et le réfus des codes: le problème du sayagués», en Imprévue (1978), pp. 122-145.

(7) Sobre cómo se observa que Cervantes está procurando atenuar el carácter de gravedad que podría tener esta burla, véase Francisco Ayala, «Experiencia viva y creación poética. (Un problema del Quijote)», l. cit., pp. 665-666.

(8) Citado por Francisco Rodríguez Marín en sus notas para Clásicos Castellanos, t. VII, p. 143.

(9) Ib.

(10) En carta particular a Américo Castro, citada por él en «Cómo veo ahora el Quijote», prólogo a El ingenioso hidalgo, Madrid: Magisterio Español, 1971, p. 86.

(11) Véase mi contribución al homenaje a Luis Andrés Murillo, de próxima publicación (Newark, DE: Juan de la Cuesta, 1990).

(12) «¡Vive el Señor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito […]!», ed. cit., t. II, 567. Sobre el arte de encontrar comparaciones festivas, actividad propia de los apodadores, véase mi trabajo «El truhán y sus apodos», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXIV (1985-1986), pp. 723-740.

(13) El problema del juego de reminiscencias que se cruzan en el personaje de Altisidora es un problema complejo, al que de momento no me siento capaz de aportar una respuesta satisfactoria. Agradezco a Sylvia Roubaud sus valiosas observaciones sobre los antecedentes que se presentan en los libros de caballería.

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