Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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martes, 1 de junio de 2010

Humanismo, erudición y parodia en Cervantes:

del Quijote al Persiles

José Montero Reguera*

A Pablo Jauralde Pou

En nuestro Museo del Prado, entre sus centenares, miles de pinturas, se conserva, celosamente cuidada, la con toda seguridad más extensa colección de pintura velazqueña del mundo. Cuadros tan célebres como su posible autorretrato, diversos retratos de Felipe III y Felipe IV, La fragua de Vulcano, Las lanzas, Los borrachos, Las hilanderas, Las meninas, el retrato ecuestre del conde duque de Olivares y un largo etcétera, pueden ser contemplados dentro de los muros de nuestra primera pinacoteca.

Y en esa magnífica colección, entre tantos y tan admirables cuadros, es posible detenerse también ante un lienzo de no excesivas dimensiones (apenas un metro de largo por ochenta y dos centímetros de ancho) que allí permanece desde 1819. Procede del Alcázar de Madrid, donde se encontraba entre 1666 y 1700. De ahí pasó a la torre de la Parada y en 1714 al Palacio del Pardo. Posteriormente regresó al ya entonces Palacio Real, pues figura en los inventarios de 1772 y 1794, hasta que se trasladó al Prado de manera definitiva.

Este lienzo al que me refiero, compuesto en torno a 1644 durante la sublevación de Cataluña, pone ante nuestros ojos un enano vestido como un caballero, todo de negro, elegante, bigote y perilla castaños; sombrero, también negro, un poco ladeado, inclinado sobre la sien izquierda. Al fondo, el campo, con montañas que rozan las nubes blanquecinas. En primer plano, tres gruesos libros en el suelo. Uno de ellos, con hojas sueltas, está abierto y sobre él aparece un objeto negro —acaso un tintero, acaso un tarro de cola—. Entre sus manos, el enano sostiene un enorme infolio de cuya encuademación pergaminesca cuelgan correíllas. El cuadro se denomina El bufón don Diego de Acedo, el Primo.

El personaje plasmado por Velázquez es, en efecto, Diego de Acedo, que no era bufón, sino funcionario de Palacio y debió de ingresar en éste acaso en 1635. Estaba encargado de la estampilla con la firma real, lo cual parece explicar el acompañamiento libresco del retratado.1 Como señaló oportunamente don Emilio Orozco, se trata de una figura ambientada en su medio, que adquiere así «el más profundo sentido de su mundo interior e ideal». «Velázquez —señalaba en 1965 el ilustre profesor granadino— quiso hacer realidad sus manías de grandeza, hacerles vivir como un héroe o un sabio a aquellos pobres desgraciados. No veamos en ello ironía, sino comprensión y amor, de una visión y sentimiento análoga a la cervantina cuando hizo a don Quijote vivir el mundo ideal de su locura durante su estancia en el Palacio de los duques.»2

No han pasado tampoco desapercibidos el cuadro ni el personaje, en relación con Cervantes, para algún crítico, que ha señalado la posibilidad de que el apodo de Diego de Acedo aluda a un personaje del Quijote, el estudiante humanista de la segunda parte de la novela.3

El ambiente libresco que caracteriza al personaje del lienzo no parece ser, sin embargo, razón de suficiente peso para defender tal conexión cervantino-velazqueña, muy nítida en otras ocasiones;4 pero muestra, una vez más, la profunda impronta de la obra de Cervantes, en este caso con respecto a un personaje muy secundario, el cual, sin embargo, no deja de tener su relevancia en el curso de la novela. Sobre este otro primo, el del Quijote, no faltan tampoco lecturas e interpretaciones diversas. Repasemos a continuación esta figura, que acompaña a don Quijote y Sancho durante unos pocos pero importantes episodios de la segunda parte.

En efecto, en el capítulo veintidós del Quijote de 1615, tras haber pasado tres días con Quiteria y Basilio, don Quijote y Sancho se encaminan hacia la fantástica cueva de Montesinos. Para dirigirse hacia allí, el Caballero de la Triste Figura pide un guía al licenciado diestro en el manejo de la espada que había conocido poco antes de iniciarse el episodio de las bodas de Camacho (II, 19). El licenciado les ofrece a su propio primo: «famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías» y «mozo que sabía hacer libros para imprimir y para dirigirlos a príncipes».5 Él les llevaría gustosamente hasta la «boca mesma de la cueva». Este personaje, en efecto, llevará a don Quijote y a Sancho a la dicha cueva y permanecerá con ellos hasta después del episodio del retablo de Maese Pedro (II, 26).

Nuestro personaje, en primera instancia, presenta una característica definitoria: se le designa siempre como estudiante o como primo, pero nunca con su nombre propio. El anonimato, tan frecuente en las obras medievales y conservado en figuras secundarias de muchas piezas teatrales de nuestro Siglo de Oro, es, en los inicios del siglo xvii, infrecuente. En el Quijote, por contra, son numerosos los personajes, principales o secundarios, que se designan de igual modo: el ama, los duques, el barbero, la sobrina, y otros muchos de trascendencia menor: los arrieros de I, 2; el sedero de I, 9, el alcalde de II, 72, y un amplio etcétera.6 Puede ser considerado así como representante de todo un grupo de personas, esto es, como un tipo, según veremos más adelante.

El primo, además, puede ser incluido dentro de ese grupo de personajes que presenta determinados reflejos quijotescos, en la misma línea que el Caballero de los Espejos y don Diego de Miranda; Montesinos y Durandarte en la cueva del primero; don Álvaro de Tarfe, etc. En este sentido, nuestro personaje es fácilmente relacionable con don Quijote por su —en palabras de Edward C. Riley— «ridícula propensión a confundir la fábula poética y el hecho empírico. Como hombre de letras, es un personaje tan extravagante como lo es el hombre de armas don Quijote».7

Asimismo, entre otros propósitos que ya veremos, a Cervantes le servirá como puente de unión entre las transformaciones que produce el sueño quijotesco en la cueva y la realidad físico-geográfica de las lagunas de Ruidera: tanto el río Guadiana como las lagunas se explican en «términos ovidianos, como si se tratase de personajes metamorfoseados de la leyenda carolingia».8

El primo se autodefine profesionalmente como humanista, con adjetivo que adquiere un carácter irónico muy marcado,9 y dice tener dispuestos para la imprenta tres libros. Uno primero que:

Se intitulaba el de las libreas, donde pinta setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempos de fiestas y regocijos los caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando, como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.10

Otro segundo:

A quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invención nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de Vecinguerra, de Córdoba, quiénes los toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto.11

Y un tercero que titula:

Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición y estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo.12

Tras la figura del primo —como he señalado, así se le denomina siempre en la obra— diversos estudiosos han querido ver críticas o referencias implícitas a algunos libros o autores de la época. Así, por ejemplo, Juan de la Cueva.

En efecto, el primer modelo literario que se ha señalado con respecto a nuestro primo es el del escritor sevillano Juan de la Cueva, que debió ser muy aficionado a las polianteas, calepinos, etc., pues, según informa Bartolomé José Gallardo, existía —no sé si se conserva— una «officina de Juan Rauisio Textor traducida de lengua latina en Española por Juan de la Cueva y añadida de muchas otras cosas. 1582».13 Entre los diversos libros que compuso se encuentra Los cuatro libros de los inventores de las cosas que, de nuevo según Gallardo, se publicó en Sevilla junto con otras obras del autor en la Segunda parte de las obras de Juan de la Cueva en 1604.14 Hoy en día se conservan tres manuscritos de la obra, uno de ellos, el de la Biblioteca Nacional de Madrid (Ms. 10.182), autógrafo.15 Libro de farragosa y, a veces, inventada erudición, en él dice Cueva:

Con tan corta noticia e recogido essa estoria de los Inventores de las cosas […] i puesto en estilo, i orden diferente del que tuvieron en un principio sus primeros autores, por parecerme más fácil, i conveniente para la inteligencia de la leción, procurando adornalla con alguna más claridad de la que hallara, supliendo con ella algunos yerros que a culpa de la antigüedad, i de las impresiones e hallado. Que no ha sido menos esencial, ni de menos trabajo, pues me obliga a cada passo cotejar los autores latinos, i italianos a quien e seguido, i de donde Polidoro Vergilio trasladó la mayor parte de su obra, aunque le faltan muchas cosas que se hallarán en esta, recogidas de varios lugares, i enmendadas por las istorias i diccionarios, muchos lugares confusos, nombres corrutos, defetuosos, indeterminados, assí en los nombres propios como en la aplicación de las cosas inventadas, atribuyendo las que eran de unos a otras, mudando vozes i etymologías, i letras en los nombres propios, i apelativos, dando las diferentes patrias, i principios que tuvieron, de suerte que iua la verdad tan ofuscada i confusa que no fuera posible aprovecharse de ella.16

Francisco A. de Icaza fue el que asoció el nombre de Cueva y su libro de Los inventores a la figura del primo cervantino:

La burla de Los inventores de las cosas no puede ser más clara y evidente. […] Cueva, rimador fácil hasta cuando escribe de improviso lo que espontáneamente viene a su pluma —díganlo sus cartas en verso—, es increíblemente premioso y desatinado en las obras hechas de encargo como, según propia declaración, compuso Los inventores. Cervantes, que reconoció y alabó en general los méritos de Cueva, no se excede en esas chanzas. Lo cómico de la parodia no llega a lo bufo de la obra parodiada. Diríase que la ironía cervantina espiritualizó en labios de Sancho —que ya en esa parte del Quijote nada tenía de bobo y mucho de bellaco— los grotescos chistes involuntarios de Los cuatro libros de inventores.17

Han sido Beno Weiss y Louis Celestino Pérez, editores modernos del libro de Cueva, los que han defendido con más fuerza la posibilidad de que Cervantes se inspirara en el escritor sevillano al concebir el personaje del primo:

No hay duda de que, como señala Icaza, Cervantes está satirizando a Los inventores de las cosas de Cueva en el personaje del primo, que viaja con don Quijote y Sancho a la Cueva de Montesinos.18

Los argumentos, ahora, sí son de más peso que los expuestos por Icaza:19 Cervantes, primeramente, debía conocer esa obra de Cueva, pues cuando estaba escribiendo el Quijote de 1615 había al menos tres copias manuscritas de Los inventores; en segundo lugar, el lenguaje que el primo utiliza recuerda mucho al de la Dedicatoria de Cueva, donde el poeta escribe sobre su propia erudición y duro trabajo así como de «haver puesto en estilo i orden diferente» el compendio de invenciones de Polidoro: el propio Cueva, incluso, se jactaba de su sabiduría (Cueva en su epístola a Juan de Arguijo escribe: «Que con mi ingenio fácil acomodo / mi voluntad y digo lo que quiero, / y trato en todo y sé hablar de todo»). En tercer lugar, la posible asociación del nombre Cueva (Juan de la Cueva y cueva de Montesinos): «dudamos de que hubiera escrito accidentalmente sobre la Cueva de Montesinos al mismo tiempo que hablaba de un personaje que estaba escribiendo un suplemento al De inventoribus de Polidoro. El juego sobre la palabra Cueva era natural y tentador». Finalmente, otras coincidencias entre los libros de Cervantes y Cueva: éste escribe del primer volteador (IV, vv. 356-60) y también añade al libro de Polidoro Virgilio el nombre de la persona que inventa las cartas, las preguntas de Sancho están muy en la línea de algunas de las trivialidades que Cueva trata en los Los inventores, etc.

Todo ello les lleva a señalar que Cervantes «estaba satirizando específicamente a Cueva, y no libros de naturaleza similar», e, incluso, a sugerir la posible influencia de la crítica cervantina en la propia obra de Cueva: parece ser que el escritor sevillano excluyó la mayor parte del material suplementario a la obra de Polidoro en el manuscrito copiado por él mismo: «podríamos especular —señalan Weiss y Pérez— con la posibilidad de que pudiera haberlo hecho después de que Cervantes completara el episodio de la Cueva de Montesinos. Cueva, dándose cuenta que estaba siendo satirizado por haber escrito un suplemento, pudo haber decidido eliminar sus añadidos y limitarse él mismo estrictamente a la información original encontrada en los primeros tres libros de De inventoribus».20

En 1603 el clérigo sevillano Francisco de Luque Fajardo publicaba en Madrid un curiosísimo libro: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos. Utilísimo a los confesores y penitentes, justicias y los demás, a cuyo cargo está limpiar de vagabundos, tahúres y fulleros la República Cristiana (Madrid: en casa de Miguel Serrano de Vargas, 1603).21 Obra de afán moralizador, en ella informa de manera extensa sobre la vida y costumbres de los aficionados al juego, registrando el léxico utilizado por tahúres, jugadores, etc., en sus diversos juegos. El Fiel desengaño constituye, en palabras de Martín de Riquer, «uno de los más útiles elementos de que disponemos para comprender determinada zona de la vida y de la sociedad española de principios del siglo xvii y un precioso repertorio del léxico y fraseología de los jugadores».22 Es una enciclopedia del juego de la época, en la que Luque Fajardo nos informa de los juegos que existen y sus variedades, la jerga de los jugadores, la procedencia de tales juegos, sus etimologías posibles… Se trata, pues, de otra obra de erudición, que pretende averiguar, siguiendo en la línea de Polidoro Vergilio, a quien cita alguna vez, los más diversos aspectos relacionados con el mundo del juego. Libro, pues, que cabe emparentar con Los cuatro libros de los inventores de las cosas, de Cueva, o con otros textos a que me referiré más adelante.

Martín de Riquer, editor moderno del Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, fue el que relacionó este libro con el Quijote: «Cervantes —afirma Riquer—, en la persona del primo, está satirizando la erudición anticuaria de Luque Fajardo en lo que se refiere al origen de los naipes».23

A tal afirmación le llevan dos hechos: la frase hecha paciencia y barajar que Durandarte dice en determinado momento a don Quijote y que éste a su vez cuenta al primo. Luque Fajardo la incluye en dos ocasiones en su libro. La expresión sirve al primo para precisar su teoría sobre la antigüedad de los naipes.24 Por otro lado, el posible paralelismo entre ambas obras que se produce poco después de la aventura de las cortes de la muerte, donde se compara la vida a una comedia. Allí, don Quijote culmina la comparación con esta frase: «Pues lo mesmo acontece en una comedia: pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos los quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura». Sancho, a su vez, lo compara con el juego de ajedrez (II, 12, p. 121), de manera muy similar a como lo hace Luque Fajardo (f. 96 y f. 276, donde la sutituye por el juego).

Éstas y otras posibles relaciones entre las obras de Cervantes y de Luque Fajardo,25 pues, llevan a Riquer a defender que Cervantes leyó26 el libro del clérigo sevillano y que, posiblemente, lo tuvo en cuenta al introducir al personaje del primo en la segunda parte del Quijote.

Jean Pierre Etienvre reitera asimismo la sugerencia de Riquer, ampliando el análisis de la frase proverbial paciencia y barajar, la cual, por una parte, rompe el sueño quijotesco en la cueva de Montesinos, y, por otra, expresa resignación. Sirve, asimismo, para introducir el mundo de los naipes en la obra:

Mucho más acertada me parece una sugerencia hecha por Martín de Riquer, hace ya tiempo, en el prólogo a su edición del tratado de Luque Fajardo. La disparatada argumentación del seudoerudito le había conducido a «la sospecha de que Cervantes, en la persona del primo, está satirizando la erudición anticuaria de Luque Fajardo». Sospecha que, mirándolo bien, tiene muy buenos fundamentos, porque el clérigo sevillano no sólo se demora, a lo largo de dos capítulos, en el origen de los naipes, sino que cita efectivamente dos veces (aunque en otros capítulos) a Polidoro Virgilio. Es más: la primera de las dos menciones de la frase Paciencia y barajar que se encuentran en el Fiel desengaño está en uno de los capítulos dedicados a Vilhán, supuesto inventor de los naipes.27

La expresión que comento se convierte entonces, según el investigador francés, en la «burla perfecta y el triunfo de un tópico redivivo sobre un tomazo de erudición naipesca».28

Menos conocida es una obra publicada en Nápoles en 1613. Me refiero a la Parte primera de varias aplicaciones, y transformaciones, las quales tractan, términos cortesanos, práctica militar, casos de estado, en prosa y verso con nueuos hieroglíficos, y algunos puntos morales, de Diego Rosel y Fuenllana, «Sargento Mayor en las Partes de España, y Governador de la Ciudad de Santa Ágata en las de Italia por su magestad, natural de Madrid».29 Que la conocía el propio Cervantes me parece indudable, pues no en vano es autor de uno de los sonetos preliminares en alabanza del autor.30 Se trata de una extensa miscelánea donde Rosel se ocupa de asuntos diversos, muy en la línea del segundo de los libros que el primo quería componer, pues, según señala el propio autor:

Me distes de sugeto tragasse con inuentiua algunas nueuas aplicaciones, y transformaciones, imitando en alguna parte al modelo de nuestro antiguo Metamorfóseos, aunque diferente en los pensamientos, mas hauía de ser con pinsión que fuessen deriuadas de un nombre proprio, para que después de arguyendo ingenio fuessen de utilidad, y gusto del que las oyesse, sobre la cual derivación se hauía de hazer la fábula, o historia aplicándola siempre al animal, o persona del dicho nombre.31

Y así, con el elefante desarrolla el argumento de la envidia, con el avestruz el de la liviandad, con el escarabajo el de la vanidad de los hombres, etc. En la obra se incluyen asimismo poemas, jeroglíficos, discursos moralizantes, etc., elementos todos que han llevado a calificarla como «peregrino y ridículo libro»32 o de «miscelánea estrafalaria».33 Lope de Vega, en 1624, decía que era libro para hipocondriacos: «No era menester buscarle las aplicaciones de don Diego Rosel y Fuenllana, un caballero que se llamaba alférez de las partes de España y que imprimió un libro en Nápoles, De aplicaciones, que no debería estar sin él ningún hipocondríaco».34

La identificación con el primo cervantino ha sido sostenida por el editor moderno del libro de Rosel y Fuenllana, Alan Soons, quien considera este posible modelo más probable que el sostenido por Martín de Riquer. Se trata, sin duda, de un libro muy parecido a los Metamorfóseos que el primo quería componer. Es lógico pensar, pues, que Cervantes pudiera haberlo tenido en mente a la hora de escribir el capítulo veintidós del Quijote de 1615.

También se han señalado, si bien de forma menos rotunda, otros posibles autores y obras. Es el caso de Pero Mexía y su Silva de varia lección (primera edición de 1540), pero en general de todas las misceláneas. Así lo hace, cautamente, Isaías Lerner:

La erudición y el estudio pueden corromperse: en este caso la sátira debe castigar el exceso; los lectores de la época reconocerían los ejemplos apropiados y los nombres no recuperables instantáneamente por el lector moderno. ¿Pensaría Cervantes en algún autor o libro en especial? […] Tal vez en la Silva de Pero Mexía, a quien probablemente satiriza en el capítulo 12 de esta Segunda Parte a propósito de las enseñanzas que los hombres pueden aprender de las bestias. No es improbable.35

Cervantes, en efecto, ha puesto en solfa con frecuencia las polianteas, cuando acude, por ejemplo, al manido recurso de los lugares comunes: al equiparar a los malos encantadores que le manipulan todas sus acciones con «cuantos magos crió Persia, bracmanes la India, ginosofistas la Etiopía» (I, 47, p. 561), don Quijote introduce una leve modificación que sitúa a estos últimos en lugar distinto al habitual, pues los gimnosofistas, como los brahmanes, proceden de la India. El recurso cómico, paródico, me parece evidente y cabe entenderlo como una muestra más de aquellos casos en los que —con palabras de Aurora Egido— «la poliantea se pone al servicio de la invención jocosa».36

Asimismo es posible que Cervantes pudiera pensar en Cristóbal Suárez de Figueroa y su Plaza Universal de todas ciencias y artes, que, aunque publicada en 1615 (en Madrid, por Luis Sánchez), ya estaba compuesta en 1612.37 En ella, Suárez de Figueroa traduce la obra del italiano Tomás Garzón titulada Plaga Universal de todas profesiones, pues, como él mismo dice:

Me aficioné a su variedad, juzgándole digno de comunicación, como careciesse de algunas cosas, por ventura no bien corrientes en nuestro vulgar. Éstas no puse eligida la traducción, y añadí otras donde me pareció convenía. Publícase pues aora traducido, cercenado, y añadido. Ojalá fuesse antídoto contra el veneno de la crassa ignorancia (F. 2).

Francisco A. de Icaza fue el que sugirió tal posibilidad al ver en ese diálogo entre Sancho, don Quijote y el primo una «sátira que alcanza entre otros libros de Inventores a la Plaza Universal de Suárez».38

Varios son, en fin, los posibles modelos literarios que pudieron inspirar a Cervantes la figura del primo que incluye en el Quijote de 1615. Y todos ellos con argumentos importantes: Juan de la Cueva, Francisco de Luque Fajardo, Diego Rosel y Fuenllana, Pero Mexía, Cristóbal Suárez de Figueroa, etc. ¿Quién sabe si alguno más se nos escapa?

Sin embargo, la cuestión de las fuentes cervantinas o de sus posibles modelos es muy complicada, máxime, como advertía Bataillon, si se tiene en cuenta que Cervantes es autor que se burla de la ciencia libresca y ostentosa.39 A este respecto, por ejemplo, el fino crítico literario que fue Pedro Salinas se mostraba muy poco partidario de los modelos vivos que Rodríguez Marín había señalado con respecto a varios personajes del capítulo dieciocho del primer Quijote.40

E. C. Riley, de igual forma, muestra su cautela ante la cuestión de las fuentes cervantinas:

Lo prudente sería no otorgar demasiada importancia a ninguno de esos precedentes, sean históricos, literarios o pictóricos. Los investigadores, siempre a la caza de fuentes y afinidades, tienen tendencia a infravalorar la originalidad imaginativa de los escritores de ficción. En lo que se refiere a los modelos extraídos de la realidad, Cervantes podría haber sostenido, como Graham Greene, que la «experiencia me ha enseñado que a mí me es dado basar sólo un personaje secundario y momentáneo en un personaje real. Un personaje real es un obstáculo para el poder de la imaginación». Es posible que se pueda decir lo mismo de los principales modelos literarios.41

¿No sería, acaso, conveniente tener en cuenta estas opiniones a la hora de analizar el personaje del primo? Muchos son los modelos y fuentes aportados, y todos ellos con argumentos suficientes para sustentar su validez. Por ello, ¿no sería más fructífero pensar no ya en un individuo en concreto o en una obra determinada, sino, quizás, en todo un tipo de literatura muy en boga en la época?

Jean Pierre Etienvre, en trabajo citado con anterioridad, veía en la expresión paciencia y barajar un procedimiento estilístico cervantino que mediante la ironía permite al escritor burlarse —sin nombrar a nadie, pero con alusiones textuales— de la erudición pedestre y miope de un determinado autor.42 Pero, me pregunto de nuevo, ¿se referirá a una persona concreta en realidad? Los indicios textuales llevan a varias posibles obras y autores. ¿No habría que pensar más bien, no en un autor u obra determinados, sino, como decía, en una crítica de carácter más general, dirigida a todo un tipo de autores, a todo un tipo de literatura?

Los tres libros que ha escrito el primo coinciden en su amplia erudición, pero en una erudición, al mismo tiempo, vacía, pedantesca, sin sentido ni provecho algunos, empleada en búsquedas absurdas.43

Uno de los libros que compone el primo es, por ejemplo, el de los Metamorfóseos, u Ovidio español. Tal obra se explica en primer lugar por la fama y difusión que las obras de Ovidio, en especial las Metamorfosis, tuvieron durante todo el siglo xvi y aún después. Según los estudios de Theodore Beardsley, entre 1520 y 1611 se pueden encontrar no menos de diez traducciones de obras de Ovidio que alcanzaron un número aproximado de treinta ediciones.44 Metamorfóseos era precisamente título muy usual en las traducciones de la época. Las frases finales («con sus alegorías, metáforas y translaciones») asimismo recuerdan, como explicó Schevill, los finales de muchas de esas traducciones a las que se añadían, en efecto, unas alegorías y se escribía «con las alegorías al fin dellos, con sus alegorías al fin de cada libro, o con el comento y explicación de las fábulas».45 Precisamente, la Parte primera de varias explicaciones y transformaciones, de Rosel y Fuenllana, aporta más luz sobre esta costumbre de la época de intentar explicar los más variados elementos aprovechando para ello las obras ovidianas. Otro ejemplo de literatura de transformaciones lo proporciona el poema heroico El Bernardo, de Bernardo de Balbuena (Madrid: Diego Flamenco, 1624) cuyo título completo dice así: El Bernardo, o victoria de Roncesvalles. Poema heroyco […] Obra toda texida de una variedad de cosas, antigüedades de España, casas, y linages nobles della, costumbres de gentes, geográficas descripciones de las más floridas partes del mundo, fábricas de edificios y suntuosos palacios, iardines, caças y frescuras, transformaciones y encantamentos de nuevo y peregrino artificio, llenos de sentencias y moralidades. El libro, aunque publicado en 1624, estaba escrito muchos años antes, pues la aprobación lleva fecha de 9 de febrero de 1609. Cervantes, siquiera de forma manuscrita, lo pudo haber conocido. Al éxito de este tipo de obras se referirá precisamente —unos años más tarde, en 1642— Baltasar Gracián en los siguientes términos: «Las metamorfosis tuvieron su tiempo y su triunfo, aunque estén hoy tan arrimadas. Todo lo dificultoso es violento, y todo lo violento no dura…».46

Asimismo, el primer libro que dice haber compuesto no es otro que uno sobre las libreas «donde pinta setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempos de fiestas y regocijos los caballeros cortesanos». Un libro tan interesante como poco conocido hasta hace unos años, la Fastiginia de Tomé Pinheiro da Veiga, que relata con agilidad y realismo extraordinarios la vida cotidiana de Valladolid durante unos meses de 1605, aporta datos utilísimos sobre la riqueza, número y variedad de las libreas usadas por esas fechas en que Valladolid era Corte.47

Con todo, ha de notarse en primer lugar la exageración que supone la existencia de setecientas libreas distintas. Pero, además, son exactamente setecientas tres, ni una más ni una menos. ¿Es acaso provechoso para la república —recreo las palabras cervantinas— conocer setecientos tres tipos diferentes de libreas? Me parece, pues, que en este caso la ironía es clara.

Y tras éste y el de los Metamorfóseos, se propone escribir un Suplemento a la obra del humanista Virgilio Polidoro De inventoribus rerum (Venecia, 1499), libro muy difundido y utilizado en la época, a quien Lope de Vega, insigne frecuentador de oficinas y polianteas, dedica un soneto, verdadera «acumulación de tópicos mostrencos», en torno a 1599 ó 1600.48 En tal Suplemento autoriza «con más de veinticinco autores» cosas ciertamente peregrinas: quién fue la primera persona en la tierra que se acatarró o el primero que «tomó las unciones para curarse del morbo gálico». La ironía se agudiza cuando Sancho Panza le pregunta sobre quién se rascó primero la cabeza en este mundo, o quién fue el primer volatinero. El primo intenta responder seriamente a tales preguntas. Pero ¿no es totalmente absurdo y sin sentido buscar el origen de tales hechos? La burla y sarcasmo cervantinos sobre este tipo de humanismo y erudición es evidente. Menos evidente, sin embargo, le pareció al editor dieciochesco Juan Antonio Pellicer, bibliotecario real, que escribió una nota muy larga sobre quién fue el primero que introdujo el mal francés en España, así como a otras posibles invenciones que tendrían cabida en un suplemento a Virgilio Polidoro.49 Otros editores más cercanos como Clemencín y Rodríguez Marín también introducen notas de ese tipo en sus comentarios a este pasaje.

Cervantes, pues, me parece, con el personaje del primo realiza un nuevo ejercicio de crítica literaria, referido en esta ocasión a todo un tipo de literatura que se caracteriza por la erudición pedante, vacía, sin provecho, dedicada a la búsqueda del origen o explicación de las cosas más diversas y peregrinas. Con este tipo de crítica, Cervantes entroncaría además, según ha puesto de relieve la profesora Aurora Egido, con los ataques antiescolásticos al estilo de los que se pueden encontrar en El Crotalón y el Scholástico, con tintes lucianescos y erasmistas al fondo, en los que se ridiculizaban costumbres, maneras de vestir y, también, el «terminismo inútil y la falsa sabiduría».50

La castiza expresión metafórica hacer el primo parece que se forma en época posterior al siglo xvii,51 pero en este caso le viene de perlas a nuestro primo humanista experto en imprimir libros y dirigirlos a príncipes. En efecto, tal y como nos lo ha descrito el autor, nuestro primo hace el primo intentando estudiar y averiguar tales cosas.

Cervantes, en fin, criticaría este tipo de literatura, con su mordaz ironía, acaso por su resistencia al criterio de autoridad en favor de la experiencia que, según Riley, se convierte en tema general del Quijote.52

Acaso también aplicando un criterio terapéutico, para evitar los daños que este tipo de obras podía causar en los lectores: recuérdese la expresión de Lope sobre el volumen de Rosel y Fuenllana: era libro «que no debría estar sin él ningún hipocondríaco».

Por supuesto, también, por ser obras cuyos autores, al decir de Sancho, «no se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria». En este sentido, téngase en cuenta la propia pluma cervantina: «[…] bien sé lo que son las tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros».53

Y, acaso, finalmente, porque representaban un tipo de literatura muy en boga por esas fechas de en torno a 1600 que iba por caminos muy diferentes a la literatura que quería hacer Cervantes y que conduciría a la novela moderna. Nuestro escritor había concebido el Quijote como un libro para entretener: «Yo he dado en Don Quijote pasatiempo / al pecho melancólico y mohíno, / en cualquier sazón, en todo tiempo», dice en el Viage del Parnaso.54 En el prólogo a la primera parte del Quijote había expuesto tal propósito con expresión similar: Cervantes dice haber pretendido que «[…] el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla».55 Y muchos de estos libros a que me he referido pretendían pasar también por obras de entretenimiento que mezclaban lo útil con lo dulce, pero, claro está, de manera radicalmente distinta a Cervantes.

Así, el de Rosel y Fuenllana pretende ser una obra de varia lectura en la que el lector

Hallará cortesanos coloquios, agudos pensamientos, diferencia de estados assí de generosos príncipes como de poderosos reyes, cavalleros y escuderos, siervos y oficiales, cortesanas bellas y damas honestas, con recogidas y discretas doncellas y la demás variedad de personas, siendo diferentes en los tratos, procurando hablar con alguna propiedad.56

Suárez de Figueroa ha alterado el original italiano, pues le pareció así «más acertada su diversidad, porque las [materias] menores entremetidas, sirviessen tal vez como de alivio y recreación en la gravedad de las mayores».57

El propio Luque Fajardo, en el prólogo a su Fiel desengaño, advierte «que se ha procurado adornar esta obra con alguna variedad de cosas de ingenio, haciendo plato de curiosidad a los que le tienen y a los demás que carecen dél»,58 etc.

En fin, libros que buscan en la variedad la base de su entretenimiento. Cervantes, que tantas dudas teóricas tuvo sobre la cuestión de la variedad en sus propias obras literarias, ya consciente —en la segunda parte del Quijote— de lo que hay que hacer para conseguir la variedad en un texto literario, no duda en criticar otros métodos y procedimientos, como, quizá, los utilizados por este tipo de obras contra el que arremete en el capítulo veintidós de la segunda parte de su Quijote.

Y ¿es posible encontrar en el Quijote otros episodios, personajes, párrafos, etc., relacionables con el episodio y personaje que acabamos de analizar, donde este tipo de crítica de la erudición humanista llevada a extremos ridículos se repita? Dicho de otra manera, ¿es posible leer la novela cervantina en esta línea, como una crítica de ese tipo de erudición? Veamos en lo que sigue algunas posibles conexiones.

Uno de los primeros pasajes con los que cabe relacionar lo que hasta ahora he venido exponiendo es el que Cervantes incluye en el prólogo a la primera parte del Quijote. Allí señala el deseo decidido de que su libro aparezca desprovisto «de toda erudición y dotrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros».59 La crítica va dirigida primeramente contra Lope de Vega, que había alardeado y dado muestras de erudición mostrenca y artificial en cuatro libros aparecidos por los años en que se gesta el Quijote: la Arcadia, de 1598; el Isidro, de 1599; La hermosura de Angélica, de 1602; y El peregrino en su patria, de 1604. Sólo así se entiende el ataque descompuesto de Avellaneda en el prólogo al Quijote apócrifo de 1614. Pero la sátira puede llegar más lejos y afectar no sólo a un autor muy conocido del momento —enemigo personal de Cervantes por esas fechas— sino a todo un modo de hacer literatura en la época, contra el que nuestro autor reacciona.

Unido a este deseo —que se convierte en realidad a lo largo de las páginas del Quijote— se encuentra el de no incluir sonetos preliminares al estilo de tantos y tantos libros de la época, «a lo menos —aclara Cervantes— de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos».60 ¿Puede reflejar esta actitud un hecho puntual, a saber, que nadie quisiera figurar al inicio de una obra de Cervantes? Quizás. Mas, no se olvide, esto no sucede en los preliminares de la Galatea, donde aparecen tres sonetos (de Luis Gálvez de Montalvo, de Luis de Vargas Manrique y de Gabriel López Maldonado); ni en el Persiles, donde se incluyen una décima y un soneto dedicados, bien es cierto, a Cervantes ya muerto. Con todo, más bien parece que nuestro autor ataca duramente tal costumbre y para ello elabora unos interesantísimos poemas preliminares ahijados a autores procedentes de los libros de caballerías: Urganda la desconocida, Amadís de Gaula, su escudero Gandalín, don Belianís de Grecia, etc. El no va más llega cuando la serie de poemas se cierra con un soneto dialogado entre Babieca y Rocinante.61

En esta misma línea cabe entender la pretendida historicidad que se otorga a la novela: desde muy al principio se señala que los hechos de nuestro protagonista pertenecen a los anales de la Mancha, hay un cronista encargado de narrarlos (las alusiones en este sentido son continuas), Don Quijote es denominado, sobre todo, historia, término al que Cervantes aplica adjetivos diversos: grande, imaginada, peregrina, sabrosa, sencilla, etc. Mas el que se reitera de manera constante es el de verdadera.62 Como señala E. C. Riley, «simular que una obra había sido traducida de uno o más idiomas extranjeros era un recurso favorito de los autores de libros de caballerías […] Cervantes, desde luego, parodia principalmente este recurso, pero incidentalmente se está burlando también de la pedantería de los eruditos, del culto a la autoridad de los antiguos y del humanismo decadente y libresco».63

En estrecha relación con ello se encuentra el descubrimiento del manuscrito de Cide Hamete, en el capítulo nueve del primer Quijote, y las alusiones al morisco que lo traduce. En este caso, la problemática de la traducción, que asoma en numerosas ocasiones por la obra cervantina, se une a la de la crítica de la erudición, como ha puesto de relieve el hispanista francés Michel Moner: «[…] los tres conceptos [traducción, vana y ostentosa erudición y compilación] llegan a coincidir en una tríada de figuras anónimas —el erudito, el traductor y el compilador— que Cervantes ideó sobre los años 1614-1615 con evidente intención satírica».64

La segunda parte también ofrece algunos ejemplos significativos que contribuyen a fortalecer la lectura del Quijote como —entre otras posibles— crítica de la erudición libresca que vengo pergeñando. Me permito recordar en este sentido la irónica referencia que Cervantes pone en boca de nuestro caballero andante sobre el arzobispo Turpín en el capítulo primero. Tras enumerar una larga y retórica lista de modelos de caballeros —el más honesto, el más acomodado, el más intrépido— don Quijote culmina la retahíla con la pregunta siguiente: «y ¿quién más gallardo y más cortés que Rugero, de quien descienden hoy los duques de Ferrara, según Turpín en su Cosmografía?».65 Sin embargo, tal obra no existe: Juan Turpín, arzobispo de Reims en los tiempos de Carlomagno (murió el año 800), nunca escribió una obra con el referido título. La ironía, pues, parece nítida. Además, Turpín era considerado, según anota Diego Clemencín, «el verbigracia de los embusteros».66 Es una aguda ironía cervantina el autorizar un aserto con un libro que no existe, de un autor considerado, además, como prototipo de escritor mentiroso. De igual forma ha de entenderse la referencia al «verdadero historiador Turpín» del capítulo sexto de la primera parte.67

La conocida alusión a que la obra no necesita comento «porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran […]»68 supone un nuevo ataque a la erudición: bien conocidos son los eruditísimos comentos de Herrera y El Brocense a Garcilaso (recuérdese que Tomás Rodaja, el licenciado Vidriera, cuando marcha para Italia, se lleva sólo dos libros: unas Horas de nuestra señora y un Garcilaso sin comento).69 Que Cervantes declare expresamente que su obra no necesita comentarios que la aclaren supone contraponer «su creación al alcance de todos, a esas lucubraciones literarias que exigían de los lectores la sabiduría de los humanistas».70

Finalmente, es posible relacionar este primo humanista que Cervantes pone en solfa con cuatro personajes que aparecen, tres de ellos, en el Quijote de 1615 y, el cuarto, en el Coloquio de los perros.

En primer lugar, Lorenzo de Miranda, el hijo del Caballero del Verde Gabán, que se muestra como joven estudiante, aficionado a la poesía, un tanto pedante y sensible a la adulación.71 El aspecto con que se presenta hace pensar también en el primo de II, 22, según sugerencia de Aurora Egido.72 Vicente Gaos, por su parte, también relacionó este personaje con el traductor anónimo de la imprenta barcelonesa en el capítulo setenta y dos.73 Michel Moner, en este mismo camino, afirma que el traductor y el erudito «se muestran igualmente convencidos de que sus libros encierran en sí “cosas muy buenas y sustanciales”».74

Fuera del Quijote, en el Coloquio de los perros aparece también un personaje que cabe emparentar con el primo: el poeta loco del Hospital de la Resurrección, autor de una traducción de la Poética de Horacio que no consigue imprimir y, sobre todo, de un libro que «trata de lo que dejó de escribir el arzobispo Turpín del rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento de la Historia de la demanda del Santo Brial, y todo en verso heroico, parte en octavas y parte en verso suelto […]».75 En fin, para qué más: tanto los suplementos como lo que dejó de escribir y el arzobispo Turpín nos son ya familiares. No hace falta volver sobre ellos.

Otros ejemplos cabría aducir,76 pero con los ya referidos resulta suficiente.

En efecto, de los datos aquí aportados cabría deducir la posibilidad de una lectura del Quijote —y quizá de alguna otra obra cervantina, verbigracia el Coloquio de los perros— como crítica de la erudición vacía y sin provecho, de esa erudición tan en el estilo del Manierismo, donde, según Emilio Orozco, siempre hay «una especial complacencia y alarde en demostrar el saber y la superación de la dificultad».77

Así cabe considerar, pues, los ejemplos señalados: su frecuencia y la sensación que producen en su conjunto lo permite. Pero tal aserto puede llevar a un error, esto es, el pensar que Cervantes, antes que nada hombre de su momento histórico, pese a su radical modernidad en tantas cosas, despreciaba la erudición.78 Nada de eso. Algunos ejemplos extraídos del Persiles ayudarán a explicar mejor esta cuestión. Como es sabido, el Persiles fue la obra de Cervantes «más estudiada, aquella para la cual hizo más indagaciones y lecturas»,79 la obra en la que, según dice el privilegio para la impresión, Cervantes «había puesto mucho trabajo y estudio».80 Y, por ello, no es infrecuente encontrar citas eruditas al uso entre las páginas de la novela: «También es opinión de Plinio, según lo escriue en el lib. 8, cap. 22, que entre los arcades hay un género de gente […]».81 En otra ocasión se puede leer: «También te he dicho cómo en la última parte de Noruega, casi debaxo del Polo Ártico, está la isla que se tiene por última en el mundo, a lo menos, por aquella parte, cuyo nombre es Tile, a quien Virgilio llamó Tule en aquellos versos que dizen, en el libro I Georg.: […] Ac tua nautae / numina sola colant: tibi seruiat ultima Thule».82

Algunas otras citas podrían espigarse. Mas, para ser justos, en general, todo ese bagaje erudito se incorpora a la obra sin que se aprecie claramente: es difícil encontrar citas de libros, polianteas, etc. —aunque alguna hay, como las señaladas hace un momento—. Ese saber y estudio se diluyen en la obra y se acumulan en los dos primeros libros —de redacción bastante anterior— mientras que en el tercero y cuarto «se encuentra alguna que otra cita, casi siempre traída de memoria y no umbilicalmente libresca».83

En mi opinión, lo que sucede es que Cervantes desprecia y, en consecuencia, critica los medios con que habitualmente la erudición se introducía en obras que pasaban a engrosar el catálogo de obras de entretenimiento, independientemente de que, en algún caso concreto, los dardos vayan dirigidos de manera directa a Lope de Vega o no: «Aunque la erudición constituya un ornamento adecuado y deseable de la literatura imaginativa, debe subordinarse, por encima de todo, al propósito artístico de la obra».84

La erudición, pues, en las obras de entretenimiento no ha de tener un fin en sí misma, que es lo que parece mostrar, por ejemplo, Lope en El peregrino en su patria y tantos otros.

Cervantes, en el Quijote, no tiene inconveniente en criticar, a través del primo, libros muy semejantes a uno —el de Rosel y Fuenllana— para el que había compuesto un soneto en los preliminares. Y lo mismo cabe decir de todas esas poesías que compuso para preliminares de libros, alguno tan peregrino como el del doctor Díaz, Tratado nuevamente impreso de todas las enfermedades de los riñones, vexiga y carnosidades de la verga y urina, de 1588; costumbre que Cervantes, por cierto, critica sin piedad en el prólogo al Quijote de 1605.85

Pero una cosa son las convenciones literarias y, quizá, el deseo cervantino de estar en candelero, y otra el reducido espacio de la literatura, en el que Cervantes se maneja como pez en el agua y donde se permite dejar traslucir sus verdaderos pensamientos sobre tantas y tantas cosas.

Por esas fechas de hacia 1600 Cervantes estaba creando un género nuevo, una nueva manera de hacer literatura. Nada más exacto que decir que hay un antes y un después de Cervantes en la historia de la literatura universal. En su Quijote encontramos el embrión de la novela moderna: con él nace la novela tal y como la entendemos hoy. Y convenciones como la de los sonetos preliminares o el culto a una erudición ya mostrenca, concebida como un fin en sí misma, sin otro propósito que el alardear de un saber que en realidad no se posee, se critican en diversos lugares de su magna obra: ya no tenían lugar dentro de los límites de ese género nuevo que Cervantes está creando.

Y aunque se mantenga, reducidamente, en algunas de sus obras, en especial el Persiles, hay que tener en cuenta también las circunstancias en que éste se escribe: Los trabajos de Persiles y Sigismunda es obra de época, sujeta a las constricciones del género de la novela de aventuras peregrinas, esto es, el género por excelencia en la narrativa del momento, en el que Cervantes quiere triunfar, superar incluso al modelo: «libro que se atreve a competir con Heliodoro», dice en el prólogo a las Novelas ejemplares. Y de ahí la introducción de citas eruditas al uso. Es, sin duda, uno de los tributos que se ha de pagar por elaborar una obra de tal género.

El tiempo da y quita razones: hoy, casi cuatro siglos después, seguimos leyendo y admirando el Quijote, se ha convertido en un clásico, quizás nuestro clásico por excelencia; el Persiles, por contra, ha quedado reducido a lectura de eruditos y especialistas.

(*) José Montero Reguera, «Humanismo, erudición y parodia en Cervantes: del Quijote al Persiles», en Edad de Oro, XV (1996), pp. 87-109.

(1) V. sobre esta figura y su apodo —sobre el que hay diversas opiniones— José Deleito y Piñuela, El rey se divierte [1935], Madrid: Alianza Editorial, 1988, pp. 124-126; José Moreno Villa, Locos, enanos, negros y niños palaciegos: gente de placer que tuvieron los Austrias en la Corte española desde 1536 a 1700, Ciudad de México: Ed. Presencia, 1939; Joaquín de Entrambasaguas, «Hacer el primo», en los Estudios dedicados a Menéndez Pidal, Madrid: CSIC, 1951, vol. III, pp. 67-68, n.; y José Camón Aznar, Velázquez, Madrid: Espasa-Calpe, 1964, vol. II, pp. 653-658.

(2) Véase Emilio Orozco Díaz, El barroquismo de Velázquez, Madrid: Rialp, 1965, p. 122. Del mismo, Cervantes y la novela del Barroco, ed., introd. y n. de José Lara Garrido, Granada: Universidad de Granada, 1992, p. 71.

(3) Véase Antonio Domínguez Ortiz, Alfonso E. Pérez Sánchez y Julián Gallego, Velázquez. Catálogo de la exposición celebrada en el Museo del Prado del 23 de enero al 31 de marzo de 1990, Madrid: Ministerio de Cultura, 1990, p. 330.

(4) Véase H. Hatzfeld, «Cervantes y Velázquez», en El Quijote como obra de arte del lenguaje, Madrid: CSIC, 1960, 2.ª ed. esp. refund. y aum., pp. 285-303.

(5) El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Andrés Murillo, Madrid: Castalia, 1991, 5.ª ed., vol. II, p. 205. Es la edición que sigo en este trabajo.

(6) V. a este respecto Dominique Reyre, Dictionnaire des noms des personages du Don Quichotte de Cervantes. Suivi d’une analyse structurale et linguistique, París: Étitions Hispaniques, 1980, p. 187.

(7) E. C. Riley, Introducción al Quijote, Barcelona: Crítica, 1990, p. 158.

(8) Son palabras de Juan Bautista Avalle-Arce, «Don Quijote o la vida como obra de arte», en G. Haley (ed.), El Quijote de Cervantes, Madrid: Taurus, 1981, p. 226. Cf. A. Egido, Cervantes y las puertas del sueño, Barcelona: PPU, 1994, p. 154: «Y el primo ofrece a pedir de boca el engarce de las lagunas de Ruidera con las metamorfosis que el sueño provoca»; y, finalmente, A. J. Close, Cervantes. Don Quixote, Cambridge: Cambridge University Press, 1990, p. 106. Sobre otras posibles influencias ovidianas en I, 37, J. E. Dudley, «Don Quijote as Magus: The Rethoric of Interpolation», en Bulletin of Hispanic Studies, XLIX (1972), pp. 355-368, esp. 363-368.

(9) V. a este respecto Isaías Lerner, «Quijote, segunda parte: parodia e invención», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII (1990), pp. 834-836. Martín de Riquer ha recordado que Humanista es palabra muy reciente en el español de principios del siglo xvii (Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, ed., introd. y n. de Martín de Riquer, Barcelona: Planeta, 1992 [ed. revisada y puesta al día], p. LXXI). En efecto, J. Corominas y J. A. Pascual dan la fecha de 1613 como primera documentación de esa palabra en castellano, precisamente en las Novelas ejemplares. Es palabra procedente del italiano umanista, de donde se propagó a otras lenguas. (Véase su Diccionario crítico-etimológico castellano e hispánico, Madrid: Gredos, 1992 [3.ª reimpr.], vol. III, p. 425b.)

(10) Quijote, II, 22, ed. cit., vol. II, p. 205.

(11) Ib., p. 206.

(12) Ib.

(13) Bartolomé José Gallardo, Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, Madrid: Gredos, 1968, ed. facs. en 4 vols. de la ed. de 1863-1889, vol. II, n.º 1967. Cf. José Simón Díaz, Bibliografía de la literatura hispánica, Madrid: CSIC, 1971, vol. IX, p. 201, n.º 1780.

(14) Bartolomé José Gallardo, o. cit., vol. II, n.º 1.965, p. 716.

(15) Contamos ahora con una edición crítica por Beno Weis y Louis Celestino Pérez, Juan de la Cueva’s Los inventores de las cosas. A Critical Edition and Study, Pennsylvania: The Pennsylvania University Press, 1980.

(16) El texto procede de la dedicatoria «A Doña María de Guzmán», de Los cuatro libros…, ed. cit. de Beno Weis y Louis C. Pérez, pp. 51-52.

(17) Francisco A. de Icaza, Obras, México: Fondo de Cultura Económica, 1980, vol. II, p. 82. Había sido publicado primeramente bajo el título «Juan de la Cueva y Cervantes» en su libro Sucesos reales que parecen imaginados: de Gutierre de Cetina, Juan de la Cueva y Mateo Alemán, Madrid: Sucesores de Hernando, 1919.

(18) Ed. cit., p. 25.

(19) Véase p. 26.

(20) Ed. cit., p. 45.

(21) Véase Francisco de Luque Fajardo, Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, ed. y pról. de Martín de Riquer, Madrid: Real Academia Española, 1955 («Biblioteca Selecta de Clásicos Españoles», serie II, volumen XVI).

(22) Ed. cit., pp. 9-10.

(23) Ed. cit., p. 16. Riquer ha reiterado esta suposición en sus dos ediciones del Quijote (Ed. Juventud y Ed. Planeta) y en su Nueva aproximación al Quijote (Barcelona: Teide, 1989, 7.ª ed. refund.), p. 121.

(24) Como apunta Jean Pierre Etienvre, Gonzalo Correas incluye dicha expresión en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, de 1627. Véase J. P. Etienvre, «Paciencia y barajar: Cervantes, los naipes y la burla», en Anales de Literatura Española, 4 (1985), p. 144.

(25) V. ed. cit., pp. 16-18.

(26) Daniel Eisenberg incluye dicho libro en su hipótesis de reconstrucción de la biblioteca de Cervantes: «La biblioteca de Cervantes», en Studia in honorem prof. M. de Riquer, Barcelona: Quaderns Crema, 1987, vol. II, p. 293.

(27) Etienvre, art. cit., p. 146.

(28) Ib., p. 147.

(29) El volumen fue publicado en Nápoles, por Juan Domingo Roncallolo, en 1613. Con licencia y privilegio de Barcelona y Nápoles. Tiene 528 páginas.

(30) Es el soneto que empieza «Jamás en el jardín de Falerina…». V. la ed. por Elías Rivers de Miguel de Cervantes, Viage del Parnaso. Poesías sueltas, Madrid: Espasa-Calpe, 1991, p. 279.

(31) Véase Diego Rosel y Fuenllana, Parte primera de varias aplicaciones, y transformaciones, las quales tractan, términos cortesanos, práctica militar, casos de estado, en prosa y verso con nueuos hieroglíficos, y algunos puntos morales (Nápoles: Juan Domingo Roncallolo, 1613), f. 13.

(32) Marcelino Menéndez Pelayo, «Prólogo a la Historia de la literatura española de Jaime Fitzmaurice-Kelly», en sus Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, Santander: Gráficas Aldus, 1941, t. I, p. 98.

(33) Alan Soons en el prólogo a su edición de Obras selectas de Diego Rosel y Fuenllana (Madrid: Talleres de Artes Gráficas Soler, 1970, Estudios de Hispanófila, Department of Romance Languages, University of North Carolina, 1970), p. 12.

(34) Véase Lope de Vega, Novelas a Marcia Leonarda, ed. de Francisco Rico, Madrid: Alianza Editorial, 1968, p. 144. La cita procede de la novela Guzmán el Bravo, que se publicó en La Circe, de 1624.

(35) Isaías Lerner, «Quijote, segunda parte: parodia e invención», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII (1990), p. 835. V. asimismo E. C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, Madrid: Taurus, 1989, reimpr., p. 127.

(36) Aurora Egido, Cervantes y las puertas del sueño, o. cit., p. 107. V. asimismo la erudita nota de Carlos Romero («Tres notas al Quijote», en Donatella Pini Moro [ed.], Don Chisciotte a Padova, Padua: Editoriale Programma, 1992, pp. 123-147), en la que, sin descartar del todo el propósito humorístico que sostengo yo aquí (p. 129), ve en la enumeración más bien una «contaminación con otra serie de noticias que inducen a nuestro autor a distinguir entre los brahmanes de la India y los “gimnosofistas de la Etiopía”» (p. 130).

(37) La aprobación del jesuita Juan Dicastillo lleva fecha de primero de mayo de 1612 (f. 2v).

(38) Francisco A. de Icaza, El Quijote durante tres siglos, Madrid: Imp. de Fortanet, 1918, p. 25.

(39) Véase Marcel Bataillon, Erasmo y España, México: Fondo de Cultura Económica, 1966, 2.ª ed. en español, corr. y aum., p. 800.

(40) Véase Pedro Salinas, «La tristeza del positivismo», en Ensayos de literatura hispánica (Del Cantar de Mío Cid a García Loma), Madrid: Aguilar, 1961, 2.ª ed., pp. 135-136: «Vio don Francisco [Rodríguez Marín] en nuestra aventura [la de los molinos de viento], y en esos nombres, rebozadas alusiones de Cervantes a personajes de fuste de su época, a los que ponía, solapadamente, en ridículo. En las notas del capítulo XVIII y el apéndice XIV de su edición póstuma se da no poca pena, con su saber e ingenio, para identificar a Pentapolín y a Timonel de Carcajona con ciertos conocidos señorones de su tiempo, duques los dos. El intento plantea gravísima cuestión en la que se juzga no poco, entre otras cosas, la calidad del alma de Cervantes. Si Rodríguez Marín tiene razón, sería hombre de condición cautelosa y vindicativa, que hasta en un vuelo de su imaginación creadora recuerda ojerizas o agravios, y se venga de ellos por malos rodeos. Y la creación poética estaría siempre lastrada, conforme a eso, de minucias tristes, sin que su arrebato sirva al poeta para librarse de lo que tiene de más pequeñamente humano. No lo puedo sentir así: veo a Cervantes jugando por estos renglones, poetizando resueltamente, con su poesía, empapada de humorismo superior, no de maledicencias… Es el poeta en ejercicio de su alma genial e infantil, y no el encubierto rencoroso, que tira la piedra y esconde la mano. No cabe aquí transacción: o se busca en los archivos y en las gacetillas del tiempo letra muerta con que rebajar a un poeta; o se le sigue en su propia letra viva, continuamente, entregada el alma a las invenciones sin baja malicia de espíritu. Sí, Cervantes casi siempre dice las cosas con segunda: pero la segunda que hay que encontrarle, es de primera». V. ahora el documentado trabajo de Francisco Florit Durán, «Pedro Salinas y el Quijote», en el Homenaje al profesor Antonio de Hoyos, Murcia: Real Academia Alfonso X el Sabio, 1995, pp. 183-189.

(41) E. C. Riley, Introducción al Quijote, Barcelona: Crítica, 1990, p. 61.

(42) Art. cit., p. 146.

(43) V. a este respecto el artículo de Pablo Jauralde Pou, «Producción y transmisión de la obra literaria en el Quijote», en Anales Cervantinos, XXI (1983), pp. 26-27 y 46.

(44) Véase Theodore S. Beardsley, Jr., Hispano-Classical Translations Printed Between 1482 and 1699, Pitsburgo: Duquesne University Press, 1970. Ténganse presentes también el clásico estudio de R. Schevill, Ovide and the Renascence in Spain, University of California Publications in Modern Philology, 4, 1 (1913), y J. A. Maravall, Utopía y contrautopía en el Quijote, Santiago de Compostela: Editorial Pico Sacro, 1976, pp. 169-174 y n. 7 de pp. 228-229. Más datos y bibliografía en José Montero Reguera, «Los clásicos en el Siglo de Oro: Ovidio en tres pasajes cervantinos», en Estudios Segovianos, XXXV, 91 (1994), Número Homenaje al Excmo. Sr. Don Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya, pp. 797-798.

(45) Rudolph Schevill, o. cit., p. 174.

(46) Baltasar Gracián, Agudeza y arte de ingenio, discurso n.º 56. V. la ed. de Obras completas a cargo de Arturo del Hoyo, Madrid: Aguilar, 1960, p. 478, 2.ª ed.

(47) Tomé Pinheiro da Veiga, Fastiginia, trad. y n. de Narciso Alonso Cortes, Valladolid, 1913-1916. Manejo la reed. de Valladolid: Ámbito, Ayuntamiento de Valladolid, 1989. V. por ejemplo el capítulo titulado «Trátase de los criados que el Rey tiene y de las libreas con que salieron», pp. 87b-89b y pp. 105b-108b, etc.

(48) Es el soneto 134 de sus Rimas: De los inventores de las cosas, «Halló Baco la parra provechosa...». V. ahora en la Edición crítica de las Rimas de Lope de Vega por Felipe B. Pedraza Jiménez, Madrid: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1993, pp. 480-481.

(49) Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, nueva ed. corr. de nuevo, con nuevas notas, con nuevas estampas, con nuevo análisis, y con la vida del autor nuevamente aumentada, por Juan Antonio Pellicer, Madrid: Gabriel de Sancha, 1797, vol. IV, pp. 237-241.

(50) Aurora Egido, Cervantes y las puertas del sueño, o. cit., pp. 171-173 y 219.

(51) Véase Joaquín de Entrambasaguas, «Hacer el primo», art. cit., pp. 55-94.

(52) Véase E. C. Riley, Introducción al Quijote, o. cit., pp. 216-217.

(53) Quijote, segunda parte, ed. cit., vol. II, p. 34. La cita procede del prólogo.

(54) Cap. IV, vv. 22-24.

(55) Quijote, ed. cit., vol. I, p. 58. El arte novelesco cervantino reconciliaría lo verosímil con lo maravilloso en aras a conseguir la admiración y entretenimiento del lector. Véase al respecto el párrafo inicial del capítulo XLII de la primera parte del Quijote, verdadera síntesis de la novelística cervantina.

(56) V. la ed. cit. de Alan Soons, p. 22.

(57) Cristóbal Suárez de Figueroa, Plaza Universal de todas ciencias y artes, Madrid: Luis Sánchez, 1615, f. 4v.

(58) Ed. cit., p. 34.

(59) Quijote, I, pról., ed. cit., vol. I, p. 52.

(60) Quijote, I, pról., ed. cit., vol. I, p. 53.

(61) Esta crítica es la misma que refleja el soneto de El autor a su pluma que aparece en el Viage del Parnaso. V. al respecto José Montero Reguera, «Los clásicos en el Siglo de Oro…», art. cit., p. 784. Por otra parte, Guillermo Carrascón ha puesto de relieve la crítica del mecenazgo en la dedicatoria de la primera parte con la que se efectúa en II, 22. V. su trabajo «En torno a la dedicatoria de la primera parte del Quijote», en Anales Cervantinos, XXIX (1991), p. 175, n. 27.

(62) Véase Bruce W. Wardropper, «Don Quijote: ficción o historia», en George Haley (ed.), El Quijote de Cervantes, Madrid: Taurus, 1980, p. 239.

(63) E. C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, ed. cit., p. 130.

(64) Michel Moner, «Cervantes y la traducción», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2 (1990), p. 524.

(65) Quijote, II, 1, p. 49.

(66) Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Edición IV Centenario, adornada con 356 grabados de Gustavo Doré, enteramente comentada por Clemencín y precedida de un estudio crítico de Luis Astrana Marín, más un índice resumen de los ilustradores y comentadores del Quijote por Justo García Morales, Valencia: Editorial Alfredo Ortells, 1980, p. 1064b. Cf. 1514b y 1515a.

(67) P. 114.

(68) Quijote, II, 3, p. 64.

(69) Manejo la edición de esta novela ejemplar según el tomo II de la obra completa de Miguel de Cervantes Saavedra a cargo de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas (Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1994), p. 651. Sobre su posible autobiografismo, véase Víctor Eduardo Munguía García, «El licenciado Vidriera y don Quijote», en Anales Cervantinos, XXX (1992), pp. 160-161.

(70) Son palabras de Celina Sabor de Cortázar, «El Quijote, parodia antihumanista. Sobre la literatura paródica en la España Barroca», en Anales Cervantinos, XXII (1984), p. 60. V., desde otra perspectiva, el artículo de Hanna Dziechcinska, «Humanisme et parodie dans Don Quichotte de Cervantes», en A. Redondo (ed.), L’humanisme dans les lettres espagnoles, París: Vrin, 1979, pp. 327-336.

(71) Quijote, II, 18, pp. 174-175. V. asimismo E. C. Riley, Teoría de la novela, ed. cit., p. 127. Cf. A. Egido, Cervantes y las puertas del sueño, ob. cit., p. 173, n. 93.

(72) O. cit., p. 154.

(73) V. su ed. del Quijote, Madrid: Gredos, 1987, vol. II, p. 892, n.

(74) Michel Moner, «Cervantes y la traducción», art. cit., p. 522. Del mismo, «El relato auricular: algunos aspectos de la narrativa cervantina», en Aurora Egido e Y. R. Fonquerne (eds.), Formas breves del relato, Zaragoza: Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Zaragoza, 1986, pp. 167-176.

(75) Véase el Coloquio de los perros según la edición ya citada de Sevilla-Rey, p. 958.

(76) Citaré sólo dos ejemplos procedentes del Persiles: el escritor cuyo trabajo consiste en «enmendar y remendar comedias viejas», en el lib. III, cap. 2 del Persiles (ed. Sevilla-Rey, p. 1206); y el autor en «trage de peregrino», «hombre curioso: sobre la mitad de mi alma predomina Marte y sobre la otra mitad Mercurio y Apolo», que aparece en el capítulo primero del libro cuarto (ed. cit., pp. 1327-1328). Es autor de un libro de aforismos peregrinos que incluye algún pensamiento muy cervantino: «Más hermoso parece el soldado muerto en la batalla, que sano en la huyda». Ha de tenerse precaución con este personaje, pues se ha supuesto trasunto del propio Cervantes. Véase Emilio Orozco Díaz, Cervantes y la novela del Barroco, o. cit., p. 317. Desde luego, la sátira evidente que se puede encontrar en los otros personajes que analizo aquí no aparece en este caso: el peregrino es gallardo, sus aforismos «hicieron sabrosa la conversación y cena», la posible ironía está muy diluida o casi no se nota, si es que realmente la hay.

(77) Emilio Orozco, Cervantes y la novela del Barroco, o. cit., p. 367. V. también Pablo Jauralde Pou, «El estilo cervantino», en VV. AA., Cervantes, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp. 138-154. Desde otra perspectiva, Ramón Menéndez Pidal, La lengua castellana en el siglo xvii, Madrid: Espasa-Calpe, 1991, pp. 40-53.

(78) Julio Caro Baroja (Los hombres y sus pensamientos, San Sebastián: Ed. Txertoa, 1989, pp. 9-19) define a Cervantes como hombre del Renacimiento precisamente por su actitud ante el primo de II, 22.

(79) Son palabras de E. C. Riley en su Teoría de la novela en Cervantes, ed. cit., p. 294.

(80) Frase también tópica, que se repite por ejemplo en el privilegio de La Galatea.

(81) Persiles, I, 18. Manejo la siguiente edición: Miguel de Cervantes Saavedra, Obra completa. II. Galatea. Novelas Ejemplares. Persiles y Sigismunda, ed. de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1994, p. 1065.

(82) Persiles, IV, 12, ed. cit., p. 1372.

(83) La cita es de R. Schevill que tomo de Emilio Orozco, Cervantes y la novela del Barroco, o. cit., p. 299, n.

(84) Son palabras de E. C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, ed. cit., p. 131.

(85) Sobre ello he llamado la atención en mi trabajo, ya citado, «Los clásicos en el Siglo de Oro…», pp. 785-786.

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