Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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domingo, 1 de noviembre de 2009

El narrador en Don Quijote: el retablo de Maese Pedro*

George Haley**

En los libros de caballerías encontró Cervantes un tema pintiparado para la parodia y, con él, un modo de contar que reclamaba el mismo tratamiento que ésta. De tema y modo se sirvió en Don Quijote para lograr la doble finalidad del regocijo cómico y de la enseñanza didáctica. Pero en el proceso de satirizar la técnica narrativa de los libros de caballerías, Cervantes utilizó los procedimientos de éstos y los amplió con tal habilidad que, en sus manos, los gastados moldes recobraron una vez más fresca expresividad. Mediante su manejo del autor ficticio, uno de los tópicos favoritos del género caballeresco, Cervantes se las ingenió para poner ante el lector una novela ya conclusa y, a la vez, todavía en proceso de realización; la interacción dinámica de una historia con sus narradores dramáticos y sus lectores teatralizados. Éste es el aspecto de Don Quijote que quiero examinar.

Paralela a la supuesta historia de las aventuras de don Quijote la novela de Cervantes incluye otra historia suplementaria, con desarrollo autónomo y distinto reparto de actores. Ésta es la historia de cómo las aventuras de don Quijote llegaron a conocerse y transmitirse, con la información sobre los avatares de su existencia en viejos escritos, y sobre las etapas seguidas hasta llegar al libro de Cervantes. Señala los pasos a través de los cuales un fragmento llegó a transformarse en libro completo, proceso que, en la mayoría de los novelistas, si es que ocurre, ocurre en cuadernos de trabajo o en diarios. En Don Quijote, por el contrario, este proceso hecho luz sobre el papel, constituye parte de la novela en cuanto tal. A medida que evoluciona, al albur de las aventuras de don Quijote, esta historia secundaria desarrolla su propia intriga, con sus propios momentos culminantes, que tienen poco que ver con la empresa loca de don Quijote, y mucho con la necesidad de que la historia se remate y llegue a convertirse en libro.

Los personajes de esta historia secundaria están todos implicados en el mecanismo de contar y transmitir la historia de don Quijote. Sus aventuras, no tan violentas como las de don Quijote, pero sí tan fascinantes, se centran en la búsqueda de las fuentes materiales por los archivos de la Mancha, en la creación de una narración con continuidad, partiendo de fuentes fragmentarias, y en ocasiones casi coincidentes, en la traducción de la narración completa, del árabe al castellano, en la refundición de la traducción y en la publicación de la versión refundida, injiriéndose en ella con persistentes comentarios personales. En primer lugar hay un yo anónimo que comienza la narración y que hace la presentación de don Quijote, para tener que cantar la palinodia al final del capítulo octavo, confesando su incapacidad para continuar la historia, dejando a don Quijote con la espada al aire, ya que sus fuentes se agotan en ese preciso instante.

A éste lo sigue un «segundo autor» que asume al yo y la narración con la descripción de su experiencia de lector insatisfecho con los ocho capítulos iniciales, que le habían dejado en ascuas, curioso por saber cómo acababa el episodio. No tuvo mucho que esperar, nos dice, porque la fortuna le hizo dar con el manuscrito original árabe de la historia de don Quijote en el mercado de Toledo. El descubrimiento, sin embargo, le crea un problema nuevo y origina otro momento de expectación. ¿Cómo enterarse de lo que dice el manuscrito? Esta dificultad también queda resuelta pronto, tras requerir los servicios de un morisco para la traducción al castellano. De este modo las aventuras de don Quijote ya pueden continuar.

En el punto en que el «segundo autor» termina su detectivesca historia autobiográfica y vuelve a don Quijote, aún con la espada en el aire, lo que ofrece a sus lectores es la versión del original árabe realizada por el traductor morisco. Y es exactamente aquí donde hace su aparición el autor del manuscrito original: Cide Hamete Benengeli, moro y cronista primigenio de las altas hazañas de don Quijote. Pero Cide Hamete es un autor contradictorio, como ha subrayado E. C. Riley. Es en parte mago, debido a su omnisciencia, que sin embargo hace compatible con el uso de fuentes documentales; en parte historiador, a causa de su decantada devoción por la verdad como él la ve, a pesar de ser moro y, por consiguiente, falaz por definición (en opinión del segundo autor cristiano). Y es, por último, algo poeta, según se desprende de su confesado afán de selección, de originalidad y de coberturas estilísticas.

Con la aparición del moro cronista la perspectiva cambia: de la búsqueda de fuentes se pasa a la tarea de la composición, y la historia de la narración de Don Quijote se convierte esencialmente en la historia de cómo narra Cide Hamete, con evidentes reminiscencias de la presencia refleja de los demás intermediarios. Las advertencias al lector de Cide Hamete constituyen un mosaico variado: opinión sobre el comportamiento de don Quijote, alardes profesionales sobre el virtuosismo de la narración, con sus escollos y sus satisfacciones, revelaciones personales.

A medida que la novela avanza, el empeño narrativo de Cide Hamete se va convirtiendo en una misión tan militante como la caballeresca profesión de su héroe. Con la novela medio escrita, le sale al paso un rival, adversario adecuado para un hombre de letras que acepta el desafío lanzado al final de la primera parte con palabras de Ariosto: «Forse altri canterà con miglior plettro». Ese rival fue Avellaneda, que publicó una continuación espuria de Don Quijote mientras Cervantes preparaba su segunda parte. Cide Hamete da cuenta debidamente de la afrenta, enristra la pluma y se enzarza en duelo verbal con su retador.

La historia de Cide Hamete acaba cuando, tras describir la muerte de don Quijote, aleja su atención del protagonista y el lector, que hasta entonces la habían retenido, para entonar un canto de cisne a su propia pluma. Al arrinconar el instrumento de escritor que ha manejado al mismo tiempo como arma, sugiere el paralelismo obvio con la entrega de su espada por parte del héroe, coincidiendo así, por última vez en la obra, las armas y las letras. La parodia del rito caballeresco es un adiós muy en su punto a la historia de don Quijote, en la cual ya se dijo la de cómo llegó a escribirse. Pero mientras la misión de don Quijote acaba en derrota y desilusión, a los esfuerzos del cronista los corona el éxito: el glorioso triunfo literario de una narración perfectamente conclusa.

Queda un intermediario: el agente pasado por alto por aquellos que quieren identificar al segundo autor con Cervantes. El nebuloso personaje que cobra cuerpo al fin del capítulo VIII, para hilvanar el fragmento del primer autor con la aportación del segundo, y que reaparece en el capítulo final de la primera parte para hacer las últimas observaciones. Es el intermediario más distanciado de las aventuras de don Quijote y, al mismo tiempo, el más íntimo, tanto para el libro como para el lector. En realidad este intermediario es quien establece la relación entre el autor implícito y el lector ideal, cuando transmite el deseo del segundo autor de cómo el lector debe dar a la historia «el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan validos andan en el mundo…» (I, LII). El virtuosismo de este palimpsesto revela el interés de Cervantes por jugar con las técnicas narrativas de un modo que sólo osaría utilizar un artista seguro de sí mismo. Cervantes, retórico consumado, demuestra un afán vivo, además, por el efecto que una historia produce sobre los lectores, y eso le lleva a dramatizar el acto de leer. Cada uno de los intermediarios que intervienen en la narración y en la divulgación de la historia de don Quijote, funciona, a la vez, como lector crítico de una versión previa de esa historia. En todos los casos la narración se estructura de acuerdo con la habilidad profesional del escritor que lee y selecciona con criterio crítico sus materiales y con las exigencias propias del acto de narrar. Pero ninguno de los intermediarios olvida al lector que le sigue en sus secuencias. Al principio, Cide Hamete se dirige a un lector hipotético. El traductor es ese lector, identificado en la novela, quien, a su vez, dedica traducción y comentarios a su propio lector, el segundo autor que le contrató para realizar la traducción. El segundo autor es una mezcla del lector hipotético de Cide Hamete y del lector real del traductor, que, de manera semejante, se dirige al hipotético lector de su versión. Gracias a los servicios del último intermediario, el hipotético lector del segundo autor se convierte en el hipotético lector del libro de Cervantes, que (parece obvio) debería asumir las funciones de todos, si no fuera porque nos sale al paso una dificultad. Todos los demás intermediarios refieren en la historia sucesos por venir. La han leído antes de poner manos a su propia versión. Son lectores enterados. El lector que postula el libro de Cervantes, es por el contrario, un lector virgen, para quien están expresamente organizados efectos que dependen de una progresiva inducción, como veremos en seguida. En la historia de las aventuras de don Quijote, la interacción entre historia, narrador y lectores se repite, a mayor o menor escala, de modo diferente, con variantes incontables. Quisiera examinar ahora una de esas variantes, que acaso ofrezca la ilustración más clara de esa mutua interferencia en acción, pues en ella, narrador, relato y auditorio están literalmente dramatizados. Me refiero al episodio del retablo de Maese Pedro al que la tradición folclórica legó la leyenda original ofreciéndole las bases para una adaptación teatral. Cervantes había transformado ya, en el Entremés del Retablo de las maravillas, esta forma de arte popular en una función de ilusionismo. En el retablo de Maese Pedro examina el mismo problema estético desde otra perspectiva y más profundamente.

Maese Pedro llega a la venta con un mono parlante y su retablo, en el momento exacto en que el hombre de las lanzas da fin al relato de una anécdota sobre los dos concejales que rastrearan los bosques en busca del jumento desaparecido. Los regidores rebuznan a coro con tal habilidad que se confunden recíprocamente, no sin fundamento, con el asno. La peregrina historia del hombre de las lanzas se repetirá más tarde, teniendo a don Quijote y a Sancho por actores. De momento viene al pelo como preparación inmediata del público reunido en la venta y para la no menos peregrina representación de Maese Pedro. Después de oír las maravillas del rebuzno edilicio, don Quijote y el resto del «senado y auditorio» pueden pasar sin esfuerzo a la primera parte de la función de Maese Pedro, que ofrece un invertido paralelo de lo escuchado en la destreza de un mono hablador.

La historia de los concejales borriqueles y la exhibición del mono humanizado son una introducción cuidadosamente escalonada del retablo de Maese Pedro. Los dos casos complementarios de remedo subrayan los eslabones precisos en un proceso de deshumanización, que culmina en la representación de Gaiferos y de Melisendra por muñecos de escayola. Son, al mismo tiempo, los escalones ascendentes de una estructuración más refinada, que asciende gradualmente desde el remedo sencillo a un complicado mimetismo, llevada a cabo en una rudimentaria obra de arte. Que Cervantes pretendiera presentar el retablo de Maese Pedro como el clímax de tal estructuración se hace más evidente luego, cuando el lector se entera de que sólo en esta ocasión sigue Maese Pedro el orden indicado («lo primero que hacía era mostrar su retablo, el cual unas veces era de una historia y otras de otra, pero todas alegres, y regocijadas, y conocidas. Acabada la muestra, proponía las habilidades de su mono…» (II, XXVII).

El público, que comienza escuchando la historia del recíproco engaño ingenuo de los regidores rebuznantes, basado en el remedo, se deja encandilar en seguida por la más difícil artimaña del mono parlante, y de este modo se sumerge en una actitud mental propicia para recibir una ilusión mimética, de mayor alcance y complicación, cuando los títeres comiencen. Embotados sus sentidos por la prestidigitación de un charlatán, los espectadores están ahora totalmente entregados a la magia del artista.

Las velas están ardiendo ya sobre el tablado de las marionetas. Ponen contornos a lo que Ortega llama la «frontera de dos continentes espirituales». Maese Pedro se oculta tras el retablo. Su ayudante, varilla en mano, se sitúa frente al escenario. Don Quijote, Sancho y los demás espectadores esperan, excitados por la curiosidad. El ayudante empieza a hablar, pero no llega a los oídos del público lo que está modulando. Su discurso ha sido interrumpido por Cide Hamete, que interviene en este instante, y nos recuerda que estamos leyendo la historia que él está narrando, que estamos contemplando el espectáculo de otro público que asiste a la función de que habla. Se nos promete que lo que dice el trujamán será visto y oído, tanto por los que le escuchan, los espectadores de la venta, como por quien leyere: «lo que oirá y verá el que le oyere, o viere el capítulo siguiente». La irónica disyuntiva o tiene aquí valor de y copulativa. El público sentado en la sala de la venta ha sido ampliado sutilmente para incluir explícitamente al lector, aun cuando ese público está formando parte de la representación desde la perspectiva más amplia del lector.

Se produce un ulterior aplazamiento, porque un capítulo acaba, recordando al lector una vez más que ésta no es sólo una historia, sino también un libro. El capítulo siguiente comienza con un verso, como la novela misma, aunque en este caso es una cita de Virgilio: «Callaron todos, tirios y troyanos». Este auditorio, no menos heterogéneo que el que escuchara a Eneas relatar la caída de Troya, está integrado por un sedicente caballero andante, su escudero, un ventero, un paje, un primo de alguien y otros más. Y lo integran no sólo los personajes de la historia, sino también los lectores de un libro, que todavía esperan en silencio la función de títeres, que antes de terminar les sugerirá más de un paralelo con la destrucción de Troya. Se oye ruido de trompetas y sonar de la artillería, y el trujamán reanuda su explicación, ya sin interrupciones. Sus palabras fluyen ahora ágiles, y la historia continua tanto para los lectores como para los espectadores del retablo.

La historia es la leyenda de Gaiferos y Melisendra sacada de los romances españoles del ciclo seudocarolingio. Aunque el retablo no tiene título formal, varias veces se alude a él designándole como «La libertad de Melisendra», en obsequio a su final tradicional, que en esta pieza se modifica de manera muy curiosa. Según el ayudante, «La libertad de Melisendra» es una verdadera historia, garantizada por un árbol genealógico que se remonta, a través de los romances españoles, hasta las crónicas francesas. El ayudante menciona ciertos autores que habían puesto manos a la obra en la compilación de esta «verdadera historia», pero no cita a ninguno por su nombre, y solamente aporta trozos de romances como prueba de la historicidad del relato.

La historia es sencilla. Comienza in medias res, lo que no es sorprendente. Pero en esta versión acaba de la misma manera, lo que sí es sorprendente, o al menos digno de subrayarse. La sin par Melisendra, esposa de Gaiferos, está cautiva de los moros, en España. Gaiferos, obligado por Carlos Magno, «padre putativo» de Melisendra, viaja de incógnito para rescatarla, y se las arregla para ponerse en comunicación con Melisendra cautiva en su torre. Melisendra reconoce a su esposo y juntos emprenden la fuga, perseguidos por los moros. Mientras que la leyenda original les sigue a lo largo de su huida, con la victoria de Gaiferos sobre los moros que los acosan, hasta su entrada triunfal en París, la versión de Maese Pedro de la verdadera historia termina bruscamente en el momento en que los moros inician la persecución.

El ayudante de Maese Pedro carece de nombre. Es simplemente el muchacho, o el criado, hasta el comienzo de la representación en la que se le asignan tres nombres diferentes, pero relacionados entre sí e indicadores de sus distintas funciones en el espectáculo: intérprete, declarador, trujamán. Es, etimológica y funcionalmente, un intermediario, un esclarecedor, un traductor. El ayudante está fuera de escena, pero es, no obstante, personaje central del espectáculo. Su ubicación física está indicando que no es parte del reparto, y, sin embargo, la función que realiza fuera de la escena es esencial a la representación. La varilla que maneja no sólo señala gráficamente los títeres que entran en escena, sino también su oficio de «intérprete y declarador». Puesto que los títeres que va señalando con la varilla representan «los misterios de tal retablo» (adviértase la reminiscencia, aquí rica en connotaciones, del origen eclesiástico del nombre empleado para la escenografía), se ofrece además la sugerencia de que el uso de la varilla implica una alusión a la magia. Y, efectivamente, así ocurre, pues la varilla le permite introducirse en la escena, aun permaneciendo fuera de ella. La mayoría de los narradores son personajes jánicos. El ayudante sintetiza esta doble naturaleza, cuando está pendiente de los movimientos de los títeres para traducirlos en palabras y al mismo tiempo observa el efecto en el auditorio de movimientos y palabras. La característica más singular del retablo de Maese Pedro es su forma híbrida. Si por una parte los títeres son los actores, por otra el ayudante es quien narra. Narrar y representar son aquí actos simultáneos, y el retablo es, a la vez, acción narrativa y representación dramática. El mono hablador necesitaba un intérprete para traducir a discurso oral sus inarticulados gestos mímicos. Las palabras eran el factor decisivo en la creación de la ilusión y ellas hacían creíble lo que los espectadores habían visto en el instante de verlo: un mono supuestamente hablando. Lo mismo ocurre con los gestos de los títeres, a pesar de la advertencia de Maese Pedro inmediatamente antes de comenzar la función: «Operibus credite, et non verbis». Al lector de Cervantes no le queda otra salida que atenerse a las palabras. Pero las palabras del retablo no siguen la forma dramática corriente, aplicable también a una función de marionetas. Los títeres no tienen voz, menos aún voz individual, y esa falta debe ser suplida por el titiritero. Ni siquiera hablan en silbidos como acostumbraban a expresarse los títeres en la época de Cervantes, según dice J. E. Varey. Tampoco hay diálogo en la pieza; solamente dos emisiones orales supuestamente moduladas por los personajes actores. Los dos ejemplos son citas de romances, y en ambos hablan por sí mismos los actores. Pero, en contexto, incluso estos ejemplos de locución directa están tan sobrecargados de introducciones narrativas —«dicen que le dijo», «con quien pasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen: […] las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el fastidio»— que la naturaleza dramática de tales parlamentos está, si no totalmente preterida, sí notoriamente desdibujada por el estilo informativo del narrador.

La confusión temporal del ayudante muestra una misma cosa de manera diferente, recurriendo de nuevo a los romances, en los cuales ocurre por razones muy distintas. Comienza su narración de los sucesos que van representándose en la escena, haciendo uso del presente, tiempo de todo drama. Pero a medida que la pieza va avanzando, el ayudante recurre en ocasiones al imperfecto, tiempo utilizado normalmente para describir acontecimientos sucedidos en el pasado, prueba de que el estilo narrativo prevalece sobre la misma dramatización. Aunque la obra todavía se está representando, al trujamán se le escapa a veces el pretérito, tiempo de toda historia o leyenda ya sucedidas, pero de ningún modo el de una representación dramática en el acto mismo de estar ocurriendo.

Las continuas exhortaciones del ayudante —«vean vuesas mercedes allí», «miren vuesas mercedes», «vuelvan vuesas mercedes los ojos»— recaban la atención sobre los movimientos patentes en la escena, pero también advierten al público de que está siendo guiado en su experiencia teatral, cosa que no sucede de ordinario en representaciones teatrales, a no ser en las de esta modalidad excepcional de un narrador ajeno a los sucesos que se están representando. De forma que, incluso para el público de la venta, que puede ver lo que el lector de Cervantes tiene que imaginar, el espectáculo es una experiencia por lo menos tan narrativa como teatral.

El trujamán es un narrador exageradamente minucioso que deja ciertas preguntas sustanciales sin dilucidar pero que se regodea dando nimias explicaciones de lo obvio. En su afán por suscitar una ilusión de historia, se explaya a sus anchas sobre trivialidades caseras y antiheroicas, como habían hecho a veces los juglares, y esto da un enfoque irreverente, por no decir plebeyo, a la historia de la hija de un emperador y de su no menos noble caballero: la riña entre el suegro, Carlo Magno, y el yerno, Gaiferos, que prefiere seguir jugando a las tablas en vez de afanarse en rescatar a su esposa de los infieles; la demanda de pedir prestada la espada de su primo Roldán, que aquí se niega a cedérsela (contra lo dicho en los romances más conocidos); el beso arrebatado por el moro a los labios de Melisendra y el escupir ella con asco, limpiándose la boca con la manga; el estrafalario descenso de la torre, en que la falda de Melisendra se engancha en los barrotes del balcón, donde sin miramientos se deja a la heroína colgada de su propio faldellín.

Como todos los narradores hasta aquí mencionados, el ayudante no se limita a contar sucesos ya relatados por otros. Los transmite también con comentarios. A veces las apostillas tienden a dar fuerza a un empeño de autenticidad histórica, ya sea relacionando el mundo de la historia referida con el de sus espectadores, o explicando los artilugios del retablo, o simultaneando ambos procedimientos: «en la ciudad de Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza», «se presupone que es una de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería…». Más aún, cuando el trujamán subraya una innovación exclusiva de su versión de la historia, admite que se le haya filtrado en el supuestamente relato fáctico un elemento de poesis: «Miren también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás».

El ayudante se complace en la exposición de puntos de vista personales que permiten al público percatarse de qué lado están sus simpatías y dejarse influir de acuerdo con las mismas. Sus personales favoritismos en dos ocasiones están a punto de convertirse en prolija digresión, cuyos efectos sobre los espectadores pueden colegirse por la crítica que suscitan. Sobre ello volveré más adelante.

En el ayudante presenta, pues, Cervantes un narrador que es, al mismo tiempo, comparsa, agente en el acto creador, además de espectador ideal. ¿Y qué hace el público? Del mudo tropel de «tirios y troyanos» es portavoz don Quijote, que es el principal espectador, y no sólo por ser el protagonista de la novela, sino porque sólo él de todo el grupo reacciona ante lo que ocurre. Don Quijote es el espectador dramatizado, y lo que se pretende es hacer saber al lector el efecto que la representación produce en él.

A causa de su locura, don Quijote no puede discernir con claridad entre literatura y vida. Está convencido de que los héroes de novelas fueron en algún tiempo personas de carne y hueso, y que el relato de sus hazañas en los libros de caballerías es historia pura. Este convencimiento es el que determina su reacción ante los títeres. Tomando al pie de la letra al narrador, lo que a lo sumo exige mínimos ajustes, don Quijote acepta en seguida la premisa de que la leyenda de Gaiferos y de Melisendra es historia. Sus comentarios demuestran que le encanta aceptarla como tal.

Cuando el trujamán hace digresiones con el fin de expresar su indignación moral contra la sentencia de los moros de castigar a los culpables, don Quijote irrumpe en la narración para amonestarle: «Niño, niño… seguid vuestra historia línea recta y no os metáis en las curvas o transversales; que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas».

Luego, cuando el intérprete describe la ciudad de Zaragoza envuelta en un repiqueteo de campanas, don Quijote interrumpe de nuevo la narración (y los juegos de sonoridad de Maese Pedro) para corregir los hechos. No tanto se enfrenta con el narrador como, por encima de su cabeza, con el autor mismo de la pieza: «¡Eso no!… En esto de las campanas anda muy impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y esto de sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate».

Ya molesto con las digresiones del narrador, don Quijote mismo entra aquí en una. Aparentemente aporta una prueba histórica. Maese Pedro, detrás de las bambalinas, se defiende y ordena al intérprete que siga con la historia. Cuando así lo hace, repite la descripción de Sansueña, pero incorporando a la narración la corrección de don Quijote. Comienza a advertirse que los espectadores no sólo sienten los efectos de la representación sino que a su vez influyen en ella. El espectador que toma parte en el relato es propiamente un socio condigno del narrador que dirige el espectáculo. Éste es, ciertamente, un retablo de maravillas.

La última vez que don Quijote interrumpe la función de marionetas lo hace para hacer ver de forma gráfica el efecto de la reacción del público en el espectáculo. Habiendo corregido el estilo del narrador y modificado el contenido del texto narrativo, y para ello cortado en ambos casos la acción y el clima de ilusión, ahora interviene físicamente. Arrebatado por la descripción de la caballería moruna y el voltear de las campanas fuera de la escena (porque Maese Pedro no ha rectificado los efectos sonoros) don Quijote sucumbe a la ilusión dramática. En su imaginación los títeres se convierten no ya en entes históricos, sino en seres vivos, cuyos destinos se proyectan hacia un futuro aún por vivir, más que a un pasado ya cristalizado en la Historia. Movido por la patética persuasión de que puede alterar el curso de lo que juzga historia revivida, don Quijote carga sobre los moros. Ignora ingenuamente que la feliz huida de Gaiferos y Melisendra está garantizada no sólo por la irreversibilidad de la historia sino, más aún, por lo inalterable de la leyenda. En ambos casos el destino de los amantes está fuera del poder de don Quijote. Sus nobles intenciones, hechas realidad ciega una vez más, producen funestos resultados. Afortunadamente, sólo los títeres sufren las consecuencias. Incapaz de aceptar el arte en cuanto arte, incluso en unas marionetas donde la ilusión de realidad es mínima, don Quijote se empeña en invadir el impenetrable mundo de lo ficticio. El esfuerzo es tan vano como sus múltiples afanes por imponer el mundo de la ficción en la existencia cotidiana de los hombres. El desastre que a continuación ocurre acaba en la total destrucción de la representación y de los títeres por el espectador que, al destruirlos, demuestra cómo él mismo ha caído bajo su hechizo. Se dará cuenta del error demasiado tarde.

Pero volvamos a examinar de cerca a Maese Pedro, el saltimbanqui peregrino. Sus títeres son miniaturas deshumanizadas de actores humanos, y él mismo puede representar la caricatura del autor típico del renacimiento español, el empresario de teatro que dirigía su propia compañía y escribía comedias para ella. Maese Pedro ha creado su propia versión de la liberación de Melisendra, valiéndose de escenas de versiones diferentes de un mismo romance viejo para construir una historia unitaria, no sin dejar de añadirle pinceladas personales. Él es, en el sentido más literal, el primer motor de la comedia a la que da vida en su retablo maravilloso. Las cuerdas que van de su mano a las extremidades de las figurillas (J. E. Varey prueba que la descripción de Cervantes está basada, en gran medida, si no exclusivamente, en títeres movidos con cuerdas) son la señal visible de su conexión con los movimientos de éstas y con la acción de la obra. La misma explicitación de tal vínculo entre autor y figurillas debe haber influido en Cervantes cuando eligió para este episodio un retablo de títeres y no un obra convencional, con actores de carne y hueso, como hiciera Avellaneda con absoluta falta de imaginación en el episodio tan sorprendentemente parecido de su espuria segunda parte.

Maese Pedro, haciéndose pregonero de su propia mercancía, invita a los espectadores a sentarse, y a don Quijote le promete: «sesenta mil [maravillas] encierra en sí este mi retablo: dígole a vuesa merced, mi señor don Quijote, que es una de las cosas más de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite, et non verbis, y manos a la labor; que se hace tarde y tenemos mucho que hacer, y que decir, y que mostrar». Hacer, decir y mostrar. Así describe el espectáculo su propio creador. La mecánica de la representación es tan importante como la historia en sí. El relatarla se le encomienda al ayudante, como hemos visto ya. La exhibición en función de ambos, del narrador, que muestra las figuras, y de Maese Pedro, que las pone en movimiento. Pero la acción es tarea exclusiva de Maese Pedro, y de ella depende todo lo demás. El epigrama latino está, en este contexto, cargado de ironía, ya que el relato depende del espectáculo, las palabras de las obras, y todo de la manipulación de Maese Pedro. Pregonado su anuncio, Maese Pedro desaparece tras el retablo. La mayoría de los autores se contentan con permanecer allí en silencio. Incluso Pirandello en su obra famosa, que tanto Castro como Livingstone han comparado con nuestro retablo, prefiere observar desde los laterales el conflicto de los personajes en busca de su identidad, de una obra y de un autor. Maese Pedro no se satisface con un papel tan pasivo, ni deja que la obra hable por sí misma. Sí, ciertamente él permanece oculto, inmanente, diríamos, pero su participación como autor está tan dramatizada como la del narrador y la del público. Maese Pedro, al igual que los espectadores, interviene en la obra para ofrecer sus comentarios sobre la narración en marcha. Cuando don Quijote aconseja al trujamán que cuente su historia sin filigranas, Maese Pedro secunda su consejo: «Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles». No es frecuente que un autor se encuentre en situación tal que le permita oír los comentarios del público, y mucho menos ponerse de su parte, mientras la obra está representándose. El que así ocurra en este caso parece debido a su desacuerdo con la falsificación estilística de sus intenciones, que el trujamán se permite. El ayudante, un mero mandado, debe obedecer.

En el momento en que el ayudante arenga a los amantes fugitivos, «vais en paz, oh par sin par de verdaderos amantes…», Maese Pedro corta los gerundianos párrafos, para, desde la parte de atrás (como si hablara entre las nubes) dar una segunda lección sobre el arte de narrar la historia, hasta en el instante en que está siendo contada por otro: «¡Llaneza, muchacho; no te encumbres; que toda afectación es mala!». Nuevamente introduce en la representación un elemento que no le pertenece.

El comentario más extenso de Maese Pedro ocurre al oírse criticar por tocar campanas en Sansueña. En esta ocasión no sólo traspasa el sacrosanto dintel de la historia, sino que él mismo se sale de quicio. El creador, que controla los títeres, se encara tanto con el narrador como con el público, e introduce en su pieza teatral un elemento verdaderamente inesperado: la confesión de su propia falacia, su credo materialista. Y precisamente donde, aunque fuera artístico, el hecho de proclamarlo él mismo le hace quedar fuera del tiesto: «—No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni siquiera llevar las cosas tan por el cabo, que no se le halle. ¿No se representan por ahí, casi de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan no sólo con aplauso, sino con admiración y todo? —Prosigue, muchacho—, y deja decir; que como yo llene mi talego, siquiera represente más impropiedades que tiene átomos el sol». Maese Pedro entra de nuevo en contradicción con su delegado-narrador. Acaba de confesar que tampoco él cree en la decantada integridad histórica, que, con tanto empeño y tan en vano, se ha esforzado el ayudante en recabar para la obra. Tampoco defiende la impropiedad; la desdeña, como una nimiedad sin importancia —en poesía—. ¿Quién, no siendo don Quijote, podría permanecer hechizado tras confesión tan cínica? Porque, aunque esto puede ser cierto respecto a muchas obras, proclamarlo tan descaradamente en la obra misma, es envenenar la ilusión del auditorio en su mismo manantial.

Con la violenta irrupción de don Quijote en el retablo, el final de esta versión de «La libertad de Melisendra» se altera drásticamente. En lugar de presenciar la vuelta triunfal de la heroína a París, los espectadores de la venta asisten, por el contrario, a la destrucción del tinglado de Maese Pedro, y, por un pelo, escapa Maese Pedro a la suya. Y únicamente en este que pudiéramos calificar de último acto, un final que ni la leyenda ni Maese Pedro había previsto, se menciona la reacción de los demás espectadores: «Alborotóse el senado de los oyentes, huyóse el mono por los tejados de la venta, temió el primo, acobardóse el paje y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo, porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera».

El pavor de estos espectadores, que en el caso de Sancho se entrevera de lástima, es indicio de que, para ellos, la historia de la liberación de Melisendra en su imprevisto desenlace, se ha convertido en algo parecido a una tragedia de Séneca. Es en este último acto del espectáculo donde la atención de público se centra en el titiritero. Después de la violenta intromisión del mundo externo, el creador se queda estático ante el escenario, rodeado de sus descalabradas figurillas. A Maese Pedro difícilmente se le identificaría como personaje trágico siguiendo los cánones aristotélicos, pero sí guarda un paralelismo con éstos su llantina por la pérdida de su tinglado, que constituía su único medio de vivir. Su llanto por la pérdida de todos sus haberes eleva la compasión a más complejas problemáticas, tema de todas las elegías. Comienza como una glosa al romance en que don Rodrigo llora la pérdida de su reino. Maese Pedro, en cuanto propietario de un teatro de títeres, era también señor de reyes y de emperadores hasta hace apenas un momento. Ahora, sin embargo, está reducido a la miseria. El lenguaje figurado de Maese Pedro es un eco de las metáforas teatrales que, como advierte Curtius, han sido lugares comunes desde la antigüedad. Incluso le son familiares a Sancho, a través del predicador de su pueblo. Pero no obstante estar puesto en boca de un impostor, ser inadecuado para tal situación y estar aplicado a un simple espectáculo de títeres, evoca serias implicaciones. La manera misma en que Maese Pedro se traslada de un escenario de marionetas a un reino, recuerda los planos descritos por otro mago, Próspero, al remontarse «desde la fábrica sin base de esta visión», a través de «las torres envueltas por las nubes», hasta «el inmenso globo mismo». Por cínicos que sean sus motivos, Maese Pedro es el creador del retablo. Y aunque al mismo tiempo que actúe de ese modo reclame de don Quijote el pago de los daños, ello no invalida el hecho de estar afirmando una relación con sus creaturas, ya reliquias, que personalizaron misterios en su retablo maravilloso: «Y estas reliquias que están por este duro y estéril suelo, ¿quién las esparció y aniquiló sino la fuerza invencible dese poderoso brazo? ¿Y cúyos eran sus cuerpos sino míos? ¿Y con quién me sustentaba yo sino con ellos?». Los mutilados títeres son, después de todo, y aunque por motivos mercenarios, otros tantos cuerpos de Maese Pedro, otros él, acaso con más entidad que los espíritus de Próspero, que se esfuman en el aire. Ellos son las criaturas utilizadas por este demiurgo codicioso para producir sus falaces ilusionismos. Con todo, Maese Pedro es sólo eso, un demiurgo, un creador por delegación, y su pequeño mundo, hecho añicos, está contenido en otro más amplio, gobernado por Cide Hamete, que está capacitado para dar un informe completo sobre el titiritero.

El lector implícito, con quien se intenta identificar al lector del libro de Cervantes, tiene la ventaja de una distancia y un conocimiento superiores a los del auditorio de Maese Pedro, así como sobre los del creador y el narrador del retablo. Sabe que la historia de Gaiferos y Melisendra es una ficción, y está inmunizado contra las insistencias de veracidad histórica de que alardea el ayudante. Y ve, además, la ficción como una sátira contra una leyenda concreta y contra todo asunto caballeresco en general. Observa cómo la pieza teatral se atomiza en divisiones, que son parodias de actos, no por necesidad interior, sino porque, durante esta caricatura de representación dramática, uno de los espectadores y el mismo autor de la obra no cesan de interrumpir al narrador, rompiendo con ello su continuidad. Advierte, también de un modo que se escapa a los espectadores, la destructiva admisión de fraude por parte del autor. Estos detalles en conjunto equivalen a lo que Brecht llamaría Verfremdungseffekte, y le inmunizan contra el embrujo de la ilusión de Maese Pedro. Él observa simplemente cómo los demás son embaucados por un charlatán.

Pero aunque el lector observe el espectáculo desde este punto de vista privilegiado, en la información es superado a su vez por el cronista y los intermediarios, que comparten un ulterior secreto, todavía por revelar. Aun cuando el lector no se deje engañar por las maravillas del retablo de Maese Pedro, es víctima a su pesar de otra ilusión preparada por Cide Hamete y sostenida por los intermediarios.

Después de asistir a la destrucción de las marionetas de Maese Pedro y de compartir, en cierta medida, la compasión de Sancho por las pérdidas ocasionadas a su dueño, el lector encuentra muy lógica la indemnización satisfecha por don Quijote como justa compensación al titiritero por la ruina a que lo redujo. Es justo que el orate, que no supo valorar la obra en lo que era, pague por el utillaje perdido. El mismo don Quijote admite la justicia del resarcimiento. Mas inmediatamente después de que la compasión del lector haya sido provocada, al lector se le revela algo sobre Maese Pedro, que modifica su enfoque de la cuestión. Se entera de que Maese Pedro no es tal Maese Pedro, sino Ginés de Pasamonte con quien ya se había encontrado previamente. Por si no lo recuerda, el cronista le pone en autos de que es el mismísimo villano Ginés, que había correspondido a la nobleza de don Quijote de librarle de la cuerda de galeotes con una cerrada carga de pedruscos; el mismo Ginés que, a renglón seguido, robara el rucio a Sancho, perpetrando una injusticia no solamente contra éste, sino contra el autor del libro, quien tuvo que sufrir críticas acerbas por el hecho de que al impresor se le pasara por alto este pasaje en la primera parte, donde se describe el hurto.

También en la vida real es Maese Pedro un impostor, y ahora se le quita la careta. El lector ha sido engañado por el cronista que en este momento le abre los ojos. Los demás intermediarios colaboran en el infundio al ajustarse en sus versiones al orden de las aventuras ideado por Cide Hamete. Teóricamente cualquiera de ellos pudiera haber descubierto el disfraz desde un principio y de ese modo ahorrado al lector el despilfarro de su lástima.

Acaba de probársele al lector cuán fácil es dejarse encandilar por una ilusión, en el momento exacto en que podía regodearse por no haber sucumbido al influjo de la anterior. Escarmentado en cabeza propia, no lo olvidará fácilmente, pues tal advertencia le será imprescindible para entender correctamente la novela de Cervantes. Este nuevo y sutil toque de alerta dado al lector es inmediatamente utilizado en la información sobre la identificación de Maese Pedro. El cronista moro se hace responsable del desenmascaramiento. Lo jura sobre su conciencia, como un cristiano auténtico. El segundo autor transmite palabra por palabra la traducción del juramento y la explicación del traductor morisco sobre que «el jurar Cide Hamete como católico cristiano siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que así como el católico cristiano cuando jura, jura o debe jurar verdad y decirla en lo que dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico…» (II, XXVII). ¿Pero cómo puede el lector confiar en tan extraño juramento hecho por un moro sospechoso y transmitido por un morisco no más digno de crédito? El hecho de que se le ocurra formularse este interrogante es en sí una protección contra la ingenua credulidad de don Quijote acabada de poner en evidencia, en la función de marionetas. Una protección necesaria contra la continua oscilación entre claridad y confusión que percibe en Don Quijote.

Con la última revelación sobre la identificación de Maese Pedro al lector se le abren los ojos para ver el episodio del retablo desde la ventajosa atalaya del cronista, por muy poco de fiar que tal punto de mira pueda ser. Leída la novela en su totalidad, se percata, además, de ciertas coincidencias entre las partes y el todo, que mutuamente se esclarecen. A estas coincidencias vuelvo ahora. Ginés de Pasamonte es un literato en la misma medida en que es un criminal. Es un autor, aun cuando lo sea de libros inéditos. Se nos anticipa este detalle cuando aparece por primera vez en la aventura de los galeotes de la primera parte, al discutir él y don Quijote sobre la autobiografía escrita con sus propios pulgares: La vida de Ginés de Pasamonte. La información sobre el grueso volumen en que relataba sus crímenes se repite, no se nos escape, en la explicación del disfraz de Maese Pedro. En el retablo, Pasamonte se desenvuelve en un ambiente distinto. Ya no es el narrador en primera persona de una autobiografía que pudiera verosímilmente comportar autenticidad histórica, pero sí es el autor de «La libertad de Melisendra», a la que, disfrazado de Maese Pedro, da vida, aunque se la entregue a otro narrador para contarla. En otras palabras, Ginés de Pasamonte ha asumido primeramente una personalidad ficticia, el disfraz de Maese Pedro, y después confía a su ayudante el relato de su creación híbrida, porque así lo exige este género de arte. Si interviene en la representación, es porque tanto el narrador como el público escapa de su control, pero interviene como Maese Pedro, un personaje creado por él mismo en la comedia viva que es su vida, que ahora está viviendo como otro. Al organizar el esquema narrativo de Don Quijote, ¿qué otra cosa ha hecho Cervantes sino algo similar a esto? Cide Hamete confiesa en cierta ocasión (II, XLIV) que hablar «por las bocas de pocas personas» es algo insufrible para él. De igual modo lo es para Cervantes, quien, en vez de narrar por sí en su propio nombre, delega la función de autor de la supuesta historia en Cide Hamete, y, además, añade un traductor e intérpretes para declarar —traducir y narrar— la historia. La relación que guarda el autor-criminal Ginés de Pasamonte con el titiritero Maese Pedro, y éste a su vez con su ayudante, es, en lo esencial, la misma que se da entre Cervantes y el cronista Cide Hamete, y, de igual modo, entre éste y su traductor e intérpretes. Ginés de Pasamonte, el personaje histórico de su propia biografía, no figura en el reparto del retablo de Maese Pedro. Tampoco Cervantes se asigna a sí mismo una función explícita como autor de Don Quijote. Su intención al excluirse de la novela (excepción hecha de las ocasionales referencias en el diálogo de algunos personajes) no fue, como muchos parecen opinar hoy todavía, la de eludir cautelosamente sus responsabilidades autoriales, sino la de hacer de su novela una creación artísticamente auto-suficiente.

Únicamente teniendo en cuenta este plural dédoublement tan ingeniosamente organizado, puede el lector de Don Quijote darse cuenta de la trascendencia de la observación que, como autor, hace Cervantes en el prólogo de la primera parte: «Pero yo, que, aunque parezco padre soy padrastro de don Quijote…».

En su totalidad la novela presenta incluso réplicas de don Quijote, que interrumpe y corrige la obra de Maese Pedro, y del ayudante, que observa la función y a los espectadores y a la vez relata los sucesos de aquélla. Tales son los intermediarios que funcionan simultáneamente como lectores dramatizados y como narradores intrusos. Las discrepancias entre el titiritero y su ayudante, entre palabras y acción, equivalen a las inexactitudes de la traducción en la novela: «Dicen que en el propio original desta historia se lee que llegando Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito…» (II, XLIV). Finalmente se dan otras impresionantes semejanzas entre el todo y las partes de la novela. Éstas se refieren a la historia. «La libertad de Melisendra» es un taraceado de romances. Como lo es Don Quijote en los capítulos iniciales de la primera parte. Según Menéndez Pidal, lo que Cervantes se propuso en un principio fue tan sólo hacer una breve sátira de los romances; luego, percatándose de las posibilidades que ofrecía el tema romanceril, decidió ampliar su perspectiva, incluyendo en la obra los libros de caballerías. La forma irreverente con que trata a Gaiferos y Melisendra es eco del tono heroico-burlesco con que presenta las relaciones don Quijote-Dulcinea. Ciertas coincidencias de detalle parecen elegidas para hacer el paralelismo explícito. Melisendra, cautiva en el palacio moro, debe ser rescatada por Gaiferos, exactamente igual que Dulcinea, prisionera por maleficio de un encantador, según cree don Quijote, debe ser rescatada por éste de la cueva de Montesinos —o más propiamente desencantada por Sancho, quien se muestra tan renuente a su propio vapuleo como don Gaiferos a privarse de su partida de tablas. El salto de Melisendra a la grupa del caballo de Gaiferos, en el que cae «a horcajadas como hombre», suscita la comparación con el episodio más temprano en que la moza lugareña (Dulcinea, según Sancho), derribada de su montura, toma carrerilla para saltar a lomos del asno, sobre el que «quedó a horcajadas, como si fuera hombre» (II, X). Todo el tinglado levantado en torno al faldellín de Melisendra al deslizarse de la torre, evoca el faldellín (y se trata de esta mismísima prenda) que la moza lugareña Dulcinea ofreciera a don Quijote como garantía de un préstamo en la cueva de Montesinos. Tales coincidencias son suficientes para justificar la simpatía de don Quijote por los amantes fugitivos, en la función de los títeres, aunque únicamente su locura fuese culpable de transformar la simpatía en fe ciega y ésta en acción denodada.

El retablo de Maese Pedro es, pues, una analogía de la novela vista en su totalidad. Y no sólo por el hecho de que la leyenda burlesca recreada por Maese Pedro en su retablo sea una reductio ad absurdum de los mismos materiales caballerescos que Cervantes satiriza por medio de sus personajes, sino también porque reproduce en miniatura las relaciones fundamentales que se dan entre narrador, historia y público, según se aprecian en el esquema general de la obra. Analogía, sin embargo, no equivale a total identidad, y las diferencias, en este caso, son tan significativas como las coincidencias. El retablo de Maese Pedro es la creación de un charlatán que no persigue otro fin que el de embaucar a los incautos y sacarles algún dinero, mientras que Don Quijote es la creación de un escritor, que aspira a un género de entretenimiento más noble, encaminado a instruir al lector tanto como a deleitarle. Maese Pedro se dirige a un público inculto y supersticioso y a un loco simpático; Don Quijote tiene por destinatario a un lector implícito capaz de ser instruido, que es potencialmente sensato. En la función de Maese Pedro, a uno de los espectadores le hace salir de sus casillas la ilusión; en la novela de Cervantes los efectos del constante distanciamiento le impiden permanecer embelesado durante mucho tiempo.

Desde los comienzos de la novela queda sentado que la locura de don Quijote se debe a una sobredosis de ficción y que las crisis son más agudas dondequiera que entra en escena esa ficción, especialmente si está relacionada con los libros de caballerías. El texto sigue los repetidos intentos y fracasos del personaje en su afán por revivir del modo más literal la caballería andante: viviéndola y exhortando a otros a seguir su ejemplo, por motivos distintos de su mera diversión a expensas de los disparates de un loco. En la representación de los títeres don Quijote se encuentra cara a cara con la ficción presentada como historia. Reacciona, como hemos visto, según era de esperar, porque es un loco. Pero el lector sabe a qué atenerse, o al menos lo sabrá, cuando Cervantes haya terminado de aleccionarle. Y la función del retablo le recuerda este hecho una vez más, pero ahora con una analogía que es aplicable al modo de leer la novela en su totalidad.

La intención expresa (aunque no necesariamente la única) de Cervantes al escribir Don Quijote fue desacreditar las novelas de caballerías. Lo afirma reiteradamente en los más variados tonos. Hablando como autor y usando palabras propias en el prólogo de la primera parte, sigue el consejo del amigo que irrumpe en su estudio para echarle la arenga que él hace suya allí mismo: «En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más…». De este sentimiento se oye un eco al final de la novela cuando habla otro de los muchos dobles de Cervantes. Cide Hamete se sincera cuando declara que «no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna» (II, LXXIV). El lector ha aprendido a ser cauto frente a tales «verdaderas historias» y el retablo de Maese Pedro le ha ayudado a precaverse.

Con todo, estas declaraciones deben leerse con reservas. Don Quijote es prueba fehaciente del placer que los libros de caballerías proporcionaban a sus múltiples lectores. El cura y el barbero libran de la hoguera a varias de esas novelas. Las que escapan al holocausto deben su amnistía al mérito singular, por su técnica o por su arte que supera, a juicio de los censores, la extravagancia de las historias que en ellas se relatan. El canónigo de Toledo fustiga los libros de caballerías en general, pero confiesa que le ha encantado leer algunos, e incluso que él mismo ha enristrado la pluma para escribir uno que dejó sin terminar. Estos personajes y otros parecidos son, a pesar de sus manías, gentes de reconocida sensatez, lo que hace perdonables otras flaquezas que pudieran tener. En esto se parece al lector que Cervantes tenía in mente al escribir su historia: un lector discreto, que aprende a ser avisado por medio de la experiencia, y para el que la arrebatada intervención de don Quijote en los títeres es un mal ejemplo que hay que evitar.

Al proponerse desacreditar los libros de caballerías, Cervantes no sugiere que no se lean, sino que se lean debidamente y se tomen por lo que son, extravagantes, y muchas veces bellas mentiras; ficción y no historia. A fin de conseguir este propósito, muestra cómo se estructuran tales ficciones disfrazadas como historia, poniendo al desnudo el armazón de su interior inconsistencia. Comenzando con una historia inventada de este tipo, escrita por un cronista moro sospechoso e insistiendo a continuación en la falta de credibilidad del mismo, probándola por las posibilidades de error y por la falta de comprobación histórica que se van multiplicando en cada etapa de la transmisión de la historia al libro, Cervantes da una lección objetiva sobre el modo de crear la ficción, con las mismas técnicas utilizadas por los que escriben Historia, una palabra, además, tan ambigua en español.

Si no se ha percatado de antemano del proceso, el lector puede verlo a lo vivo, pues se le repite, una y otra vez, en múltiples variantes. Es testigo ocular de la ilusión de una historia verosímil, que se monta y se destruye ante sus propios ojos; no puede, por consiguiente aceptar la ilusión en sentido literal, a menos que sea tan loco como don Quijote. El modo de presentación garantiza su distanciación, pues Cervantes sabía que la creencia en la verdad de la ilusión artística puede interferirse y hasta destruir, la captación por el lector del humor agridulce y de la intención retórica a quienes sirve. Pero las técnicas de distanciamiento, a la vez mediatizan identificación y credulidad, proyectan inevitablemente la atención del lector sobre la naturaleza artificial de la invención, pidiendo su admiración (como frecuentemente hace Cervantes por medio de sus personajes, en tantas locuciones) y sobre todo su valoración de la ficción como ficción. El amigo del prólogo de la primera parte lo explica de este modo: «Procurad también que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla». La invención es la tarea del novelista. Aceptándola exactamente como es, el lector corresponde al virtuosismo del creador con una reacción estética pareja.

(*) [Modern Language Notes, 80 (1965). Trad. del R. P. Licinio González, O. S. A.]

Esta conferencia fue pronunciada por vez primera el 12 de noviembre de 1964 en el Festival dedicado a Shakespeare y el Renacimiento por la Universidad de Chicago, y se repitió en el Bryn Mawr College, el 9 de marzo de 1965. El material aquí presentado es parte de un estudio más amplio en el que aparecerá ligeramente revisado. Por eso no hemos intentado hacerlo ahora. Las citas del Quijote están tomadas de la Nueva edición crítica, de Francisco Rodríguez Marín (Madrid: Atlas, 1947-1949). Solamente se identifican la parte y el capítulo de los pasajes que no pertenecen al prólogo o al episodio mismo de Maese Pedro (II, XXV-XXVI).

Las obras críticas y de especialización a que el texto se refiere son, por este orden: E. C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes (Madrid: Taurus, 1981, 3.ª ed.), esp. pp. 316-327; José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote, en Obras completas, I (Madrid: Revista de Occidente, 1946), p. 380; J. E. Varey, Historia de los títeres en España (Madrid: Revista de Occidente, 1957), esp. pp. 232-237; Américo Castro, «Cervantes y Pirandello», en Santa Teresa y otros ensayos (Santander, 1929), pp. 219-231; Leon Livingstone, «Interior Duplication and the Problem of Form in the Modern Spanish Novel», en Proceedings of the Modern Language Association, LXXIII (1958), p. 397; Ernst Robert Curtius, European Literature and the Latin Middle Ages, trad. de Willard R. Trask, Bollingen Series, XXXVI (New York, 1953), pp. 138-144; Ramón Menéndez Pidal, Un aspecto en la elaboración del Quijote (Madrid, 1924).

(**) George Haley, «El narrador en Don Quijote: el retablo de Maese Pedro», en G. Haley (ed.), El Quijote de Cervantes, Madrid: Taurus, 1984 (1965), pp. 269-287.

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