Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

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Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

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jueves, 1 de enero de 2009

Componedores y grafías en el Quijote de 1604.

(Sobre un libro de Robert M. Flores)*

Francisco Rico**

Que la grandeza y el sino de los precursores están en llegar hasta el monte Nebot y no entrar en la Tierra Prometida es idea que le ronda a uno por la cabeza mientras se enfrenta con The Compositors of the First and Second Madrid Editions of «Don Quixote» Part I. Sería terriblemente injusto escandalizarse de que las conclusiones de la importante monografía de R. M. Flores (1975) no fueran definitivas. Pero tampoco cabe darlas por tales sin un examen más alerta del que habitualmente reciben. La pereza de rehacer la titánica tarea del profesor Flores le ha dejado, en gran medida, en una situación que ningún buen estudioso merece, y él menos que nadie: la soledad del investigador sin crítica, confinado en el silencio o en un pusilánime asentimiento sin razones.1 El mejor homenaje que puede rendírsele quizá sea volver sobre sus huellas, internándose más en los territorios desbrozados en The Compositors…, para alcanzar acaso nuevos horizontes. Por mi parte, quisiera contribuir a la labor reflexionando especialmente sobre algunos de los presupuestos básicos del libro y el modo en que han sido aplicados en un par de puntos centrales.

Central y básica es desde luego la hipótesis de que la princeps de 1604 (con fecha de 1605) fue preparada en concreto por cuatro cajistas, que primero se fueron turnando en el quehacer y después, en la segunda mitad del volumen, trabajaron al mismo tiempo, cada uno en un cierto número de cuadernos. La conjetura, punto de partida para otras imprescindibles aportaciones del propio Flores,2 se funda en la combinación de dos géneros de indicios: tipográficos y ortográficos.

1.

Seré muy breve en cuanto atañe a los primeros, porque Flores difícilmente puede serlo más al exponerlos. De hecho, no pasa de señalar «the alternate appearance of […] four major founts» (p. 13), que identifica atendiendo a las cus mayúsculas, según él «conspicuously different form fount to fount» (p. 10, n. 1), pero no descritas con la mínima detención deseable; y, por otro lado, nota al vuelo ciertas divergencias en los titulillos de página (ib.).

Con un tratamiento tan sumario y unas «pruebas» tan escurridizas, no hay medio de sacar fruto de provecho. Ningún bibliógrafo se contentará con el escrutinio de una sola letra para caracterizar tipográficamente un impreso, y no digamos para indagar cómo se compuso un señor tomo de ochenta y tres pliegos. En una contribución más madura, Flores se ha sentido obligado a repasar una veintena larga «of some distinctive types», correspondientes a trece letras (pero no la Q) y cuya presencia se detalla esmeradamente, «in the gatherings of the first edition of Novelas ejemplares», siendo así que todos esos elementos concuerdan en la pacífica constatación de que, aparte pocas hojas, «only one set of type cases was used throughout most of the job» (Flores, 1984, pp. 282-283). No puede pretenderse que para una obra con los problemas de la que nos ocupa sea suficiente controlar una letra y anotar contadísimas apariciones de tres o cuatro tipos en tal estado (p. 10, n. 1).3

Tanto menos, por supuesto, cuando esa letra es la capital de la palabra Quijote. Sólitamente, la Q (al revés de la q) tiene un uso reducido, por evidentes motivos, y no es de esperar que una caja de imprenta la contenga sino en corto número. En el Ingenioso hidalgo, y por causas igualmente cristalinas, debió de ocurrir más de una vez que el tipógrafo agotara dentro de un cuaderno (o de un pliego, o de una forma) la provisión de cus y (aparte otros posibles remedios) tuviera que echar mano de las capitales de otra caja, distribuidas luego Dios sabe dónde. ¿Cómo confiar, pues, en el solo testimonio de la Q?

Que el primer Quijote se compusiera con las «four major founts» que Flores menciona es por ahora, a la vista de los datos alegados, en definitiva nulos, simplemente una afirmación bajo palabra, todavía por demostrar a través de un análisis adecuado: el minucioso análisis tipográfico que aquí brilla por su ausencia, y que, por ejemplo, debiera atender de modo prominente a descartar la eventualidad de que un tipo o muchos estuvieran presentes en diversas cajas. No es ésa la única cuestión de peso que no se considera nunca en The Compositors… of «Don Quixote» Part I. Tampoco se mientan jamás fenómenos tan comunes como el empleo sucesivo de una misma caja (y aun simultáneo de dos) por parte de varios tipógrafos, o tan regulares como el paso de los titulillos (¿quién y por qué iba a componerlos de nuevo?) de los cuadernos de unos cajistas a los de otros. Pero la normalidad de semejantes prácticas en casa de Cuesta (como en todas partes) la certifican, sin ir más lejos, ulteriores artículos de Flores en que se advierte que en el Quijote de 1615 «the compositors mixed and used each’s other running titles», y en las Novelas ejemplares los dos cajistas «worked in the same gatherings together and used the same cases of type and the same running titles» (Flores, 1981, p. 5, y 1984, p. 290).

La exigüidad y la inconcreción de los indicios tipográficos desplegados en The Compositors…, conociendo la minuciosidad y las dotes de Flores, ¿nos hará recelar que no tiene otros que casen con las demás hipótesis que vertebran el libro? Pensaremos más bien que en esa primera exploración pecó de confiado. El análisis del Quijote desde el punto de vista de la tipografía debe rendir mucho más, y nadie con más camino andado que Flores para lograrlo. Por el momento, empero, no es posible dar por buenos los resultados que presenta con tal perspectiva, ni, por ende, aceptar el modo en que quiere vincularlos con los indicios ortográficos.

En particular, todas las precisiones que se echan de menos, amén de bastantes otras,4 hubieran sido necesarias para acreditar el supuesto tal vez fundamental en el estudio de Flores. He empleado ya un par de veces la palabra cuaderno5 con una (falsa) seguridad que se presta a fáciles reparos (¿por qué, pongamos, el destino de los titulillos se limitaría a pasar de un cuaderno a otro, y no, antes de nada, de forma y pliego a forma y pliego del mismo cuaderno?).6 En adelante tendré que reincidir en el pecado, porque sólo así, reflejando la persistencia con que Flores habla de gatherings con exclusión de cualquier otra posibilidad, podré servirme de la información contenida en The Compositors… Con razón o sin ella (si la hay, desde luego no se nos muestra) la cosa es que esa información está tenazmente articulada en función de una premisa omnipresente y, sin embargo, tácita y no provista de apoyatura alguna propiamente tipográfica: la premisa de que el gathering constituye una unidad indisociable a efectos de composición, es decir, de que cada cuaderno ha sido preparado forzosamente por un solo tipógrafo. Basta enunciarlo en tales términos, explícitamente, para que uno se diga que alguna vez quizá sí sería el caso, pero que en todos resultaría demasiada casualidad.

Flores defiende que la primera mitad del Ingenioso hidalgo, entre los cuadernos A y V, se compuso «page by page, not by formes» (p. 14), y no fue sino a partir de X cuando distintos cajistas comenzaron a trabajar simultáneamente «by formes».7 Mostraré en otro lugar que difícilmente pudo ser así, por imposibilidad material y falta de tiempo. Pero si por un instante lo concedemos nos preguntaremos aún más intrigados de qué pistas dispone Flores para sentar por las buenas, sin explicaciones, esa indefectible correspondencia entre cuaderno y tipógrafo, y lo mismo en la primera que en la segunda parte del volumen. Porque si se trabaja por páginas, el uso ordinario ha sido siempre que un cajista continúe, sencillamente, en el punto en que acaba otro; y si por formas, dado que entonces es preciso «contar el original» (casting off copy) calculando su correspondencia con las planas impresas, el ritmo del proceso se aligera y el peligro de errores se atenúa con la intervención, por ejemplo, de sendos operarios para los dos pliegos o los dos pares de formas de un mismo cuaderno, de modo que puedan introducirse en seguida los ajustes necesarios para el buen enlace de todos los elementos. Postular que una obra de las dimensiones del Quijote fue sistemáticamente compuesta según el principio «a un cajista, un cuaderno» es postular una chocante anomalía.

Sin embargo, repito, Flores no ofrece ningún argumento tipográfico a favor de esa presuposición, vital en The Compositors…, que adjudica cada cuaderno a un componedor, y solo a uno. ¿Se dirá que no se trata de tal presuposición, sino de las conclusiones que extrae de su examen de la ortografía? Cierto, un rasgo ortográfico suficientemente distintivo que se mantenga a lo largo de un cuaderno y en contraste con los inmediatos (una excepción, pues, en el canon de Flores) puede delatar (aunque no atrapar) la mano de un solo cajista, pero también es perfectamente explicable en dos que actúan en equipo, según el sistema general en toda Europa en los tiempos de Cuesta:8 pues un par de cajistas que se reparten formas y pliegos mal pueden no aprender uno del otro (sean o no maestro y aprendiz) y compartir ciertas costumbres, aunque difieran en otras, sobre todo cuando se hallan bajo la férula de un corrector con opiniones bien definidas (al final diré una palabra sobre ese gran olvidado en The Compositors...). Y si el rasgo ortográfico no ocurre con la nitidez exigible (la regla, ahora, en el canon susodicho) y no se aportan razones tipográficas, ¿cómo dar por sentado que el cuaderno es obra de uno y no de varios componedores?9

En cualquier caso, lo grave es que el deslinde previo efectuado por Flores, al agrupar los materiales ortográficos sin tomar en cuenta otra unidad tipográfica que el cuaderno, prejuzga irremediablemente los resultados. Los rudimentos de la textual bibliography nos impiden asentir a lo que se predica sobre los cuadernos sin conocer la situación en lo relativo a pliegos y formas (v. sólo n. 25). Es duro decirlo, y, si no tuviéramos ordenadores, hasta lo sería pensarlo. Pero habría que compilar de nuevo todas las estadísticas de The Compositors… atendiendo a los pliegos y las formas (y aun medias formas) en que aparece cada alógrafo. No haberlo hecho ha sido empezar la casa por el tejado y dejar al relente a los vecinos.

2.

En relación con los indicios ortográficos, Flores registra cuarenta y un ítem (readings; v. n. 14) que ofrecen variaciones en distintos cuadernos, los cuales asigna en consecuencia a cuatro cajistas: C, D, E y F. A mi juicio, semejante conclusión no está debidamente respaldada ni por los ítem elegidos, ni por el número y la distribución de las apariciones de cada uno, ni por el criterio mismo de atender a fenómenos gráficos de la índole de los rastreados.

No obstante, antes de abordar la quaestio disputata, creo inexcusable insistir en que para resaltar los puntos flacos de la monografía de Flores voy a servirme de la información que él proporciona y moverme en el terreno que él acota. En principio, pues, manejo el cuadro de «Principal orthographic variants…» inserto en las páginas 7-9 como si fueran indiscutibles tanto la realidad de cada alógrafo que ahí se cataloga como la cifra de presencias que se le señala; asimismo, por vía puramente argumentativa, entro en el juego de asumir la premisa implícita y no demostrada de que cada cuaderno ha sido compuesto por un solo cajista. En el curso de mi enfadosa exposición, haré unas cuantas observaciones que ponen en duda esa realidad y esa premisa (baste remitir a las notas 19 y 25), pero aquí no me propongo generalizar tales reparos más allá de los casos específicos que indico, ni aplicar el método o los retoques metódicos que estimo apropiados para acercarnos a algunos de los objetivos perseguidos en The Compositors…, sino sólo subrayar que los datos y las interpretaciones de Flores no son válidos ni siquiera de acuerdo con sus propios parámetros.

Vayamos, sin más, a la quaestio anunciada, y, a beneficio de la brevedad, fijémonos especialmente en el presunto tipógrafo a quien Flores, distinguiéndolo «through his spelling preferences rather than through his fount» (p. 11), designa como E, y a quien atribuye los cuadernos ¶¶, I-K, M-N, Q-R, V, Y, Bb, Ff, Kk, Nn, * y **, y valora como el más «responsible with his copy» (p. 87) y «a reliable workman» (Flores, 1984, p. 305).

Si nos vamos al mentado cuadro de «Principal orthographic variants…» y pretendemos comprobar las aludidas preferencias ortográficas de E, de ningún modo hallamos lo que se nos promete. Tomemos el primer ítem que aduce Flores: a cauallo, separado, y acauallo, junto (Tabla 1). Cuando el sintagma sale en esos cuadernos, el supuesto E oscila desenvueltamente entre ambas posibilidades: en I y M, escribe a cauallo, respectivamente, tres y dos veces (todas); en N, una a cauallo y cinco acauallo; en Kk, una a cauallo y dos acauallo; y en Nn, una a cauallo y otra acauallo.10 Pasemos al segundo ítem: a pie y apie (Tabla 2). En I, M, Q, V, Bb y *, hay sendos usos de apie; en N, dos de apie y uno de a pie; en KK, uno de a pie. Sigamos hasta el tercero. En siete de nuestros cuadernos, se dan una o dos presencias de ahi en solitario; en dos cuadernos, K y M, únicamente de ay, y en otro, N, una de ahi y otra de ay.11

Tres cuartos de lo mismo sucede con demasiadas de las «orthographic variants» que atañen al hipotético E: si los cuadernos son suyos en opinión de Flores, no muestran la regularidad gráfica que Flores presume para atribuírselos.

Ocurre más bien que los materiales que Flores alega hablan a menudo en sentido clamorosamente opuesto al que nos asegura él. Con una sola excepción, huesped se escribe así a lo largo de todo el primer Quijote, incluidos los cuadernos I-K, N-M y los restantes ahora sobre la mesa: la excepción es Kk, donde encontramos siempre (dos veces) guesped. Cosa similar ocurre con Luscinda; contra Ff, Kk y Nn, el único cuaderno con Luszinda (trece veces, todas, en V) es para Flores también de E. Salvo en los cuadernos N, X e Y, Reyno va siempre con mayúscula; pero en N lleva dos veces mayúscula y una minúscula, y en Y siete (todas) minúscula.

Según los datos de Flores, pues, el mismo cajista puede componer cuadernos en que alterna al acaso los dos alógrafos que sin embargo se quieren clasificar como distintivos y cuadernos en que mantiene uniformemente sólo uno de los dos que comparecen en el conjunto que el estudioso le imputa. Estoy convencido de que así podía ocurrir efectivamente, y, como decía, no ya en cuadernos, sino en pliegos, formas y páginas; pero, entonces, claro está (e incluso bordea la perogrullada) que los planteamientos de nuestro industrioso cervantista son incongruentes e inválidos por definición.12

Con todo, no es meramente cuestión de coherencia de criterios en ese punto: cambiando de perspectiva no corroboramos mejor las conclusiones de Flores. A decir verdad, de las formas que nota, apenas media docena se usan con exclusividad en los cuadernos atribuidos a E, y no también en otros cuadernos o concurriendo con otras formas en los supuestos cuadernos de E: alcayde (frente a Alcayde), alua (Alua), capitan (Capitan), Ciudad (ciudad), comissario (Comissario), general (General) y subjeto (sujeto).13 Pero no es únicamente que esas formas exclusivas alcancen una cifra a todas luces tan pequeña, sino que las «variants» laboriosamente contadas por Flores para cada una son a su vez tan parvas en aparición a lo largo del Quijote de 1604, que pueden despreciarse con toda tranquilidad.

Flores, así, señala seis casos de ‘alcaide’ (dos alcayde en I, y sendos Alcayde en A, B, C y Gg) y de ‘alba’ (un alua en M, al igual que en Bb y Kk; un Alua en B y dos en L); diez de ‘general’ (un general en N, otro en Bb y tres en Ff; cinco General en Gg); once de ‘comisario’ (seis comissario en N; cuatro Comissario en O y uno en X); dieciséis de ‘sujeto’ (un subjeto en N, Q, V y Bb; uno o dos sujeto en A, B, E, G, H, T, Z, Ee, Oo y Qq). Sólo un par de las formas según Flores peculiares de E sobrepasan esas cotas mínimas gracias a las razones argumentales que introducen en V once muestras de Ciudad y en Kk trece de capitan, pues, por lo demás, las apariciones de las voces correspondientes no salen del mismo modesto orden de cosas y nunca pasan de cuatro en un cuaderno.14

No son, fuerza es concederlo, números ni proporciones suficientes: ni en general ni menos dentro de los presupuestos de Flores. Para achacar a E los cuadernos que le achaca, no le duelen casos como los de Luszinda, ni que ymagino se lea seis y tres veces en I-K, y una y una en M-N, en tanto imagino es exclusivo en R (cinco veces), Bb (dos), Kk (dos), Nn (cuatro) y * (una), e imagino e ymagino coexisten en Q (tres y una) y V (seis y una) (Tabla 4). Tampoco le importan ni los ocho a cauallo en parejas con ocho acauallo y demás indecisiones arriba reseñadas, ni otras igualmente obvias como habito y abito, hermandad y Hermandad, etc.15 Pero, entonces, ¿cómo y por qué debemos dar valor grande ni chico a algún alcayde o algún alua presuntamente de E junto a uno o dos Alcayde o Alua de otros asimismo presuntos cajistas? Por las páginas con dobles grafías, podemos tener la seguridad de que un componedor, sea E, F (p. 9, n. 1) o cualquiera a quien Flores haga intervenir en el primer Quijote, cambiaba de spelling sin asomo de problemas;16 y si falta hiciera impugnar las escasas y mínimas regularidades que él presenta como singulares de E, ¿sería arriesgado cargárselas a dos o más cajistas con un mismo uso ortográfico?

Así cabe hacer incluso con el ítem en principio más prometedor para Flores de los cuarenta y uno que enfila: «the forms of the past indicative and future and past subjunctive of the auxiliary verb haber» (p. 11). El doblete de huuo (uno) y vuo (dos) en Kk impide contar vuo entre las grafías en rigor exclusivas de los cuadernos asignados a E, pero debe subrayarse que sólo vuo figura en los restantes que en The Compositors… se reputan por suyos,17 y que los alógrafos de ‘hubo’ se extienden a lo largo de casi todo el Quijote de 1604 con una asiduidad de entre uno y diez por cuaderno (con cuatro de media) (Tabla 5).

Téngase en cuenta que huuo y vuo corresponden a unos tiempos verbales con una fisonomía más singular y con una presencia extraordinariamente más regular y más alta que cualquiera de las palabras entresacadas por Flores.18 Son alógrafos, por tanto, en relación con los cuales se entiende que los componedores desarrollaran un uso más estable, más asentado. La solitaria infracción de Kk a la norma de que en un cuaderno se halle solo huuo o vuo, precisamente por aislada, habla a favor de que cada cajista no empleara habitualmente sino una de las dos variantes.19

Uno puede creer, pues, que es correcta la interpretación de Flores al identificar a E de acuerdo con la comparecencia de vuo, y acaso tuviéramos que concedérselo si llegara flanqueado de un número respetable de formas no menos frecuentes y con un reparto coincidente. Pero ocurre exactamente al revés: en apoyo de la posible calidad distintiva de vuo, sólo existen los dos alcayde, los tres alua y demás menudencias recién repasadas.

Ahora bien, los cuadernos que traen vuo, si no muestran ningún otro paralelismo gráfico de relieve, sí están en desacuerdo en un particular cuya persistencia y volumen numérico se aproximan a los de ‘hubo’. Volvamos a echar un vistazo a la familia de ‘imaginar’ (cf. n. 14),pero ahora no sólo en los cuadernos que Flores concede a E (Tabla 4), sino en la totalidad del volumen (Tabla 6). Las grafías en pugna están presentes en tantos cuadernos como ‘hubo’, y son además las únicas que se le acercan en la cantidad de apariciones (168 y 125). Salvo en los cuadernos con vuo, la unanimidad es casi absoluta a favor de imagino: solo se resquebraja en dos casos de vacilación, y aun así con abrumadora preferencia por la versión mayoritaria (seis imag. y un ymag. en A, uno y uno en C). Los cuadernos con vuo, por el contrario, son los únicos que difieren conspicuamente entre sí: la y- se instala triunfal en I, K, M y N, concurre con i- en Q y V, y es vencida en R, Y, Bb, Kk, Nn, * y **. ¿A qué carta quedarnos?

Confesemos nuestra inseguridad. A falta de más convergencias y a la luz de las continuas contradicciones gráficas del Ingenioso hidalgo, la distribución de vuo puede reflejar tanto la norma personal de uno como la costumbre coincidente de dos (y en teoría más de dos) tipógrafos, en particular si trabajaban por parejas y uno era el regente de la imprenta o estaba enseñando al otro (el propio Flores, en 1981 y 1984, se complace en especular acerca del Quijote de 1615 y de las Novelas ejemplares como obras «of a compositor and his apprentice»). Los avatares de ‘imaginar’ no nos inclinan decisivamente a un lado ni a otro. Las formas en debate no son de gran enjundia, y sólo en dos cuadernos (I y K) ymagino descuella claramente, mientras en cuatro se baraja con imagino… Aún le daremos otra vuelta al asunto. Pero mientras es cierto que el conjunto de los materiales no respalda con la solidez exigible la eventualidad de que vuo sea la marca de un solo componedor, la disconformidad de los cuadernos con vuo en cuanto a la ortografía de ‘imaginar’ podría darle a la balanza un suave empujón hacia la hipótesis de más de un cajista.

Las variaciones recién ojeadas se me ofrecen, pues, como relevantes, pero no resolutorias, o no, desde luego, en la dirección unívoca de Flores. Más claro se me antoja, como sea, que la inmensa mayor parte de las mudanzas de ortografía que se dan en los otros ítem alegados por Flores han de valorarse como accidentales, o, a gustos, como no reducibles a ninguna pauta inteligible. Nos acercamos aquí a uno de los problemas de fondo, que, sin embargo, no son hoy los míos. Si adoptáramos los criterios de The Compositors…, tendríamos que concluir que la relación del 27 de agosto de 1590, la certificación del 8 de agosto de 1592 y el memorial del 3 de diciembre siguiente, todos de autenticidad inobjetable, no los escribió Cervantes «por estos pulgares», porque en la primera pone comisario y en los segundos Comisario, o porque tanto en la relación como en el memorial, y a distancia de pocas líneas, escribe unas veces Proueedor y otras proueedor.20 O nos veríamos obligados a dar por fantasmagóricas comedias de Lope de Vega que nos constan de puño y letra del Fénix, porque, mientras el Quijote se iba redactando, alcalde y Alcalde se codean en La corona merecida (1603), capitan y Capitan en Carlos V en Francia (1604), o porque en El cuerdo loco (1602) y en autógrafos de todas las fechas compiten entre sí sin orden ni concierto historia e ystoria, çeptro y cetro, -eys y -eis, y muchísimos más que los cuarenta y un ítem o, si se prefiere, el entero repertorio de categorías que Flores alinea.21

No debiera ser necesario alargarse sobre cosas tan sabidas como la extrema libertad y aun anarquía en las escrituras personales de hacia 1600. Si las rozo ahora no es tanto para negar de raíz la validez del método de Flores como con el fin de apuntar que los baremos admitidos en The Compositors... para el deslinde de cuadernos «with differing orthography» (p. 9) nos muestran, en sustancia, oscilaciones menores que las que se nos ofrecen como corrientes en la práctica individual de la época,22 y tan tenues, que a nuestro propósito bien pueden obedecer al azar.

En efecto, la mayoría de las disparidades que llevan a Flores a asignar cuadernos contiguos a distintos cajistas se concretan en números tan bajos, que no es hacedero tomarlos en consideración. Que en un cuaderno se halle la grafía apenas y en el siguiente aparezca a penas (o viceversa) no es un dato significativo (aparte otras consideraciones) cuando nos movemos en cifras absolutas y proporciones relativas tan raquíticas como en ese caso (Tabla 7): dos (D) y una (E); una (H) y una (I); una (L) y dos (M); una (Cc) y dos (Dd); una (Ee), una (Ff) y una (Gg); tres (Kk), una (Ll) y una (Mm). Esas son, sin embargo, las cuantías de «variants» que con más frecuencia sirven a Flores para marcar las fronteras entre cuadernos: sobre todo, y con mucho, una junto a dos y una junto a una. Otro tanto encontraremos sin ningún esfuerzo en unas pocas páginas de Cervantes o de Lope, y, desde luego, dentro de un solo cuaderno del Quijote de Cuesta. Otro tanto, digo, y aquí, según las noticias que da Flores, todavía más, porque al punto descubrimos cuaderno tras cuaderno en cuyo interior las «variants» alternan entre tres y cinco, tres y seis, cuatro y seis, cuatro y diez, etc., etc.,23 con vacilación que no le impide endosar tales y cuales cuadernos a tal o cual componedor, por más que exactamente los mismos cálculos le decidan en otro momento, a veces en el ámbito del mismo ítem, a distinguir entre el cajista Fulano y el cajista Zutano.

Es cierto que hay una minoría de casos en que un número superior de divergencias gráficas parece asentar una linde entre dos cuadernos inmediatos. Pero, con cuanto llevamos ya visto, ¿cuál podría ser el volumen de tales divergencias que diera significado al hecho desnudo de que están ahí? Creo dificilísimo, y quizá irrealizable, determinarlo. Volvamos sobre los primeros ejemplos de Flores. Dos a cauallo en M y uno en O le hacen trazar sendas divisorias respecto a N, que según él (cf. n. 10) trae cinco acauallo, pero también un a cauallo; a continuación, separa el apie de V tanto del a pie de T como de los siete de X. En el párrafo anterior me he referido a la nula relevancia de los «uno a uno» y «dos a uno», pero ¿la tiene el «uno a cinco» de N respecto a O… y a sí mismo? (Y, ut supra, de creer a Flores y concederle N a E, ¿el «tres a cinco» respecto al uso de I?) ¿La tiene el «uno a siete» de V y X? Con el trasfondo de una ortografía voluble y pobres recursos de composición, en V (como, a su manera, en T) ¿ha ocurrido que al cajista, que no obstante —supongamos— tiende a escribir a pie, le ha sido preciso justificar una línea (como en otras páginas ha podido faltarle una mayúscula o escasearle una letra), se ha atenido al original, ha cometido una errata…? Imaginemos aún que en X trabaja un tipógrafo que no tiene norma estable al respecto y que cuando se encuentra en el manuscrito con un uso aislado de ese sintagma lo escribe como le apetece o le conviene: ¿no es verosímil que si en un cuaderno da con él varias veces, a cortos intervalos, se incline por mantener la solución que ha adoptado al ponerse a la faena, sea porque entonces ha respetado el original, sea por ahorrarse el enfado de tomar ínfimas pero repetidas decisiones, sea porque haciéndolo se le vuelve luego más fácil la tarea de distribuir? Es inútil cualquier intento de acotar esas posibilidades (y tantas más): podemos habérnoslas igual con uno que con dos componedores. No sabemos si conferir o no conferir sentido a la divergencia.

En esa irresoluble perplejidad nos sumen las cuentas de Flores. Para los ítem que ha seleccionado, dos cifras bajas seguidas, las más normales, no tienen ningún poder de convicción. Una alta junto a una baja (dos Capitan en Ii, trece capitan en Kk) disuelve la heterogeneidad en la insignificancia de la menor: ¿es la baja regla propia o excepción trivial a la regla de la alta? Dos vecinas relativamente altas (siete gigante en Cc y ocho en Ee, cinco Gigante en Dd) no implican distinta proporción que dos bajas, sin sacarnos de los márgenes de arbitrariedad entonces usuales, y nos retrotraen a la aporía de los cajistas que emplean en un cuaderno «variants» que Flores considera discriminadoras: en algunas ocasiones, con el agravante de que un cuaderno en contradicción consigo mismo se pretende desligar del siguiente en gracia a una sola grafía, pese a que ambos comparten la otra en igual medida (en Y, cinco apariciones de Princesa; en X, seis de Princessa y cuatro de Princesa).

¿Quiere ello decir que las discordancias en cuestión nunca suponen de suyo pluralidad de tipógrafos? Naturalmente que no, de ningún modo. Quiere decir que con los datos y la práctica de Flores no tenemos medio de averiguarlo. Es verosímil, y aun probable, que en más de un caso el cambio de una «variant» a otra, de cuaderno a cuaderno, se deba al cambio de tipógrafo (o equipo de tipógrafos): así se dejan entender ‘hubo’, con menos contundencia ‘imagino’ y tal vez algún otro ejemplo.24 Pero no sólo somos conscientes de que las noticias que se nos dan en The Compositors… carecen de valor mientras no sepamos qué ocurre en cada pliego y en cada forma:25 también hemos comprobado hasta el bostezo que ni las irregularidades propuestas por Flores implican necesariamente diversidad de compositors, ni las regularidades identidad. Los albures en juego son demasiados.

Aludía arriba a algo tan obvio como es el hecho de que múltiples cajistas, trabajando o no por parejas, pudieron y debieron coincidir en múltiples usos ortográficos, unas veces porque habían hecho suya alguna de las varias posibilidades que permitían las costumbres de la época, y otras, dado el desbarajuste de tales costumbres, por pura casualidad. Es de sentido común que, si un componedor muda de grafía en el curso de una misma plana, con igual facilidad la mudará en otro momento, al empezar una nueva unidad tipográfica; y según sean las circunstancias en que le salta a los ojos un determinado término lo reproducirá uniforme o no uniformemente.

En las imprentas con corrector menos estricto, la ausencia de normas tuvo que llevar no pocas veces a la adopción transitoria de grafías «regulares». La libertad y la versatilidad también acaban por ser incómodas. Ante la comparecencia de una palabra que para él admite más de una forma, a un componedor que no sea un botarate se le plantea una pequeña duda y ha de hacer el pequeño esfuerzo de optar por una alternativa. Es comprensible que no lo desaproveche, y, si la palabra retorna en la misma sesión de trabajo, renueve, ya sin ese pequeño esfuerzo, la alternativa elegida. Pero como por la falta de criterios fijos la decisión era ocasional e intrascendente, pronto quedaba olvidada, y no había impedimento para adoptar una distinta al retomar la labor después de una interrupción: sobre todo, al principio de otra forma, de otro pliego, de otro cuaderno o de otra jornada.

Los factores aleatorios son, repito, demasiados, y no es problemático que los elementos de distorsión que hemos venido señalando hubieron de superponerse a menudo y a los ingredientes psicológicos se les agregaron las constricciones materiales (no era insólito que conviniera escatimar determinadas letras o parar la composición de una forma por falta de tipos hasta que se distribuyera otra) y las contingencias en el reparto de la tarea. Los cuarenta y un testigos aportados por Flores ni bastan ni valen. La inconsecuencia ortográfica de nuestros cajistas y del Seiscientos temprano no se deja conjugar con la poca o ninguna entidad de unos ítem en general de escasa presencia en el primer Quijote y cuyas «variants» son tan menguadas en las continuidades como en las discontinuidades.

3.

He empleado antes la palabra azar. Era otra manera de recoger mi impresión de que esas continuidades y discontinuidades apuntadas por Flores no son «reales», sino artificiales: es decir, no responden a una selección significativa de los datos, a una muestra del conjunto que deponga en el mismo sentido en que el conjunto lo haría, sino constituyen un exiguo repertorio ad hoc, que ilusiona a nuestro meritorio erudito con la creencia de que sobre semejante base puede alcanzarse una conclusión. Me pregunto en particular si la precaria elección del cuaderno como unidad a la cual se circunscribe el deslinde de las grafías no ha venido harto a posteriori, ante la imposibilidad de hacerlas hablar ningún lenguaje inteligible dentro del terreno más natural de los pliegos y las formas. Como me pregunto también si a Flores no lo habrá desencaminado seriamente el espejismo de vuo: animado por su distribución de apariencia regular, la ha tomado por seña de identidad forzosamente de un solo componedor y a partir de ahí ha desdeñado otras grafías y se ha concentrado en aquellas, normalmente microscópicas, cuyo reparto pudiera apuntalar tanto esa hipótesis (en un primer examen, no inaceptable) como otras conexas (así sobre la segunda edición de Cuesta); y en el curso de los ajustes necesarios para mantenerlas todas, a merced de unas «variants» de hecho irreductibles a sistema, le han ido brotando otros tres cajistas más que dudosos.

Flores declara que «there are score of orthographic variants in Part One, but only forty-one readings and their forty-two spelling variants26 were selected because the other variants have few occurrences, do not appear in adjoining gatherings, and/or could have been caused by foul-case types» (p. 6). No podemos prestarle crédito: hay abundantes palabras, morfemas, sintagmas, con las condiciones requeridas.27 Flores no nos da la menor idea de cuáles son en concreto los ítem que ha examinado y desestimado.28 Tampoco tiene excesiva importancia, ante la evidencia de que no son todas las que están, y, en especial, de que mientras no estén todas las que son y en el lugar en que están (por debajo del falso marco del cuaderno) no cabrá reemprender con alguna esperanza de éxito la empresa airosamente acometida en The Compositors…

En efecto, para ver un rayo de sol entre la selva salvaje de la escritura coetánea, sólo podría tomarse en consideración el inventario y análisis exhaustivo de todas las grafías del Quijote. Solo la ley de los grandes números, la estadística aplastante, valdría, quizá, como prueba de convicción.29 Pero el paso inicial y más arduo en la tarea de un recuento total, que hace unos años hubiera sido de gigante, se convierte ahora en juego de niños con un ordenador y un programa que permita apreciar punto por punto la frecuencia y distribución de las variaciones ortográficas. Bastaría que el propio Flores pusiera a disposición de los cervantistas el texto informático que subyace a su edición semipaleográfica de la princeps,30 para que la operación fuera tan sencilla, que ni aun habría necesidad de publicar la concordancia automáticamente aneja: con el texto informático y el Data Basa Testuale de Eugenio Picchi, cualquier filólogo estaría en condiciones de corroborar o discutir la interpretación que de los materiales ofreciera otro experto.

No es seguro, ni remotamente, que ese escrutinio completo diera resultados positivos, pero tampoco, creo, hay otro camino para acercarse a través de la grafía a los fines anhelados por Flores. La técnica del simple muestreo exige desentrañar cada ítem con un rigor filológico y un discernimiento tipográfico que no se alcanzan en The Compositors…, y difícilmente puede dar pie sino a conclusiones bastante más laxas y precarias. Con los cimientos y el andamiaje que ahí se ponen, no me parece lícito, en concreto, distinguir los cuatro cajistas que Flores distingue, adjudicándole a cada uno «a characteristic orthography» (arriba, n. 22), ni, por ahí, los cuadernos que les adjudica. Los materiales presentados no dan para tanto: insinúan posibilidades, sí, pero en continuo conflicto, sin la mínima firmeza necesaria para conjugarlas entre sí, avanzando de unas a otras.

Así, es más que verosímil, y hasta diría que seguro (pero por otras razones que Flores), que en la composición del Quijote en el otoño de 1604 se ocuparon varios tipógrafos. Es probable, además, que entre ellos los hubiera aferrados a vuo y partidarios de huuo. Si queremos hilar más delgado, como especulábamos antes, separaremos a los primeros en adictos a ymagino y favorables a imagino. Ni siquiera estas últimas grafías tienen la envergadura suficiente para hacernos poner la mano en el fuego, pero, a sentirnos optimistas y dar por bueno el reparto que sugieren, podemos pensar en tres cajistas: uno para J, K, M y N; otro para R, Y, Bb, Kk y Nn; y un tercero para los cuadernos con huuo. ¿Nos parecerá excesiva desproporción? Pues a conciencia o no tenderemos a rebajarla diciéndonos que detrás de los cuadernos de huuo deben estar varios tipógrafos: si a Flores le salen tres, a nosotros, si procedemos con igual ligereza, no tienen por qué no salirnos cuatro o cinco. ¿Son ahora demasiados? Pues al volver sobre Q y V, es decir, sobre los cuadernos que habíamos dejado en el alero porque la y- cohabita en ellos con la i-, quizá caeremos en la cuenta de que M y N traen una sola presencia de ‘imaginar’ con y-. Pero si descartamos Q y V por mezclar tres y seis i- con una y-, ¿por qué retendremos M y N? ¿Y qué haremos con K? ¿No será más prudente retroceder y contentarnos con un componedor para vuo y otro para huuo? ¿O bien…?

Podríamos tejer y destejer indefinidamente esa tela de Penélope, sin rematarla nunca, porque lo hace irrealizable la misma condición de las hebras. En cuanto pasamos de proponer, por el razonable indicio de vuo y huuo, que en el Quijote de 1604 intervinieron no menos de dos cajistas, estamos violando la frontera que nos marcan los datos de The Compositors… y embarcándonos en una mareante travesía entre Escila y Caribdis. Pretender mayores seguridades es despeñarse por una cascada de adivinaciones progresivamente más aventuradas. El aire «científico» del método y el enorme esfuerzo de la aplicación no deben llamarnos al engaño de acoger sin más los resultados: incluso en los ejemplos más propicios, los planteamientos y los materiales de Flores resultan insuficientes para llegar a una conclusión pasablemente sólida.

Diré más: la apariencia «científica» encubre de hecho una grave falta de atención a la verdadera complejidad de la historia. He advertido desde el principio que quería moverme aquí dentro de las coordenadas establecidas por Flores, y, por ende, me ha tocado la antipática tarea de mostrar que las hipótesis que defiende ni son congruentes con sus propias premisas ni resisten la confrontación con la «evidence» que nos brinda. En cuanto ampliamos un poco la perspectiva para salirnos de tales coordenadas, descubrimos además que estábamos inmersos en un ámbito puramente artificial, sin apoyaturas en la realidad de la imprenta en los tiempos del Quijote.

Los cervantistas no ignoran que la meta confesada de Flores es preparar una «old-spelling edition of Don Quixote» (p. IX), «restoring Cervantes’s orthography» (1988, p. XIII) sobre la base exclusiva de las ediciones principes, sin ningún otro auxilio (cf. arriba, n. 22). El empeño es quijotesco: grande, heroico, pero imposible, teórica y prácticamente imposible,31 no sólo por las deficiencias de The Compositors... que hemos apreciado en la argumentación, sino también por faltas igualmente serias en la documentación.

Flores, en efecto, marca el acento en aseverar «a point which […] cannot be questioned. It is evident that the compositors […] used Cervantes’s own manuscript as their printer’s copy» (p. 5). Pero no lo es, de ningún modo. En otro lugar he mostrado que el uso sistemático de la tipografía española hacia 1600 consistía en que el original (printer’s copy) manejado en el taller fuera, no un texto autógrafo, sino una copia en limpio realizada ad hoc por un escribiente profesional. Un corpus de medio centenar de manuscritos me ha permitido señalar asimismo que la norma en esos originales era que el corrector de la imprenta revisase y retocase la ortografía empleada en tal copia —es decir, la ortografía del amanuense, no del autor—, e instruyera a los componedores sobre los criterios que debían seguir al respecto. Hasta recientemente, el tema ha estado inédito en la filología española,32 pero en otros terrenos, y en especial en Inglaterra,33 cuenta con una rica tradición que debiera haber advertido a Flores de que todo su noble y hermoso edificio cervantino tenía que comenzar por el modesto cimiento de indagar cómo pudo ser la printer’s copy de que se sirvió Juan de la Cuesta.

En la misma línea, pero tocando aun más de cerca las cuestiones que hemos venido abordando, toda la acción de The Compositors… tiene como únicos protagonistas a Cervantes y a los componedores, sin el menor papel para ningún otro. Es un error capital. En los días del Quijote, la grafía de un libro no era asunto del autor, desde luego (arriba, n. 22), sino de la imprenta, y dentro de la imprenta dominio indisputado del corrector.34 Flores, no obstante, jamás menciona ni alude a ese aristócrata del oficio, ni recuerda para nada el nombre de Juan Álvarez, que si en 1595 ejercía el cargo en el obrador de Madrigal, bien podía seguir allí nueve años después. Pero, cuando se escudriñan materias que exigen hilar tan delgado como una minúscula divergencia ortográfica, ¿será discreto prescindir del intermediario decisivo que es el corrector entre el original y los cajistas? ¿Lo será la renuncia a preguntarse por la situación gráfica que revelan otros productos del mismo taller? Un maestro tipógrafo con la larguísima experiencia de Alonso Víctor de Paredes atestigua, por ejemplo: «Algunos la [y] ponen en medio de palabra, como en hareys, poneys..., mas en lo que imprimo o corrijo de ningún modo las permito».35 Pues bien: frente a la abrumadora hegemonía de -a(e)ys en el Ingenioso hidalgo (cf. n. 24), ¿no sería oportuno considerar la posibilidad de que los cuadernos F, G y H, que no echan mano sino de -a(e)is, supongan, pongamos, la pasajera ausencia de un Juan Álvarez con criterio diametralmente opuesto al de un Paredes? ¿Cuántos filtros semejantes interpone la figura del corrector entre el original y «the compositors» de The Compositors…?

Nunca agradeceremos bastante a R. M. Flores haber sido el primero en indicar que algunos de los problemas que plantea la edición crítica del Quijote sólo se dejan, no ya resolver, sino percibir cuando se contemplan con la óptica de la textual bibliography. Pero de tan admirable escuela no basta con adaptar simplemente tal o cual técnica: hay que aprender a conjugar muchas, y, sobre todo, a engarzarlas todas en la concreta situación histórica en que se gesta cada libro.

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(*) Con las variantes obligadas por la diversidad de contextos, el presente trabajo es uno de los excursos y notas complementarias de mi libro El texto del «Quijote», Barcelona: Crítica, 1998.

(**) Francisco Rico, «Componedores y grafías en el Quijote de 1604. (Sobre un libro de Robert M. Flores)», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del tercer congreso internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma de Mallorca: Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 63-83.

(1) Con elegante discreción lo insinúa el propio Flores: «Editors and critics should query and double check every one of my findings and theories to ascertain the reliability of my conclusions, to correct my mistakes, and to propose different or more refined solutions than I have. Only through this humanistic process of constant questioning, testing, revising, and improving can we hope to produce reliable editions of our texts» (Flores, 1984, p. 306). Es que por desgracia The Compositors… ha sido menos leído que citado, y me temo que la norma ha sido tomar el nombre de Flores en vano; la cosa empieza con las propias recensiones, pues incluso un reseñador tan cuidadoso y un hombre del saber y la inteligencia inmensos de mi llorado amigo Keith Whinnom escribía que Flores «looking… at the second Madrid edition» registra «the many different readings (he tabulates 337) in different copies of that edition» (Bulletin of Hispanic Studies, 1977 (LIV), p. 246; la cursiva es mía). Yo no recuerdo ningún libro de pareja importancia al que se le hayan adjudicado con tanta frecuencia contenidos que no tiene.

(2) Cuya presencia aquí limito a alguna sucinta mención al paso, en la convicción de que ninguna de mis observaciones queda contradicha por los artículos aludidos, y porque mi objeto presente es mostrar la necesidad, en efecto, de «query and double check every one» de las propuestas de Flores, pero también insistir en que ese empeño pide una atención microscópica que hasta ahora no se les ha dedicado. Nótese, pues, que las páginas siguientes son solo consideraciones y reparos preliminares a un estudio correcto de las grafías del Quijote de 1604 en relación con los cajistas de Cuesta: preliminares a ese estudio, no el mismo estudio, y ceñidos a los esquemas de Flores, sin rozar siquiera, por ejemplo, otros posibles medios para la identificación de los componedores.

(3) Sorprende hasta qué extremo ahorra Flores las precisiones de re typographica. Cuando más pródigo, señala «two broken Q’s that take turns appearing in signatures 14 line 15; K3, 30; M6, 12; N4v, 23; Q2, 20; Q6, 32: R5v, 27; V8v, I; Ff3, 8; and Ul, 19» (ib.); pero ¿cuál de las dos se halla específicamente en cada lugar, y cuántos otros tipos más indicativos habría que considerar para que su presencia en cuadernos, pliegos y formas, contiguos o no, nos abriera la vía a inferencias más firmes sobre la elaboración del volumen?

(4) Un estudio admirable en la dirección conveniente es D. W. Cruickshank (1970).

(5) El cuaderno que nos interesa, en cuarto conjugado, está compuesto de hecho «por dos pliegos, uno externo con las signaturas 1, 2, 7 y 8, y otro interno con las signaturas 3, 4, 5 y 6» (J. Moll, 1982, p. 162). Cuando publica en español, Flores, que, por supuesto, aplica perfectamente la distinción inglesa entre gathering y sheet (Flores, 1988, pág. XVI, n. 8), usa una terminología incorrecta, y llama ‘pliego’ o ‘pliego doble’ al cuaderno, y ‘hoja’ al pliego; así en 1980, entre otros lugares.

(6) La errata («Quarta parta...») de Z2v, Z4v, Bb2v, Bb3v, Ff3v, Kk2v y Nn7v es tan llamativa como elocuente, en particular habida cuenta de que Flores, sin mentarla, atribuye esos cuadernos a dos componedores (C y E), en tanto la mezcla de «Parangon Italic of Granjon […] with upper-case types from Parangon Roman of Garamond» en «the set of running-titles» lo lleva a adjudicar Hh y Oo a un solo tipógrafo, D. No comprendo, pues, la firmeza con que en el mismo arranque de su artículo sobre «The Compositors of the First Edition of Don Quixote, Part II», asegura: «whereas the running titles used in the first edition of Part I proved very helpful in separating the different stints because each compositor used his own set of running titles (The Compositors..., p. 10, footnote), those used in the first edition of Part II are virtually useless for this purpose because the compositors mixed and used each other’s running titles» (Flores, 1981, p. 3). Sobre todo desde los clásicos estudios de F. Bowers en 1938 y de C. Hinman en 1942, y con nuevos bríos a partir de un polémico aunque sensatísimo artículo de D. F. McKenzie (1969), los especialistas han debatido y siguen debatiendo sobre los «Running-Titles» o «Headlines as Bibliographical Evidence», es decir, sobre el valor de esos elementos tipográficos de la rama (skeleton) para la identificación de los cajistas o de su modo de trabajar. Pero si los cimientos son como los que acabamos de ver, claro está que aún queda lejos la hora de traer tales debates a la ecdótica cervantina.

(7) Ignoro si tal opinión perfila o rectifica la noticia dada por P. Gaskell 1972, p. 42, n. 8: «Current work by R. M. Flores suggests that the first edition of Don Quixote (prose, Madrid, 1604-5) was also set by formes».

(8) Véase el importante artículo de J.-F. Gilmont (1980).

(9) Es precaución de manual que «without additional information (e. g., on methods of imposition) judgements of compositorial attribution based on spelling should be somewhat tentative» (D. C. Greetham 1994, p. 284). Como es ya de manual el caueat de P. Gaskell 1972, p. 350: «to be effective, spelling analysis must be more than a matter of spotting two or three characteristics spellings for each supposed compositor and counting their appeareances. Although A might characteristically set “doe”, “goe”, and “here”, while B set “do”, “go”, and “heere”, this does not prove that where not other compositors involved in setting the text alongside A anb B whose spelling preferences in the words happened to match those or A or B (or to be a mixture of the two), and whose identifiable spelling habits would have to be sought in other groups of words. It is therefore essential to include all the words of a text in a spelling analysis, not merely a selection of them», etc., etc.

(10) Como ensayo de las precauciones que entiendo necesarias cuando uno se vale de los datos de The Compositors... (aunque aquí, como he dicho, yo no las adopte más que de modo ocasional, para atenerme, dialécticamente, a sus propias coordenadas), he repasado sobre los ejemplares de la Biblioteca Nacional y de la Real Biblioteca los cuadernos en que Flores registra vacilación entre los ológrafos de ese primer ejemplo, a cauallo y acauallo. En N (4, 4v [dos veces], 5 [otras dos] y 6v) no he sabido encontrar a cauallo, separado: en Kk1v (dos veces) parece darse junto si se contrasta con el caso de Kk8v que corresponde a la otra forma del pliego interno; solo en Nn6 (dos veces) la distinción me resulta clara. Sabiendo cuán normal es «types […] being displaced during the running off of the formes» (Flores, 1988, I, p. xxv, con excelentes ejemplos) y conociendo las maneras usadas antiguamente en la justificación de las líneas, se me antoja inconcebible que Flores haya recurrido a esa y otras formas similares.

(11) Buscando en los cuadernos en teoría ajenos a E, para mejor hacernos cargo de la situación, vemos exclusivamente ahi en A (una vez), D (dos), O (cuatro) y MM (uno), y exclusivamente ay en E (una) y Hh (otra), mientras en C coexisten ahi (una) y ay (dos) al tiempo que en H empatan a una; en Z, en fin, no nos tropezamos sino con aí (Tabla 3).

(12) Por otro lado, y limitándonos a un ejemplo desnudo (pero véanse además las notas 15, 17 y 19), ¿qué pensaremos cuando en el folio 14 (B6), línea 14, del tomo de 1604 leemos

acauallo, y tres moços de mulas a pie. A penas los…,

y en la nueva composición que hubo que hacer para tres formas del cuaderno B (como se explica en el capítulo II de The Compositors…) encontramos

a cauallo, y tres moços de mulas apie. Apenas los…,

mientras en la segunda edición de Cuesta, en 1605, vemos

a cauallo, y tres moços de mulas a pie. A penas los…?

¿Qué pensaremos si se nos asegura (pp. 35 y 77 sigs.) que tanto la nueva composición de 1604 como el cuaderno B de 1605 los hizo el cajista F, quien, según Flores (p. 7), se caracteriza por escribir invariablemente a cauallo, sí, y también por superponer a penas y apenas, pero asimismo por traer siempre a pie?

(13) La formulación de Flores no hace justicia a los hechos: «in these gatherings [supuestamente de E] (he readings apenas, efecto, Princesa, subjeto and bazia, are the only forms used, and […] alcayde, alua, barbero, capitan, comissario, cura, general, and sol, are, unlike the readings Ciudad and ínsula, never capitalized» (p. 11). Habría que especificar que, salvo las que menciono en el texto, todas las demás formas aquí enumeradas por Flores son comunes a cuadernos que él considera de otros cajistas.

(14) He revisado ocasionalmente los números de Flores y hallado algún yerro menor (en Z hay cinco y no cuatro Capitan, y en Gg, cuatro y no tres). En todo caso, contrastarlos no es sencillo, porque en la página 6 se indica en general: «The number of occurrences grouped under any given reading could, and often did [cursiva mía], include feminine, masculine, and verbal forms, plurals, derivatives, substantives, adjectives and/or adverbs derived [sic] from the readings noted»; pero nunca se detalla la lista completa de las formas tomadas en cuenta, de modo que, por ejemplo, en ‘capitan’ no hay medio de saber sin verificarlo personalmente (!) si se atiende o no a capitana y capitanes (sobre que tampoco es lo mismo, digamos, «la historia del gran Capitan Gonçalo Hernandez de Cordoua…» que «la sagazidad de vn valiente, y entendido capitan»), ni en ‘imagino’ si se incluyen imagen e imágenes. En esas condiciones, y dada la pequeñez de la cifra de diferencias que suele aceptar como valedera, Flores escapa a veces a cualquier control.

(15) El único intento por parte de Flores de salvar las discrepancias entre cuadernos se hace en la p. 11 a propósito de ¶ y ¶¶: «they were the last gatherings set […]; consequently, the spellings of these gatherings do not always agree with the spellings used by their compositors when they began their job». En trabajos posteriores, añade y repite una observación sobre «the clearcut change that compositor E made in the first edition of Don Quixote, Part I from the form sospirar to suspirar (sospirar, gatherings I [one ocurrence], M [1], N [1], and Q [1]; suspirar, gatherings R [2], V [7], Bb [1] (sic)], Kk [1], and Nn [1]). In this instance the dominant compositorial spelling is suspirar, not only because there are more occurrences of this form (12) than of the form sospirar (4), but also because the compositorial spelling appears in the last gatherings set by compositor E, when he was already used to Cervantes’s handwriting and it was easier for him to impose his own spellings over and above those of his printer’s copy» (Flores, 1984, pp. 288 y 290, n. 9; 1981, p. 16, n. 9). El razonamiento, caro a Flores (cf. n. 17 y 19), viene de la bibliografía shakespeareana (donde «many […] explained that while a compositor would impose his own spellings when his copy was easy to read, he might more likely to reproduce the pellings of less legible copy»; baste el resumen de P. W. M. Blayney, 1991, p. 10), y resulta como mínimo controvertible (y ha sido de hecho harto controvertido); nada obsta a pensar que cuanto menos entendiera el cajista la caligrafía del manuscrito, con más libertad aplicaría sus propios gustos en las minucias ortográficas, desentendiéndose de los usos del autor (v. las conjeturas del propio Flores sobre F, pp. 35, 77-82 y 85, y la anterior n. 12; y Flores, 1986, p. 296).

(16) Con más razón que en otras ocasiones, refunfuñaba el cascarrabias de Mateo Alemán: «aquí veremos impreso con j lo que allí con g, y por ventura uno y otro en cuatro renglones» (Ortografía castellana, p. 48).

(17) No obstante, en otro capítulo se defiende que E modificó vuo para hacerlo huuo siete de las diecisiete veces que los tiempos con hub- se leen en los cuadernos V-Ll de la segunda edición madrileña de 1605; al respecto, Flores comenta: «although compositor E’s own spelling was with initial ‘h’, he was not nccessarily bent on altering the spellings of his copy. These seven change arose in all probability because compositor E was setting from a printed book and, because of the legibility of the copy, he was subsconciously bound to make more changes. This did not happen in the first edition because he had had the less legible manuscript to copy from, and he was led to reproduce the original spellings more faithfully» (p. 81). En otro momento explica: «Whereas there are only three hundred and thirty-seven textual variants between copies of family groups A and B [es decir, entre las dos composiciones de algunos pliegos; cf. arriba, n. 12] (less than ten variants per page), there are fourteen hundred and fifty-four variants between the first and second Madrid editions, approximately forty variants per page» (p. 36); y en ambos casos los cajistas trabajaban «setting from a printed book».

(18) La desinencia -a(e)is o -a(e)ys, sobre la que vuelvo más abajo, pide, naturalmente, cómputo aparte.

(19) Para Flores, el vuo de Kk sería un caso de fidelidad a la escritura del autor, fidelidad distintiva de E, conforme al criterio que veíamos expuesto en las notas 16 y 17: a menor legibilidad, mayor respeto a los pormenores ortográficos del original. De ahí, si no me he perdido en algún recodo, una de las dos conclusiones fundamentales de The Compositors… sobre la escritura del autor: «that Cervantes wrote [vuo] without initial ‘h’» (y, por otra parte, «Dulzinea and not Dulcinea», pp. 88-89). Pero si la regularidad de vuo en unos cuadernos y de huuo en otros se entiende, por su misma constancia, como una costumbre casi anómalamente bien arraigada en los cajistas, el único huuo de Kk (huue en Kk7v, frente a vuieron en Kk5 y vuo en Kk6v) mal se deja concebir sino como determinado por el modelo del manuscrito. A no ser que se considere, también contra Flores (1980), que el pliego interno y el pliego externo se deben a dos tipógrafos.

(20) Cf. M. Romera Navarro (1954), p. 15, § 8; y véase arriba.

(21) Los varios manuscritos lopeveguescos publicados posteriormente en facsímil o en transcripción paleográfica no han hecho sino corroborar el dictamen de don José F. Montesinos: «Apenas puede rastrearse en ninguno de los autógrafos examinados, ya que no una norma, siquiera una costumbre ortográfica» (El cuerdo loco, Madrid, 1922, p. 139).

(22) Flores parece suponer que, «just as each one of the compositors of the first edition of Don Quixote, Part I, had a characteristic orthography that identified and separated him from the other compositors», también Cervantes la tenía, y aun de superior estabilidad, porque el novelista «was not copying from anyone else’s manuscript whose alien orthography could have surreptitiously crept into his writing» (p. 17). Si lo primero está en cuestión, todos los indicios desmienten lo segundo; y todavía más: la proposición es un puro anacronismo. Los autógrafos cervantinos, de cuya existencia Flores deliberadamente jamás quiere darse por enterado (pues jamás cita ni originales, ni facsímiles, ni ediciones), muestran un pandemonio gráfico sin parangón entre los autores del Siglo de Oro (al comentario de Romera-Navarro, p. 2, súmese en particular D. Eisenberg, 1983, pp. 22-23), y es del todo absurda la pretensión (p. 88) de equiparar a nuestro «ingenio lego» con el harto escrupuloso Calderón (quien, sin embargo, en una sola pieza escribía ‘saber’ veintidós veces con —v—, diecisiete con —b— y treinta y cuatro con —u—: D. W. Cruickshank, 1973, p. 93, n. 9). No es «unlikely», sino todo lo contrario, «that Cervantes could equally well have written trahia, traía and traya, aora, agora and ahora, or barbero, Barbero and baruero» (p. 88), pues es cierto que, como los cajistas del Quijote, también escribía harriero y ar(r)iero. Pero es que además, como apuntaba, la simple proposición de que Cervantes o cualquier coetáneo suyo tuviera una ortografía más regular que un profesional de la imprenta es decididamente anacrónica: salvo para cuatro excéntricos como Mateo Alemán o el maestro Correas, la ortografía (y no hablemos del capítulo de la puntuación) era entonces cosa propia de los tipógrafos, a ellos se la confiaban los autores (v. El texto del «Quijote», II; hasta en la cultísima Italia en que Miguel se formó, era costumbre «lasciare la cura della ortografia allo stampatore»: Giovan Battista Gelli. apud P. Trovato, 1991, p. 11) y ellos fueron quienes consiguieron la relativa normalización vigente antes de la Real Academia Española. Dado nuestro enfoque actual, subordinado al de Flores, la cuestión apenas nos concierne aquí, salvo para remachar que en todo caso la influencia del original usado en la imprenta (autógrafo de Cervantes o no) hubo de ser una fuente de inseguridad gráfica para el cajista.

(23) Repárese además en el reparto de las variaciones en el caso típico y breve de los cuadernos Ff (seis cautiua) y Ee (dos cautiua y cinco captiua): capt. (Ee1v). caut., capt., capt. (Ee8), capt., caut., capt. (Ee8v).

(24) Uno plausible se dirían los once jaula de Nn frente a los diez xaula de Oo (Flores asimila al sustantivo los verbos enjaular y desenjaular). Pero, cuando se contempla más de cerca que en la muda tabla de la página 8, la plausibilidad se atenúa, porque Pp, el único otro cuaderno que contiene la palabra, admite tanto jaula (dos) como xaula (una). Frente al amplísimo predominio de -a(e)ys, son interesantes diez, veinte y seis -a(e)is casi exclusivos en F, G y H, pero (amén de que Flores se los adjudica al mismo tipógrafo de Hh, con solo -a(e)is, tres veces) también ambas formas concurren en Ee (seis y dos), Mm (tres y seis) y Qq (dos y cinco); cf. n. 35.

(25) Pese a que ahora estoy intentando discurrir sin salirme de las premisas de Flores, he hecho un par de calas al efecto y observado, por ejemplo, que en Mm hay diecisiete presencias de Luis y una de Luys, pero Luys está en 2v, y, salvo dos veces en 7, todos los otros casos de Luis (3, 4, 4v y 5) ocurren en el pliego interno. No nos hallamos, pues, ante un cuaderno con diecisiete apariciones de Luis y una de Luys, sino con un pliego que vacila (como vacila ‘cautiva’ en una plana, v. n. 23) y otro de grafía uniforme.

(26) «Forty-two», aclararé, porque ‘ahí’ ofrece tres posibilidades.

(27) V. solo los sondeos de J. M. Casasayas (1986), pp. 169-170.

(28) Compárese sin embargo la lista de «Important spellings variants between gatherings, A-Ll and of the first and second Madrid editions of Don Quixote, Part I» (pp. 82-85). No entiendo a qué se refiere Flores (1984, p. 288) cuando habla de haberse basado «on frequently used words (vuesa/vuestra, bolver/volver, mesma/misma)».

(29) No es ninguna desaforada exigencia mía, sino el abecé de la textual bibliography; v. arriba, n. 9.

(30) R. M. Flores (1988). Aparte la eliminación de todas las enmiendas, acertadas o no, se requeriría sólo retocar las convenciones en la división de palabras y otros puntos menores.

(31) Suscribo enteramente los comentarios de Daniel Eisenberg, 1983, pp. 20-23.

(32) Por ahora remito a los estudios recogidos en el volumen Imprenta y crítica textual en el Siglo de Oro (Valladolid: Centro para la Edición de los Clásicos Españoles-Fundación Santander Central Hispano, 2000), y a P. Andrés Escapa (1999).

(33) V. últimamente H. R. Woudhuysen, 1996, pp. 109-115, con excelente información.

(34) Doy testimonios en El texto del «Quijote» (1998).

(35) Institución y origen del arte de la imprenta y reglas generales para los componedores, ed. de J. Moll (1984), fol. 13v.

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