Federico VERASTEGUI

Cervantes vascófilo

1. Antecedente histórico

Reinaba Felipe III desde hacía ya siete años, es decir, desde que, en 1598, muriera su padre, el poderoso Felipe II. La compleja estructura del poder puesta en marcha por “el Rey burócrata” suponía una pesada carga para el más bien indolente carácter de su hijo, quien confió las riendas del Gobierno al personaje de su mayor confianza, el duque de Lerma, iniciando con ello la saga de los validos de los Austrias menores y de las luchas por el poder que protagonizaron sus ambiciosas familias.

Los vascos, denominados genéricamente vizcaínos en aquella época, ocupaban multitud de cargos en aquel complicado entramado administrativo. Esto era debido, entre otros motivos, a la facilidad que, para el acceso a tales cargos, les procuraba su condición de poseer la hidalguía por el mero hecho de haber nacido en su tierra, el País Vasco. Por ello, no tenían la necesidad de probar su “limpieza de sangre”, es decir, tenerla “contaminada” por antepasados judíos o musulmanes, probanza que era requisito indispensable para ocupar cargos públicos y cuyo proceso requería normalmente, para los que no eran vascos, un importante esfuerzo económico y de investigación.

No es de extrañar, por tanto, que hace 400 años, el año de la publicación del Quijote, el Rey tuviera a su cargo como secretarios a 13 vascos y a otros cinco oficiales.

En el capítulo 8 de su obra cumbre, Cervantes hace que se encuentre D. Quijote con una caravana en la que viajaba una vizcaína camino de Sevilla. Allí la esperaba su marido, un alto funcionario de la administración, vizcaíno también, para embarcarse con rumbo a la Nueva España donde le habían destinado en un importante cargo.

Es la primera mención que se hace de los vascos en el Quijote. Y como era de temer, el encuentro termina en encontronazo entre el caballero de la triste figura y el protector de la dama viajera. (INDICE)

2. Paz y cultura en la guerra

Dando un enorme salto en el tiempo de más de 250 años, en los montes y campos del País Vasco en 1873, se producían también diversos enfrentamientos, pero de otras características. Se trataba de la última de las guerras fratricidas producidas en nuestro país a lo largo del siglo XIX: las guerras carlistas.

Entre tanto, en Vitoria, un grupo de intelectuales de diferentes ideologías, pertenecientes a la élite social de la ciudad, se reunían en torno a un interés y afán común: la fundación de la Academia Cervántica Española. El acto anual de mayor relevancia de esta incipiente - y singular - Academia tenía lugar cada 23 de abril con la conmemoración del aniversario de la muerte de Cervantes.

¿Por qué se fundó en Vitoria, ciudad que nunca tuvo vinculación, aparente al menos, ni con Cervantes ni con su obra? Esta misma pregunta se la hizo uno de los más entusiastas cervantistas y fundador de la Academia, D. Julián de Apraiz y Saenz de Elburgo1.

Tenía entonces 25 años y era un culto profesor titulado en Derecho y Filosofía.

Hoy nos volvemos a hacer la pregunta. Sin embargo, gracias a Apraiz disponemos de ciertas claves que vinculan a Cervantes con Vitoria. (INDICE)

3. D. Martín Fernández de Navarrete

Pero antes de adentrarnos en las obras de Apraiz, es preciso revisar algunos antecedentes. En 1819, apareció la edición del Quijote de la Real Academia Española, realizada en la imprenta Real2, acompañada de la biografía de Cervantes mejor documentada hasta la fecha, con nuevos descubrimientos sobre su vida. Se había iniciado el proyecto antes de la ocupación francesa, pero la guerra de la Independencia impidió que se llevase a cabo. La idea se retomó en 1815 y se estimó que la persona idónea para llevarlo a efecto con las mejores garantías fuera un personaje nacido en Ábalos (La Rioja), con vinculaciones familiares, sociales e intelectuales en el País Vasco. De hecho, realizó sus primeros estudios en el afamado seminario de Vergara, a cargo de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Se trata de D. Martín Fernández de Navarrete (1765 - 1844) que, en la primera página de su biografía de Cervantes, se presenta como Secretario de S.M., Ministro jubilado del Consejo de la Guerra, individuo de número de las Reales Academias Española - de la que fue también bibliotecario perpetuo - y de la Historia, y Secretario de la de San Fernando. Su fama como escritor se la dio sobre todo la publicación de Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Además de la Vida de Miguel de Cervantes publicó también una interesante Historia de las Cruzadas. Vicente López le retrató3 con uniforme de la marina y con la mano izquierda apoyada sobre los libros de su obra más importante.

Indudablemente la biografía de Cervantes elaborada por D. Martín tuvo una influencia directa en nuestro entorno, y despertó el interés de nuestros ilustrados en el inicio del siglo XIX. (INDICE)

4. Vitoria, la culta y los motivos de una fundación

La fractura provocada por la zozobra política (persecución a los intelectuales liberales, guerras, pronunciamientos y frecuentes cambios de gobierno) de la primera mitad de ese siglo no fue suficiente para que se perdiera la estela de esta influencia, que retomaron los ilustrados del renacimiento intelectual vitoriano de la segunda mitad del XIX.

La “Atenas del Norte”, como se llamaba a Vitoria por aquellas fechas, era una fecunda matriz cultural de donde surgían Instituciones y Academias tan ilustres como El Ateneo, la Universidad Libre, La Joven Exploradora, y también la Academia Cervántica Española.

Un reciente estudio, todavía inédito, que ha tenido el acierto de encargar Eusko Ikaskuntza, realizado por Gorka Martínez Fuentes, nos acerca a los avatares que vivió la corta existencia de esta Academia que se empezó a gestar en 1872 y desapareció a finales de la siguiente década. Como se dice en este ensayo acertadamente, fueron Fermín Herrán4 y Julián de Apraiz los verdaderos instigadores de la fundación de la academia cervantina. El primero de ellos, durante su estancia en Valladolid como estudiante de Derecho, había participado en un proyecto similar, vinculado a la casa en que vivió Cervantes, que no prosperó. Su interés por el tema le llevó a conocer, y tal vez escribir, a un singular personaje de las letras españolas del XIX: el conocido como Dr. Thebussem. Detrás de ese extraño nombre se ocultaba un abogado gaditano, natural de Medina Sidonia, que nunca ejerció su profesión: Mariano Pardo de Figueroa. (INDICE)

5. Un polígrafo original

“Dr.Thebussem”, más que un seudónimo, es una autodefinición en clave de humor. Quiere decir “embustes” leyendo las sílabas al revés. Él añadió, para darle cierto tono germánico, la H y la S sobrantes. Se supone que quiso hacer alusión, al adoptarlo, a las cosas que ocupaban su ocio y su interés, que él juzgaba como pequeñeces o naderías. Tan es así que a una de sus obras le dio el título de “Futesas literarias”. Sin embargo, con su ocupación por las “pequeñeces”, a lo largo de su dilatada carrera literaria demostró que Montegud tenía razón al afirmar que “lo infinitamente pequeño puede alcanzar las sublimidades de lo grande”, como lo demostraron también, entre otros, Julio Camba en su obra “Sobre casi nada”, por no citar otras, y G.K.Chesterton en “Enormes minucias”. Y es que las “pequeñeces” de D. Mariano fueron traducidas al ruso, polaco, alemán, inglés, italiano y portugués, abriéndole, con el aplauso de cuantos siguieron su obra, las puertas de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

Una de sus especialidades fueron los epistolarios. Se carteó con media humanidad. Tanta era su afición que terminó interesándose por todo lo concerniente al mundo del correo, hasta tal punto que llegó a solicitar al rey el título de “Cartero honorario del Reino” que, por supuesto le fue concedido. También diseñó y utilizó por primera vez en España la tarjeta postal.

Otro de sus focos de atención principal fueron los temas cervantinos. En 1868, por ejemplo, su libro titulado “Thebussianas” arranca con el ensayo “Farsas del Quijote” que en realidad es una carta dirigida D. Nicolás Díaz Benjumea. Tanto en este caso como en todas las demás cartas que envía a otros escritores o amigos ilustrados se pone de manifiesto, tanto por su parte como por la de sus interlocutores, un conocimiento exhaustivo, detalladísimo, del Quijote. Indudablemente su contribución a la popularización de la obra de Cervantes fue muy notable en los años 60 y posteriores del XIX. (INDICE)

6. El Quijote como oráculo

En ocasiones, le gustaba interrogar a sus correspondientes sobre alguna particularidad encontrada en el Ingenioso Hidalgo… En 1942, Francisco Rodríguez Marín sacó a la luz la correspondencia que había mantenido con Thebussem entre 1883 y 1917. Rodríguez Marín escribía desde Osuna y esto motivó la pregunta del Doctor en la posdata de su primera carta: ¿Qué motivos tendría Cervantes para nombrar a Osuna en el Quijote de un modo poco favorecedor?5 En su respuesta, Rodríguez Marín argumenta aludiendo a aspectos concretos de la biografía de Cervantes como, por ejemplo, su poco afecto al Duque de Osuna, por ser éste más propicio hacia Quevedo que a él.

Es curioso que este tema de filias y fobias de Cervantes sea el motivo que impulsó también a Julián de Apraiz en la investigación que le dio pie a escribir el libro que ahora reeditamos. Y es más curioso por el hecho de que Thebussem fue nombrado Presidente Honorario de la Academia Cervántica fundada en Vitoria.

Como hemos podido comprobar, los eruditos de la mitad del XIX conocían al detalle la magna obra del Manco de Lepanto. El libro había adquirido para ellos el carácter de fetiche o de mito, una especie de manual de valores y código de certezas. Julián de Apraiz responde perfectamente al perfil del erudito de la época y no solo conocía la obra, sino que estaba al tanto de lo que se publicaba sobre ella. De modo que, cuando percibió que algunos literatos españoles utilizaban la obra/biblia para justificar su animadversión hacia los privilegios vascos (los Fueros que en ese momento estaban siendo cuestionados en el Congreso hasta su disolución en 1876), poniendo en boca de Cervantes, o del Quijote, aseveraciones contrarias a los vascos, no pudo menos que salir al quite para deshacer la supuesta patraña y devolver la dignidad a sus paisanos, defendiendo de paso su derecho a sus leyes, usos y costumbres. (INDICE)

7. Las primeras investigaciones

El momento era delicado y así como ahora se hace bandera política del uso del euskera, entonces se hacía bandera con las interpretaciones que se encontraban en el Quijote. Y por eso era de importancia desmontar los argumentos, falaces o no, que se esgrimían sobre el antivasquismo de Cervantes.

En la “Revista de las provincias éuskaras”6 editada en Vitoria en 1878 publicó Apraiz la disertación titulada “Cervantes vascófilo” que había ofrecido en la Academia Cervántica el 23 de Abril de aquel año. En este breve escrito es dónde se pregunta: ¿No parece a primera vista chocante que haya sido una capital vasca la que ha pensado en la erección de una Academia Cervántica Española? Pregunta a la que hemos aludido e intentado responder hasta ahora. Pero también en éste escrito encontramos otra pregunta interesante: Pedro de Isunza, proveedor de las flotas de Indias, persona de bellísimo carácter, a cuyas órdenes estuvo el desgraciado Miguel en Sevilla como factor o comisario de contribuciones, ¿sería vascongado, como lo es su apellido?.

¿De dónde obtuvo Julián de Apraiz este dato? La respuesta nos la ofrece él mismo en el prólogo de un libro que publicó en Bilbao en 1897. Allí comenta que fue el propio Navarrete, en su biografía de Cervantes, quien menciona por primera vez a Isunza y ubica entre los años de 1591 y 1592 el período en que el genial escritor trabajó bajo su mandato. Conociendo bien la historia de su ciudad y sabiendo que hubo entre el siglo XV y XVI varios alcaldes de apellido Isunza, Apraiz se puso con ahínco a la busca del dato que confirmase su intuición.

Pero no adelantemos acontecimientos. Dos años después de su discurso desdiciendo a quienes acusaban a Cervantes de antipatía hacia los vascos, pronunció otro sobre el tema, acuciado por el éxito obtenido en sus investigaciones y por el apoyo tanto de sus compañeros en la Academia como de aquellos que abrazaban la causa de los fueros ya abolidos, quienes sentían reforzados sus argumentos por esa especie de oráculo que, como ya he dicho, suponía el Quijote en la época. Lo tituló Más sobre Cervantes vascófilo y lo expuso otro 23 de abril en la conmemoración, por parte de la Academia, del 264 aniversario de la muerte de Cervantes. Rebate aquí a Aureliano Fernández Guerra acerca de la supuesta animadversión de Cervantes hacia los secretarios vascos del Rey, en este caso, hacia Martín de Aróstegui. Y es aquí donde recogemos el dato, expresado por Fernández Guerra, de que Felipe III contaba con trece secretarios y cinco oficiales vizcaínos. (INDICE)

8. Las primeras ediciones

Un año más tarde, en 1881, su investigación del tema estaba tan avanzada que la pudo publicar en formato de libro con el título: Cervantes vascófilo o sea vindicación de Cervantes respecto a su supuesto antivizcainismo. Lo editó en Vitoria en la imprenta de Domingo Sar.

Su participación en la efemérides del 23 de abril de la Academia volvió a producirse en 1884 y 1888. El discurso elaborado para ésta última fecha tiene aspectos relevantes. Uno de ellos es que se hace eco del “reciente descubrimiento del parentesco existente entre la familia del historiador mondragonés Esteban de Garibay y la de Cervantes…”7 Entre otras cosas, justifica su insistencia en el tema – ya lo había tratado en 7 ocasiones - asegurando que “Cervantes mencionó, encomió y colocó a gran altura al país vasco, a sus habitantes en general y a algunos de sus hijos predilectos en particular, empleando también frases de respeto y adhesión hacia sus costumbres y lenguaje, en más de veinte pasajes…”8 ¿Cómo se justifica entonces que personas ilustradas de la época vieran en la pluma del manco de Lepanto animadversión alguna hacia los vascos? Según la interesante teoría de Apraiz, porque todos ellos se basan exclusivamente en El Quijote y en ciertas frases que son malinterpretadas, intencionadamente o no, por estos autores. Mientras que él, conocedor a fondo de todas las obras de Cervantes, encuentra en ellas una opinión sobre los vascos contraria totalmente a lo que ellos exponen. Es muy interesante este aspecto de la cuestión porque abunda en la idea que antes hemos expuesto. La de considerar El Quijote como la vara de medir o el rasero para justificar o apoyar opiniones y empatías por parte de los escritores del XIX. Justificar algo aludiendo a la obra/oráculo era pasar con éxito la prueba de las certezas y sentenciarlo de modo rotundo9. (INDICE)

9. Últimas ediciones: uno contra todos

Pero volvamos a la obra de Apraiz. Hasta 1895 no apareció la siguiente edición, que realizó también en su ciudad y en la misma imprenta. Pero esto no quiere decir que sus pesquisas hubiesen languidecido, ya que el volumen presentaba más del doble de páginas de la edición anterior, pasando de 117 a 284.

Y finalmente, la edición definitiva vio la luz en Vitoria en los mismos talleres, pero con un título diferente: “Cervantes vascófilo: refutación de los errores propalados por Pellicer, Clemencín, Fernández-Guerra, etc. Acerca de la supuesta ojeriza de Cervantes contra la Euskal-erria”. Corría el año de 1899.

Pero hemos dicho que dos años antes había publicado un libro con el resultado de sus investigaciones acerca de la vinculación de Cervantes con su ciudad. Se trata de “Los Isunzas de Vitoria”, impreso en Bilbao en 1897. En él expone pruebas incontestables del origen alavés del famoso comerciante D. Pedro Isunza, proveedor de las flotas de Indias, bajo cuyas órdenes trabajó Cervantes. Por fin, sus averiguaciones llegaron a buen puerto. La lectura de la biografía de D. Martín Fernández de Navarrete le dio una primera pista. Luego, acuciado por el descubrimiento de la relación de Cervantes con Esteban de Garibay y Zamalloa, dedicó una especial atención a la obra histórica de éste y, en el Compendio historial editado en Amberes entre 1570 – 72, encontró el primer rastro del origen vasco de los Isunza.

Parecía que ya podía dar por terminada su investigación con un resultado más que satisfactorio, pero su aparente tranquilidad no ocultaba su estado de alerta antes posibles nuevos ataques a sus teorías. De tal modo que, de nuevo, el 23 de abril de 1903 vuelve a salir al quite de una nueva “agresión” y, en el discurso correspondiente a la conmemoración del 287 aniversario10– organizado por el Ateneo, lo que hace pensar que la Academia Cervántica había cerrado sus puertas definitivamente – afirma: “Tócame ahora contender, a pesar de todo, con el erudito y respetable doctor en Ciencias y archivero de la Academia de la Historia, presbítero D. Cristóbal Pérez Pastor, que ha tenido a bien poner en duda recientemente tanto la benevolencia del autor del Quijote hacia los euskaros, como la gran estima que profesó nuestro benemérito proveedor vitoriano Pedro de Isunza a su insigne comisario en Andalucía...” (INDICE)

10. Otros homenajes alaveses a Cervantes y El Quijote

Llegamos al año 1905. Se conmemora el tercer centenario de la publicación de la novela española más universal. El ánimo de Apraiz no ha vuelto a ser alterado por nuevas críticas. ¿Ha salido triunfante o simplemente han cambiado los intereses de los intelectuales? Probablemente, ambas cosas a la vez.

Pero su interés por la obra de Cervantes no ha decaído, ni tampoco el afecto que siente por su tierra. De modo que, con motivo del centenario, promueve la traducción al euskera de la novela La Señora Cornelia, entre otros motivos, porque en ella aparece un Isunza, lo que Apraiz interpreta como recuerdo de Cervantes a su antiguo patrono. Su proyecto es muy ambicioso, incluyendo una reproducción facsímil de la primera edición de 1613; la tragicomedia francesa Cornelie; la impresión de una comedia de Tirso sacada de Cornelia, titulada Quien da luego da dos veces; la traducción al euskera, que primero encarga a Antonio Arzac y, ante la enfermedad y muerte de éste, a Carmelo Echegaray; etc.

Diversas circunstancias adversas dan al traste con este primer proyecto, entre otras el no haber llegado a un acuerdo con las Instituciones alavesas. Pero no abandona su idea de rendir un tributo al autor del Ingenioso Hidalgo y concibe la idea de encargar a varios expertos la traducción al euskera de varios capítulos del Quijote y de algunos de sus mejores refranes utilizando diferentes dialectos vascos. Después de contactar con diferentes vascólogos, consigue la colaboración de Evaristo Bustinza, que era profesor de vascuence en Bilbao; Serafín Ascasubi, ecónomo de Villarreal de Alava; el capitán francés Duvoisin; el seminarista Pablo Zamarripa y el vascólogo Múgica. Como no podía ser menos, el libro se publica en la imprenta de Domingo Sar, en marzo de 1905. Su título, en euskera y castellano, es Modesto tributo euskaro rendido a Cervantes en el tercer centenario de la aparición del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha.

Aunque no nos consta, sin duda D. Julián Apraiz tuvo que ver también en la convocatoria de un concurso literario celebrado en Vitoria con motivo del tercer centenario, aunque los ensayos premiados fueron publicados, en 1906, por la Imprenta Provincial, lo que hace pensar que fuera promovido por la propia Diputación también. El caso es que el ganador fue Alfredo Tabar con dos ensayos que conformaron un mismo libro: Realismo del Quijote y Simbolismo que encarnan D. Quijote y Sancho. Hay en ellos dos aspectos que llaman la atención. El primero es el enorme caudal de conocimientos que atesora el autor y el segundo, la significativa ausencia de referencias a la obra y los temas cultivados por Apraiz. Ciertamente, los nuevos intelectuales del XX ya no miran del mismo modo el Quijote. Del análisis emocional, vivencial, se ha pasado al análisis racional, estructural. (INDICE)

1 Nacido en Vitoria en 1848, fue profesor de Literatura en el Instituto San Isidro de Madrid y catedrático de la Universidad Libre de Vitoria. También dirigió el Instituto de Enseñanza Media de ésta ciudad y fue catedrático y secretario del de Bilbao. Furibundo cervantista, publicó también numerosos artículos de temas diversos, desde la arqueología hasta la literatura, pasando por los estudios helénicos. Casó con Elvira Arias y la Llave, quien nos dejó un singular libro de gastronomía titulado “Libro de cocina de una vitoriana”, además de nueve hijos: Rosario, Miguel, Julián, Félix, Odón…y múltiples bisnietos, alguno de los que hemos tenido la satisfacción de tratar y tenemos como buenos amigos. Murió en Madrid en 1910. Se puede asegurar que la saga Apraiz ha sido una de las más interesantes en Vitoria desde D. Julián, con personajes en el mundo de la cultura, catedráticos como Odón, otros en la arquitectura, como Julián, Arquitecto- Director de la Catedral Nueva, etc.

2 Esta edición ha estado expuesta entre los meses de Octubre y Diciembre en el archivo del Territorio Histórico de Alava, en el contexto de la muestra titulada “Libros ilustrados del Quijote XVII - XIX” realizada exclusivamente con los fondos del Seminario Diocesano de Vitoria - Gasteiz.

3 Anteriormente le había retratado también el pintor valenciano José Rivelles y Felip, que había sido discípulo de Vicente López en la Academia de San Carlos valenciana. Probablemente le hizo el retrato en la época en que preparaban la edición del Quijote de la Academia, ya que las 20 láminas que la ilustran las diseñó Rivelles. Por una parte, en el Museo Naval de Madrid se expone otro retrato copia del de Vicente López, que figuraba como de autor anónimo, aunque en la exposición “La Rioja Tierra Abierta” que hubo en Calahorra entre Abril y Septiembre del año 2.000 se atribuyó a Julio García Condoy.

4 Hacer una semblanza biográfica aquí de este prolífico y entusiasta autor y editor no es posible, por lo que remitimos a Juan Vidal – Abarca, en su excelente obra “Los Herrán. Historia y genealogía de una familia vasca”, donde traza un perfil biográfico de nuestro personaje muy completo.

5 “Epistolario de el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín (1883 – 1917)”, Madrid, C. Bermejo, impresor, 1942, pág. 14.

6 “Revista de las provincias eúskaras – Continuación de El Ateneo y órgano de El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Vitoria”, Tomo I, Vitoria, 1878, Imprenta Viuda de Egaña e hijo, pags. 9, 36 y 49.

7 “Colección de discursos y artículos” por Julián de Apraiz, tomo I Discursos, Vitoria, establecimiento tipográfico de la Ilustración de Alava, 1889, pág. 397.

8 Op. Cit. Pág. 398.

9 Soy consciente de que estas afirmaciones no pasan de ser casi una intuición por la escasez de pruebas en que se basan y sería preciso hacer una indagación más profunda para confirmarlo, lo que escapa a mis posibilidades. Aunque tal vez ésta teoría ya haya sido esbozada por alguien y descartada o confirmada. Pero esto no lo sé y tampoco me he tomado la molestia de comprobarlo.

10 Se publicó en la revista Euskal – erría, primer trimestre de 1903, San Sebastián con el título “Cervantes bascófilo. El 23 de abril de 1616 y el de 1878”, pág. 360.

Casa Bazán

El Perú y el Quijote

Carlos OLAZÁBAL CASTILLO

Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así que en octubre o noviembre de1607, a sólo 2 años de publicada la obra y al año de la llegada a Lima, de los primeros 72 ejemplares de la obra cervantina, en el lejano e inaccesible, en ese momento, pueblo de Pausa (Ayacucho), se realizó la primera representación en suelo americano de los principales personajes del libro. De acuerdo con los documentos publicados en 1911 por el ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, sabemos que con el fin de celebrar el nombramiento del Marqués de Montesclaros como Virrey del Perú, el corregidor de Parinacochas, Francisco de Alava y Norueña organizó una “fiesta de sortija”, en la que, se presentó el “cavallero de la Triste Figura don Quixotte de la Mancha, tan al natural y propio de cómo le pintan en su libro, que dio grandissimo gusto berle. Benía cavallero en un cavallo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohoza, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozabo, y la máscara muy a propósito de lo que representaba”, le acompañaban el cura, el barbero y la infanta Micomicona, y por supuesto el fiel Sancho Panza “graciosamente bestido, cavallero en su asno albardado y con alforjas bien proveydas y el yelmo de Manbrino”. El cordobés Luis de Gálvez, quien representó al Quijote, compitiendo con otros personajes, obtuvo el premio a la mejor interpretación. 400 años después un grupo de estudiantes iberoamericanos, como parte de la Ruta Quetzal, rindieron su homenaje a Cervantes en el mismo escenario.

Un Obispo cervantista

Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento fue consejero de Túpac Amaru y alentó sus planes de rebelión, sin embargo luego mostró su disconformidad con las acciones de éste, por lo que fue expatriado a España para explicar su conducta, donde luego asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Entre las pinturas se encuentran las escenas donde el Quijote pierde el juicio por sus innumerables lecturas, las aventuras del Yelmo de Mambrino, de los Yangüeses, de la cueva de Montesinos, la batalla con los odres de vino y por supuesto la de los molinos de viento. Las reproducciones se tomaron de la edición preparada en 1778 por le Real Academia. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.

Autores peruanos y el Quijote

Desde esa época, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac, y muchos han sido los autores peruanos que se han ocupado, desde diversos ángulos, de la figura quijotesca. Así desde la perspectiva literaria, podemos citar a Ricardo Palma y su tradición sobre el primer ejemplar del Quijote en Lima, Raúl Porras Barrenechea, el cusqueño José Gabriel Cosio, José de la Riva Agüero, Javier Prado, Oscar Miró Quesada y Aurelio Miró Quesada, quien en 1947 con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes publicó una serie de artículos sobre la relación de Cervantes y el Perú y por supuesto de la mencionada fiesta de Pausa. Ese mismo año la Universidad de San Marcos, organizó una semana celebratoria de la que luego se publicaron las ponencias de Luis Alberto Sánchez, José Jiménez Borja, Augusto Tamayo, Manuel Beltroy y José Gabriel. También en ese año y siguiendo con el homenaje a Cervantes, Emilio Costilla Larrea publica un libro en el que trató de demostrar que la obra de Nietzsche fue inspirada en la de Cervantes. Además tenemos ensayos sobre Cervantes y diversos aspectos de su obra realizados por Alberto Tauro, el maestro Luis Jaime Cisneros, el poeta Marco Martos y el crítico Carlos García Bedoya.

El Quijote también inspiró a algunos autores, quienes tomándolo como personaje crearon o fabularon nuevas historias, así podemos mencionar a Juan Manuel Polar, autor de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en 1925, a José Félix de la Puente con su novela “Herencia del Quijote” (1934), a Juan Rios y su obra teatral “Don Quijote” y, en tiempos recientes, a Luis Enrique Tord con “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”.

Desde la óptica del derecho, ilustres juristas han analizado a Don Quijote, así tenemos al Dr. José León Barandiarán, al abogado trujillano José Montenegro Baca, quien en un libro con dos ediciones realiza una singular exégesis desde el punto de vista del derecho del trabajo. El Dr. Jorge Eugenio Castañeda, lo hace desde la opción del Derecho Civil, repasando las diferentes instituciones jurídicas contenidas en el libro y por su parte el Dr. Roberto Mac Lean, en un ensayo reciente nos presenta la justicia como ilusión en Don Quijote.

Otros autores que se han ocupado del hidalgo manchego son el siquiatra Segisfredo Luza, quien pregunta si es un enfermo mental, un místico desesperado o un héroe, mientras que Edmundo León y León nos ilustra sobre el sentido de la paz en la mentalidad de la época.

El arte no ha sido ajeno a esta magna obra y el pintor, Fernando de Szyzslo, realizó algunas ilustraciones para la primera edición peruana, mientras que Félix Oliva, ilustró completamente con motivos contemporáneos una edición facsimilar a la de 1735. El arte popular ha tomado las figuras de el Quijote y Sancho como motivo de sus obras, las que se presentan en trabajos de madera, metal y arcilla y las que se pueden encontrar en plazas y ferias.

En este año de aniversario, el Perú no podía estar ausente y, sumándose a los múltiples homenajes, el diario El Comercio logró que el Quijote sea traducido al Quechua, obra que realizó Demetrio Túpac Yupanqui y cuenta con las ilustraciones de los pintores populares de Sarhua. Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado nos muestra su actualidad en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna nos presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. Esa misma actualidad es puesta de manifiesto por el ilustre novelista Mario Vargas Llosa, quien fue escogido por la Real Academia de la Lengua Española, para prologar la edición conmemorativa del cuarto centenario de su publicación, ahí señala que el Quijote “es un canto a la libertad” y que su modernidad “está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva el personaje a asumir como su responsabilidad personal cambiar el mundo para mejor”.

Hasta donde tenemos conocimiento, las obras de Montenegro Baca y la de Ahlborn Alvarado, son las primeras que en su género se realizan, enriqueciendo así la voluminosa bibliografía que sobre esta magna obra se han hecho y como Don Quijote y Sancho, seguirán recorriendo los caminos del mundo en busca de deshacer entuertos, defendiendo mozuelos débiles, delicadas damas y haciendo sonreír a caballeros distraídos.

Casa Bazán

Juan Avalle-Arce

Hispanista nacido el 13 de mayo de 1927 en Buenos Aires, de familia navarra (Marqueses de la Lealtad), del valle de Arce. Entre los seis y catorce años estudió en Escocia. La guerra civil española de 1936-1939, primero, y la II Guerra Mundial, después, impidió a la familia hacer realidad su deseo de volver a Navarra por lo que Juan Bautista residió en Argentina donde conoció a Amado Alonso, otro navarro, de Lerín, director del Instituto de Filología, al que le unió una gran amistad. En ese Instituto tuvo lugar su formación de investigador de la historia y de la literatura española.

Con veintiún años marchó con Alonso a la Universidad de Harvard, donde éste había sido invitado, dando comienzo a una extraordinaria carrera profesional. Enseñó en Ohio State University, en donde trabajó de 1955 a 1960; Smith College, desde el año 1961 al 1969; University of North Carolina at Chapel Hill, de 1969 a 1984 y University of California, Santa Barbara, desde 1984.

Uno de los hispanistas más reconocidos de los EE.UU., es miembro de la Hispanic Society of America y de la Academia Argentina de Letras, solicitado como conferenciante, docente y escritor especialmente sobre temas cervantinos. Trabajos suyos muy apreciados son las ediciones críticas de El Quijote, las de Los trabajos de Persiles y Segismunda, las de las Novelas ejemplares o de La Galatea, de una erudición sin cuento.

En 1994 el Gobierno de Navarra lo propuso como candidato al premio Príncipe de Asturias de las Letras “por su aportación al estudio y difusión de la literatura española en todos los ámbitos internacionales del hispanismo, y por el deslinde realizado entre Arte y Vida en la problemática cultural española, de modo especial en la obra de Miguel de Cervantes”.

Vive en la finca Etxeberria situada en el valle de Santa Inés de California muy vinculado a su tierra de origen. Organizó con Gloria Castresana y Juan Cruz Mendizábal un congreso internacional de estudios vascos en la Universidad de California, que no llegó a celebrarse por diversos avatares. Estuvo también en la creación de la Society of Basque Studies in America, en 1979, que publica una revista anual, Journal of the Society of Basque Studies in America.

Obra

Es autor de varios centenares de publicaciones académicas y de cerca de una cuarentena de libros (títulos recogidos hasta 1992 por Jaime Fernández)

- Mateo Alemán en Italia, RFH, 1944, 284-85.

- Sobre Juan Alfonso de Baena, RFH, VIII, 1946, 141-47.

- Una nueva pieza en títulos de comedias, "Nueva Revista de Filología Hispánica", I, 1947, 148-65.

- Tres notas al Quijote, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 86-89.

- Notas a la Cintia de Aranjuez, "Nueva Revista de Filología Hispánica", 1947, 178-80.

- Tirso y el romance de Angélica y Medoro, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 275-81.

- Sobre la difusión de la leyenda del Purgatorio de San Patricio en España, "Nueva Revista de Filología Hispánica", II, 1948, 195-96.

- Gutierre de Cetina, Gálvez de Montalvo y Lope de Vega, "Nueva Revista de Filología Hispánica", V, 1951, 411-14.

- El arco de los leales amadores en el Amadís, "Nueva Revista de Filología Hispánica", VI, 1952, 149-56.

- Dos notas a Lope de Vega, "Nueva Revista de Filología Hispánica", VII, 1953, 426-32.

- Figueroa el Divino and Suárez de Figueroa, "Modern Language Notes", LXXI, 1956, 439-41.

- Los errores comunes: Pero Mexía y el P. Feijoo, "Nueva Revista de Filología Hispánica", X, 1956, 400-03.

- In Memoriam Courtney Bruerton, "Nueva Revista de Filología Hispánica", X, 1956, 560.

- Una tradición literaria: el cuento de los dos amigos, "Nueva Revista de Filología Hispánica", XI, 1957, 1-35.

- La Canción desesperada de Crisóstomo, "Nueva Revista de Filología Hispánica", XI, 1957, 193-198.

- Conocimiento y vida en Cervantes, Buenos Aires, Imprenta Universitaria, 1959.

- La novela pastoril española. Madrid, “Revista de Occidente”, 1959.

- La esperpentización de Don Juan Tenorio, “Hispanófila”, núm. 7, 1959, 29-39.

- The Diana of Montemayor: Tradition and Innovation, "Publications of the Modern Language Association", LXXIV, 1959, 1-6.

- On La Entretenida of Cervantes, "Modern Language Notes", LXXIV, 1959, 418-421.

- Una versión moderna de la leyenda del corazón comido, "Hispanic Review", XXVIII, 1960, 151-55.

- Destinos, “Insula”, núm. 168, nov. 1960.

- Las hipérboles del Padre Las Casas, “Revista de la Facultad de Humanidades”, Universidad de San Luis Potosí, II, 1960, 33-56.

- The Role of Cervantes in the Crisis of the Problem of Knowledge, “American Philosophical Society Yearbook”, 1960, 615 -16.

- Deslindes cervantinos, Madrid, Edhigar, 1961.

- La Galatea de Cervantes, Ed., intro. notes. 2 vols. Madrid, Espasa-Calpe (Clásicos Castellanos), 1961; 2nd. Ed. Madrid, 1968.

- El Sumario de Historia Natural de Gonzalo Fernández de Oviedo, Madrid-Salamanca, Anaya, 1962.

- Dos notas de heterodoxia, “Filología”, VIII, 1962, 15-26.

- Poesía, Historia, Imperialismo: La Numancia, “Anuario de Letras”, II, México, 1962, 55-75.

- María Rosa Lida de Malkiel, Two Spanish Masterpieces, “Renaissance News”, XV 1962, 219-21.

- Sobre una crónica medieval perdida, “Boletín de la Real Academia Española”, XLII, 1962, 255-97.

- Perfil ideológico del Inca Gracilazo, “Atenea”, CXLVII, Julio-septiembre 1962, 82-91.

- En un lugar de la Mancha..., Advanced Placement Conference in Foreign Languages, Northampton, Mass., 1962.

- El Inca Garcilaso en sus Comentarios, Madrid, Gredos, 1963. 2nd. ed. Madrid, 1970.

- Lope de Vega and Cervantes, “Texas Quarterly”, (spring, 1963), 190-202.

- On a romance noticiero, “Romance Notes”, IV, 2, 1963, 1-4.

- Sobre un romance atribuido a Góngora, BHS, XL, 1963, 174- 76.

- Cervantes: T"Hispanic Review"ee Exemplary Novels, Ed., intro. and notes. New York, Dell, 1964.

- Perfil ideológico del Inca Gracilazo, Actas del I Congreso Internacional de Hispanistas, Oxford, 1964, 191-97.

- The Historical Consciousness of Imperial Spain, “American Philosophical Society Yearbook”, 1964, 310-11.

- Un banquero sevillano, poeta y amigo de Cervantes, “Archivo Hispalense”, II época, núms. 124-125, 1964.

- Un problema resuelto: los cuartos de Osorio, "Nueva Revista de Filología Hispánica", XVIII, 1965-1966, 410-11.

- Hernando de Talavera y su Católica Impugnación, “Romance Philogy”, XIX, 1965, 284-91.

- Tres comienzos de novela, “Papeles de Son Armandans”, núm.110, 1965, 181-214.

- Bernal Francés y su romance, Barcelona, Imprenta Universitaria, 1966.

- Dos relaciones inéditas de Ruy Díaz de Guzmán, “Filología”, XII, 1966-1967, 25-76.

- Los herejes de Durango, Homenaje a D. Antonio Rodríguez-Moñino, I, Madrid, 1966, 29-43.

- La familia del Inca Garcilaso: Nuevos documentos, Actas del I Congreso Internacional de Historia del Perú, Toulouse, 1966, 1-10.

- Las Españas de Valle-Inclán, Spanish Thought and Letters in the Twentieth Century, Vanderbilt University Press, 1966, 51-62.

- Nuevos documentos sobre el Inca Gracilazo, “San Marcos, Revista de Artes, Ciencias y Humanidades”, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2da. época, núm.7, 1967 -1968, 5-28.

- El cantar de La niña de Gómez Arias, BHS, XLIV, 1967, 43-48.

- Cartagena, poeta del Cancionero General, "Boletín de la Real Academia Española", XLVII, 1967, 267- 310.

- Valle-Inclán y el Carlismo, “Cuadernos Hispanoamericanos”, núm. 209, mayo, 1967, 1-12.

- La familia del Inca Garcilaso: Nuevos documentos, Caravelle, Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien, núm. 8, 1967, 137-145.

- Genealogía del Inca Gracilazo, in Alfonso de Figueroa y Medgar, Marqués de Gauna, Estudio Histórico de Algunas Familias Españolas, III, Madrid, 1967, 834-40.

- Los testamentos de Alejo Venegas, “Anuario de Letras”, VI, México, 1966-67,135-62.

- Las Memorias de Gonzalo Fernández de Oviedo, “Filología”, XIII, 1968-1969, 65-78.

- Valle-Inclán: Voces de gesta. Ramón del Valle-Inclán: A Critical Aprraisal of His Life and Works, New York, 1968, 361-73.

- La captura de Cervantes, "Boletín de da Real Academia Española", XXVIII, 1968, 237 -80.

- El Persiles de Cervantes, Ed., intro. and notes. Madrid, Castalia, 1969.

- Los entremeses de Cervantes, Ed. intro. and notes. Englewoof Cliffs, N.J., Prentice-Hall, 1970.

- Don Juan Valera: Morsamor, Ed. intro. and notes. Barcelona, Editorial Labor, 1970.

- Don Quijote o la vida como obra de arte, "Cuadernos Hispanoamericanos", 242, 1970, 247 -80.

- Bucolismo, Diccionario Enciclopédico Salvat Universa, Barcelona, 1970.

- Egloga, Diccionario Enciclopédico Salvat Universal, Barcelona, 1970.

- Idilio, Diccionario Enciclopédico Salvat Universal, Barcelona, 1970.

- Monternayor, Jorge de, Diccionario Enciclopédico Salvat Universal, Barcelona, 1970.

- Pastoril, novela, Diccionario Enciclopédico Salvat Universal, Barcelona, 1970.

- Gil Polo, Gaspar, Diccionario Enciclopédico Salvat Universal, Barcelona, 1970.

- Sannazaro, Jacopo, Diccionario Enciclopédico Salvat Universal, Barcelona, 1970.

- Zumalacárregui, Homenaje a Galdós, Cuadernos Hispanoamericanos, 250-252, 1970-71, 1-18.

- Pedro Carbonero y Lope de Vega: Tradición y comedia, Homenaje a William L. Fichter, Madrid, 1971, 59- 70.

- El poeta en su poema. El caso Ercilla, "Revista de Occidente", 95, 1971, 152-70.

- El cronista Pedro de Escavias. Una vida del siglo XV, Chapel Hill, NC. Studies in the Romance Languages and Literatures, 1972.

- El Vizconde de Altamira, poeta del Cancionero General, Studia Hispanica in Honorem R. Lapesa, II, Madrid, 1972, 65-79.

- Un poeta del Cancionero General: el dramaturgo Perálvarez de Ayllón, Homenaje a Casalduero, Madrid, 1972, 45-62.

- El Poema de Fernán González: clerecía y juglaría, Hispanic Studies Presented to Edmund de Chasca, Philological Quearterly, LI, 1972, 60-73.

- Lope y su Peregrino, "Modern Language Notes", LXXXVII, 1972, 193-99.

- La sangre acusadora, "Boletín de la Real Academia Española", LII, 1972, 311-18.

- J.F. Montesinos, Pereda o la novela idilio, "Hispanófila", 46, 1972, 75-77.

- Lope de Vega: El peregrino en su patria, Ed. intro. and notes. Madrid, Castalia .

- Suma Cervantina, With E.C. Riley, London, Támesis Books, Ltd. 1973.

- Narradores hispanoamericanos de hoy, Chapel Hill, NC, Studies in the Romance Languages and Literatures, 1973.

- Gonzalo Fernández de Oviedo, Anales de Literatura Hispanoamericana, I, 1973.

- Literatura y vida en “En viaje entretenido”, "Anuario de Letras", XI, 1973, 105-23.

- Mateo Alemán, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, NewYork, 1973.

- Gonzalo de Berceo, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Luis de Camoens, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Miguel de Cervantes Saavedra, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Don Juan de la Encina, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Don Diego Hurtado de Mendoza, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Juan de Mariana, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Fernando de Rojas, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Gil Vicente, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Jorge Manrique, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Juan Ruiz, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Pero López de Ayala, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Luis de Molina, Encyclopaedia of World Biography, McGraw-Hill, New York, 1973.

- Temas medievales hispánicos, Madrid, Gredos, 1974.

- Las memorias de Gonzalo Fernández de Oviedo, Transcrip., ed., intro. and notes. Cahpel Hill, NC, Studies in the Romance Languages and Literatures, 1974.

- La novela pastoril española, 2nd. ed. revised and expanded. Ediciones Istmo, Madrid, 1974.

- El novelista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, alias de Sobrepeña, Estudiosos de literatura hispanoamericana en honor a José Juan Arrom, Valencia, 1974, 23-25.

- La estructura del Diálogo de la lengua, Homenaje a Helmut Hatzfeld, Barcelona, 1974, 369-80.

- Apuros de un embajador y un virrey españoles del siglo XVII, Homenaje a Ángel Rosenblat, Caracas, 1974, 43-58.

- Cervantes, Grisóstomo, Marcela and Suicide, "Publications of the Modern Language Association", LXXXIX, 1974, 1115 -16.

- Nuevos deslindes cervantinos, Barcelona, Ediciones Ariel, 1975.

- Dos preocupados del Siglo de Oro, "Anuario de Letras", XIII, 1975,113-63.

- Lope entre dos mundos, "Nueva Revista de Filología Hispánica", XXIV, 1975, 308-17.

- Características generales del Renacimiento, in Historia de la literatura española, ed. J.M. Díez Borque, I, Madrid, Guadiana, 1975, cap. VIII.

- Don Quijote como forma de vida. Madrid, Fundación Juan March-Editorial Castalia, 1976.

- Vital and Artistic Structures in the Life of Don Quixote, Medieval and Renaissance Studies. Proceedings of the Southeastern Institute of Medieval and Renaissance Studies, Summer, 1974. Duke University Press, Durham, NC 1976, pp. 104-21.

- Coplas, in Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, 1976, 167-168.

- Dintorno de una época dorada. Editorial Porrúa, 1977.

- Onomástica épico-caballeresca en la Vasconia medieval, The Two Hesperias. Literary Studies in Honor of Joseph G., Fusilla, Madrid, 1977.

- Cervantes: Don Quijote de la Mancha. Ed., intro. and notes. 2 vols. Madrid, Editorial Alhambra, 1978; 2nd. ed., revised, Madrid, 1983.

- Cervantes: Vida y obras, in Historia y crítica de la literatura española, ed. Francisco Rico, II, Barcelona, Grijalbo, 1980, 591-666.

- Cervantes: Don Quijote, in Historia y crítica de la literatura española, ed. Francisco Rico, Barcelona, Grijalbo, 1980, 667-709.

- Características generales del Renacimiento, in Historia de la literatura española, ed. J.M. Díez Borque, 2nd. ed. revised and augmented, I (Madrid, Taurus, 1980), cap. VIII.

- De lexicografía medieval: ruano, "Boletín de la Real Academia Española", LX, 1980, 231-44.

- Fernández de Oviedo, biógrafo inédito. Muestras de una edición, "Anuario de Letras", XVIII, 1980, 117-63.

- Algo más sobre el poeta Vizconde de Altamira, "Crítica Hispánica", II, 1980, 3-12.

- Oviedo a media luz, "Nueva Revista de Filología Hispánica", XXIX, 1980, 138-51.

- A guisa de prólogo, in Silvia Alonso, Reminiscencias, Valencia, 1980.

- Cervantes and the Renaissance, in Cervantes and the Renaissance, ed. Michael McGaha, Easton, PA, 1980, 1-10.

- El Amadís primitivo, Actas del sexto Congreso Internacional de Hispanistas, celebrado en Toronto del 22 al 26 de agosto de 1977, Toronto, 1980,79-82.

- Don Quijote o la vida como obra de arte, in El Quijote de Cervantes, ed. George Haley, Madrid, 1980, 204-34.

- Estructuras de la Diana in Francisco Rico, Historia y crítica de la literatura española, II, Madrid, 1980, 302-06.

- Las memorias de Gonzalo Fernández de Oviedo, in Francisco Rico, Historia y crítica de la literatura española, II, Madrid, 1980, 264-67.

- Locura e ingenio en don Quijote, in Francisco Rico, Historia y crítica de la literatura española, II, Madrid, 1980, 686-93.

- The Primitive Version of Amadís de Gaula, The Late Middle Ages, ed. Peter Coccozzel1a, Acta, VIII, 1981, 1-22.

- Más sobre Pedro de Cartagena, converso y poeta del "Cancionero General", Modern Language Studies, XI, 2, 1981, 70-82.

- La gitanilla, Cervantes, I, 1981, 9-17.

- Cervantes: Novelas ejemplares. Ed., intro. and notes. 3 vols. Madrid, Castalia, 1982-83.

- El nacimiento de Amadís, Studies in Homage of Frank Pierce, Oxford, 1982, 15-25.

- Hacia el Renacimiento español, Homenaje a la memoria de María Rosa y Raimundo Lida, Sur, 350-351, 1982, 13-30.

- Novelas ejemplares: Reality Realism, and Literary Tradition, in Mimesis: From Mirror to Method, Augustine to Descartes, ed. J.D. Lyons and S.G. Nichols, Hanove, NH, University Press of New England, 1982, 197-214.

- El nacimiento de Amadís, Essays on Narrative Fiction in the Iberian Peninsula in Honour o! Frank Pierce, Oxford, 1982, 15-25.

- Restituciones en la lírica áurea, Homenaje a José Manuel Blecua, Madrid, Gredos, 1983, 99-107.

- La cabeza encantada (Don Quijote, II, 62), Homenaje a Luis Alberto Sánchez. Sesenta años de literatura, Madrid, 1983, 45-61.

- Un auto de Calderón inexistente, Estudios sobre el Siglo de Oro en homenaje a Raymond R. MacCurdy, Madrid, 1983, 119-23.

- Prólogo, in Beverly West, Epic, Folk and C"Hispanic Review"istian Tradition in the "Poema de Fernán González", Madrid, 1983.

- Lope de Vega: Las hazañas del Segundo David, from the autograph; ed. into. and notes, with Gregorio Cervantes Martín, Madrid, Gredos, 1984.

- Garci Rodríguez de Montalvo, "Amadís de Gaula", 2 vols. Intro. Barcelona, Círculo de Lectores, 1984/85.

- Background Material in Don Quixote, ed. Richard Bjornson, How To Teach Cervantes "Don Quixote", New York, MLA, 1984, 127-35.

- "El celoso extremeño" de Cervantes, Homenaje a Ana María Barrenechea, Madrid, 1984, 199-206.

- La penitencia de Amadís en la Peña Pobre, Homage, homenaje, homenaje: Josep María Solá -Solé, II, Barcelona, 1984, 159-170.

- Amadís de Gauna y la caballeresca medieval, Boletín Informativo. Fundación Juan March, Madrid, 1984, 29-36.

- El romance "Río Verde, río Verde", Homenaje a Alvaro Galmés de Fuentes, I, Madrid, 1984, 120-35.

- The Primitive Version of Amadís de Gaula, The Late Middle Ages, ed. Peter Cocozzella, ACTA, VIII, 1981-1984, 1-2.

- "La Galatea" de Cervantes. Cuatrocientos años después, Newark, Delaware, 1985. .

- Poema de Fernán González in Dictionary of the Middle Ages, ACLS-Charles Scribner's Sons, V, 1985.

- Pedro de Oña ante la epopeya, Homenaje a Raimundo Lida, "Filología", XX, 1985, 111-25.

- Tirant lo Blanc, Amadís de Gaula y la caballeresca medieval, Studies in Honor of Summer M. Greenfield, Lincoln, Nebraska, 1985, 17-31.

- El nacimiento de Estebanillo González, "Nueva Revista de Filología Hispánica", XXXIV, 1985-86,529-37.

- Leonoreta, fin roseta, (Amadís de Gaula, II, liv), Homenaje a D. Pedro Sáinz Rodríguez, II, Madrid, 1986, 75-80.

- La Galatea: Four Hundred Years Later", Cervantes and the Pastoral, ed. J.J. Labrador Herraiz and J. Fernández-Jiménez, Penn State-Cleveland State University, 1986, 9-17.

- A Hispanist's View of the Humanities, "Crítica Hispánica", VIII, 1986, 97-107.

- Lecturas (Del temprano Renacimiento a Valle-Inclán, Studia Humanistica, vol. L, Potomac, MD, 1987.

- Cervantes: Galatea. Ed. intro. and notes, revised and updated. Clásicos Castellanos, Nueva Serie, Madrid, 1987.

- Cervantes y el narrador infidente, Homenaje a D. Francisco López Estrada, Dicenda, "Cuadernos de Filología Hispánica", 7, 1987, 163 -172.

- Cervantes, Don Quijote, 3rd ed., 2 vols., Madrid, Alhambra.

- La Galatea: The Novelistic Crucible, Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, Special Issue, Winter 1988, 7-15.

- 'Del ante': Don Quijote, II, XLVII, Stuia in honorem M. de Riquer, III, Barcelona, 1988, 197-208.

- Rasguño de un humanista entreverado: el Almirante don Fadrique Enríquez, Homenaje a Eugenio Asensio, Madrid, 1988, 67-77.

- Hacia el Quijote del siglo XX, "Insula", núm. 494, 1988, 1-4.

- La Insula Barataria. La forma de su relato, Anales de literatura española, 6, 1988, 33-44.

- Universalismo en la concepción de la historia del Inca Gracilazo, in Cedomil Goic, Historia y crítica de la literatura hispanoamericana, I, Madrid, 1988, 182-85.

- El poeta en su poema: el caso Ercilla, in Cedomil Goic, Historia y crítica de la literatura hispanoamericana, I, Madrid, 1988, 220-26.

- El novelista Gonzalo Fernández, de Oviedo y Valdés, alias de Sobrepeña, in Cedomil Goic, Historia y crítica de la literatura hispanoamericana, I Madrid, 1980, 394-99.

- Gonzalo Fernández de Oviedo, Batallas y quinquagenas, ed. of unpublished autograph, introduction and notes, Salamanca, Diputación de Salamanca.

- Guest editor, monographic double issue, Cervantes, "Crítica Hispánica", XI, 1989, 1-2.

- Prologue, Cartapacio de Francisco Morán de la Estrella, ed. Ralph Di Franco, José Labrador Herraiz y Angel Zorita, Madrid, 1989.

- Quijotes y quijotismos del inglés, Ojáncano, 2, 1989, 58-66.

- Lope de Vega novelado, Vari Hispánica. Homenaje a Alberto Porqueras Mayo, eds. Joseph Laurenti y Vern Williamsen, Kassel, 1989, 299-306.

- La aventura caballeresca de Garci Rodríguez de Montalvo, Studies in Honor of Bruce W. Wardropper, eds. Dian Fox, Harry Sieber, Robert TerHorst, Newark, DE, 1989, 21-32.

- Don Quijote y los libros, Estudios conmemorativos del XXV aniversario de la fundaci6ó del Departamento de Estudios Hispánicos, Kyoto, 1989, 11-32.

- La alegoría del Persiles, Homenaje al Profesor Antonio Villanova, I, Barcelona, 1989, 45-56.

- Don Quijote, Sancho, Dulcinea: aproximaciones, "Crítica Hispánica", XI, 1989,53-67.

- El bachiller Sansón Carrasco, "Boletín de la Academia Argentina de Letras", LIV, 1989, 203-15.

- Amadís de Gaula: el primitivo y el de Montalvo, México, Fondo de Cultura Económica.

- Dos aproximaciones a Lorca, "Cuadernos de ALDEEU", VI, 1990, 7-18.

- Cervantes entre pícaros, "Nueva Revista de Filología Hispánica", XXXVIII, 1990, 591-603.

- Persiles and Allegory, Cervantes, X, 1990, 7-16.

- Prologue, María Cecilia Colombi, Los refranes en el "Quijote", texto y Contexto, Potomac, MD, 1990, IX-X.

- El bachiller Sansón Carrasco, II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, 1990, 15-23.

- El narrador y el bachiller Sansón Carrasco, Homenaje a Luis Andrés Murillo, Los Ángeles, 1990, 7-15.

- Don Juan Valera: Morsamor, in Juan Valera, ed. Enrique Rubio Cremades, El Escritor y la Crítica, Madrid, 1990, 415-437.

- Don Juan de Mendoza, poeta festivo del Cancionero General, Hommage à Maxime Chevalier, Burdeos, 1990, 71-81.

- Garci Rodríguez de Montalvo, Amadís de Gaula, ed. intro., and notes. 2 vols., Madrid, Espasa-Calpe, Colección Austral.

- Cutural and Literary Exchange Between Europe and the Americas, Occasional Papers in Latin American Studies, num. 15, The University of Connecticut and Brown University, 1991.

- El narrador y Sansón Carrasco, On Cervantes, Essays for L.A. Murillo, ed. James A. Parr, Newark, DE, 1-9.

- Cervantes y el Quijote, F. Rico, "Historia y crítica de la literatura española", 2/1, Primer Suplemento, Barcelona, 1991, 292-323.

- Doña Rosita la soltera. Una aproximación crítica, The Role of the Great Spanish Dramatist Federico García Lorca In 20th-Century Literature and the Humanities, Los Angeles, Bilingual Foundation for the Arts, 11-16.

- Don Quijote, Sancho, Dulcinea: aproximaciones, Cervantes y el "Quijote", Actas del simposio internacional, Tokyo, 1991,65-83 [text in Japanese] .

- Amadís, el héroe, in Francisco Rico, Historia y crítica de la literatura española, Edad Media. Primer suplemento, I, Barcelona, 1991, 299-302.

- Los mitos de Cristóbal Colón W, in Impacto y futuro de la civilización española en el Nuevo Mundo, Actas del Encuentro Internacional Quinto Centenario/ALDEEU, ed. Gloria Castresana Waid, Madrid, 1991, 31-38.

- Fernández de Oviedo, clásico a publicar, in Impacto y futuro de la civilización española en el Nuevo Mundo, Actas del encuentro Internacional Quinto Centenario/ALDEEU, ed. Gloria Castresana Waid, Madrid, 1991,233-236.

- Las voces del narrador, "Insula", 538, Oct. 1991,4-6.

- Un recuerdo. El pintor vasco Miguel Marina, "The Journal of Basque Studies", X, 1992, 42-43.

- Don Pedro de Acuña, poeta del Cancionero General, Hispanic Medieval Studies in Honor of Samuel O. Armistead, ed. by E. Michael Gerli and Harvey L. Sharrer, Madison, WI, 51-61.

- Enciclopedia cervantina, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1997. .

- La poética y el bachiller Sansón Carrasco, Anuario Filosófico, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1998 (31), 395-407.

Casa Bazán

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote

Carlos MATA INDURAIN, GRISO-Universidad de Navarra

En Don Quijote de la Mancha1 adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos2. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplátonicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Don Quijote de la Mancha, de Rafael Gil. Año 1948.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)3.

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo4— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»5, reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-87).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.

1 Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-76.

2 Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

3 Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Crítica, 1998.

4 A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

5 Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

Entradas populares

viernes, 1 de agosto de 2008

El concepto de la verdad en el Quijote

Alexander A. Parker*

No cabe duda de que la obra de don Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, es la más importante que hasta ahora se ha escrito sobre este tema. Sin embargo, como ya han apuntado varios críticos, es una obra a la cual pueden hacerse muchos reparos. Un aspecto de esta obra que me parece muy discutible, pero que hasta ahora nadie ha criticado, es la interpretación del Quijote a base del supuesto idealismo del concepto de la verdad que encontramos en la obra maestra. Tiene razón Castro en señalar la importancia fundamental de este tema para la comprensión de la novela, pero me parece que su afán de presentar a Cervantes como un pensador «moderno» que se adelantó a su época, rechazando la filosofía y teología de la Contrarreforma, le lleva aquí, como en otras partes de su obra, a cierta exageración.

Mantiene Castro que a Cervantes le preocupa, en casi todas sus obras, el problema de la realidad objetiva, de si el testimonio de los sentidos es seguro o falaz. Para él el pasaje más significativo de toda la obra de Cervantes son estas palabras que dirige don Quijote a Sancho: «Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa». Basándose en este texto, Castro nos presenta a Cervantes como uno de los pensadores antiescolásticos del Renacimiento, para los cuales la mente humana no refleja pasivamente la realidad, sino que se vuelve «su modelador ideal». Los sentidos engañan; hay que partir de los estados de conciencia para conocer lo que realmente son las cosas. En el Quijote, pues, encontramos el germen del idealismo filosófico moderno; y de esto se sacan consecuencias importantes para la ética. La verdad estriba en un punto de vista personal; asimismo la moral de Cervantes es, según Castro, «un sistema de moral autónoma» basado en la conformidad con la naturaleza, pero no con la naturaleza en el sentido de ley natural, sino con la naturaleza o manera de ser del individuo. La moral consiste en permanecer fiel a la propia manera de ser. Don Quijote tiene el derecho de «seguir el camino que su especial naturaleza le señala»; tiene su propia ley, «por la que discurre merced a altos e inescrutables motivos». Este camino y esta ley son plenamente legítimos para él, y nadie tiene el derecho de impedir que los siga. Cuando Sansón Carrasco logra vencerle, imposibilita que don Quijote siga viviendo. Tiene que morir; pero su vida ha sido una «síntesis inefable que armoniza los contrarios». El problema filosófico del conocimiento de la verdad lo presenta la novela como «problema infinito para el espíritu», y esto eleva el plano artístico de la obra. Castro concluye con estas palabras: «¿Dónde está la verdad o el error? ¿Infringe don Quijote el sistema de las concordancias naturales, o es que deberíamos superar esta moral (casi física y biológica) que percibimos con tanta evidencia, y lanzarnos a inventar otras dimensiones? Quedan vibrando en el ánimo los ecos del problema —claros, patentes—, que se nos brinda como un campo de infinitas experiencias artísticas e intelectuales».1

Este concepto idealista de la verdad refuerza la interpretación romántica del Quijote que viene aceptándose desde hace un siglo: don Quijote es un loco sublime, con pleno derecho de serlo, y más cuerdo en su locura que los hombres aferrados a la prosaica y mezquina realidad. Cierto que la obra de Castro presenta esta exaltación del quijotismo de una manera mucho más discreta y aceptable que la de Unamuno, la cual rebasa los límites de lo sensato; sin embargo, no dista mucho de ser en el fondo la misma cosa. Hemos de creer, como tantas veces se nos ha dicho, que sólo a la época moderna, es decir, a la post-romántica, le ha sido dado ahondar en la grandeza del Quijote, la cual se les escapó a los siglos xvii y xviii y, según algunos, al mismo Cervantes.

Ahora bien, contra esta exaltación del quijotismo me parece necesario reaccionar para llegar a comprender la intención de Cervantes. No hay que apresurarse a atribuirle ideas ajenas a las de sus compatriotas y contemporáneos sin averiguar primero si es posible llegar, sobre la base de las ideas de su época, a una interpretación del Quijote que tenga trabazón y densidad. No niego que un autor genial puede introducir en su obra ideas sugestivas de que él no llega a darse cuenta clara, pero que son patentes para los críticos posteriores. Si me atrevo a presentar una interpretación opuesta a la de Castro, es porque, ante todo, creo que da a la obra más valor. Cualquier interpretación del carácter de don Quijote que se haga a base de la exaltación del quijotismo, sea ésta mesurada o extravagante, me parece demasiado simplista; por eso trataré de probar que el concepto que de él tenía Cervantes es mucho más sutil y complejo. El relacionar el tema del Quijote con el idealismo filosófico podrá hacer «infinitamente sugestiva» la novela, pero más bien obscurece que aclara los problemas de la vida humana, puesto que eleva los motivos de don Quijote a un plano donde quedan «inescrutables». En cambio, si la novela se interpreta desde el punto de vista de la filosofía realista; si la realidad es lo que es, y si la causa por la cual las acciones de los hombres se conforman con la realidad o se oponen a ella, la buscamos en el interés de los personajes porque las cosas sean de un modo o de otro, entonces la visión de la vida humana en el Quijote se presta a un análisis que da a la novela un sentido preciso, tan valioso para nuestro siglo como para el xvii. Y no olvidemos que para los españoles de entonces no sólo eran analizables los motivos humanos, sino que el hacerlo era la mejor manera de alcanzar la sabiduría.

Vale la pena, para empezar, citar en su contexto el pasaje de que se sirve Castro para demostrar que la verdad para Cervantes es relativa a la mente que la forja:

Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste te juro, dijo don Quijote, que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo: ¡qué!, ¿es posible que en cuanto ha que andas conmigo, no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no porque sea ello así, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores, que todas nuestras cosas mudan y truecan, y las vuelven según su gusto y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y así eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa […]2

Las cosas, pues, parecen hechas al revés, no porque lo sean en realidad, sino por obra de encantadores. Y si hay algo claro y patente en el Quijote es que los encantadores que imagina don Quijote son los hombres mismos, y en primer lugar él mismo. La bacía de barbero es bacía de barbero; el encantador que la transforma en yelmo de Mambrino es el propio don Quijote. Siendo esto así, lo importante es averiguar por qué la transforma de esta manera. Claro es que está loco; pero esta explicación no basta: la cuestión es más complicada que eso, puesto que no sólo don Quijote, sino también el barbero, el cura, don Fernando y Cardenio y sus compañeros juran que la bacía es yelmo, hasta que llega un momento en que el dueño que la reclamaba no sabe a qué atenerse. Los viajeros que llegan a la venta intervienen en la disputa afirmando que es una bacía, y el resultado es una barahúnda que para don Quijote es la discordia del campo de Agramante. Es decir, aunque es don Quijote quien primero introduce la confusión en la vida, son los demás hombres los que la aumentan. No sólo él, sino casi todo el mundo se burla de la verdad. Toda la novela se construye sobre la base de la acción recíproca de la locura de don Quijote, por la cual se engaña a sí mismo, y de las burlas mediante las cuales los demás le engañan. Y en medio está Sancho, ora engañando, ora engañado. Dorotea se transforma en la princesa Micomicona; Sansón Carrasco, en el Caballero de los Espejos; el duque transforma a su mayordomo en la condesa Trifaldi y a su lacayo en Tosilos. Don Quijote transforma a una labradora en Dulcinea. Sancho invierte esta transformación, cambiando a Dulcinea en una labradora; pero pronto se encuentra confuso y perplejo, puesto que la duquesa le asegura que esta labradora era, en efecto, Dulcinea, y que él, pensando engañar, era el engañado.

De todo esto se deduce claramente el concepto de la verdad en el Quijote. Cada cosa y cada persona tienen su identidad inalterable, pero la mente humana tiene que interpretarla. Los sentidos no engañan, pero los hombres sí. Y puesto que el hombre es un ser social, el conocimiento de la verdad no sólo depende de cómo interprete él la realidad, sino que depende también del testimonio de los demás hombres. Y cuando éste falla, surge la confusión y la perplejidad. No son solos el caballero loco y el escudero simple los que se hallan perplejos ante la apariencia de las cosas. Al leer la carta que escribió la duquesa a la mujer de Sancho, dudan el cura y el barbero si las cosas que allí se dicen son veras o burlas. Contra el testimonio de la carta hay otro testimonio, el que las duquesas no se portan así:

[…] nosotros, aunque tocamos los presentes y hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas de don Quijote, nuestro compatriota, que todas piensa que son hechas por encantamiento.3

Una cabeza de bronce puede engañar a personas sensatas e inteligentes; al responder a sus preguntas, parece corroborar el aserto del dueño de que la fabricó «uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo». Hay un mono que adivina: los propios ojos de don Quijote ven lo que nunca hubiera creído, resistiéndose a darles crédito, hasta caer en la cuenta de que ello se hace por arte diabólico. Sin embargo, todo se puede explicar por causas naturales: en cada caso son los hombres, y no las cosas ni los animales, los que engañan. Sólo los hombres saben mentir.

Pero justamente lo que conduce a la perplejidad y a la confusión es que a veces es más difícil aceptar la explicación que la contradicción misma, porque uno puede ser engañado por personas a quienes se creería incapaces de mentir. El que don Quijote crea en la intervención de encantadores se justifica hasta cierto punto, ya que, si no, no habría más remedio que creer que un caballero noble y honrado puede mentir. Cuando se descubre que Tosilos no es Tosilos, sino el lacayo del duque, doña Rodríguez y su hija piden justicia de «tanta malicia, por no decir bellaquería». «No vos acuitéis, señoras, dijo don Quijote, que ni ésta es malicia ni es bellaquería, y si lo es, no ha sido la causa el Duque, sino los malos encantadores que me persiguen».4 Y cuando Sancho le advierte a su amo que el rostro del mayordomo del duque es el de la condesa Trifaldi:

Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y habiéndole mirado, dijo a Sancho: No hay para que te lleve el diablo, Sancho… que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo; pero no por eso el mayordomo es la Dolorida, que a serlo implicaría contradicción muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería entrarnos en intrincados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.5

Sin embargo, es engaño y no encantamiento. El encantador es el duque, que se sirve de la mentira, a pesar de ser caballero y honrado. Casi todos los personajes de la novela falsean la verdad, mintiendo o aparentando ser lo que no son. Y ahora tenemos que preguntarnos por qué lo hacen.

Sansón Carrasco, según dice Sancho, «es persona bachillerada por Salamanca, y los tales no pueden mentir sino es cuando se les antoja o les viene muy a cuento».6 De todas estas personas que no pueden mentir y a quienes, sin embargo, se les antoja mentir, son los duques los más desvergonzados. En esto sólo buscan su propio entretenimiento; sin ningún escrúpulo, sin conciencia de su propia dignidad, se divierten burlándose de un loco y de un simple. «Satisfechos los duques de la caza, y de haber conseguido su intención tan discreta y felizmente, se volvieron a su castillo con prosupuesto de segundar las burlas, que para ellos no había veras que más gusto les diesen».7 Por no hallar gusto en la verdad, el mentir les viene muy a cuento; pero al final dice Cide Hamete «que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos».8

Aunque estas burlas contribuyen al cabo a la purificación de don Quijote y Sancho, el efecto inmediato es todo lo contrario, ya que hacen que don Quijote tome por ciertas sus propias ilusiones y que Sancho se confirme en su engreimiento y en sus sueños ambiciosos de grandeza. El que hasta entonces don Quijote no había estado convencido en su fuero interno de que era verdadera su interpretación de la realidad, y que fue la acogida burlesca de los duques lo que le confirma en su interpretación, nos lo dice Cervantes bien claro: «Aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos».9

Sancho también falsea la verdad con deliberación, haciendo que su amo no dé crédito a sus propios ojos y que acepte a una labradora como Dulcinea. El motivo de Sancho es el deseo egoísta de ocultar una mentira anterior, pero en vez de arrepentirse de este cruel embuste, se envanece luego de su industria. Habiendo aprendido que la mentira le puede aprovechar, Sancho ya se va volviendo otro. Cuando miente otra vez con el cuento fantástico de lo que vio en su viaje por el cielo, su motivo es ya la vanidad: creyendo las mentiras de los demás, que han hecho de él una persona importante, no vacila en mentir a su vez para levantarse a sí mismo a las estrellas. Esta mentira le sitúa en un plano de locura semejante al de su amo, pues don Quijote dice con mucha razón, aunque quizá con cierta socarronería, que si Sancho quiere que él crea este cuento, Sancho tendrá que creer el cuento igualmente fantástico de lo que él vio en la cueva de Montesinos.

Cuando el barbero, el cura, don Fernando y Cardenio afirman que la bacía es yelmo, tienen el mismo motivo para esta burla que tendrán después los duques para las suyas: fomentar la locura de don Quijote para divertirse. «Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla, para que todos riesen […]».10 Hay muchas personas en las dos partes de la novela que hacen lo mismo. Aunque el barbero y sus compañeros tienen también sus puntas de locos, tienen, sin embargo, más dignidad moral que los otros. Encuentran divertidas las extravagancias de don Quijote y se ríen de ellas; pero al mismo tiempo se compadecen de él, y su objeto principal es hacerle volver a su casa para que se cure de su locura. A diferencia de los duques, le tienen a don Quijote simpatía y cariño, pero los medios que utilizan son contraproducentes. Le siguen el humor, fingiendo darle la razón, por su bien; pero al hacer esto se burlan ellos mismos de la verdad. ¿De qué sirve quitar la causa de su locura, tapiando el aposento de sus libros, si refuerzan la locura al decirle que ello ha sido obra de un malévolo encantador? ¿De qué le sirve al cura negar a don Quijote que sea verdad todo lo contenido en los libros de caballerías, si se pone en seguida a inventar un reino de Micomicón y a convencer a don Quijote de que anda encantado?

De este grupo de mentirosos bien intencionados es el bachiller Carrasco el menos apreciable. De él nos dice Cervantes que es «de muy buen entendimiento», «aunque muy gran socarrón» y «amigo de burlas».11 Tanto gusta de la locura del caballero y del escudero, que a sabiendas les envanece con sus lisonjas. Sin embargo, les incita con buena intención a salir otra vez en busca de aventuras, y la traza que idea para que don Quijote se vuelva a casa y se quede en ella es bastante hábil. Pero el que Carrasco se disfrace de caballero andante es de por sí una mentira ridícula, por no decir deshonrosa. Él se divierte con la farsa, pero él mismo es víctima de esta mentira. Don Quijote y Sancho lo son también por otra razón, ya que de resultas de esta mentira les es mucho más difícil conocer la verdad. «En altas voces dijo [don Quijote]: Acude, Sancho, y mira lo que has de ver, y no lo has de creer».12 Porque ¿cómo es posible que el caballero vencido sea el bachiller? «Estemos a razón, Sancho, replicó don Quijote: ven acá, ¿en qué consideración puede caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese como caballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo, por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión para tenerme ojeriza?»13 Otra vez la única explicación que parece «razonable» es el encantamiento. Gracias a la conducta de sus semejantes, don Quijote se afirma en la creencia de que las cosas no son lo que parecen ser. Y otra vez se da cuenta el lector de que hay más de un loco: «don Quijote loco, nosotros cuerdos», dice Tomé Cecial al derrotado Carrasco, «él se va sano y riendo, vuesa merced queda molido y triste; sepamos, pues, ahora ¿cuál es más loco, el que lo es por no poder menos, o el que lo es por voluntad?».14

De manera que, para Cervantes, los duques y Carrasco son tan locos como don Quijote. Aquéllos falsean la verdad deliberadamente, haciendo que las cosas aparenten ser lo que no son, para divertirse en daño del prójimo. Ahora bien, ¿con qué motivo falsea don Quijote la verdad, sosteniendo que una bacía es yelmo o que unos molinos son gigantes? Porque quiere lograr fama de héroe: teóricamente, en daño de los malhechores; en la práctica, la mayor parte de las veces, en daño de los inocentes. Sus lecturas le han enseñado que el heroísmo es algo extravagante y fantástico. He aquí lo malo de los libros de caballerías: no dar testimonio de la verdad. Este primer falseamiento de la verdad conduce a otro: enfrascado en estas lecturas, llega don Quijote a verse distinto de lo que es y a llenarse de una enorme vanidad. «Yo sé quién soy […] y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno de por sí hicieron, se aventajarán las mías».15 Las demás distorsiones de la verdad nacen de esta fantástica megalomanía. Los molinos se convierten en gigantes, la bacía de barbero en yelmo de Mambrino, para mayor gloria y lustre suyo. Educado en la mentira por los libros, trastornando la realidad con su arrogancia y con su ambición, don Quijote se pasea por un mundo de mentiras, nacidas algunas de la malicia, la bellaquería o el egoísmo de los hombres, y otras de las buenas intenciones de sus amigos, pero mentiras todas.

Es verdad que él tiene un ideal genuino que, considerado en abstracto, es noble. Y es verdad también que es admirable la tenacidad con que se aferra a todo trance a la que cree ser su vocación. Pero lo esencial es que su vanagloria corrompe su ideal y lo debilita y destruye en la práctica. A través de toda la primera parte, don Quijote, a pesar de su nobleza y elevadas miras, es un peligro para la sociedad: acomete y hace daño a viajeros inofensivos, llegando a veces casi a matarles, y pone a los criminales en libertad. Cuando proclama que el único móvil de sus acciones es el altruismo, cuando menciona sus propias virtudes caballerescas para justificar su modo de vivir, rebaja la altura de su ideal al añadir que todo ello va encaminado a la gloria mundana.16 Y en seguida echa a perder toda su defensa y envilece su ideal atacando violentamente a un cabrero y a unos hombres que llevan una imagen de la Virgen en procesión.

De aquí la disconformidad que hay entre sus palabras y sus acciones. De esta disconformidad él mismo se da cuenta en la segunda parte en más de una ocasión; primer paso en el retorno hacia la cordura.

¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuesa merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuesa merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado, como debo de haberle parecido.17

Esto lo dice a propósito de la aventura de los leones, de la que dice Cervantes «hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura». Tratando de disuadirle de acometer esta aventura, le había dicho don Diego que «la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza». Esta locura la justifica don Quijote con estas palabras, que son muy importantes para conocer la verdadera naturaleza del quijotismo: «El acometer los leones, que ahora acometí, derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde, que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía».

El quijotismo estriba en abandonar el justo medio (que para los españoles del siglo xvii era la virtud natural de la discreción)18 para lanzarse al extremo de lo «exorbitante».

El que prefiera don Quijote la temeridad a la cobardía es bastante razonable, según su propia explicación. Pero en realidad no se trata de eso; se trata de preferir la temeridad a la verdadera y «discreta» valentía. Es aquí donde anda errado don Quijote, pues continúa diciendo: «y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen: el tal caballero es temerario y atrevido, que no: el tal caballero es tímido y cobarde». «Mejor suena en las orejas de los que lo oyen […]» Don Quijote, pues, llega «al extremo de su jamás vista locura», no porque tenga un ideal que se lo exija, sino porque tiene puesta la mira en su propia fama. Por eso le había dicho poco antes a don Diego que los caballeros andantes buscan peligrosas aventuras «sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera».19

Para que la bondad innata de don Quijote sea la medida de sus acciones, es menester que su ideal se depure de todo egoísmo. Tiene que renunciar a su arrogante ambición, tiene que abatirse hasta reconocer con humildad la realidad de las cosas y de sí mismo. En la segunda parte, él sufre solamente, sin hacer que sufran los demás; la confianza en sí mismo se va tornando en depresión espiritual; cuando en el capítulo XXXII se defiende contra un acusador, a su defensa ya no puede hacerse el reproche de la ambición; por fin abraza la humildad cuando ve las imágenes de cuatro santos, reconociendo el fracaso de su vida como caballero andante. Su derrota precipita su conversión: «Cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria, y así me han salido al gallarín mis presunciones […]».20

El que recobre el caballero su salud mental en el lecho de muerte no es, como han creído muchos, un final meramente convencional para satisfacer las exigencias de la sátira literaria ni la señal de la derrota por quebrantamiento de la voluntad, sino que es la lógica culminación de esta transformación psicológica y moral, que ya había empezado en el primer capítulo de la segunda parte, cuando confiesa públicamente su extravío al decir: «Ni procuro que nadie me tenga por discreto, no lo siendo». La cordura y la discreción, que consisten en darse cuenta exacta de lo que es verdad y de lo que es mentira, se unen necesariamente en el caso de don Quijote al arrepentimiento moral; así dice a los circunstantes: «Pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía». Creyendo que alguna nueva locura se apoderaba de él, le dice Sansón Carrasco que «se deje de cuentos». Pero don Quijote ya no trata de cuentos; reconoce que aunque los de caballerías son mentirosos en el orden histórico, han sido demasiado verdaderos para él en el orden moral. Así le contesta a Sansón: «Los de hasta aquí, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte con ayuda del cielo en mi provecho». Y prosigue: «Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa, déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese, que en tales trances como éste, no se ha de burlar el hombre con el alma». Para mí son éstas las palabras más conmovedoras de toda la obra. Ellas resuelven todo el problema de la verdad, que es el asunto de la novela. En su lucha con la mentira —con la mentira propia y con las mentiras de los hombres que le rodean—, ha llegado don Quijote, por medio del sufrimiento y de la humillación, a darse cuenta de la verdad suprema, que «no se ha de burlar el hombre con el alma». Creo que en esta frase, sencilla y profunda a la vez, se cifra toda la filosofía y toda la enseñanza que hay en el Quijote.

También Sancho, a su modo, llega a esta sabiduría por descubrir los peligros de la ambición. Recordemos que su prudencia como gobernador consiste justamente en discernir la verdad a través de las mentiras de los hombres. «Cada día, observa el mayordomo, se ven cosas nuevas en el mundo; las burlas se vuelven en veras, y los burladores se hallan burlados».21

Todo esto, sin embargo, no agota la antítesis entre verdad y mentira que hay en la novela. En el transcurso de ella, dos personajes, sabiendo que la vida no es cosa de burlas, le habían hablado en serio a don Quijote; uno en la primera parte; otro, en la segunda. A diferencia de los demás, ni se burlaron de él ni le siguieron el humor: le dijeron la verdad francamente y sin rodeos. Pero se la dicen de distintas maneras, y Cervantes quiere que esto nos aleccione. El canónigo de Toledo no se ríe, como se ríen los demás, cuando le cuentan las hazañas de don Quijote. Dice Cervantes que se vuelve a él «con compasión». Le trata con respeto y cortesía, y hace lo que nadie había hecho hasta entonces. No siente la necesidad de condescender con él; reconociendo que es hombre inteligente, discurre razonablemente sobre los libros de caballerías y le recomienda con amabilidad y mesura que sea sensato y prudente: «Ea, señor don Quijote, le dice, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, y sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el felicísimo talento de su ingenio en otra lectura que redunde en aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra».22 La contestación de don Quijote a las razones sensatas y comedidas del canónigo sirve de contraste, pues habla y obra de la manera más disparatada.

El eclesiástico del palacio del duque es también hombre serio que no gusta de burlas ni frivolidades, pero carece en cambio de la mesura del canónigo. Se dirige a don Quijote «con mucha cólera», como dice Cervantes, y le insulta. «Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante, y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga; volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen.»23 Este consejo viene a ser exactamente el mismo que el que le dio el canónigo, pero ¡qué diferencia en el modo de darlo! La intolerancia y grosería del eclesiástico hacen que don Quijote responda con dignidad y aun con cierta mesura; es decir, hacen del loco cuerdo y del cuerdo loco.24

Para conocer la verdad, no basta conocerse a sí mismo, no basta un sincero examen de conciencia; es necesario que el testimonio y la conducta de los demás hombres la den a conocer también. Pero hay distintos modos de dar testimonio de la verdad: unos son recomendables y los otros no. Al caballero loco y extravagante no hay que escarnecerle ni denostarle, no hay que reírse de él ni seguirle el humor. Hay que decirle siempre la verdad, pero con simpatía, respeto y cortesía. El hombre que zahiere a don Quijote en las calles de Barcelona, mandándole que vuelva a su casa antes de que todo el mundo se contagie de sus extravagancias, corre parejas en locura con el eclesiástico. Cuando se le dice que «la virtud se ha de honrar dondequiera que se hallare», y que no se meta donde no le llaman, se da cuenta súbitamente de su locura y determina de ahí en adelante no dar consejo a nadie, aunque se lo pida.25

En cambio, don Diego de Miranda es, como el canónigo, un ejemplo de cordura y de discreción, justamente porque, como él mismo dice, «ni gusto de murmurar ni consiento que delante de mí se murmure: no escudriño las vidas ajenas ni soy lince de los hechos de los otros».26 Por eso, aunque llega a convencerse de la locura de su huésped, se guarda muy bien de decírselo, tratándole siempre con el mayor respeto.

Siendo todo esto, como creo, el concepto de la verdad que representa y desarrolla el Quijote, no veo que haya en él ningún problema de orden epistemológico. No cabe duda de que la obra subraya lo difícil que es conocer la verdad, así como comunicarla o difundirla. Debido a esta dificultad, la vida es un «intrincado laberinto» en que andan confusos los hombres. «Dios lo remedie», dice don Quijote en una ocasión, «que todo este mundo es máquinas y trazas contrarias unas de otras. Yo no puedo más […]».27 Pero la dificultad está en el plano de la moral, no en el de los sentidos. La dificultad que hay en alcanzar la verdad se debe a la arrogancia, al engreimiento, al egoísmo, a la frivolidad, a la cólera, a la grosería, a la intolerancia y al entremetimiento de los hombres; todo lo cual falsea la verdad de tal manera que todos debemos, como don Quijote, «rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre de malos hechiceros y de malos encantadores». Pero primero es menester estar seguros de que no nos estamos burlando con el alma. El bien y el mal forman la urdimbre y trama de la vida humana; aun los hombres vanidosos y disparatados tienen algo de bueno, que requiere que se les trate con simpatía y comedimiento; no nos metamos donde no nos llaman para no despeñarnos por la cuesta de la locura.

En resumen, la realidad no es ambigua; el mundo es razonable de suyo; sin embargo, reina en todo él la discordia del campo de Agramante, puesto que los hombres son muy propensos a falsear la verdad cuando creen que esto les conviene. Que el mundo es, en efecto, el campo de Agramante, formado de «máquinas y trazas contrarias unas de otras», lo sabemos, por desgracia, muy bien hoy día; y este desconcierto la filosofía del idealismo ni nos lo explica ni nos prepara para superarlo. Si no hubiera más que esto, creo que el Quijote sería una obra desconsoladora. Pero hay algo más: hay una realidad, la última de todas, que no es fácil de falsear; y es muy consolador el que nos sea difícil a los hombres burlarnos con el alma a la hora de la muerte.

(*) Alexander A. Parker, «El concepto de la verdad en el Quijote», en Revista de Filología Española, 32 (1948), pp. 287-305. volver

(1) El pensamiento de Cervantes, Madrid: Hernando, 1925, pp. 81-83, 88, 124, 140-142, 331, 336, 357.

(2) Quijote, I, 25.

(3) II, 50.

(4) II, 56.

(5) II, 44.

(6) II, 33.

(7) II, 35.

(8) II, 70.

(9) II, 31.

(10) I, 45.

(11) II, 3.

(12) II, 14.

(13) II, 16.

(14) II, 15.

(15) I, 5.

(16)

«De mí sé decir que, después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos, y aunque ha tan poco que me vi encerrado en una jaula como loco, pienso por el valor de mi brazo, favoreciéndome el cielo, y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días, verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi pecho encierra… Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho» (I, 50).

(17) II, 17.

(18) Creo que no se ha dado al concepto de discreción toda la importancia que merece. Aunque ya en la época de Cervantes había llegado a significar cosas diversas es necesario tener siempre en cuenta el sentido primero para comprender las ideas morales de los españoles de aquel tiempo. Véase el estudio valioso de Margaret J. Bates, «Discreción» in the Works of Cervantes: A Semantic Study (Washington: The Catholic University of America Press, 1945). He hecho un estudio del desarrollo del concepto de la discreción desde la época patrística hasta Calderón en un apéndice a mi edición del auto calderoniano No hay más fortuna que Dios, que publicará dentro de poco la Manchester University Press [A. A. Parker (ed.), Pedro Calderón de la Barca, No hay más fortuna que Dios, Manchester: Manchester University Press, 1949].

(19) Cuando no hay posibilidad de alcanzar fama, don Quijote no es temerario, sino «discreto». Sancho le increpa por haberle desamparado en la aventura del rebuzno: «No huye el que se retira, respondió don Quijote; porque has de saber, Sancho, que la valentía, que no se funda sobre la base de la prudencia, se llama temeridad; y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna, que a su ánimo» (II, 28).

(20) II, 66.

(21) II, 49. También demuestra Sancho cierta sabiduría práctica relacionada con el tema que venimos estudiando, cuando al enterar a su mujer de su nombramiento como gobernador le escribe: «No dirás desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro» (II, 36). Hay que recatarse con cierta cautela de la malicia de los hombres, doctrina que llevará al extremo de lo antisocial la moral de Gracián.

(22) I, 49.

(23) II, 31.

(24) Este paralelismo —la repetición en la segunda parte de un incidente de la primera: la misma acusación y el mismo consejo, pero con un cambio en el rango moral de los acusadores, y, por tanto, del acusado— me parece tan importante para el estudio de la arquitectura del Quijote como para su interpretación. No sé si algún crítico ha reparado ya en él. No creo que sea demasiado caprichoso ver una extensión de este paralelismo en el hecho de que, después de la conversación con el Canónigo, ve don Quijote una imagen de la Virgen, que no reconoce y que le lleva a portarse de la manera más desatinada; mientras que después de la conversación con el eclesiástico (aunque, por cierto, con un intervalo más largo), encuentra las imágenes de los cuatro santos, que esta vez reconoce, y que le llevan a un acto de humildad, y, en cierto sentido, de contrición. Combinados estos cuatro incidentes, marcan los dos primeros el descenso moral de don Quijote y los dos segundos su ascenso, constituyendo así cada par un elemento integrante en el paralelismo general de las dos partes.

(25) II, 62.

(26) II, 16.

(27) II, 29.

No hay comentarios:

Publicar un comentario